Capítulo2: Secretos
Losdías comenzaron a transcurrir, y con cada uno de ellos, aquella sensación queme había sobrecogido el primer día no hacía más que crecer, arraigarse en mícomo algo que ya no podía arrancar. Me decía a mí misma que era una locura, queno tenía sentido, que yo era su madrastra y él apenas un muchacho de dieciséisaños. Pero por más que intentaba razonar, por más que me reprendía en silencio,no podía dejar de mirarlo. No podía dejar de esperar sus ojos sobre mí.
Comencéa vestirme de manera distinta. No era algo que decidiera con frialdad, sinoalgo que nacía sin que yo pudiera evitarlo: elegía telas más ligeras, blusas dealgodón que se ceñían levemente a mi cuerpo, faldas un poco más cortas,vestidos sin mangas que dejaban al descubierto mis brazos y parte de mishombros. Me decía que hacía calor, que era una costumbre mía, que nada teníaque ver con él. Pero en el fondo, lo sabía: cada prenda que elegía, cadadetalle de mi arreglo, lo hacía esperando que él me mirara. Esperando que susojos jóvenes recorrieran mi piel y se detuvieran en mí.
Y éllo hacía. Lo notaba. Sentía su mirada sobre mí cuando creía que yo no me dabacuenta. Me observaba desde el pasillo mientras yo ordenaba la sala. Me mirabadesde la puerta de la cocina mientras yo preparaba la comida. Seguía cada unode mis movimientos con una atención silenciosa, fija, intensa, que me hacíatemblar por dentro y a la vez me llenaba de una extraña, peligrosasatisfacción.
Unatarde, estaba en el jardín con un vestido ligero de tirantes, de tela suave quese ajustaba apenas a mi figura, recogiendo unas flores junto al seto. Sabía queél estaba cerca. Lo sentía. Y cuando me giré, lo encontré de pie, a pocospasos, mirándome. Sus ojos recorrieron mis hombros, mi escote, mis piernasdescubiertas, y luego se encontraron con los míos. No apartó la vista deinmediato. Se quedó allí, mirándome, con una expresión que yo no lograbadescifrar por completo: asombro, deseo, confusión… y algo más que me hizoestremecer.
—¿Tegusta el jardín? —le pregunté, con voz que intenté mantener tranquila, aunquesentía que el corazón se me aceleraba.
—Sí—respondió él, y su voz sonó algo más grave de lo normal—. Es hermoso. Igualque…
Secalló de golpe y bajó la mirada, como si hubiera estado a punto de decir algoque no debía.
—¿Igualque qué, Mateo? —pregunté, acercándome un paso, sin darme cuenta de que meacercaba demasiado.
Éllevantó la vista lentamente y me miró a los ojos.
—Nada—dijo, con una leve sonrisa que no llegó a iluminar del todo su rostro—. Que esmuy hermoso.
Y semarchó, dejándome allí de pie, con las flores en las manos y el pulsoacelerado, sabiendo perfectamente que no hablaba de las flores.
Apartir de ese día, todo cambió entre nosotros, aunque nadie lo dijera en vozalta. Comencé a mostrarme sin cuidado ante él: salía al pasillo con ropaligera, cruzaba la sala con una bata fina cuando él estaba presente, me sentabajunto a la ventana con la falda un poco más levantada de lo necesario, dejandoal descubierto mis piernas. Lo hacía sin prisa, sin fingir darme cuenta de supresencia, pero siempre sabiendo que él estaba allí mirándome. Y siempre loestaba.
Susojos no me dejaban. Me seguían a todas partes. Cuando comíamos, cuandohablábamos, cuando caminábamos por la casa. Y yo, bajo aquella mirada joven yardiente, me sentía viva de una manera que jamás había sentido. Me sentíadeseada, admirada, vista de una manera que ni siquiera Alberto me miraba.
Unanoche, después de cenar, Alberto me tomó de la mano y me llevó hacia laescalera.
—Vamosarriba, Martha —me dijo al oído, apretándome levemente la mano—. Hoy te vesespecialmente hermosa.
Medejó llevar. Subimos a nuestra habitación. Allí, entre las sábanas y lapenumbra, Alberto me abrazó, me besó, y comenzó a amarme como lo hacía siempre:con calma, con ternura, de manera pausada y conocida. Yo me dejaba hacer,respondía a sus caricias, decía las palabras que se esperaba que dijera… peromi mente estaba lejos de allí. Mi mente volaba hacia otro rostro, hacia otrosojos, hacia aquella mirada que me recorría entera cuando creía que nadie veía.
