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Compendio III
58: ULTIMA ENTREGA INFORMAL (II)
Recuperamos la compostura al ingresar en la amplia entrada del Hyatt; la transición de la desesperación latente de la camioneta hacia el lujo del hotel fue un cambio repentino de frecuencia. La lluvia se había convertido en una bruma plateada y persistente que se adhería a las torres de cristal de Melbourne, desdibujando los bordes del mundo. Al bajar, el silencio entre nosotros no era el vacío calmo de una pareja estable, sino el silencio pesado y expectante de dos personas bordeando un precipicio. Cada mirada estaba cargada de un peso extraño y solemne; el duelo de una pérdida que no había ocurrido, el proceso del duelo por una relación que existía únicamente en los márgenes del calendario.

Como de costumbre, recorrí del vestíbulo hacia el mostrador de recepción, donde Liam nos esperaba. El joven gerente parecía haber sido elegido para una película independiente de bajo presupuesto; poseía una cualidad de rasgos suaves, al estilo de James Franco, que normalmente irradiaba amabilidad, pero se veía profundamente sombrío. Conocía el horario; sabía que, para el viernes, la suite estaría vacía y el régimen temporal de Reginald y Celeste sería solo un recuerdo. Había una cualidad fúnebre mientras nos observaba, como si fuera testigo de los capítulos finales de una tragedia.
> ¡Lo siento mucho, señor! - confesó Liam, con voz cargada de una tristeza genuina y fuera de lugar. Aceptó el último soborno de quinientos dólares tembloroso, alternando la mirada entre nosotros con profunda simpatía. - ¡Ustedes dos realmente hacen una pareja linda!
No pudimos evitar sonrojarnos, un raro momento de vulnerabilidad que se sentía casi inocente comparado con el caos de la última hora. Liam era un tipo decente, poseedor de una sinceridad que hacía la transacción pareciera menos un soborno y más una propina por un servicio especializado. En realidad, probablemente habría guardado nuestro secreto gratis, impulsado por un sentido del romanticismo, pero los quinientos dólares aseguraron que su lealtad fuera profesional además de emocional. Para mí, el dinero era un precio trivial a pagar por el privilegio de la compañía de Celeste; ella era una obra maestra de mujer, y cualquier hombre pagaría una suma exorbitante por unas pocas horas de su atención exclusiva.

Celeste, a su vez, se inclinó sobre el mostrador de mármol y plantó un beso suave y prolongado en la mejilla de Liam. El joven quedó paralizado, con ojos muy abiertos en una mezcla de asombro y genuina lisonja, y su rostro se tiñó de un carmesí intenso. Parecía conmovido, quizás ligeramente prendado, por el repentino afecto de la elegante inglesa. Sin embargo, mientras observaba la interacción, un morbo oscuro y posesivo se agitó en mi pecho. Liam ignoraba la realidad biológica del momento; no sabía que, hace solo minutos, esos mismos labios habían envuelto mi hombría en el calor asfixiante de la camioneta, devorándome con una desesperación que lo habría dejado sin palabras. Yo era el único en el vestíbulo que sabía qué había estado besando Celeste justo antes de agradecer al conserje.
Durante nuestro trayecto en el ascensor, los espejos de oro pulido reflejaban dos personas que hacía tiempo habían abandonado la apariencia del profesionalismo. En el momento que las puertas se cerraron, el silencio del ascenso fue aniquilado. Chocamos con una desesperación casi violenta, nuestras bocas entrelazadas en un intercambio frenético sabor a sal y a lluvia persistente. No era solo pasión; era un proceso de duelo expresado a través del tacto. Cada presión de su cuerpo contra el mío, cada inhalación brusca, era un intento desesperado de memorizar la geografía física del otro. Nos besamos como si no hubiera un mañana, porque en la fría matemática de nuestras vidas, realmente no lo había. Para el día siguiente a esa hora, la máscara volvería a estar fundida en su lugar; ella estaría al lado de Reginald en la fiesta de bienvenida de Edith, el retrato de devoción conyugal, mientras yo sería el Gerente Regional, fantasma en su periferia.
Al llegar a su habitación, no perdimos tiempo; el proceso de desvestirnos una carrera frenética, un despojarse de capas que se sentía como quitarse las mentiras que habíamos contado al mundo durante toda la semana. Mientras mi ropa caía al suelo, mi mente divagó hacia Marisol.

