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Compendio III
58: ULTIMA ENTREGA INFORMAL (I)
(Estimado lector: Antes que todo, pido disculpas, pero he estado muy ocupado, dado el primer viaje a terreno de Ethan, situación que narraré a su tiempo. Pero esta es la última entrega informal con Celeste. No el final de la historia. En la actualidad, Edith ya volvió a su puesto como CEO, pero lamentablemente significó la partida de Celeste, siendo ese el motivo del título. Muchas gracias por su comprensión)
Aquel miércoles, hasta el clima parecía conspirar en nuestra contra. Había una llovizna ligera que nos obligó a todos a buscar refugio. Pero una vez más, en el vestíbulo, una figura que yo conocía bien ya me estaba esperando.

• Llegas un poco más tarde y más empapado de lo habitual, Marco. Confío en que la lluvia no te haya molestado demasiado.
Su voz era nítida, con esa cadencia melódica característica de la clase alta inglesa, aunque suavizada por una preocupación genuina, aunque sutil.
Celeste estaba apoyada en un pilar de piedra en el vestíbulo del edificio corporativo, apartándose y ocultándose del bullicioso tráfico de personal ejecutivo. Vestía una blusa de seda color crema que caía fluidamente sobre sus hombros, y la tela brillaba ligeramente bajo las luces halógenas empotradas del vestíbulo.
Noté la forma en que desplazaba el peso de la pierna izquierda a la derecha, un pequeño movimiento que sugería que había esperado lo suficiente como para que sus pantorrillas se cansaran; sin embargo, no había mirado su reloj ni una sola vez desde que yo entré.
Me detuve a unos metros de ella; el olor a asfalto húmedo y ozono se aferraba a mi abrigo, chocando con el aroma tenue y sofisticado a lavanda purificadora que siempre parecía irradiar de ella. Observé el ligero pliegue en su ceño; no era una señal de irritación, sino un hábito de concentración enfocada.
Me miraba de la misma manera que miraba a un barista gracioso: juguetona, con los ojos entrecerrados, intrigada. Era un encanto refinado que yo encontraba más halagador que un cumplido directo.
- ¡El drenaje en la esquina es insuficiente para un aguacero repentino! - respondí, con voz firme mientras sacudía bruscamente la pernera de mi pantalón. - El agua se estanca justo en la acera, obligándome a saltar como una especie de gimnasta atlético solo para regresar sin empaparme los zapatos.
Celeste inclinó la cabeza, sus ojos avellana revisando mi rostro mientras soltaba una risita suave y melódica. Había momentos en la sala de juntas donde yo era el profesional consumado: la mano firme que manejaba la maquinaria regional, preciso y controlado.

Sin embargo, bajo su presencia, la armadura tendía a deslizarse. Ella tenía una manera de ver a través de la postura y del traje a medida, encontrando una gracia silenciosa en la forma en que yo me quejaba de la planificación urbana del drenaje de Melbourne.
Para ella, yo no era simplemente un gerente; era un hombre que aún podía verse molesto por un charco, un rasgo que ella parecía encontrar inesperadamente encantador.
• ¡Te traje esto! – ofreció ella, con la voz bajando a un tono juguetón mientras extendía una bolsa de papel marrón.
Un tenue tono rosado subió por sus mejillas, contrastando bellamente con su piel bronceada.
• ¡No estoy segura sí te gustará!
Para algunas personas, una bolsa de papel marrón con olor a carne sazonada y tortillas de maíz es un insulto culinario, pero para mí, era un banquete entregado por los dioses. La comida Tex-Mex es recibida como extraña y difusa; a diferencia de la omnipresente expansión de Pizza Hut, Taco Bell es más bien un manjar oculto, una peculiaridad bizarra en los pliegues de la ciudad.
Durante mi estancia en Melbourne, solo he visto dos locales, lo que convertía este gesto no solo en una comida, sino un tesoro para paladares distinguidos.

• ¡A Reggie no le gusta! - exclamó ella, bajando la mirada hacia el piso del vestíbulo, mientras su voz perdía su alegría inicial. - ¡Cree que la comida picante es para salvajes!
