
Lo primero que noté fue el silencio.
No el silencio de las noches en casa, con el ruido sordo de la calle filtrándose por la ventana o la heladera zumbando en la cocina. Este era otro tipo de silencio: limpio, absoluto, de hotel en mitad de la mañana cuando todo el mundo ya se fue a algún lado y las habitaciones quedaron vacías.
Abrí los ojos despacio.
El techo blanco de la habitación 214. La luz entrando por el borde de las cortinas con esa claridad de media mañana que no deja dudas. Estiré el brazo hacia el teléfono sobre la mesita de noche.
9:17.
Me senté de golpe.
El lado de la cama donde había dormido Carlos estaba vacío y perfectamente ordenado, como si nadie hubiera estado ahí. Me quedé un momento mirándolo, desorientada por ese descanso profundo e inesperado que me había borrado las últimas horas sin permiso.
Hacía mucho que no dormía así.
Me levanté y recorrí la habitación con la mirada. Todo en orden, todo en su lugar. Demasiado en su lugar. Tardé un segundo en entender qué faltaba.
Mi maleta.
Estaba sobre la silla del rincón donde la había dejado, pero abierta y completamente vacía. Me acerqué despacio, como si pudiera estar equivocándome. La levanté, la sacudí suavemente. Nada. Miré debajo de la cama, detrás de la silla. Luego el armario: manija fría, puerta que no cedió. Cerrado con llave.
Así que ahí estaba toda mi ropa.
Y él tenía la llave.
Entré al baño con un principio de pánico razonable preguntándome qué exactamente me pondría para salir de esa habitación, y entonces lo vi: sobre la silla pequeña junto al lavabo, colocado con esa prolijidad calculada que ya empezaba a reconocer como suya, había un conjunto completo.
Un short deportivo azul, pequeño, del mismo tono que el uniforme del equipo. Una playera azul con el logo del club doblada encima. Calcetines blancos altos. Zapatillas deportivas en mi talla. Y debajo de todo eso, en dos pilas separadas con una distinción que no podía ser accidental, la ropa interior: a un lado, unas bragas de algodón de las mías, las de siempre. Al otro, una tanga. Y encima de ambas opciones, un top deportivo y el brasier de encaje negro que yo había traído en la maleta.
Me quedé mirando el conjunto durante varios segundos.
*De ahora en adelante yo te diré qué ponerte.*
La frase de la noche anterior volvió con una claridad incómoda. No como un recuerdo lejano sino como algo que seguía activo, que había estado ahí toda la noche mientras yo dormía sin saberlo.
Tomé las bragas de algodón. Me puse el top deportivo. Luego el short y la playera.
Me miré en el espejo.

El short era más corto de lo que había imaginado. No indecente, no exactamente, pero sí lo suficiente para que mis piernas quedaran expuestas de una forma a la que no estaba acostumbrada. Tenía buenas piernas, siempre lo había sabido de forma abstracta, pero hacía años que no las mostraba así, sin jeans, sin faldas largas, sin la armadura cotidiana de la ropa de madre que uno va adoptando sin darse cuenta.
Me miré otra vez.
Luego pensé en los veinte jugadores que estaban en algún lugar de ese hotel, y aparté la vista del espejo antes de seguir pensando demasiado.
Abrí la puerta de la habitación con el cuidado de quien no quiere ser vista, miré hacia ambos lados del pasillo. Vacío. Salí y caminé despacio hacia el ascensor con la cabeza algo baja, como si pudiera volverme menos visible por voluntad propia.
Fue en el primer piso, doblando hacia la salida del hotel, cuando casi choqué con él.

Alto, ancho de hombros, con los guantes de portero colgando de los dedos y una expresión de quien recién cae en cuenta de que olvidó algo importante. Me miró. Bajó la mirada hacia mis piernas con la naturalidad despreocupada de los veinte años, sin ninguna intención de ocultarlo, y volvió a subir.
—Buenos días. —Sonrió—. Usted es la mamá de Mateo, ¿verdad?
—Elena —dije—. Y sí.
—Ramiro. —Me extendió la mano libre—. Soy el portero. Y el mejor amigo de Mateo, aunque él todavía no lo admite del todo.
Algo en su forma de decirlo me hizo sonreír sin querer.
—¿Ya están entrenando?
—Desde las ocho. —Levantó los guantes a modo de explicación—. Se me olvidaron estos. El profe me va a matar. —Otra sonrisa, fácil, sin drama—. Usted va al campo, ¿no? La acompaño un momento si quiere, vamos para el mismo lado.
Caminamos juntos por el pasillo hacia la salida. Noté, sin querer notarlo, que Ramiro volvió a mirar hacia mis piernas una vez más mientras caminábamos. Un vistazo rápido y casual, de esos que uno hace pensando que no se nota.
Se notaba.
*Algo a lo que voy a tener que acostumbrarme*, pensé, y no supe si eso me perturbaba o simplemente me parecía un hecho.
El campo de entrenamiento estaba a cinco minutos del hotel. Me senté en las gradas con el sol de la mañana dándome de frente y observé.
Al principio nadie me prestó atención. Los jugadores estaban concentrados en los ejercicios, Carlos dirigía con su silbato y su voz firme desde el centro del campo, y yo era simplemente alguien sentada en las gradas que no interrumpía nada.
Vi a Mateo trabajando en un lateral. Vi cómo anticipaba un pase que nadie más había leído, cómo corría con esa elegancia suya que siempre me había parecido de otro mundo viniendo de un chico que yo había visto dar sus primeros pasos. Vi a Ramiro en el arco detener un remate con los guantes recién recuperados y levantarse el puño al pecho con una celebración mínima y satisfecha.
Cuando sonó el silbato final, los jugadores se agruparon en el centro del campo. Carlos tomó la planilla y empezó a leer la lista de titulares para el día siguiente con esa voz suya que no subía ni bajaba de tono sin importar lo que estuviera diciendo.
Portero: Ramiro.
Fui siguiendo los nombres. Y entonces:
—Posición de enganche: Mateo.
Lo vi desde las gradas. Vi cómo Mateo levantó la cabeza, cómo procesó su propio nombre en la lista, cómo miró a Ramiro que ya estaba abriéndole los brazos. El abrazo fue rápido y apretado, de esos que no necesitan palabras.
Me mordí el labio.
También vi al que quedó afuera. Un jugador alto, de pelo oscuro, que escuchó su nombre brillar por su ausencia y bajó la vista al pasto con una expresión que intentó controlar y no pudo del todo. Saúl, alguien lo llamó. Diego, el capitán, se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Tranquilo. El profe sabe lo que hace. Quiere probar a Mateo esta vez. Sabemos que esa posición es tuya.
Lo escuché desde las gradas. Y con esa claridad llegó algo más complicado: la conciencia de que el lugar de Mateo en esa lista tenía un costo que Saúl estaba pagando sin saber por qué.
Aparté la vista y empecé a recoger el material.
Entré al comedor del hotel tarde, con los bolsos ya guardados y los uniformes entregados en lavandería.
Entré.
Y algo cambió.