Mi esposa sabía que yo estaba entregando la "despedida privada" de Celeste y, en la extraña y abierta arquitectura de nuestro matrimonio, ella esperaba ansiosamente que yo regresara para repetir la intensidad del encuentro con ella. Incluso mis hijas habían sido informadas, se les había dicho que me saltaría nuestra sesión de entrenamiento diaria debido a una "emergencia laboral". La ironía para mí: mi vida era una serie de horarios cuidadosamente gestionados, sin embargo, aquí estaba yo, operando en una frecuencia que desafiaba cualquier reloj.
Una vez que quedamos desnudos, el aire en la suite se sintió tenue, con la anticipación eléctrica de un acto final. La sujeté por la cintura, pegando su esbelto cuerpo contra el mío, y la besé con una profundidad lenta y posesiva. Mi erección presionaba contra su cadera, una presencia imponente y familiar que una vez la había dejado sin aliento por sorpresa. Ahora, sin embargo, ella no jadeó ni abrió los ojos con asombro; se había acostumbrado a mi tamaño, absorbiéndolo en su propio deseo como una cantidad conocida y anhelada. Nos besamos suavemente, sus pechos modestos y turgentes aplastándose contra mi pecho en un latido rítmico, de corazón a corazón, que se sentía como una cuenta regresiva.

• ¡Y justo logré conseguir las pastillas recetadas que pediste! - soltó una risita, aunque el sonido estaba teñido de una tristeza frágil y persistente. Levantó el frasco de anticonceptivos, el plástico tintineando suavemente en su mano. - ¡Es una pena que solo las usemos una vez!
La besé con más profundidad y suavidad, robándole el aliento, silenciando eficazmente la conversación clínica sobre la anticoncepción. Durante unos instantes, el único sonido en la habitación fue la fricción rítmica de la piel contra la piel y el zumbido distante y amortiguado del tráfico de Melbourne abajo. Podía sentir el latir de su corazón contra mis costillas, el pulso de un colibrí que reflejaba el mío. Ella se aferró a mí, sus dedos clavándose en los músculos de mi espalda como si intentara fusionar nuestras siluetas en una sola sombra indivisible.
- ¡En realidad, no! – suspiré, intentando imprimir una ligereza juguetona para romper la repentina gravedad de la habitación. - Puedes usarlos con alguien más.
Fue entonces cuando ella cayó en cuenta. Mi comentario fue un torpe intento de humor, una forma de desviar el peso sofocante de nuestra última hora, pero el silencio que siguió reveló una verdad más profunda. No era mi intención convertir conscientemente a Celeste en infiel (ella había cruzado ese umbral el momento que me tocó por primera vez), pero reconociendo la necesidad de ello. Su vida con Reginald no era más un matrimonio como una jaula dorada, una existencia protegida donde ella era un trofeo destinado a ser pulido y exhibido. Era una mujer hecha para la pasión, para el tipo de conexión animal y profunda que el temperamento estéril de Reginald no podía brindar. Quizás lo amaba, pero era un amor disminuido, la clase de afecto que se siente por una mascota leal o un mueble. Si él seguía tratándola como un activo en lugar de como una compañera, ella inevitablemente buscaría en otra parte el fuego encontrado en mis brazos. Esta aventura no había sido solo una distracción física; había sido un salvavidas.
La habitación bañada por el resplandor gris y opresivo de la tarde lluviosa se filtraba a través de las cortinas de terciopelo, proyectando sombras sobre la mullida alfombra color crema. El aire era denso, con sabor al aroma estéril del hotel: una mezcla de ozono, detergente caro para ropa y el peso floral persistente del perfume de lavanda de Celeste. Sentí sus latidos contra mis costillas, un ritmo rápido y agitado que imitaba el tictac del reloj de pared. Esta vez ella no rio de mi chiste; en su lugar, se reclinó ligeramente, con sus ojos avellana buscando los míos con intensidad penetrante. El silencio era pesado, lleno únicamente por el zumbido distante del sistema de climatización del hotel y los sonidos amortiguados del tráfico de la ciudad.
Como dije anteriormente, había algo solemne en este último encuentro. Nos dirigimos a la cama sin prisas. Sin hambre. Ambos, de algún modo, queríamos hacer que durara. La urgencia que había definido nuestro tiempo en la camioneta se había evaporado, reemplazada por lentitud densa y meditativa. Cada movimiento (la forma que ella hundió el mullido edredón blanco, la forma que apoyé mi peso sobre los codos) se sentía como un fotograma en una película en cámara lenta, un intento desesperado de estirar los pocos minutos restantes hasta convertirlos en una eternidad.

