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Mi profesora hace Topless

Aquel martes de septiembre me desperté con el estómago encogido. En seis días me mudaba a Murcia para estudiar Filología Hispánica, y aunque todo el mundo me felicitaba, yo contaba las horas como un condenado.

El apartamento de La Manga estaba en silencio. Metí en la mochila una toalla, agua y el Cernuda que llevaba semanas intentando terminar. Iba a salir cuando sonó el móvil. Mamá.

—¿Has echado la ropa de cama en la maleta? ¿Y has comido algo?

—Café —admití.

—Hugo… Estás raro estos días. Si es por la universidad, es normal estar nervioso.

—No es nada. Voy a darme un baño.

—¿Tú solo? Mira que eres guapo, con ese moreno y esos ojos, y te empeñas en esconderte…

—Mamá.

—Vale, me callo. Come algo, ¿eh?

Colgué. Las madres deberían tener prohibido decir esas cosas. Yo solo veía en el espejo a un chico flacucho de dieciocho años con los ojos castaños demasiado grandes para su cara.

Caminé hasta Cabo de Palos. El pueblo, sin turistas, parecía otro: persianas cerradas, gaviotas dueñas de los aparcamientos vacíos, el olor a salitre mezclado con el de las algas secas. Pasé junto al faro y giré a la derecha, hacia las calas de piedra. Elegí esa porque las escaleras viejas y los cantos rodados disuaden a casi todo el mundo. Y porque un martes laborable de septiembre solo esperaba encontrar silencio.

Bajé agarrándome a la roca. El mar estaba en calma, de un azul limpio que se volvía turquesa cerca de la orilla. La cala parecía vacía. Extendí la toalla, abrí a Cernuda y leí el mismo verso tres veces sin enterarme. Mi cabeza estaba en Murcia, en la pregunta que me perseguía desde junio: ¿y si allí todo el mundo es más listo, más seguro, más todo que yo?

Cerré el libro y levanté la vista hacia el otro extremo de la cala.

Fue entonces cuando la vi.

Entre dos rocas, una toalla clara, una mochila, un libro boca abajo. Y una mujer tumbada boca abajo, con el pelo recogido en un moño deshecho y unas gafas de sol negras.

Mi primer impulso fue largarme. Pero algo en su postura me resultaba familiar. Entonces se apoyó en un codo, se giró hacia el mar y se quitó las gafas. El sol le iluminó el perfil.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que creí que se me iba a oír.

Era Sonia. Mi profesora de Literatura. Seis años viéndola entrar en clase con un libro bajo el brazo. Y ahora estaba allí, a diez metros de mí, y en topless.

No pude apartar la vista a tiempo.

El cuerpo de Sonia no era el de una modelo de revista; era mejor. Piel morena de un solo tono, sin marcas de bikini. La espalda le bajaba en una curva lenta hasta un culo redondo y firme que la braguita granate apenas cubría. Cuando se giró de lado, los pechos se movieron con un peso suave y natural. Grandes, redondos, con los pezones oscuros un poco fruncidos por la brisa.

Me quedé paralizado, con el Cernuda abierto sobre las rodillas. Noté cómo se me endurecía la polla dentro del bañador con una rapidez vergonzosa.

Ella levantó la cabeza. Me vio. No se tapó. Solo arqueó una ceja, se incorporó un poco apoyándose en los codos —los pechos colgando libres— y sonrió.

—¿Hugo?

—Hola… profesora —balbuceé.

Ella soltó una risa baja.

—Sonia. Ya no estás en el instituto. Ven, no te quedes ahí como un poste.

Dudé. Cada paso sonaba demasiado alto. Dejé la mochila y me senté con las rodillas encogidas.

Sonia se acomodó de lado, sin cubrirse. Se volvió a poner las gafas de sol.

—No esperaba encontrar a nadie aquí un martes de septiembre. Y menos a ti. ¿Qué haces por Cabo de Palos?

—Mis padres. El apartamento. Me mudo el sábado a Murcia. Necesitaba aire.

—La universidad.

Asentí. Mis ojos bajaron un segundo a sus pechos y subieron otra vez.

Ella lo notó. Se pasó una mano por el cuello, despacio, y el movimiento hizo que todo se moviera con ella.

—Tranquilo. Supongo que habrás visto muchos topless este verano.

—Algunos.

—¿Algunos? —sonrió de lado, todavía con las gafas—. Pero no tantos como para que no te salga ese color en las orejas.

—Es que no me lo esperaba. A usted. Aquí. Así.

—Sonia. Y yo tampoco te esperaba a ti. Creí que estaría desierta. Por eso me quité la parte de arriba. El sol en la piel… me gusta sentirlo sin telas. ¿Te molesta?

—No. Solo me ha pillado por sorpresa.

—Bien. —Se recostó un poco más—. Entonces podemos hablar como dos adultos. Porque eso eres ya. Dieciocho. El de la fila del fondo que siempre sacaba las mejores redacciones y fingía que no le importaba.

—Me importaba. Más de lo que creía.

Sonia se quitó las gafas y me miró de verdad.

—Lo sé. Siempre lo supe.

El silencio fue denso. Yo notaba la erección completa que no podia evitar y el olor a crema, sal y piel caliente.

Sonia se incorporó con un suspiro pequeño y miró la toalla.

—Esta toalla es un desastre. Si me la dejo así, voy a terminar con la piedra marcada en la espalda.

Se puso de rodillas y empezó a sacudirla. Al inclinarse hacia delante, los pechos le quedaron colgando, sueltos, a la altura de mis ojos. Se le movían con un peso lento. Tragué saliva. No supe mirar a otro lado a tiempo.

La polla se me puso todavía más dura. Empujando el bañador hacia arriba.