Cuando mencionó a Reginald, se sintió un frío repentino e invisible, enfriando el aire con mayor eficacia que la llovizna afuera. Era un recordatorio de que el tiempo finalmente se había agotado.
Después de meses de vagar por el accidentado interior australiano, visitando sitios mineros remotos y navegando el polvo rojo del interior, el orden de las cosas estaba colapsando. Maddie, de Recursos Humanos, irradiaba alegría al informarme el lunes que Edith había recibido el alta médica; la CEO de nuestra sucursal australiana regresaba al mando este jueves. Con el regreso de Edith, venía la inevitable repatriación de Reginald al mando central en Londres y, por extensión, la partida de Celeste.
Aunque el taco parecía delicioso, sus palabras enfriaron drásticamente los ánimos. El aroma a carne sazonada y tortillas de maíz, que solo instantes se sentía como un tesoro seleccionado, ahora resultaba mundano, casi intrusivo. La realidad del calendario finalmente nos había alcanzado.
- Ahora mismo se está reuniendo con todos los departamentos para asegurarse de que...
• ¡Ya lo sé! - interrumpió ella, su voz cargada de frustración acumulada. - ¡Siempre se está asegurando de algo!
Había algo distinto en su postura. Cuando la conocí, Celeste era la quintaesencia de la damisela británica en apuros: una mujer que parecía flotar por su vida en un estado de desamparo cortés, con unos ojos que reflejaban un descuido silencioso e intrínseco que casi inspiraba lástima. Había sido el boceto de una mujer, esperando que alguien rellenara los colores.
Pero mientras permanecía allí, en el vestíbulo, con la luz suave resaltando la curva desafiante de su mandíbula, me di cuenta de que yo había ayudado a que su frustración tomara forma.
Al escucharla, tocarla y al fomentar los fuegos ocultos de su espíritu, manifestó su propia voz. Ya no era solo la esposa trofeo de un CEO interino; era una mujer empoderada para exigir las cosas que deseaba, incluso si tenía que robarlas en los márgenes de su matrimonio.
Ella notó mi mirada, admirando la nueva fortaleza en la postura de sus hombros, y cambió. Como el cierre del obturador de una cámara, regresó a esa gracia femenina y familiar: la fachada británica, pulida y educada, que le servía de armadura social.
• ¿Es de tu agrado? - preguntó, con genuina preocupación. La fuerza que había visto en sus hombros un momento antes se derrumbó bajo el barniz pulido y cortés de la aristocracia británica. - Temía que sería terrible de mi parte traerte algo que no se ajustara a tu paladar, o que la calidad fuera…
- ¡No, está delicioso! - respondí, dando un gran bocado principalmente para complacerla, pero mientras empezaba a masticar, el perfil de sabor me golpeó con una intensidad súbita y vívida.
La lechuga crujía satisfactoria y fresca, seguida por la profundidad terrosa de los frijoles negros y la carne sazonada que remataron con esplendor. Los sabores eran un éxito caótico: la acidez punzante de los verdes empapados en lima cortando la riqueza del queso fundido y la carne.
Mientras masticaba lentamente, pensé en el esfuerzo que había hecho para conseguirlo. Navegar por el tráfico de un miércoles en Melbourne bajo una llovizna era una pesadilla; sin embargo, lo hizo por una comida que Reginald consideraba una ofensa culinaria.
- ¡La sazón es precisa! – exclamé, tragando el bocado. - La mayoría de los lugares se pasan con el comino, pero estos están equilibrados. ¡Tienes un talento para conseguir lo excepcional, Celeste!
Ella soltó un suspiro que pareció aguantar con suspenso, y sus hombros cedieron un centímetro al relajarse. Se acercó, invadiendo mi espacio personal con una confianza que no existía hace un mes. Su aroma a lavanda se intensificó, mezclándose con el olor salado de los tacos. Noté cómo sus dedos jugaban con la correa de su bolso de cuero. Era una señal: sometía sus ansias, aunque no por la comida.
