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La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 3

La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 3
Capítulo 3: Instrucción Número Tres

Por Dios. Qué hembra. Qué culazo. Qué carita de inocente.


Apreté el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Mi mente trataba desesperadamente de aferrarse a las instrucciones del PDF de Néstor mientras el resto de mi cuerpo solo quería una cosa.


Bajé el vidrio del copiloto. El calor de la tarde de sábado entró de golpe al habitáculo acondicionado del Audi, mezclándose con el olor a asfalto caliente.


—Ey… hola. Necesito un poco de ayuda. ¿Tenés un segundo?


La voz me salió más rasposa de lo que quería. Los nervios me traicionaban.


Ella se detuvo. Giró sobre sus talones. Y entonces sonrió. Una sonrisa dulce, relajada, sin ninguna sombra de desconfianza.


—Sí, claro. ¿Qué necesitás?


Caminó los dos pasos que la separaban de la calle y se acercó a la ventana. Se inclinó ligeramente y apoyó una mano en el marco de la puerta. Al hacerlo, su perfume —floral, suave, mezclado con un leve rastro de sudor limpio— inundó el auto.
culona
Mierda.
El hijo de puta de Néstor tenía razón. Era una mujer completamente predispuesta a interactuar con extraños.


 No había miedo en esos ojos azules. Solo una amabilidad casi ingenua.

Empezó la cacería.


Le pedí indicaciones con voz genuina. Le dije que era nuevo en la zona y que necesitaba llegar a un club privado a un par de kilómetros. Ella se apoyó un poco más en el marco y empezó a explicarme, moviendo las manos.


—Agarrás por esta cuadra derecho, después en el semáforo doblás a la izquierda…
Hablaba y yo no escuchaba un reverendo carajo.


Estaba demasiado cerca. Desde ese ángulo podía ver cómo el leggin negro se tensaba sobre sus muslos gruesos. Cómo la tela se le metía un poco más entre las nalgas solo de estar parada. 


La humedad brillante en sus labios carnosos cada vez que pronunciaba una palabra. 


El brillo de sus ojos celestes bajo el sol de la tarde.


 El top negro cortísimo dejaba a la vista una franja de piel suave justo encima del ombligo. Cuando se inclinaba un poco más, el peso de sus tetas empujaba la tela hacia abajo.


Tenía que concentrarme. La puta madre.


Cuando terminó de hablar me miró fijamente.


—¿Entendiste?


El manual dictaba la respuesta. Tenía que decir que no.


—Eh… me perdí un poco después del semáforo. Soy un desastre para ubicarme.


Ella se rió. Una risa cristalina, corta. Volvió a explicar más despacio, gesticulando con paciencia. La dejé terminar y otra vez le dije que no entendía, que seguro me iba a perder.


Entonces solté la frase exacta del PDF:
—Mirá… ¿por qué no te subís un segundo, me vas guiando, y después yo te dejo donde quieras? Te alcanzo a tu casa si querés, así no caminás.


Néstor lo había remarcado en negrita: ella iba a rechazar la primera invitación.


Y así fue.


Retrocedió medio paso. La sonrisa se le borró un poco. Adoptó esa cortesía distante que usan las mujeres cuando un desconocido se pasa de listo.


—No, no, gracias. Está cerca igual. Si le preguntás a alguien en la avenida te van a indicar mejor. No subo a autos de desconocidos.


Se me heló la sangre.


¿Cómo carajo este hijo de puta había anticipado toda la conversación letra por letra? ¿Quién mierda era Néstor? ¿Cómo sabía tanto de la psique de esta mujer? Parecía magia negra.
Pero el plan seguía en pie.


Las instrucciones eran claras: ante la negativa, no insistir. No arrancar. Generar conversación. Anclarla ahí. Crear familiaridad hasta bajarle las defensas.


Le sonreí y levanté las manos en señal de paz.


—Tenés razón. Perdoná. Fue atrevido de mi parte. Es que vengo cruzado hoy. Vengo del centro… negocios.
Le pregunté de dónde era. Le conté —mentira— que trabajaba en importación de ropa y marcas de diseño. Eso pareció interesarle de verdad. Laura se relajó otra vez. Volvió a acercarse a la ventanilla. Apoyó los codos en el marco con pereza y, al hacerlo, sus tetas se apretaron un poco más contra el top. Charlamos de marcas, de lo caro que estaba todo, de una tienda que a ella le gustaba.


Estaba funcionando.


La tenía charlando conmigo. Un extraño. En un auto negro. En una calle casi vacía.


Entonces recordé la siguiente página del manual.


Después de determinado tiempo de conversación “inocente”, Néstor había puesto un checklist mental:
¿Se apoya en el auto? ¿Sonríe? ¿Juega con su cabello?


Si las tres respuestas eran sí… luz verde.


Revisé.


Estaba apoyada en mi ventanilla. Estaba sonriendo de esa forma medio coqueta por lo de la ropa. Y justo ahora se estaba enrollando un mechón rubio en el dedo índice.


Tres de tres.


Luz verde.


No entendí del todo para qué servía esa verificación hasta que recordé la Instrucción Número Tres. La lección principal de Néstor, escrita en negrita y mayúsculas:


«Ella busca la transgresión visual. La sorpresa. El peligro de lo prohibido.»


Lo siguiente que tenía que hacer, según el maldito PDF por el que había vaciado mis ahorros, era bajar la mano, sacarme la pija del short y empezar a masturbarme delante de ella… mientras seguía sosteniendo la conversación como si no estuviera pasando absolutamente nada.


El corazón me dio un vuelco brutal. Se me secó la boca.


Mi verga estaba dura como una estaca de acero, doliéndome bajo la tela, reclamando salir. Pero el cerebro estaba aterrorizado. Era un puto delito. Podía gritar. Podía correr. Podía anotar la patente, llamar a la policía y destruirme la vida, la carrera, todo.


Ella seguía hablándome. Me miraba a los ojos. Me contaba de una tienda de Palermo que le gustaba.


Y yo…


Yo no estaba listo.


Mi mano derecha flotaba sobre el regazo, temblando, a centímetros de la bragueta. Paralizado en el abismo exacto que separaba la fantasía digital de la locura real.


Ella inclinó un poco más la cabeza, todavía sonriendo.


—¿Me estás escuchando?


La mano no se movió.


Pero los dedos ya estaban tocando la tela.


Continuara...

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