Mi madre, Ana, cumplió los 38 años el mes pasado, pero podría pasar perfectamente por una mujer de 28. Lleva años obsesionada con el gimnasio, y los resultados hablan por sí solos: mide 1.68, pero sus proporciones parecen sacadas de una revista de fitness hardcore. Sus medidas son de infarto: unos pechos firmes y redondos que desafían la gravedad, marcando busto, una cintura estrecha que contrasta brutalmente con sus caderas. Pero lo que realmente hace que la gente se voltee en la calle, lo que ha convertido ese gimnasio de barrio en un imán para todo tipo de hombres, es su culo. Dos globos perfectos, duros como rocas pero con esa suavidad que solo da el entrenamiento constante de glúteos, que se mueven con una sincronización hipnótica cuando camina.

Yo tengo 16 años y vivo solo con ella. Mi madre empezó a ir al "Impacto Gym" hace tres años, cuando se separó de mi padre. Al principio era su terapia, su escape. Ahora es su templo, y ella es la diosa a la que todos vienen a rendir culto.
El gimnasio tiene un diseño peculiar. Los vestuarios y duchas de hombres están en el sótano, con una serie de ventanas altas, pequeñas y empañadas que dan a un callejón lateral donde nadie va. Bueno, casi nadie. Yo descubrí hace seis meses que desde el tejado del edificio de al lado, accesible por una escalera de incendios oxidada, se puede ver perfectamente el interior de esas duchas si te posicionas bien. Y lo que he visto desde entonces ha reconfigurado por completo mi forma de ver a mi propia madre.
Todo empezó una tarde de martes. Fui al gimnasio a buscarla porque se había olvidado las llaves del coche. Como no la encontraba en la zona de máquinas, caminé hacia la parte trasera. Fue entonces cuando escuché ruidos extraños. Gemidos, pero no de dolor. Me trepé a la escalera para asomarme por una de esas ventanas altas.
Lo que vi me dejó paralizado.
Mi madre estaba completamente desnuda en el área de duchas, pero no estaba sola. Delante de ella, arrodillado, estaba Daniel, un chico de 17 años que había sido compañero mío en la escuela. Tenía la cara enterrada entre sus piernas, lamiendo su vagina con una avidez que me resultó obscena. Pero lo más impactante no era eso. Era la expresión de mi madre. No había vergüenza, ni sorpresa, ni culpa. Tenía los ojos cerrados, una mano agarrando con fuerza el pelo de Daniel, y la otra masajeando su propio pecho, pellizcándose el pezón con una rudeza que me hizo estremecer.
"Ahí, justo ahí, no pares..." escuché que decía, con una voz quebrada que nunca le había escuchado en casa.
Daniel se levantó, se bajó los pantalones de chándal con urgencia, y saqué una erección que parecía un arma. Sin preámbulos, sin condón visible, la penetró de pie, levantándola contra la pared de azulejos. El sonido de sus cuerpos chocando resonó incluso a través del cristal. Mi madre envolvió sus piernas alrededor de su cintura, y él la penetraba con embestidas profundas, salvajes, mientras ella le mordía el cuello y gemía sin disimulo.
"Cógeme, Cogeme duro, asi..." suplicaba ella, y Daniel obedecía.
Duró apenas cinco minutos. Daniel se tensó, gruñó como un animal, y me di cuenta de que había terminado dentro de ella. Mi madre se quedó quieta un momento, con una sonrisa satisfecha, luego se bajó de él y se limpió con una toalla, mientras él se vestía tambaleante.
Esa fue solo la primera vez.
Ahora voy allí cada semana. He visto a media docena de compañeros de clase, todos menores de edad, algunos, desfilando por esa ducha para servir a mi madre. He visto a entrenadores del gimnasio, a desconocidos musculosos, y hasta al dueño del local, un tipo de 45 años con barriga cervecera pero cartera gruesa, disfrutando de los favores de mi propia madre.