• ¡Eres muy científico con tus tacos, Marco! – señaló en un tono risueño. Sus ojos avellana buscando en los míos algo que yo no estaba seguro de estar listo para dar. - ¿Lo analizas todo? ¿La forma en que cae la lluvia, la forma en que mienten las personas en la junta, la forma en que... la gente te mira?
- Analizar todo es una forma de evitar una sorpresa ingrata. - respondí, sintiendo el sabor del limón y la carne sazonada. - Si entiendes la mecánica de una situación, puedes predecir el resultado. Pero algunas sorpresas son impredecibles. Como la llegada repentina de Tex-Mex a un vestíbulo corporativo.
Ella se rio despacio, provocando que se formaran pequeñas y delicadas arrugas en las comisuras.
• ¡Eres imposible! ¡De verdad!
Se acercó aún más, rozando mi pecho con el antebrazo. El contacto fue ligero, apenas un toque de tela, pero el calor atravesó la humedad de mi abrigo. No estaba cediendo; al contrario, estaba tomando el espacio entre nosotros, con el pecho subiendo y bajando lentamente, como si calmara conscientemente una tormenta interior.
• Así que... supongo que esto también me ha ganado tu escolta de regreso al hotel - preguntó coqueta, con un tono juguetón y melifluo.
Sus ojos eran hipnóticos, amplios e inquisitivos, brillando con un hambre que no tenía nada que ver con la comida que acababa de darme. La petición apenas era una petición; era una invitación encubierta a un destino que conocíamos de memoria, un pacto silencioso en el espacio entre nuestros latidos.
- ¡Por supuesto! - respondí, casi engullendo los últimos bocados del taco.
Era una delicia culinaria, sin duda, pero en la jerarquía interna de mis deseos, la elección entre una tortilla sazonada y tener sexo con Celeste era una victoria aplastante para lo segundo.

Para cuando llegamos al tramo aislado del parque, la comida eran una preocupación secundaria. Mientras la camioneta se detenía, Celeste no esperó a que el motor se enfriara. Se movió con una urgencia repentina, confiada y depredadora, hundiendo la cabeza en mi regazo con un hambre casi salvaje. Trató mi miembro como un manjar, lamiendo y girando alrededor de él como si fuera un postre prohibido, con los ojos fijos en los míos con una mirada de pura y absoluta travesura.
Cuando finalmente bajó, engulléndome por completo, la fuerza del impacto la hizo ahogarse ligeramente, una arcada que sugería una hambruna por esa sensación específica durante días.

A estas alturas, Celeste había convertido el sexo oral en una forma de arte elevado y meticuloso, impulsado por un cóctel de deseo genuino y una racha de rebeldía contra las normas. Ella no solo ejecutaba; ella conquistaba. Mientras me trabajaba, sus ojos permanecieron fijos en los míos, brillando desafiantes, como si me recordara con cada succión rítmica mi lugar como el subordinado de su marido en la oficina, pero su amo absoluto en la camioneta.
Había una cierta emoción en esa dualidad: la jerarquía corporativa colapsando en un intercambio primario y jadeante. Era un contraste marcado con mi historia con mi esposa Marisol, quien brindaba una pasión constante y reconfortante. Celeste, sin embargo, aportaba una energía frenética, un sentido de urgencia nacido de su propia frustración sexual y del reloj contando los segundos para su partida.
La forma en que tragaba mi verga me impidió disfrutar de mi burrito, que estaba tan refrescante como el taco, pero la manera en que su cabeza subía y bajaba me dejó anonadado. No estaba simplemente realizando una tarea; estaba reclamando algo del vacío de su matrimonio.
• ¿No es de tu agrado? - preguntó finalmente, deteniéndose para recuperar el aliento con las mejillas coloradas.
Un hilo fino y brillante de fluido pre seminal conectaba su barbilla con la cabeza de mi verga, estirándose como una telaraña de seda mientras ella echaba la cabeza hacia atrás. Sus ojos avellana brillaban con una especie de lujuria depredadora, y su mirada se desvió momentáneamente hacia el burrito a medio comer que yo aún sujetaba en la mano.
- ¡No, está genial! - logré jadear, sintiendo cómo mi alma regresaba a mi cuerpo. - Es solo que tu boca... ¡Te has vuelto una experta en esto!