-Ahhhh,Albertoooohhh, sigue, sigue, así, así, hazme tuyaaaahhhh…
-Marthaaaahhhque bien te mueves, hoy estas especialmente ardiente eso me encantaaaahhhh
-AmameAlbertoooohhh, hazme llegar, llenameeeee ahhhhh
Cerrélos ojos y, entre las sombras, sin quererlo ni proponérmelo, la imagen de Mateovino a ocupar el lugar de Alberto. Fue un instante, apenas un segundo, pero fuesuficiente para que el sentimiento de culpa me atravesara el pecho con fuerza.Me sentí indigna, despreciable, una mujer sin corazón que recibía el amor de unhombre honrado mientras pensaba en su propio hijo. Sin embargo, a pesar detodo, no pude apartar la imagen de Mateo de mi mente.
Yentonces, en medio de todo, abrí los ojos.
Lapuerta de nuestra habitación estaba entreabierta. Y en la rendija, en lapenumbra del pasillo, creí verlo.
Creíver su rostro. Creí ver sus ojos grandes y oscuros, fijos en mí, observándomeen silencio.
Contuveel aliento. El corazón se me detuvo por un instante. ¿Estaba él allí? ¿Nosestaba mirando? ¿Había visto todo aquello?
—¿Quétienes, amor? —preguntó Alberto, deteniéndose levemente—. Te has puesto rígida.
—Nada—respondí, con voz que casi no me salió—. Nada…
Albertovolvió a besarme, volvió a acariciarme, y yo me obligué a concentrarme en él, aolvidar lo que creí haber visto. Pero no podía dejar de mirar hacia la puerta.Aquella sombra… aquellos ojos… ¿había estado realmente allí? ¿O era mi propiaconciencia, mi culpa, mi deseo prohibido, que tomaba forma en la oscuridad paraatormentarme?
-Ohhhh,mi amor ahhhh, ricoooohhhh… ya casi llego amor sigue moviéndote así, así,siiiii… ahhhh, ahhhhh OHHHHH…
-Marthaaaaahhhhrecibeloooohhhhh
-Siiiilléname, llenameeeee damelaaaaahhhhh
Cuandoterminamos, Alberto se recostó a mi lado y me abrazó, y poco después surespiración se volvió tranquila y profunda. Yo permanecí despierta, con lamirada fija en la puerta entreabierta, sintiendo que el corazón se medesbocaba. Si había sido Mateo… si nos había visto… ¿qué habría pensado? ¿Sehabría alejado de mí para siempre? ¿Había visto en mí lo que yo intentabaocultar? ¿O acaso lo que había visto había encendido en él algo que también élintentaba reprimir?
Melevanté con cuidado, me puse una bata y me acerqué a la puerta. La abrí un pocomás y miré hacia el pasillo. Estaba vacío. En silencio. En penumbra. No habíanadie.
Mequedé allí, en el umbral, sin saber si sentir alivio o decepción.
Fuesolo tu imaginación, me dije a mí misma. Estás nerviosa,culpable, obsesionada con él. Crees verlo en todas partes. No estaba allí. Nopudo estar allí.
Y sinembargo, mientras regresaba a la cama, sentí algo en el aire. Una presencia queaún permanecía. Una sensación de que, aunque ya no estuviera mirando, sabía.Sabía lo que yo sentía. Sabía lo que yo ocultaba. Y quizás… quizás él sentíaexactamente lo mismo.
A lamañana siguiente, bajé temprano al comedor. Mis pasos eran lentos, inseguros.No sabía cómo mirarlo a la cara. No sabía si él me miraría igual que siempre, osi en sus ojos encontraría el reflejo de lo que creí ver anoche.
Entréy lo encontré ya allí, sentado a la mesa, desayunando en silencio. Al entraryo, levantó la vista.
Nuestrasmiradas se cruzaron.
Medetuve en seco. Esperé ver en él confusión, rechazo, reproche. Pero no encontrénada de eso. Me miró como siempre… o casi. Sus ojos se posaron en mí conaquella misma intensidad de siempre, pero hoy había algo más. Una sombra oscuraen su mirada. Un brillo que parecía más encendido. Y cuando sus ojosrecorrieron mi cuerpo, lentamente, de arriba abajo, sentí que me recorría unescalofrío.
