Me llamo Lucas y a los veinte años, vendí mi esperma en una clínica de fertilidad de Palermo porque necesitaba dinero para pagar una deuda de juego. No le di mayor importancia: llené un frasco en una sala blanca con revistas pornográficas de dudosa calidad, firmé unos papeles que no leí, y me olvidé del asunto durante dos décadas.
Ahora tengo cuarenta y dos años y vivo en un departamento alquilado en Almagro. Soy representante de una marca de suplementos deportivos y además del gimnasio tengo una obsesión son las mujeres con cuerpos exuberantes. Me vuelven loco las chicas jóvenes, pero no cualquier tipo: las nalgonas culos redondos y firmes, y pechos que desafíen la gravedad. A lo largo de diez años he cultivado lo que yo llamo mi "colección personal": algunas mujeres hermosas y jovenes que veo cada vez que necesito "descargar". No quiero compromisos, solo sexo sin límites, por eso me hice una basectomia hace unos años.
Conocí a Valentina en un gimnasio de Villa Crespo. Tenía 19 añor, cabello rubio que le caía hasta la cintura, y un cuerpo que parecía esculpido por un artista obsesionado con la fertilidad. Pero lo que me dejó seco fue su trasero: un culo monumental, dos globos perfectos, duros como rocas pero con esa suavidad que solo da el entrenamiento constante de glúteos. Llenaba cualquier calza de forma obscena, y cuando caminaba, esas nalgas rebotaban con una hipnosis que me volvía loco. Sus pechos naturales eran redondos y firmes, coronando una figura de diosa nórdica.
La seduje esa misma semana en la puerta del gimnasio. Le propuse tomar algo en un bar de la zona, un lugar modesto pero con buena onda. Cuatro cervezas después, ella estaba en mi departamento, desnuda y arrodillada frente a mí, tomando mi erecta polla en su boca con una habilidad que mezclaba entusiasmo juvenil y perversión innata.
"Chupa toda, puta..." gruñí, agarrándola por el pelo rubio mientras ella me tomaba hasta la garganta, haciendo sonidos de placer.

Después de que me lubricara con su saliva, la puse a cuatro patas sobre mi cama. Su trasero era una visión de ensueño: dos hemisferios perfectos, blancos como la leche, con un pequeño agujero rosado escondido entre ellos y su vagina húmeda brillando bajo la luz tenue de mi habitación. No pude resistirme: enterré mi cara entre esas nalgas monumentales, lamiendo su clítoris hasta que temblaba y suplicaba.
"Por favor, métemela... te necesito dentro..."
La penetré por detrás con una fuerza brutal, haciendo que sus nalgas impactaran contra mi pelvis con sonidos secos que resonaban en mi departamento de paredes finas. Valentina gritaba sin disimulo, pidiendo más dureza, más velocidad. La tomé por el cabello, jalándole la cabeza hacia atrás mientras la embestía con fuerza descomunal, viendo cómo sus pechos colgaban y rebotaban con cada embestida.
"Sos una puta perfecta, ¿sabías?" le susurré al oído, mientras le metía la pija por la vagina.
Cambiamos de posición. La acosté boca arriba en el borde de la cama, levantándole las piernas sobre mis hombros para penetrarla profundamente, sintiendo cómo su vagina apretaba mi miembro con una succión increíble. Luego la hice montarme, y disfruté de la visión de sus enormes tetas botando frente a mi cara mientras ella cabalgaba con fruición, girando sus caderas en círculos que me volvían loco. Su culo monumental se movía perfectamente, cada movimiento era puro sexo.
"Mierda, cómo me llenas... estás tan profundo..." gemía ella, con las manos apoyadas en mi pecho para equilibrarse.
Esa primera noche terminamos agotados, conmigo descargando tres veces: una en su boca, otra sobre sus tetas, y la última, profunda dentro de su vagina. Valentina se convirtió inmediatamente en mi favorita, mi "puta fija" como yo la llamaba cariñosamente. La llamaba al menos dos veces por semana, y ella acudía dispuesta a todo.