Ella alisó una esquina, se giró todavía agachada y se le escapó una sonrisa breve.

—Ah.

Me ardió la cara.

—Perdona. Es que…

—No pidas perdón. —Se sentó sobre los talones, sin taparse—. Se nota. Y no pasa nada. No me siento observada. Son cosas de tu edad. El cuerpo va por libre.Me a pasado a veces cuando hago topless.

Se recostó de lado otra vez y se puso las gafas.

—¿Y no te incomoda?

—Al principio un poco. Luego te acostumbras. Y si la otra persona disimula… entonces incluso se vuelve interesante. Si se quedan mirando descarados da rechazo. Pero si intentan no mirar y no pueden… eso transmite otra cosa.

Se quitó las gafas y me miró.

—Tú, por ejemplo. Estás haciendo un esfuerzo enorme. Se te nota. Y no me molesta. Al contrario.

Me eché a reír, nervioso.

—Se me da fatal el disimulo.

—Lo sé. Por eso te he dicho que te acerques. Prefiero que me mires de frente a que lo hagas a escondidas y te pongas rojo cada dos segundos.

Sacó el bote de crema y se echó un poco en la mano. Empezó por los hombros. Después bajó al pecho derecho. Los dedos resbalaron sobre la curva, rodearon el pezón sin prisa. Luego el izquierdo. No miraba hacia mí, pero tampoco se giraba del todo. Me estaba dando el ángulo perfecto y los dos lo sabíamos.

—Murcia, ¿no? ¿Qué vas a estudiar?

—Filología Hispánica.

Ahora sí me miró de verdad.

—¿En serio?

—En serio.

—Hugo Martínez estudiando Filología… Me deja sin habla.

—Usted tiene la culpa. En clase no explicaba los libros como si fueran deberes. Los explicaba como si importaran de verdad. Yo entraba por cumplir y salía pensando en libros.

Sonia se incorporó un poco. Los pechos le colgaron libres al inclinarse hacia delante.

—Eso es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo. Y fíjate que me lo dice el chico que en primero de la ESO se pasaba las clases dibujando barcos.

—Eran galeones —dije, tímido—. Y en tercero ya no dibujaba. Escuchaba.

—Lo sé. Te veía. Siempre en la última fila, callado.

—Era mi asignatura favorita. Usted era mi profesora favorita. De lejos.

—Gracias. De verdad. Aunque ahora debería reñirte por el “usted”.

—Costumbre.

—Mala costumbre.

Se quedó un rato en silencio, mirándome. Después bajó la vista a mis hombros y frunció un poco el ceño.

—Estás empezando a quemarte —dijo, en tono casi de madre—. dejame que te ponga esto.

Se acercó de rodillas, se echó crema en las manos y me la pasó por los hombros y la espalda. Lo hizo con naturalidad. Yo me quedé rígido. Sentí el peso suave de sus pechos rozándome la espalda cada vez que se inclinaba. El pezón izquierdo se me clavó un segundo en el omoplato y la polla me dio otro respingo

—Relájate —murmuró, sin apartarse—. No te voy a morder.

Seguí sin moverme. Ella continuó untándome la crema con movimientos lentos y cada vez que se adelantaba volvía a notar el contacto de su pecho contra mi piel. La polla me latía dentro del bañador con una fuerza absurda.

Cuando terminó, se quedó un segundo detrás de mí. Noté su respiración en la nuca. Después se apartó y se sentó otra vez frente a mí. Bajó la vista un instante a mi entrepierna y sonrió, apenas.

—Vaya…

Me ardió la cara. Quise taparme, pero ella negó con la cabeza, suave.

—No hace falta. Es normal. Tienes dieciocho años y llevas un rato mirándome. El cuerpo responde solo. A mí no me molesta. De hecho… me siento un poco halagada.

Tragué saliva.

—No es que yo quisiera…

—Lo sé. No lo estás haciendo a propósito. Por eso no me incomoda. Estás hecho un manojo de nervios. Se te nota en la cara y se te nota ahí abajo. Y está bien. Es lo que hay.

Se recostó de lado.

—¿Te duele?

—Un poco —admití, la voz baja.

—Normal. Llevas así un rato. No te preocupes. Solo… no finjas que no está pasando. Queda peor.

Me eché a reír, nervioso.

—Se me da fatal disimular.

—Lo sé. Relájate. No es el fin del mundo.

El silencio que siguió ya no pesaba igual. Ahora había un acuerdo tácito: ella sabía el efecto que me estaba haciendo y a ella no solo no le importaba… le hacía cierta gracia.

Sonia miró hacia las rocas del fondo de la cala.

—Hay una cueva un poco más allá —dijo de pronto—. Si nadamos unos metros hacia esa pared. Es pequeña, pero preciosa. El agua dentro se pone de un color turquesa de verdad. Y está más fresca.

Me miró.

—¿Te apetece verla? Yo suelo ir cuando quiero estar un rato a la sombra.

Dudé solo un segundo.

—Sí —dije—. Me apetece.

Sonia sonrió y se levantó.

—Pues vamos.

Se metió al agua sin esperar respuesta. Cuando le llegó a la cintura se dejó caer hacia delante y empezó a nadar. Yo la seguí, con el corazón todavía acelerado y la certeza absurda de que acababa de aceptar algo mucho más grande de lo que ella había dicho.

Sonia se metió al agua sin esperar respuesta. Cuando el agua le cubrió los pechos se dejó caer hacia delante y empezó a nadar. Yo la seguí.fin del primer capitulo. capitulo 2 en la red social del autor original aqui 
https://x.com/leonelly777/status/2095536871564509690 todos los derechos reservados para el autor original

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