—Buenosdías —dijo él. Su voz sonó tranquila, pero había algo tenso en ella.
—Buenosdías, Mateo —respondí, y sentí que mi voz temblaba levemente.
Meacerqué a la mesa y me serví el desayuno con manos que apenas lograbanmantenerse firmes. Él no apartaba la vista de mí. Y en aquel momento, estabasegura: había estado allí. Había visto. Y lejos de alejarse, aquello parecíahaberlo acercado más a mí.
—¿Durmióbien? —me preguntó, en un tono que no era el de siempre. Era más suave, másíntimo, como si supiera algo que yo creía secreto.
Levantéla vista y lo encontré mirándome fijamente, con una expresión que me hizoestremecer.
—Sí…muy bien —respondí—. ¿Y tú?
Él noapartó la mirada. Me sostuvo la vista unos instantes que parecieron eternos, yluego dijo, despacio:
—Yotambién. Tuve sueños muy vívidos. No los olvidé en toda la noche.
Sentíque la sangre se me subía al rostro. ¿Estaba hablando de lo que creí veranoche? ¿Me estaba diciendo, sin palabras, que había estado allí mirándome? ¿Oera simplemente mi imaginación otra vez, jugándome malas pasadas?
—Yaveo —dije, sin saber qué más decir, bajando la mirada hacia mi taza para que noviera lo que sentía en mis ojos.
En esemomento entró Alberto, alegre y tranquilo como siempre, y el momento se rompió.Mateo bajó la cabeza y siguió desayunando, pero yo sentía que bajo la mesa, supresencia seguía siendo intensa, cargada de algo que ninguno de los dos seatrevía a decir.
Duranteel resto del día, aquella sensación no se apartó de mí. Cada vez que me cruzabacon él en los pasillos, cada vez que coincidíamos en alguna habitación, sentíaque sus ojos me recorrían entera. Y yo… yo no me apartaba. Yo me dejaba mirar.Sabía que estaba mal. Sabía que era peligroso. Sabía que en cualquier momentoalguien podía notarlo, que Alberto podía darse cuenta, que todo podía venirseabajo. Pero no podía detenerme. Algo más fuerte que yo me empujaba hacia él.Algo que nacía en lo más hondo de mi ser y que no lograba dominar.
Meacercaba a él más de lo necesario. Le pasaba cerca dejando que mi brazo rozarael suyo. Me inclinaba ante él mostrándole algo en un libro o en una ventana,consciente de que podía verme el escote, consciente de que sus ojos se posabanallí y se quedaban. Y él… él no se apartaba. Respiraba hondo cuando yo estabacerca. Sus manos se cerraban en puños a los costados, como si luchara porcontenerse. Y sus ojos, oscuros y ardientes, no dejaban de mirarme.
Unatarde, estaba en la sala leyendo cuando él entró. Se quedó de pie a unos pasosde mí, sin decir nada. Levanté la vista y lo encontré mirándome. Me miraba deuna manera que no debía mirarme nadie, y menos él. Me miraba con deseo puro,sin ocultarlo ya del todo.
—¿Necesitasalgo, Mateo? —le pregunté, con voz suave, dejando el libro a un lado yrecostándome levemente en el sillón, sabiendo que aquella postura hacía que mivestido se tensara sobre mi cuerpo.
Él dioun paso hacia mí. Se detuvo tan cerca que casi podía sentir el calor de sucuerpo.
—Soloquería verla —dijo, en voz baja, casi un susurro—. Eso es todo.
Sentíque el aire me faltaba.
—¿Verme?—repetí, apenas audible.
—Sí—respondió él, sin apartar la vista de mis labios—. Me gusta verla. Es lo únicoque pienso hacer todo el día.
Suspalabras me atravesaron como una flecha. Debí haberlo reprendido. Debí habermelevantado y alejado. Debí haberle dicho que aquello estaba mal, que yo era sumadrastra, que debía respetarme. Pero no lo hice. Me quedé allí, inmóvil,mirándolo, sintiendo que mi corazón latía con violencia contra mis costillas,sintiendo que él se acercaba más y más, y que yo no me apartaba.
—Mateo…—susurré su nombre, y salió de mis labios como una caricia, como un deseo.