Lo que más me impacta, lo que hace que mi pulso se acelere cada vez que subo esa escalera oxidada, es ver cuánto lo disfruta ella. No es una víctima. Es la directora de orquesta de su propia orgía personal.
La semana pasada presencié una escena que aún me provoca sudores fríos. Eran tres a la vez. Mi madre estaba de rodillas en el suelo húmedo de la ducha, alternando entre sus tres penes, chupando uno mientras masturbaba los otros dos. Luego se puso a cuatro patas, y uno se la metió por detrás con una violencia que habría dolido a cualquier otra mujer, pero ella arqueaba la espalda y pedía más.
"Metémela toda, mierda, rompanme el culo..." gritó, y el tipo obedeció, cambiando de orificio sin delicadeza alguna.
Los otros dos se arrodillaron a los lados. Ella les hacía sexo oral alternativamente mientras el tercero la penetraba analmente. El sonido de los golpes de su cuerpo contra sus nalgas, el chapoteo del agua, los gemidos de ella pidiendo más velocidad, más profundidad, más rudeza, creaban una sinfonía de sexo desenfrenado que se filtraba por la ventana.
"Son unos putos dioses, no paren, voy a correrme..." chilló ella, y efectivamente, unos segundos después vi cómo su cuerpo se convulsionaba en un orgasmo que parecía sacarle el alma.
Los tres hombres terminaron casi simultáneamente. Uno en su boca, otro sobre sus tetas, y el tercero dentro de su ano. Ella se dejó caer sobre el suelo de baldosas, jadeante, cubierta de semen, con una expresión de éxtasis absoluto.
Cuando se fueron, se quedó sola bajo el chorro de agua fría, limpiándose con una satisfacción visible. Se tocó a sí misma, frotándose el clítoris con los dedos mientras el agua arrastraba los restos de los hombres que la habían usado. Se vino sola una vez más antes de salir de la ducha, recogiendo su ropa con una sonrisa de oreja a oreja.
Yo bajé de la escalera con las piernas temblando, con la imagen grabada en mi retina. Esa noche, en casa, cenamos juntos. Mi madre, impecable con su vestido de casa, me preguntó sobre la escuela con una dulzura maternal que contrastaba brutalmente con la zorra insaciable que había visto siendo follada por tres hombres apenas unas horas antes.

Yo tengo 16 años y vivo solo con ella. Mi madre empezó a ir al "Impacto Gym" hace tres años, cuando se separó de mi padre. Al principio era su terapia, su escape. Ahora es su templo, y ella es la diosa a la que todos vienen a rendir culto.
El gimnasio tiene un diseño peculiar. Los vestuarios y duchas de hombres están en el sótano, con una serie de ventanas altas, pequeñas y empañadas que dan a un callejón lateral donde nadie va. Bueno, casi nadie. Yo descubrí hace seis meses que desde el tejado del edificio de al lado, accesible por una escalera de incendios oxidada, se puede ver perfectamente el interior de esas duchas si te posicionas bien. Y lo que he visto desde entonces ha reconfigurado por completo mi forma de ver a mi propia madre.
Todo empezó una tarde de martes. Fui al gimnasio a buscarla porque se había olvidado las llaves del coche. Como no la encontraba en la zona de máquinas, caminé hacia la parte trasera. Fue entonces cuando escuché ruidos extraños. Gemidos, pero no de dolor. Me trepé a la escalera para asomarme por una de esas ventanas altas.
Lo que vi me dejó paralizado.
Mi madre estaba completamente desnuda en el área de duchas, pero no estaba sola. Delante de ella, arrodillado, estaba Daniel, un chico de 17 años que había sido compañero mío en la escuela. Tenía la cara enterrada entre sus piernas, lamiendo su vagina con una avidez que me resultó obscena. Pero lo más impactante no era eso. Era la expresión de mi madre. No había vergüenza, ni sorpresa, ni culpa. Tenía los ojos cerrados, una mano agarrando con fuerza el pelo de Daniel, y la otra masajeando su propio pecho, pellizcándose el pezón con una rudeza que me hizo estremecer.