Durante los siguientes meses, exploramos cada límite. Le hacía sexo anal mientras ella se masturbaba el clítoris, provocándole orgasmos intensos que la hacían contraerse alrededor de mi polla. La ataba a mi cama con correas de cuero, usando vibradores en ella durante horas antes de penetrarla hasta que suplicaba piedad. La cogia en la ducha de mi baño, contra la ventana que da al patio interior del edificio, en el balcón de mi departamento donde nadie podía vernos pero el riesgo existía. Valentina adoraba cada minuto, pidiendo más, siempre más.
Una noche, después de una sesión particularmente intensa donde la había tenido de rodillas en el piso de mi cocina mientras le daba por detrás con fuerza, nos quedamos fumando en mi balcón. Estábamos hablando de nuestras familias, de dónde veníamos. Yo le conté que nunca había conocido a mi padre, que mi vieja me crió sola en un barrio de la periferia.
Valentina soltó el humo y dijo con naturalidad: "Yo también fui criada sin padre. Mi vieja me tuvo sola, por inseminación artificial. Fue a una clínica de Palermo, se embarazó sola y me crió ella sola. Nunca quiso saber quién era el donante, decía que no le importaba."
Sentí que el cigarrillo se me helaba entre los dedos. Palermo. La misma época, la misma zona donde yo había vendido mi esperma.
No dormí esa noche. Arenales y Bulnes. Esa era la esquina. Esa era mi clínica.
A la mañana siguiente, fui hasta allá. Hablé con la recepcionista, le expliqué que había sido donante años atrás y que necesitaba información para un trámite médico. Después de insistir logré hablar con una administrativa que accedió a revisar archivos antiguos.
Le di mi nombre, mi DNI de la época, la fecha aproximada. Ella entró a una sala trasera y salió con una carpeta. Mi corazón latía tan fuerte que temí desmayarme.
"Usted donó el veinte de noviembre de hace 22 años atrás," dijo la mujer. "Y efectivamente, su muestra fue utilizada por una paciente que dio a luz una niña sana nueve meses después, eso hace 19 años."
Las manos me empezaron a temblar. "¿El nombre de la madre?"
La mujer dudó, pero yo insistí, le dije que era por salud genética, que necesitaba saber. Finalmente, murmuró un nombre que Valentina me había mencionado alguna vez: el nombre de su madre.
Todo encajaba. Valentina era mi hija. Mi propia hija biológica. Y yo la había estado cogiendi durante seis meses de todas las formas posibles, haciéndole sexo anal, vaginal, oral, destruyéndola en mi cama, haciéndola mi puta personal.
Durante días no dormí. Intenté justificarlo: no la había criado, no sabíamos nada el uno del otro hasta hace meses, ella era adulta, todo había sido consensuado... pero la verdad era innegable. Cada vez que cerraba los ojos, veía su trasero monumental arqueándose para recibirme, escuchaba sus gemidos pidiéndome que la follara más duro, recordaba el sabor de su lengua en mi boca.
Y lo peor: no podía dejar de desearla.
Esa noche, Valentina apareció en mi departamento con su sonrisa traviesa habitual, vestida con un minifalda de cuero negra que dejaba ver la mitad de sus nalgas monumentales. Su culo se movía de forma hipnótica mientras caminaba hacia mí.
"Hola, papito," bromeó, sin saber cuán cerca estaba de la verdad. "¿Me vas a rellenar como pavo hoy o qué?"
La miré, viendo mis propios ojos en los de ella, mi propia obsesión por el placer. Tenía la pija dura solo con verla, traicionando mi moral, mi ética, todo lo que debería importarme.
Mientras ella se desvestía, mostrando ese cuerpo pecaminoso que compartíamos genéticamente, su culo monumental brillando a la luz de la ciudad, supe que estaba perdido. Pero aún no decidía si decirle la verdad, terminar todo y salvar lo que quedaba de nuestra dignidad, o seguir en silencio, seguir follando a mi propia hija, amándola como a mi puta personal, condenándome pero sintiendo un placer que ninguna otra mujer podía darme.
Valentina se acercó desnuda, con sus pechos firmes y ese trasero que había despertado tantos pecados en mí. Me besó, metiendo su lengua en mi boca, y yo la devolví, sabiendo que estaba besando a mi hija, que estaba a punto de follarme a mi hija otra vez.