Él diootro paso. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración cálida sobre mirostro. Vi sus ojos oscuros, fijos en los míos, y luego bajaron lentamentehacia mis labios. Estaba a punto de tocarme. Estaba a punto de cruzar la líneaque nos separaba, y yo… yo no tenía fuerzas para detenerlo.
En eseinstante, se escucharon pasos en el pasillo.
Mateose apartó de golpe, dando un salto hacia atrás, como si hubiera despertado depronto. Yo me enderecé en el sillón, respirando entrecortadamente, intentandoaparentar calma. Entró Alberto.
—¿Todobien aquí? —preguntó él, mirándonos a ambos con una sonrisa tranquila que nosospechaba nada.
—Sí,padre —respondió Mateo, un poco más tenso de lo normal—. Solo… le preguntabaalgo a Martha.
—Yaveo —dijo Alberto, acercándose y besándome suavemente en la frente—. Parece queestán muy unidos. Me alegra mucho verlos así.
Yoapenas podía hablar. Sentía el cuerpo entero temblando. Sentía la presencia deMateo a mi lado, su calor, su mirada aún fija en mí. Y sentía algo más: queaquel encuentro, que aquella cercanía, no era algo que yo pudiera detener ya.Estábamos atrapados en algo más grande que nosotros mismos. Una atracción quecrecía día a día, que se alimentaba de miradas y silencios, que nos arrastrabasin que pudiéramos oponer resistencia.
Pasaronlos días y la tensión entre nosotros se volvió casi insoportable. Cada miradaera una promesa. Cada roce accidental era una descarga eléctrica. Cada palabraera cargada de doble sentido. Yo seguía vistiéndome para él. Seguía mostrándomesin cuidado, buscando sus ojos, buscando su atención. Y él… él me miraba con undeseo que ya no se molestaba en ocultar del todo.
Aquellanoche, al acostarnos junto a Alberto, no pude evitar volver a pensar en lo dela noche anterior. ¿Había estado realmente allí? ¿Me había visto con su padre?Y si así fue… ¿qué sintió? ¿Dolor? ¿Celos? ¿Deseo?
Cerrélos ojos y me vi obligada a confesarme a mí misma la verdad que más meaterraba: no me importaba que nos hubiera visto. No me importaba que supiera.En el fondo de mi corazón, aquella idea me provocaba una emoción prohibida,oscura y poderosa. La idea de que él supiera lo que yo era capaz de hacer… y deque aun así, me deseara igual.
Melevanté de la cama y me acerqué a la ventana. Miré hacia el jardín, hacia laoscuridad, y en silencio me pregunté si él también estaría despierto. Sitambién él estuviese mirando hacia mi ventana. Si también su corazón latíadesbocado por algo que no debía sentir.
Yentonces, lo creí escuchar. Un leve roce al otro lado de la puerta. Alguien quese detiene, que espera, que respira en silencio.
Mequedé inmóvil, con la mano sobre el pecho, conteniendo el aliento. No me giré.No me atreví a mirar. Pero en el silencio de aquella noche, supe que estabaallí. Supe que me estaba mirando. Y supe también que, desde aquella primeratarde en que apareció en mi puerta, nada entre nosotros volvería a ser lomismo.
A lamañana siguiente, al bajar, lo encontré de nuevo en el comedor. Al entrar yo,levantó la vista y me miró de arriba abajo, lentamente, sin prisa, sin ocultarnada. Y esta vez, en sus ojos no había confusión. Había certeza. Había deseo.Había algo que nos unía y que ya no podíamos negar.
—Buenosdías, Martha —me dijo, pronunciando mi nombre despacio, como saboreándolo.
—Buenosdías, Mateo —respondí yo, y esta vez no aparté la mirada.
Nosquedamos así, mirándonos, unos instantes, sabiendo ambos que algo habíacambiado para siempre. Que las miradas ya no eran solo miradas. Que lossecretos ya no eran solo secretos. Y que aquello que estábamos empezando asentir era mucho más grande, mucho más peligroso y mucho más poderoso quenosotros mismos.
Ymientras él me miraba con aquellos ojos que me llamaban sin palabras, yocomprendí que ya no había vuelta atrás. Había cruzado la línea sin darmecuenta. Había despertado algo que dormía en él, y en mí, y ahora… ahora tendríaque aprender a vivir con ello.