Celeste soltó una risita baja y ronca, con sus ojitos chispeando ante mis elogios. No dudó ni un segundo en retomar su labor con una intensidad renovada, casi posesiva. El ritmo pasó de ser una exploración juguetona a un enfoque exigente y singular, y la sensación se volvió tan abrumadora que me sorprendí agarrando su cabello, sujetando su cabeza firmemente contra mí para anclarme frente a la marea.
Necesitaba que terminara (que me empujara más allá del límite) para poder disfrutar realmente mi comida antes de que se enfriara. Con una última y desesperada embestida, me succionó profundamente en su garganta y me mantuvo allí hasta que me vine, con una intensidad que me dejó sin aliento y momentáneamente ciego.
Cuando finalmente se apartó, no buscó un pañuelo; en su lugar, tragó cada gota con un sorbo lento y ruidoso, con una expresión de triunfo absoluto.
• ¡Bueno, esa también fue una comida deliciosa! - comentó Celeste, con la voz convertida en un zumbido bajo y vibrante de satisfacción.
No se limitó a sonreír; se demoró lamiendo sus dedos lentamente con una gracia felina y meticulosa, como si estuvieran glaseados en miel. La vista de aquello (la confianza casual y depredadora de sus movimientos) me dejó sintiéndome completamente lívido, aunque no de ira. Era una frustración de los nervios, una carga eléctrica que hacía que mi piel se sintiera demasiado estrecha para mi cuerpo. Tenía una forma de consumir el momento y luego mirarte como si fueras tú el que fue devorado.
Después de que terminamos de comer, reanudé la marcha. El trayecto de regreso hacia el Hyatt fue más corto que el viaje al parque, pero la atmósfera dentro de la cabina había cambiado. El aire estaba impregnado del aroma persistente del almizcle y el rastro desvanecido de la carne sazonada. Mantuve la vista en la carretera, observando cómo el rítmico thump-thump del limpia parabrisas marcaba un tempo constante para el silencio. A mi lado, Celeste se había recostado en el asiento de cuero, con la postura relajada y la cabeza apoyada en el reposacabezas mientras veía la ciudad desdibujarse en gotas de lluvia silenciosas y transparentes.
Noté que su mano se deslizaba hacia la consola central, sus yemas rozando la tela del asiento antes de que finalmente se extendiera para tocar mi antebrazo. Su toque fue ligero, vacilante, un contraste con el hambre que había mostrado anteriormente. No me alejé, pero tampoco me acerqué; mi mente estaba atrapada en un bucle infinito, pensando que esta sería nuestra última vez juntos. Permaneció callada unos minutos, con una respiración cansina, mientras sus ojos avellana recorrían el perfil de mi mandíbula como si intentara memorizar mi rostro antes de que desapareciera de su rutina semanal.
• ¡Estás pensando en nuestra partida! – acertó suavemente, recuperando esa cadencia melódica y pulida del inglés, aunque la picardía había sido reemplazada por una sobriedad repentina y aguda.
- ¡Sí, no puedo evitarlo! - respondí, y mi voz me sonó desconocida, cargada de una reticencia que no lograba ocultar. La miré brevemente. - Celeste, eres sencillamente increíble... y no puedo creer que esta sea nuestra última vez juntos.

Celeste soltó una risa corta y seca que no llegó a sus ojos. Se movió, y su blusa de seda se deslizó ligeramente sobre un hombro, revelando una franja de piel besada por el sol que lucía luminosa bajo la tenue iluminación interior de la camioneta.
• ¡Lo sé! Eres lo mejor que me ha pasado durante este viaje. – confesó ella, y su voz perdió ese tono pulido para quebrarse con una vulnerabilidad repentina y sincera. - Y no me refiero solo al sexo... que ha sido extraordinario. (Hizo una pausa y sus dedos se apretaron sobre mi antebrazo, hundiéndose ligeramente en el músculo como si intentara anclarse al momento.) Me refiero a ti... a tu forma de ser. ¡Me hiciste sentir tan especial! ¡Viva!