Todavía no sé qué voy a hacer.
Ahora tengo cuarenta y dos años y vivo en un departamento alquilado en Almagro. Soy representante de una marca de suplementos deportivos y además del gimnasio tengo una obsesión son las mujeres con cuerpos exuberantes. Me vuelven loco las chicas jóvenes, pero no cualquier tipo: las nalgonas culos redondos y firmes, y pechos que desafíen la gravedad. A lo largo de diez años he cultivado lo que yo llamo mi "colección personal": algunas mujeres hermosas y jovenes que veo cada vez que necesito "descargar". No quiero compromisos, solo sexo sin límites, por eso me hice una basectomia hace unos años.
Conocí a Valentina en un gimnasio de Villa Crespo. Tenía 19 añor, cabello rubio que le caía hasta la cintura, y un cuerpo que parecía esculpido por un artista obsesionado con la fertilidad. Pero lo que me dejó seco fue su trasero: un culo monumental, dos globos perfectos, duros como rocas pero con esa suavidad que solo da el entrenamiento constante de glúteos. Llenaba cualquier calza de forma obscena, y cuando caminaba, esas nalgas rebotaban con una hipnosis que me volvía loco. Sus pechos naturales eran redondos y firmes, coronando una figura de diosa nórdica.
La seduje esa misma semana en la puerta del gimnasio. Le propuse tomar algo en un bar de la zona, un lugar modesto pero con buena onda. Cuatro cervezas después, ella estaba en mi departamento, desnuda y arrodillada frente a mí, tomando mi erecta polla en su boca con una habilidad que mezclaba entusiasmo juvenil y perversión innata.
"Chupa toda, puta..." gruñí, agarrándola por el pelo rubio mientras ella me tomaba hasta la garganta, haciendo sonidos de placer.

Después de que me lubricara con su saliva, la puse a cuatro patas sobre mi cama. Su trasero era una visión de ensueño: dos hemisferios perfectos, blancos como la leche, con un pequeño agujero rosado escondido entre ellos y su vagina húmeda brillando bajo la luz tenue de mi habitación. No pude resistirme: enterré mi cara entre esas nalgas monumentales, lamiendo su clítoris hasta que temblaba y suplicaba.
"Por favor, métemela... te necesito dentro..."
La penetré por detrás con una fuerza brutal, haciendo que sus nalgas impactaran contra mi pelvis con sonidos secos que resonaban en mi departamento de paredes finas. Valentina gritaba sin disimulo, pidiendo más dureza, más velocidad. La tomé por el cabello, jalándole la cabeza hacia atrás mientras la embestía con fuerza descomunal, viendo cómo sus pechos colgaban y rebotaban con cada embestida.
"Sos una puta perfecta, ¿sabías?" le susurré al oído, mientras le metía la pija por la vagina.
Cambiamos de posición. La acosté boca arriba en el borde de la cama, levantándole las piernas sobre mis hombros para penetrarla profundamente, sintiendo cómo su vagina apretaba mi miembro con una succión increíble. Luego la hice montarme, y disfruté de la visión de sus enormes tetas botando frente a mi cara mientras ella cabalgaba con fruición, girando sus caderas en círculos que me volvían loco. Su culo monumental se movía perfectamente, cada movimiento era puro sexo.
"Mierda, cómo me llenas... estás tan profundo..." gemía ella, con las manos apoyadas en mi pecho para equilibrarse.
Esa primera noche terminamos agotados, conmigo descargando tres veces: una en su boca, otra sobre sus tetas, y la última, profunda dentro de su vagina. Valentina se convirtió inmediatamente en mi favorita, mi "puta fija" como yo la llamaba cariñosamente. La llamaba al menos dos veces por semana, y ella acudía dispuesta a todo.
Durante los siguientes meses, exploramos cada límite. Le hacía sexo anal mientras ella se masturbaba el clítoris, provocándole orgasmos intensos que la hacían contraerse alrededor de mi polla. La ataba a mi cama con correas de cuero, usando vibradores en ella durante horas antes de penetrarla hasta que suplicaba piedad. La cogia en la ducha de mi baño, contra la ventana que da al patio interior del edificio, en el balcón de mi departamento donde nadie podía vernos pero el riesgo existía. Valentina adoraba cada minuto, pidiendo más, siempre más.