Losdías comenzaron a transcurrir, y con cada uno de ellos, aquella sensación queme había sobrecogido el primer día no hacía más que crecer, arraigarse en mícomo algo que ya no podía arrancar. Me decía a mí misma que era una locura, queno tenía sentido, que yo era su madrastra y él apenas un muchacho de dieciséisaños. Pero por más que intentaba razonar, por más que me reprendía en silencio,no podía dejar de mirarlo. No podía dejar de esperar sus ojos sobre mí.
Comencéa vestirme de manera distinta. No era algo que decidiera con frialdad, sinoalgo que nacía sin que yo pudiera evitarlo: elegía telas más ligeras, blusas dealgodón que se ceñían levemente a mi cuerpo, faldas un poco más cortas,vestidos sin mangas que dejaban al descubierto mis brazos y parte de mishombros. Me decía que hacía calor, que era una costumbre mía, que nada teníaque ver con él. Pero en el fondo, lo sabía: cada prenda que elegía, cadadetalle de mi arreglo, lo hacía esperando que él me mirara. Esperando que susojos jóvenes recorrieran mi piel y se detuvieran en mí.
Y éllo hacía. Lo notaba. Sentía su mirada sobre mí cuando creía que yo no me dabacuenta. Me observaba desde el pasillo mientras yo ordenaba la sala. Me mirabadesde la puerta de la cocina mientras yo preparaba la comida. Seguía cada unode mis movimientos con una atención silenciosa, fija, intensa, que me hacíatemblar por dentro y a la vez me llenaba de una extraña, peligrosasatisfacción.
Unatarde, estaba en el jardín con un vestido ligero de tirantes, de tela suave quese ajustaba apenas a mi figura, recogiendo unas flores junto al seto. Sabía queél estaba cerca. Lo sentía. Y cuando me giré, lo encontré de pie, a pocospasos, mirándome. Sus ojos recorrieron mis hombros, mi escote, mis piernasdescubiertas, y luego se encontraron con los míos. No apartó la vista deinmediato. Se quedó allí, mirándome, con una expresión que yo no lograbadescifrar por completo: asombro, deseo, confusión… y algo más que me hizoestremecer.
—¿Tegusta el jardín? —le pregunté, con voz que intenté mantener tranquila, aunquesentía que el corazón se me aceleraba.
—Sí—respondió él, y su voz sonó algo más grave de lo normal—. Es hermoso. Igualque…
Secalló de golpe y bajó la mirada, como si hubiera estado a punto de decir algoque no debía.
—¿Igualque qué, Mateo? —pregunté, acercándome un paso, sin darme cuenta de que meacercaba demasiado.
Éllevantó la vista lentamente y me miró a los ojos.
—Nada—dijo, con una leve sonrisa que no llegó a iluminar del todo su rostro—. Que esmuy hermoso.
Y semarchó, dejándome allí de pie, con las flores en las manos y el pulsoacelerado, sabiendo perfectamente que no hablaba de las flores.
Apartir de ese día, todo cambió entre nosotros, aunque nadie lo dijera en vozalta. Comencé a mostrarme sin cuidado ante él: salía al pasillo con ropaligera, cruzaba la sala con una bata fina cuando él estaba presente, me sentabajunto a la ventana con la falda un poco más levantada de lo necesario, dejandoal descubierto mis piernas. Lo hacía sin prisa, sin fingir darme cuenta de supresencia, pero siempre sabiendo que él estaba allí mirándome. Y siempre loestaba.
Susojos no me dejaban. Me seguían a todas partes. Cuando comíamos, cuandohablábamos, cuando caminábamos por la casa. Y yo, bajo aquella mirada joven yardiente, me sentía viva de una manera que jamás había sentido. Me sentíadeseada, admirada, vista de una manera que ni siquiera Alberto me miraba.
Unanoche, después de cenar, Alberto me tomó de la mano y me llevó hacia laescalera.
—Vamosarriba, Martha —me dijo al oído, apretándome levemente la mano—. Hoy te vesespecialmente hermosa.
Medejó llevar. Subimos a nuestra habitación. Allí, entre las sábanas y lapenumbra, Alberto me abrazó, me besó, y comenzó a amarme como lo hacía siempre:con calma, con ternura, de manera pausada y conocida. Yo me dejaba hacer,respondía a sus caricias, decía las palabras que se esperaba que dijera… peromi mente estaba lejos de allí. Mi mente volaba hacia otro rostro, hacia otrosojos, hacia aquella mirada que me recorría entera cuando creía que nadie veía.