Reduje la velocidad al acercarnos a una luz roja; el vehículo quedó al ralentí con un ronroneo bajo y rítmico. La miré, notando que sus labios estaban ligeramente hinchados (un remanente físico de los últimos diez minutos) y la forma en que se inclinaba hacia mí, invadiendo mi espacio con una curiosidad silenciosa y desesperada.
- Lamentablemente, no podemos ser más que esto... – señalé, fijando la vista en la gente que cruzaba la calle para evitar su mirada. - Amo a mi esposa... a mis hijos... y ella está esperando otro más.
Fue una comprensión triste, una verdad fría que se asentó en la cabina como la lluvia contra el cristal. Ambos sabíamos que esta relación había sido un fallo hermoso y temporal en la maquinaria de nuestras vidas. Celeste solo había sido parte de mi mundo mientras Reginald se desempeñaba como nuestro CEO interino; ella era una invitada en mi órbita, ligada a la permanencia de un hombre al que ya no respetaba. Con el regreso de Edith al día siguiente, el propósito de la presencia de Reginald se desvaneció, y la gravedad de la situación arrastró a Celeste de vuelta hacia la costa. Peor aún era el destino: su partida significaba un regreso a Inglaterra, de vuelta a un matrimonio asfixiante y sin sexo donde se esperaba que fuera una pieza decorativa de muebles en una casa de té frío y decepciones silenciosas.
La luz cambió a verde, pero no quise acelerar. Sentí el peso del silencio en la cabina, una densidad que parecía expulsar el oxígeno del vehículo. A mi lado, Celeste quedó inmóvil. El golpeteo rítmico de sus dedos sobre mi brazo cesó, su mano permaneció congelada en su lugar, sus yemas presionando mi piel con una intensidad repentina y dolorosa. No la miré; en su lugar, me concentré en el tablero, notando el reloj digital avanzar, segundo tras segundo, recordándonos que el tiempo de este arreglo se estaba agotando.
• ¡Eres tan disciplinado, Marco! - protestó, con la voz temblando lo justo para traicionar la compostura que tanto se esforzaba por mantener. - ¡Incluso cuando rompes las reglas, lo haces con un nivel de precisión que es casi... cruel!
Finalmente giré la cabeza, recorriendo su rostro con la mirada. Noté que una sola lágrima se había escapado, trazando un camino pálido a través de la ligera capa de polvo en su mejilla, aunque su expresión permanecía imperturbable, como una máscara de propiedad inglesa. No lloraba de dolor, sino por la repentina comprensión del vacío que se abriría en el momento en que subiera a ese avión. Era la mirada de una mujer que finalmente había probado algo que amaba, solo para que le dijeran que el banquete había terminado.
- La disciplina es lo que evita que un hombre lo pierda todo. - respondí, con voz baja, fría y analítica. - Si no tuviera límites, la estructura de mi vida colapsaría. ¡Lo sabes mejor que nadie, Celeste! ¡Has pasado años manteniendo una estructura para Reginald!
Soltó un suspiro tembloroso, con el pecho agitándose bajo la seda color crema de su blusa. Cambió de posición, girando en el asiento para quedar plenamente frente a mí, rozando la palanca de cambios con las rodillas. El aroma a lavanda estaba ahora superpuesto por el salitre de sus lágrimas y el calor remanente de la calefacción del coche. Estiró la mano y tomó mi mandíbula, trazando la línea de mi mentón cuadrado con una presión lenta y suave. Sentí el ligero temblor de sus dedos, una manifestación física del conflicto interno que libraba.
• ¿Entonces por qué siento que soy yo quien lo pierde todo? - cuestionó, con sus ojos avellana buscando los míos, abiertos y expectantes. - Vuelvo a una casa que se siente como un museo. Vuelvo con un hombre que me ve como otra pieza de arte refinado para ser cuidada y exhibida, pero nunca tocada.
No respondí de inmediato. Analicé la forma en que me miraba; no con el hambre del parque, sino con una vulnerabilidad genuina que hacía que el aire en la camioneta se sintiera tenue. Pensé en las zonas mineras, en cómo una falla en la roca solía parecer estable hasta que la presión resultaba insoportable y todo el techo colapsaba. Celeste estaba en su punto de quiebre, y la partida hacia Londres era el detonante final.