Una noche, después de una sesión particularmente intensa donde la había tenido de rodillas en el piso de mi cocina mientras le daba por detrás con fuerza, nos quedamos fumando en mi balcón. Estábamos hablando de nuestras familias, de dónde veníamos. Yo le conté que nunca había conocido a mi padre, que mi vieja me crió sola en un barrio de la periferia.
Valentina soltó el humo y dijo con naturalidad: "Yo también fui criada sin padre. Mi vieja me tuvo sola, por inseminación artificial. Fue a una clínica de Palermo, se embarazó sola y me crió ella sola. Nunca quiso saber quién era el donante, decía que no le importaba."
Sentí que el cigarrillo se me helaba entre los dedos. Palermo. La misma época, la misma zona donde yo había vendido mi esperma.
No dormí esa noche. Arenales y Bulnes. Esa era la esquina. Esa era mi clínica.
A la mañana siguiente, fui hasta allá. Hablé con la recepcionista, le expliqué que había sido donante años atrás y que necesitaba información para un trámite médico. Después de insistir logré hablar con una administrativa que accedió a revisar archivos antiguos.
Le di mi nombre, mi DNI de la época, la fecha aproximada. Ella entró a una sala trasera y salió con una carpeta. Mi corazón latía tan fuerte que temí desmayarme.
"Usted donó el veinte de noviembre de hace 22 años atrás," dijo la mujer. "Y efectivamente, su muestra fue utilizada por una paciente que dio a luz una niña sana nueve meses después, eso hace 19 años."
Las manos me empezaron a temblar. "¿El nombre de la madre?"
La mujer dudó, pero yo insistí, le dije que era por salud genética, que necesitaba saber. Finalmente, murmuró un nombre que Valentina me había mencionado alguna vez: el nombre de su madre.
Todo encajaba. Valentina era mi hija. Mi propia hija biológica. Y yo la había estado cogiendi durante seis meses de todas las formas posibles, haciéndole sexo anal, vaginal, oral, destruyéndola en mi cama, haciéndola mi puta personal.
Durante días no dormí. Intenté justificarlo: no la había criado, no sabíamos nada el uno del otro hasta hace meses, ella era adulta, todo había sido consensuado... pero la verdad era innegable. Cada vez que cerraba los ojos, veía su trasero monumental arqueándose para recibirme, escuchaba sus gemidos pidiéndome que la follara más duro, recordaba el sabor de su lengua en mi boca.
Y lo peor: no podía dejar de desearla.
Esa noche, Valentina apareció en mi departamento con su sonrisa traviesa habitual, vestida con un minifalda de cuero negra que dejaba ver la mitad de sus nalgas monumentales. Su culo se movía de forma hipnótica mientras caminaba hacia mí.
"Hola, papito," bromeó, sin saber cuán cerca estaba de la verdad. "¿Me vas a rellenar como pavo hoy o qué?"
La miré, viendo mis propios ojos en los de ella, mi propia obsesión por el placer. Tenía la pija dura solo con verla, traicionando mi moral, mi ética, todo lo que debería importarme.
Mientras ella se desvestía, mostrando ese cuerpo pecaminoso que compartíamos genéticamente, su culo monumental brillando a la luz de la ciudad, supe que estaba perdido. Pero aún no decidía si decirle la verdad, terminar todo y salvar lo que quedaba de nuestra dignidad, o seguir en silencio, seguir follando a mi propia hija, amándola como a mi puta personal, condenándome pero sintiendo un placer que ninguna otra mujer podía darme.
Valentina se acercó desnuda, con sus pechos firmes y ese trasero que había despertado tantos pecados en mí. Me besó, metiendo su lengua en mi boca, y yo la devolví, sabiendo que estaba besando a mi hija, que estaba a punto de follarme a mi hija otra vez.
Todavía no sé qué voy a hacer.
1 comentarios - Folle a una puta nalgona sin saber que era mi hija. Relato.