-Ahhhh,Albertoooohhh, sigue, sigue, así, así, hazme tuyaaaahhhh…
-Marthaaaahhhque bien te mueves, hoy estas especialmente ardiente eso me encantaaaahhhh
-AmameAlbertoooohhh, hazme llegar, llenameeeee ahhhhh
Cerrélos ojos y, entre las sombras, sin quererlo ni proponérmelo, la imagen de Mateovino a ocupar el lugar de Alberto. Fue un instante, apenas un segundo, pero fuesuficiente para que el sentimiento de culpa me atravesara el pecho con fuerza.Me sentí indigna, despreciable, una mujer sin corazón que recibía el amor de unhombre honrado mientras pensaba en su propio hijo. Sin embargo, a pesar detodo, no pude apartar la imagen de Mateo de mi mente.
Yentonces, en medio de todo, abrí los ojos.
Lapuerta de nuestra habitación estaba entreabierta. Y en la rendija, en lapenumbra del pasillo, creí verlo.
Creíver su rostro. Creí ver sus ojos grandes y oscuros, fijos en mí, observándomeen silencio.
Contuveel aliento. El corazón se me detuvo por un instante. ¿Estaba él allí? ¿Nosestaba mirando? ¿Había visto todo aquello?
—¿Quétienes, amor? —preguntó Alberto, deteniéndose levemente—. Te has puesto rígida.
—Nada—respondí, con voz que casi no me salió—. Nada…
Albertovolvió a besarme, volvió a acariciarme, y yo me obligué a concentrarme en él, aolvidar lo que creí haber visto. Pero no podía dejar de mirar hacia la puerta.Aquella sombra… aquellos ojos… ¿había estado realmente allí? ¿O era mi propiaconciencia, mi culpa, mi deseo prohibido, que tomaba forma en la oscuridad paraatormentarme?
-Ohhhh,mi amor ahhhh, ricoooohhhh… ya casi llego amor sigue moviéndote así, así,siiiii… ahhhh, ahhhhh OHHHHH…
-Marthaaaaahhhhrecibeloooohhhhh
-Siiiilléname, llenameeeee damelaaaaahhhhh
Cuandoterminamos, Alberto se recostó a mi lado y me abrazó, y poco después surespiración se volvió tranquila y profunda. Yo permanecí despierta, con lamirada fija en la puerta entreabierta, sintiendo que el corazón se medesbocaba. Si había sido Mateo… si nos había visto… ¿qué habría pensado? ¿Sehabría alejado de mí para siempre? ¿Había visto en mí lo que yo intentabaocultar? ¿O acaso lo que había visto había encendido en él algo que también élintentaba reprimir?
Melevanté con cuidado, me puse una bata y me acerqué a la puerta. La abrí un pocomás y miré hacia el pasillo. Estaba vacío. En silencio. En penumbra. No habíanadie.
Mequedé allí, en el umbral, sin saber si sentir alivio o decepción.
Fuesolo tu imaginación, me dije a mí misma. Estás nerviosa,culpable, obsesionada con él. Crees verlo en todas partes. No estaba allí. Nopudo estar allí.
Y sinembargo, mientras regresaba a la cama, sentí algo en el aire. Una presencia queaún permanecía. Una sensación de que, aunque ya no estuviera mirando, sabía.Sabía lo que yo sentía. Sabía lo que yo ocultaba. Y quizás… quizás él sentíaexactamente lo mismo.
A lamañana siguiente, bajé temprano al comedor. Mis pasos eran lentos, inseguros.No sabía cómo mirarlo a la cara. No sabía si él me miraría igual que siempre, osi en sus ojos encontraría el reflejo de lo que creí ver anoche.
Entréy lo encontré ya allí, sentado a la mesa, desayunando en silencio. Al entraryo, levantó la vista.
Nuestrasmiradas se cruzaron.
Medetuve en seco. Esperé ver en él confusión, rechazo, reproche. Pero no encontrénada de eso. Me miró como siempre… o casi. Sus ojos se posaron en mí conaquella misma intensidad de siempre, pero hoy había algo más. Una sombra oscuraen su mirada. Un brillo que parecía más encendido. Y cuando sus ojosrecorrieron mi cuerpo, lentamente, de arriba abajo, sentí que me recorría unescalofrío.