• Entonces... me alejas... ¿Para que el dolor no duela? - preguntó ella, con la voz reducida a un susurro.
Estaba tumbada de espaldas, con sábanas blancas amontonándose a su alrededor como una nube y sus ojos avellana brillando bajo un fino velo de lágrimas. Había fragilidad en su mirada, una conciencia repentina que el placer físico que estábamos a punto de compartir no era más que una distracción frente al vacío que se abría entre nosotros.
Sostuve su cabeza entre mis manos, con los pulgares recorriendo la curva de sus pómulos mientras apartaba los rebeldes rizos dorados de su frente. Me dejé caer sobre ella, el peso de mi cuerpo como un ancla, atándola a la mullida extensión blanca de la cama. Entre sus muslos, mi miembro palpitaba, una presencia inquieta y vibrante que flotaba a unos milímetros de su calor. Estábamos posicionados para un placer mutuo casi quirúrgico en su precisión, aunque emocionalmente nos estábamos distanciando, separados por las fronteras invisibles de las vidas a las que estábamos regresando.
- En absoluto. – le susurré, con la voz vibrando contra el puente de su nariz. Mantuve el peso desplazado, suspendido justo encima de ella, dejando que la fricción de mi piel contra la suya fuera lo único que nos liara al presente. - ¡Solo quiero que encuentres una vida, Celeste! Una de verdad.

Comencé a empujar dentro de ella, una invasión lenta que se sentía como reclamar un territorio que ambos estábamos a punto de perder. Los ojos de Celeste se entrecerraron y su cuerpo se arqueó mientras se adaptaba al peso familiar y abrumador de mi cuerpo. Fue una comprensión agridulce; esta sería una de las últimas veces que la dilataría, una de las últimas veces que sentiría la geografía interna de su cuerpo moldeándose al mío. Ella se estiró y me besó (suavemente, con una desesperación persistente), su lengua envolviendo la mía, con un leve sabor a Earl Grey y los rastros salados y metálicos de mi propio semen de hace un rato. No me importaba el sabor; era el gusto de nuestro secreto compartido, un cóctel privado de deseo y transgresión. No estábamos simplemente follando; estábamos haciendo el amor en el sentido más trágico de la palabra, intentando soldar dos vidas separadas mediante la fricción y el calor.
A medida que embestía más profundo, el ritmo cambió de un ritual lento a algo más urgente. Celeste jadeó, un sonido puro y genuino de deleite que rompió el silencio estéril de la suite del hotel.

• ¡Sí, Marco! ¡Sí! ¡Por favor! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! - suplicó, mientras su acento británico, primoroso y correcto, se disolvía en una petición hambrienta.
Sus brazos se cerraron alrededor de mi cuello como una bufanda apretada en un día de invierno, atrayéndome hacia abajo como si pudiera absorber mi existencia dentro de su piel. Afuera, el cielo finalmente se rompió y la lluvia caía en gotas pesadas y rítmicas que golpeaban el cristal, sonando como si los cielos mismos estuvieran llorando por nuestra inminente separación.
La cabeza de Celeste se arqueó hacia atrás contra la almohada, dejando expuesto su cuello: una línea pálida y esbelta pulsaba con cada respiro agitado. Cambié el peso de mi cuerpo, apoyándome en los antebrazos para mirarla desde arriba. Sus ojos avellana nublados, las pupilas dilatadas, reflejando fragmentos dorados de luz solar que atravesaban los huecos de las cortinas de terciopelo.