"Ahí, justo ahí, no pares..." escuché que decía, con una voz quebrada que nunca le había escuchado en casa.
Daniel se levantó, se bajó los pantalones de chándal con urgencia, y saqué una erección que parecía un arma. Sin preámbulos, sin condón visible, la penetró de pie, levantándola contra la pared de azulejos. El sonido de sus cuerpos chocando resonó incluso a través del cristal. Mi madre envolvió sus piernas alrededor de su cintura, y él la penetraba con embestidas profundas, salvajes, mientras ella le mordía el cuello y gemía sin disimulo.
"Cógeme, Cogeme duro, asi..." suplicaba ella, y Daniel obedecía.
Duró apenas cinco minutos. Daniel se tensó, gruñó como un animal, y me di cuenta de que había terminado dentro de ella. Mi madre se quedó quieta un momento, con una sonrisa satisfecha, luego se bajó de él y se limpió con una toalla, mientras él se vestía tambaleante.
Esa fue solo la primera vez.
Ahora voy allí cada semana. He visto a media docena de compañeros de clase, todos menores de edad, algunos, desfilando por esa ducha para servir a mi madre. He visto a entrenadores del gimnasio, a desconocidos musculosos, y hasta al dueño del local, un tipo de 45 años con barriga cervecera pero cartera gruesa, disfrutando de los favores de mi propia madre.
Lo que más me impacta, lo que hace que mi pulso se acelere cada vez que subo esa escalera oxidada, es ver cuánto lo disfruta ella. No es una víctima. Es la directora de orquesta de su propia orgía personal.
La semana pasada presencié una escena que aún me provoca sudores fríos. Eran tres a la vez. Mi madre estaba de rodillas en el suelo húmedo de la ducha, alternando entre sus tres penes, chupando uno mientras masturbaba los otros dos. Luego se puso a cuatro patas, y uno se la metió por detrás con una violencia que habría dolido a cualquier otra mujer, pero ella arqueaba la espalda y pedía más.
"Metémela toda, mierda, rompanme el culo..." gritó, y el tipo obedeció, cambiando de orificio sin delicadeza alguna.
Los otros dos se arrodillaron a los lados. Ella les hacía sexo oral alternativamente mientras el tercero la penetraba analmente. El sonido de los golpes de su cuerpo contra sus nalgas, el chapoteo del agua, los gemidos de ella pidiendo más velocidad, más profundidad, más rudeza, creaban una sinfonía de sexo desenfrenado que se filtraba por la ventana.
"Son unos putos dioses, no paren, voy a correrme..." chilló ella, y efectivamente, unos segundos después vi cómo su cuerpo se convulsionaba en un orgasmo que parecía sacarle el alma.
Los tres hombres terminaron casi simultáneamente. Uno en su boca, otro sobre sus tetas, y el tercero dentro de su ano. Ella se dejó caer sobre el suelo de baldosas, jadeante, cubierta de semen, con una expresión de éxtasis absoluto.
Cuando se fueron, se quedó sola bajo el chorro de agua fría, limpiándose con una satisfacción visible. Se tocó a sí misma, frotándose el clítoris con los dedos mientras el agua arrastraba los restos de los hombres que la habían usado. Se vino sola una vez más antes de salir de la ducha, recogiendo su ropa con una sonrisa de oreja a oreja.
Yo bajé de la escalera con las piernas temblando, con la imagen grabada en mi retina. Esa noche, en casa, cenamos juntos. Mi madre, impecable con su vestido de casa, me preguntó sobre la escuela con una dulzura maternal que contrastaba brutalmente con la zorra insaciable que había visto siendo follada por tres hombres apenas unas horas antes.
0 comentarios - Las orgias de mamá en el gimnasio. Relato erotico.