—Buenosdías —dijo él. Su voz sonó tranquila, pero había algo tenso en ella.
—Buenosdías, Mateo —respondí, y sentí que mi voz temblaba levemente.
Meacerqué a la mesa y me serví el desayuno con manos que apenas lograbanmantenerse firmes. Él no apartaba la vista de mí. Y en aquel momento, estabasegura: había estado allí. Había visto. Y lejos de alejarse, aquello parecíahaberlo acercado más a mí.
—¿Durmióbien? —me preguntó, en un tono que no era el de siempre. Era más suave, másíntimo, como si supiera algo que yo creía secreto.
Levantéla vista y lo encontré mirándome fijamente, con una expresión que me hizoestremecer.
—Sí…muy bien —respondí—. ¿Y tú?
Él noapartó la mirada. Me sostuvo la vista unos instantes que parecieron eternos, yluego dijo, despacio:
—Yotambién. Tuve sueños muy vívidos. No los olvidé en toda la noche.
Sentíque la sangre se me subía al rostro. ¿Estaba hablando de lo que creí veranoche? ¿Me estaba diciendo, sin palabras, que había estado allí mirándome? ¿Oera simplemente mi imaginación otra vez, jugándome malas pasadas?
—Yaveo —dije, sin saber qué más decir, bajando la mirada hacia mi taza para que noviera lo que sentía en mis ojos.
En esemomento entró Alberto, alegre y tranquilo como siempre, y el momento se rompió.Mateo bajó la cabeza y siguió desayunando, pero yo sentía que bajo la mesa, supresencia seguía siendo intensa, cargada de algo que ninguno de los dos seatrevía a decir.
Duranteel resto del día, aquella sensación no se apartó de mí. Cada vez que me cruzabacon él en los pasillos, cada vez que coincidíamos en alguna habitación, sentíaque sus ojos me recorrían entera. Y yo… yo no me apartaba. Yo me dejaba mirar.Sabía que estaba mal. Sabía que era peligroso. Sabía que en cualquier momentoalguien podía notarlo, que Alberto podía darse cuenta, que todo podía venirseabajo. Pero no podía detenerme. Algo más fuerte que yo me empujaba hacia él.Algo que nacía en lo más hondo de mi ser y que no lograba dominar.
Meacercaba a él más de lo necesario. Le pasaba cerca dejando que mi brazo rozarael suyo. Me inclinaba ante él mostrándole algo en un libro o en una ventana,consciente de que podía verme el escote, consciente de que sus ojos se posabanallí y se quedaban. Y él… él no se apartaba. Respiraba hondo cuando yo estabacerca. Sus manos se cerraban en puños a los costados, como si luchara porcontenerse. Y sus ojos, oscuros y ardientes, no dejaban de mirarme.
Unatarde, estaba en la sala leyendo cuando él entró. Se quedó de pie a unos pasosde mí, sin decir nada. Levanté la vista y lo encontré mirándome. Me miraba deuna manera que no debía mirarme nadie, y menos él. Me miraba con deseo puro,sin ocultarlo ya del todo.
—¿Necesitasalgo, Mateo? —le pregunté, con voz suave, dejando el libro a un lado yrecostándome levemente en el sillón, sabiendo que aquella postura hacía que mivestido se tensara sobre mi cuerpo.
Él dioun paso hacia mí. Se detuvo tan cerca que casi podía sentir el calor de sucuerpo.
—Soloquería verla —dijo, en voz baja, casi un susurro—. Eso es todo.
Sentíque el aire me faltaba.
—¿Verme?—repetí, apenas audible.
—Sí—respondió él, sin apartar la vista de mis labios—. Me gusta verla. Es lo únicoque pienso hacer todo el día.
Suspalabras me atravesaron como una flecha. Debí haberlo reprendido. Debí habermelevantado y alejado. Debí haberle dicho que aquello estaba mal, que yo era sumadrastra, que debía respetarme. Pero no lo hice. Me quedé allí, inmóvil,mirándolo, sintiendo que mi corazón latía con violencia contra mis costillas,sintiendo que él se acercaba más y más, y que yo no me apartaba.
—Mateo…—susurré su nombre, y salió de mis labios como una caricia, como un deseo.