• ¡No... no bajes el ritmo! - gimió ella, con una voz fracturada de aquella cadencia inglesa tan pulida. - ¡Quiero sentir cada segundo de esto! ¡Quiero recordar exactamente cómo se siente tenerte dentro de mí cuando esté mirando al techo en Londres!
No respondí con palabras. Aumenté el ritmo, y el sonido de nuestros cuerpos encontrándose se convirtió en un golpe húmedo y rítmico que resonaba en la quietud de la habitación. El aroma de ella (esa lavanda característica mezclada con almizcle de excitación y sal de su piel) llenó mis fosas nasales, abrumador e intoxicante. Podía sentir el calor que emanaba de ella, calidez febril que parecía derretir el espacio entre nosotros.
Sus dedos clavaron los músculos de mi espalda, sus uñas tallando marcas que escocían con un calor punzante, anclándome en medio de la sobrecarga sensorial. Comenzó a mover las caderas en una sincronía frenética y fluida con las mías, movimientos urgentes y predatorios, como si intentara atraer mi alma misma hacia ella.

• Estás tan... Dios, ¡Eres tan grueso! - jadeó, su aliento una marca caliente y húmeda.
Cambió la posición de sus piernas, enganchando los tobillos detrás de mi espalda y envolviendo sus muslos alrededor de mi cintura con un agarre de tornillo, bloqueándome en su órbita. El cambio de ángulo me impulsó más, y la presión intensificó un calor focalizado y abrasador que parecía centrar el universo entero en el punto de nuestro contacto.
Sentí la primera ola de su clímax gestarse, un estrechamiento rítmico y repentino que se sentía como un vicio de terciopelo apretándome desde el interior. Sus músculos internos temblaban en series de espasmos rápidos e involuntarios, pulsando con intensidad desesperada y hambrienta. Su respiración convirtiéndose en jadeos cortos y agudos que reflejaban el tamborileo frenético de mi propio corazón contra mis costillas.
• Marco... ¡Justo ahí!... Por favor, solo... ¡oh!
De repente, apretó el agarre sobre mi cuello, atrayendo mi rostro hacia el suyo. Nuestros labios se encontraron en un beso con sabor a desesperación y finalidad, una colisión de aliento y sal que pareció sellar el pacto de nuestra transgresión compartida. Al alcanzar el clímax, todo su cuerpo se puso rígido, sus dedos encogiéndose bajo el voladizo de la cama. Soltó un gemido largo y estremecedor que vibró en mi propio pecho, cerrando los ojos con fuerza mientras se deslizaba hacia ese vacío momentáneo donde solo existía la sensación, su mundo reduciéndose al punto único y pulsante donde estábamos unidos.
Continué embistiendo, con una fricción abrumadora. La sensación de sentirla llegar al orgasmo a mi alrededor me empujó hacia mi límite; las paredes internas de su cuerpo pulsaban con una cadencia rítmica y desesperada que parecía intentar arrancarme el aliento de los pulmones. Sentía la presión acumularse en la base de mi columna, una tensión que exigía liberación, una ola marea de calor chocando hacia arriba a través de mi núcleo. Me incliné, rozando con los labios la húmeda concha de su oreja, con voz tensa y baja.
- ¡Te tengo, Celeste! ¡Te tengo!
Mi mente empezó a vagar, alejándose de la sensación física inmediata en un intento desesperado por retrasar la liberación inevitable. Quería demorarme en la fricción, prolongar el momento en que era dueño de cada centímetro de ella. Se sentía como un entrenamiento de alta intensidad, ese punto agotador de una serie donde los músculos te gritan que te rindas, pero tu mente es demasiado terca para dejar caer el peso. Superé la fatiga, mis embestidas se volvieron más profundas y rítmicas, penetrándola con una intensidad que transformaba los gemidos de Celeste en algo celestial.