- ¡Porque jugamos un juego sin premio, Celeste! - respondí, suavizando el tono, pero manteniendo el pragmatismo. - Encontramos una conexión en el vacío. Fue real, pero fue temporal por diseño.
• ¿De verdad se ha acabado? - preguntó ella, con la voz apenas en un susurro. Se inclinó más, el calor de su aliento golpeando mi mejilla, sus labios rozando casi los míos. - En el momento en que cruce las puertas del hotel y vea las maletas de Reggie ya hechas, ¿Es entonces cuando cae el telón?
La miré, notando las pupilas dilatadas y la respiración errática. Vi la oportunidad de un último momento de intensidad, una última descarga de pasión antes de la inevitable frialdad del vuelo. Puse la camioneta en punto muerto, aunque seguíamos en medio del carril, con las luces de emergencia parpadeando en un rítmico aviso ámbar para los pocos autos que venían detrás.
- ¡El telón no cae hasta que el actor deja el escenario! - exclamé, mi voz vibrando en el espacio reducido.
Ella no esperó a que yo me moviera. Se lanzó hacia adelante, sus labios chocando contra los míos con una desesperación que era casi violenta. No era el beso juguetón y travieso de una amante; era el agarre frenético de una mujer que se ahoga. Su lengua forzó el paso entre mis labios, con sabor a sal y anhelo, mientras sus manos apretaban la nuca, tirando de mí como si pudiera fusionar nuestros cuerpos en uno solo. Sentí la seda de su blusa amontonándose bajo mis palmas mientras la atraía instintivamente hacia mí, y el cuero de los asientos crujió ante el repentino cambio de peso.
Durante unos minutos, el mundo fuera de las ventanillas desapareció: la lluvia, el tráfico, la presencia acechante de Reginald; todo quedó relegado al fondo. Solo existían el sonido de su respiración agitada y el latido frenético de su corazón tamboreando contra mi pecho. Podía sentir sus uñas clavándose en mis hombros, una súplica silenciosa para que no la soltara, aunque ambos sabíamos que yo sería quien terminaría por dejarla ir. La cabina del camión se convirtió en una cámara presurizada, con el aire denso por el aroma de su perfume de lavanda y la desesperación cruda y eléctrica de una fecha límite.
- ¡Confía en mí! ¡No es que no te quiera! - logré jadear, creando finalmente unos centímetros de espacio entre nosotros. Mi voz sonaba rota, y el aire en el camión aún vibraba por la intensidad de su agarre. - Pero créeme, me estoy rompiendo la cabeza pensando en formas de hacerte mía otra vez, aunque sea solo por un instante.
Ella sonrió, una expresión frágil que no llegó a alcanzar sus ojos, pero una sola lágrima escapó, trazando un camino lento y brillante a través del maquillaje de su mejilla. Era un pequeño y silencioso río de duelo por los quince mil kilómetros que estaban a punto de extenderse entre nosotros, una distancia que se sentía menos como geografía y más como una sentencia. Por un momento, simplemente nos quedamos allí, suspendidos en el resplandor ámbar de las luces de emergencia, dos personas aferradas a una frecuencia que se desvanecía antes de que la señal se cortara por completo.
• ¡Así que hagamos que esta tarde sea memorable! – sugirió ella, recuperando la compostura melódica de su voz, aunque subrayada por una tristeza frágil y persistente.
Se recostó contra el asiento, la seda de su blusa brillando mientras me miraba con una sonrisa que no llegaba a alcanzar las profundidades de sus ojos avellana; una sonrisa de aceptación, de una mujer asumiendo lo inevitable.
Sonreí suavemente.
- ¡Lo has entendido todo mal! - expliqué, bajando la voz grave y resonante mientras fijaba mi mirada en la suya. No me limité a mirarla; busqué las profundidades de esos ojos avellana, intentando anclarme a su imagen bajo esa luz específica y vacilante. - Cada miércoles por la tarde contigo ha sido memorable. Absolutamente cada uno de ellos.
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