Él diootro paso. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración cálida sobre mirostro. Vi sus ojos oscuros, fijos en los míos, y luego bajaron lentamentehacia mis labios. Estaba a punto de tocarme. Estaba a punto de cruzar la líneaque nos separaba, y yo… yo no tenía fuerzas para detenerlo.
En eseinstante, se escucharon pasos en el pasillo.
Mateose apartó de golpe, dando un salto hacia atrás, como si hubiera despertado depronto. Yo me enderecé en el sillón, respirando entrecortadamente, intentandoaparentar calma. Entró Alberto.
—¿Todobien aquí? —preguntó él, mirándonos a ambos con una sonrisa tranquila que nosospechaba nada.
—Sí,padre —respondió Mateo, un poco más tenso de lo normal—. Solo… le preguntabaalgo a Martha.
—Yaveo —dijo Alberto, acercándose y besándome suavemente en la frente—. Parece queestán muy unidos. Me alegra mucho verlos así.
Yoapenas podía hablar. Sentía el cuerpo entero temblando. Sentía la presencia deMateo a mi lado, su calor, su mirada aún fija en mí. Y sentía algo más: queaquel encuentro, que aquella cercanía, no era algo que yo pudiera detener ya.Estábamos atrapados en algo más grande que nosotros mismos. Una atracción quecrecía día a día, que se alimentaba de miradas y silencios, que nos arrastrabasin que pudiéramos oponer resistencia.
Pasaronlos días y la tensión entre nosotros se volvió casi insoportable. Cada miradaera una promesa. Cada roce accidental era una descarga eléctrica. Cada palabraera cargada de doble sentido. Yo seguía vistiéndome para él. Seguía mostrándomesin cuidado, buscando sus ojos, buscando su atención. Y él… él me miraba con undeseo que ya no se molestaba en ocultar del todo.
Aquellanoche, al acostarnos junto a Alberto, no pude evitar volver a pensar en lo dela noche anterior. ¿Había estado realmente allí? ¿Me había visto con su padre?Y si así fue… ¿qué sintió? ¿Dolor? ¿Celos? ¿Deseo?
Cerrélos ojos y me vi obligada a confesarme a mí misma la verdad que más meaterraba: no me importaba que nos hubiera visto. No me importaba que supiera.En el fondo de mi corazón, aquella idea me provocaba una emoción prohibida,oscura y poderosa. La idea de que él supiera lo que yo era capaz de hacer… y deque aun así, me deseara igual.
Melevanté de la cama y me acerqué a la ventana. Miré hacia el jardín, hacia laoscuridad, y en silencio me pregunté si él también estaría despierto. Sitambién él estuviese mirando hacia mi ventana. Si también su corazón latíadesbocado por algo que no debía sentir.
Yentonces, lo creí escuchar. Un leve roce al otro lado de la puerta. Alguien quese detiene, que espera, que respira en silencio.
Mequedé inmóvil, con la mano sobre el pecho, conteniendo el aliento. No me giré.No me atreví a mirar. Pero en el silencio de aquella noche, supe que estabaallí. Supe que me estaba mirando. Y supe también que, desde aquella primeratarde en que apareció en mi puerta, nada entre nosotros volvería a ser lomismo.
A lamañana siguiente, al bajar, lo encontré de nuevo en el comedor. Al entrar yo,levantó la vista y me miró de arriba abajo, lentamente, sin prisa, sin ocultarnada. Y esta vez, en sus ojos no había confusión. Había certeza. Había deseo.Había algo que nos unía y que ya no podíamos negar.
—Buenosdías, Martha —me dijo, pronunciando mi nombre despacio, como saboreándolo.
—Buenosdías, Mateo —respondí yo, y esta vez no aparté la mirada.
Nosquedamos así, mirándonos, unos instantes, sabiendo ambos que algo habíacambiado para siempre. Que las miradas ya no eran solo miradas. Que lossecretos ya no eran solo secretos. Y que aquello que estábamos empezando asentir era mucho más grande, mucho más peligroso y mucho más poderoso quenosotros mismos.
Ymientras él me miraba con aquellos ojos que me llamaban sin palabras, yocomprendí que ya no había vuelta atrás. Había cruzado la línea sin darmecuenta. Había despertado algo que dormía en él, y en mí, y ahora… ahora tendríaque aprender a vivir con ello.
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