• ¡Dios, Marco! ¡Dios, Marco! ¡Sí! ¡Siií! ¡Siiíii! - gritó ella, con la voz quebrándose frenéticamente mientras sus orgasmos llegaban en olas violentas y superpuestas.
Me dejó sin aliento. Había una satisfacción profunda y primitiva en ver a esta sensual diosa británica (con su actitud pulcra y sus delicados rasgos de porcelana) completamente desmoronada. Era una rosa primorosa, cuidadosamente cultivada para un bruto estúpido como Reginald, y aquí estaba yo, haciéndola gritar. La estaba haciendo gemir y jadear de una manera que su actitud de matón calvo y presumido jamás podría lograr. Fue entonces cuando me llegó la revelación, proporcionándome un estallido repentino y agudo de inspiración: estaba reteniendo mi orgasmo por puro rencor.
Porque a medida que me fundía profundamente en Celeste, me di cuenta que no estaba compitiendo contra mí mismo. Estaba compitiendo contra ese gordo imbécil de cincuenta años. En el teatro de su placer, yo era el protagonista y Reginald una nota al pie, el fantasma de un amante que había pasado cinco años fallando en el mapeo del terreno de su cuerpo. Estaba ganando por goleada: Celeste me encontraba más grande, mejor en la cama y el catalizador del mejor sexo de su vida. Cada embestida profunda y rítmica de mis caderas era una vuelta de victoria. Yo era capaz de presionar su útero con la punta, un contacto tan profundo e interno que la mediocre anatomía de Reginald jamás habría logrado en mil intentos. Mientras él luchaba por cumplir una vez al mes, yo la había hecho llegar al clímax en olas superpuestas y, a diferencia de él, yo poseía un hambre que no se desvanecía. Podía poseerla varias veces en una sola tarde y seguir anhelando más.

• ¡Dios, Marco! ¡Me estás rompiendo! ¡Me estás rompiendo! - la voz frenética de Celeste me devolvió a la realidad, con sus uñas arañando mis hombros con desesperación.
El aire de la habitación se había convertido en una sopa espesa y húmeda de esfuerzo y perfume caro. Mis músculos gritaban, el ácido láctico se acumulaba en mis muslos y hombros, pero la adrenalina de la victoria (el triunfo crudo y competitivo sobre Reginald) me impulsaba más allá del punto del agotamiento.
Sentí el cambio brusco y agudo en su interior, un apretón frenético que señalaba que estaba al borde de otro clímax. Su respiración llegaba en jadeos cortos y erráticos, su pecho agitándose contra el mío, y la fricción de nuestra piel creando un calor abrasador que parecía capaz de incendiar las sábanas.

• ¡No te detengas!... ¡Marco, no te atrevas a detenerte! - jadeó, con la voz convertida en un rasgueo ronco que despojaba los últimos vestigios de su compostura inglesa.
Cambié el ángulo, inclinando la pelvis hacia arriba para maximizar la presión contra su punto G. El sonido de nuestro impacto se convirtió en un golpe húmedo y rítmico que resonaba contra el silencio de la habitación del hotel, puntuando la sinfonía desesperada de sus jadeos. Podía sentir el sudor acumulándose en la zona lumbar, escurriendo hacia mi cintura, mientras que su aroma (esa mezcla embriagadora de lavanda y almizcle femenino) se convertía en una niebla envolvente. No me estaba limitando a moverme a través de ella; estaba reclamando cada milímetro de su ser, asegurándome de que cuando finalmente regresara a la fría esterilidad de su vida en Londres, el recuerdo de este calor específico y abrumador quedara grabado permanentemente en sus nervios.
Observé su rostro, la forma en que sus ojos avellana estaban vueltos hacia atrás, mostrando solo lo blanco y una astilla de dorado. Tenía la mandíbula relajada, sus labios carnosos entreabiertos, un gemido bajo y continuo vibraba a través de mi piel. Sentí la presión en mi ingle alcanzando masa crítica; sangre martilleaba mis oídos, un redoble rítmico que acompañaba el latido de mi miembro dentro de ella.
• ¡Ahora! - susurró ella, con una voz apenas audible sobre el sonido de la lluvia que ahora golpeaba contra el vidrio. - ¡Ahora, Marco! ¡Dámelo todo!

Di una última embestida, profunda y agonicamente lenta, enterrándome hasta el fondo, sintiendo la punta de mi miembro rozar el techo mismo de su útero. Lo mantuve allí durante un latido, la tensión entre nosotros como un resorte enrollado de electricidad absoluta. Entonces, la presa se rompió.
La primera contracción de mi orgasmo golpeó como un puñetazo físico, una violenta descarga de calor que comenzó en la base de mi columna y explotó hacia afuera. Solté un gemido bajo y estomacal, cerrando los ojos mientras sentía la primera oleada de semen bombear dentro de ella. La sensación fue un torrente de presión que parecía drenar hasta el último aliento de mis pulmones. No fue solo un clímax; fue una evacuación de cada onza de tensión, anhelo y rencor competitivo que había albergado durante nuestro romance. Me quedé clavado contra ella, mis músculos bloqueándose en espasmos rígidos y rítmicos que me obligaban a hundirme más en su calor, como si intentara fusionar nuestro ADN en un acto final y desesperado de desafío biológico.
La respuesta de Celeste fue animal. Pegó un grito, un sonido agudo y delgado que se cortó abruptamente mientras cerraba sus piernas alrededor de mi cintura, sus músculos internos pulsando a mi alrededor en una secuencia rítmica y aplastante. Estaba temblando, su cuerpo vibrando bajo la fuerza de su propio clímax, sus dedos clavándose profundamente en mis hombros que tendría moratones por la mañana. Era como si intentara absorberme, integrar la esencia de mi cuerpo en su torrente sanguíneo para llevarse un pedazo de mí de vuelta a los cielos grises de Londres.
Permanecimos encerrados en aquel abrazo aplastante durante varios minutos, mientras el mundo fuera de la suite del hotel dejaba de existir. El silencio que siguió fue pesado, preñado del peso abrumador del viernes venidero, actuando como una manta sofocante sobre la calidez posterior al acto. Durante un largo rato, ninguno de los dos habló; simplemente existimos como una única entidad sudorosa de extremidades enredadas y respiración agitada. El único sonido era el eco rítmico y agonizante de nuestros latidos, una percusión frenética que se ralentizaba lentamente hasta convertirse en un fragor sincronizado y lúgubre.
Lentamente, el mundo empezó a recuperar su lugar. La luz gris de la tarde se había desvanecido en un crepúsculo oscuro y frío, y la habitación era ahora un santuario de sombras índigo y oro apagado. Sentí la lenta y deslizante sensación de que mi miembro empezaba a perder levemente su rigidez; la fricción ahora se sentía sensible, casi tierna, como si los nervios finalmente estuvieran despertando de la tormenta.
Me desplomé sobre ella, con la frente apoyada en su pecho jadeante mientras la adrenalina finalmente empezaba a menguar. Podía sentir su corazón martilleando contra el mío, un *pum-pum-pum* rápido y frenético que empezó a sincronizarse con el mío, como dos motores enfriándose tras una colisión a alta velocidad. Entre nosotros, el aire era espeso y húmedo, oliendo a nuestro sudor combinado y al rastro de aquellas especias de Taco Bell de hace rato; un aroma doméstico, casi casual, para un encuentro tan absolutamente prohibido. Era el olor de una vida que nunca podríamos construir juntos, una forjada en las sombras de una suite de hotel.

• ¡Dios mío, Marco! ¡Todavía puedo sentirte! - susurró ella, con la voz temblando contra mi piel. No movió las piernas, manteniéndome atrapado con fuerza, sus muslos actuando como si pudiera detener físicamente el tic tac del reloj. - El calor... ¡Todavía está ahí! ¡Es demasiado!
Desplacé mi peso, intentando crear una mínima rendija de espacio entre nosotros, pero la salida estaba bloqueada. Mi miembro se había hinchado una vez más, una reacción terca y pulsante a la aplastante intimidad de sus paredes, y su vagina se negaba a soltarme. Estábamos encerrados en un punto muerto biológico, dos cuerpos intentando fusionarse en un solo organismo para evitar lo inevitable. La fricción de esa conexión final y persistente se sentía eléctrica, un zumbido de bajo voltaje que vibraba a través de mi pelvis hasta llegar a su centro, recordándonos a ambos que, aunque el acto había terminado, el hambre no.
Ella dejó escapar un suspiro largo y estremecedor, con la cabeza apoyada en mi hombro y su aliento como un fantasma cálido y húmedo contra mi piel. Su mano descendió, sus dedos trazando la línea de mi cadera con un ritmo lento y melancólico, como si estuviera memorizando la topografía de mi cuerpo solo a través del tacto. Durante varios minutos, ninguno habló; simplemente escuchamos la lluvia, un tamborileo implacable y rítmico que convertía la suite del hotel en una isla solitaria flotando en un mar gris. El silencio era denso, no de paz, sino de la pesada y sofocante conciencia de todo lo que estábamos a punto de perder.
• ¿Sabes? —murmuró ella, recuperando aquella cadencia inglesa y pulcra, aunque ahora sonaba quebradiza. - Reginald probablemente me dirá que la lluvia de Melbourne es poco refinada en el vuelo de vuelta.
Solté una risita, un sonido que vibró profundamente en mi pecho, un retumbo grave que parecía anclarnos a ambos al colchón.
- Es un hombre al que le gustan las cosas en cajas, Celeste. Todo archivado y etiquetado. Pero tú... tú nunca estuviste hecha para una caja.
Ella giró la cabeza, mirándome con ojos enrojecidos pero claros, con una pequeña y triste sonrisa jugando en sus labios. Nos besamos suavemente, un ritual lento, de degustación, que se sentía menos como pasión y más como una despedida. Era el tipo de intimidad prolongada que Marisol, mi esposa, siempre valoraba: esos momentos silenciosos y suspendidos de caricias mientras esperábamos a que bajara la hinchazón post-orgásmica. Marisol siempre decía que, para cuando yo finalmente lograba salir, la anticipación y la suavidad de la espera la dejaban excitada para una segunda ronda. Celeste no era la excepción; podía sentir que su respiración se agitaba, su cuerpo arqueándose inconscientemente hacia el mío, sus paredes internas pulsando en un agarre rítmico y reacio que se negaba a dejarme ir.
- He querido probar algo contigo... pero me da miedo pedirlo. - susurré, con la voz espesa y pesada en el silencio de la habitación.
Seguíamos entrelazados, la fricción de nuestra piel creando un calor lento y magnético mientras mi cuerpo empezaba a liberar gradualmente su agarre sobre ella.
• ¡Dígamelo, amable señor! ¡No hace daño preguntar! - respondió ella, recuperando ese dejo británico, pulido y juguetón, aunque subrayado por un jadeo carnal, posterior al coito.
Movió las caderas ligeramente, y el movimiento envió una nueva sacudida de fricción a través de mi pene, aún congestionado. Me miró con un brillo expectante y curioso en sus ojos color avellana, completamente ajena al territorio específico que yo estaba a punto de proponer que exploráramos.
Mis manos se desplazaron de su cintura a la curva de su trasero, atrayéndola firmemente hacia mí para que no quedara ni un solo milímetro de aire entre nuestros sexos. Apreté las suaves y redondeadas curvas de sus nalgas, sintiendo el calor de su piel y el temblor frenético y persistente de sus músculos. El silencio de la habitación se sentía como un lienzo, y decidí pintar algo audaz e irreversible en él.
• ¡Quiero follarte el culo! - solté de golpe.

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