No de golpe. Fue gradual, como una ola que empieza en un extremo y va llegando al otro. Una cabeza que se levantó, luego otra. Las conversaciones no se detuvieron pero bajaron de volumen. Y las miradas que el día anterior apenas me habían rozado de reojo, ahora llegaban con una atención nueva, más lenta, más deliberada.
No era imaginación.
Era el short. Eran las piernas que llevaba años guardando debajo de telas más largas y más seguras. Era algo que Carlos había calculado con una precisión que me resultó simultáneamente irritante y difícil de ignorar.
Me serví en la barra con la espalda algo rígida y busqué un asiento. Comí sola, con el plato frente a mí y la conciencia periférica de miradas que llegaban y se iban. Intenté convencerme de que las estaba malinterpretando. Que era natural que alguien nuevo llamara un poco la atención.
Me repetí eso hasta terminar el plato.
Los encontré a todos en la sala de estar: sillones, televisor encendido, el ambiente relajado de la tarde antes de un partido importante.
Estaba cruzando hacia la escalera cuando Mateo me vio.
—Ma. —Se levantó y vino hacia mí con Ramiro un paso detrás—. Te quería presentar a Ramiro.
—Ya nos conocimos esta mañana —dije.
Ramiro sonrió con esa facilidad suya.
—Me salvó de llegar tarde al entrenamiento. —Le dio a Mateo un golpe suave en el hombro—. Tu mamá es buena gente.
Estuvimos un rato los tres charlando. Mateo hablando del sistema táctico que Carlos había planteado para el partido, Ramiro interrumpiendo con comentarios que lo hacían reír. Yo escuchándolos con esa mezcla de orgullo y algo más complicado que había aprendido a cargar en silencio.
Cuando los chicos empezaron a retirarse hacia sus habitaciones, me despedí de los dos.
—Descansen bien —les dije—. Mañana lo van a dar todo.
Mateo asintió. Y en un gesto rápido, antes de que Ramiro lo viera, me apretó el brazo con la mano.
No dijo nada. No hizo falta.
La habitación 214 estaba en silencio cuando abrí la puerta.
Carlos estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, con los antebrazos sobre las rodillas y esa postura de hombre que no necesita demostrar nada porque lo que es ya ocupa el espacio suficiente. Me miró cuando entré.
—Cumplí mi parte del trato —dijo, sin preámbulo—. Es hora de que usted cumpla la suya.
Lo dijo con una seguridad tan tranquila que no encontré ninguna palabra que responder.
Sus ojos bajaron hacia mis piernas y volvieron a subir.
—Ve al baño —dijo—. La ropa que te dejé esta mañana. La que no usaste.
Entré al baño y cerré la puerta.
Me miré en el espejo un momento largo. La mujer del espejo tenía las mejillas con algo de color y los ojos más despiertos de lo que esperaba encontrar.
Me cambié despacio. La tanga roja de encaje se asentó en la cadera con una ligereza que hacía que uno fuera muy consciente de lo poco que había ahí. El brasier a juego levantaba y marcaba con una precisión que mi ropa de todos los días nunca había tenido.
Me miré en el espejo otra vez, completa.
Respiré hondo.
Abrí la puerta del baño y me quedé parada bajo el marco. La luz quedaba detrás de mí, delineando mi silueta. Llevaba solo el conjunto rojo de encaje que Carlos había elegido: la tanga apenas cubría lo esencial y el brasier a juego levantaba y marcaba mis pechos de una forma que me hacía sentir expuesta, vulnerable. La tela era fina, casi inexistente. Sentí su mirada como una caricia pesada que recorría cada curva.
Carlos estaba sentado en el borde de la cama. Sus ojos bajaron lentamente por mi cuerpo y volvieron a subir. Una sonrisa lenta, satisfecha, se dibujó en su rostro.

—Tremendo cuerpo que te cargas, Elena —dijo con voz grave —. Date la vuelta.
Dudé un segundo, pero obedecí. Me giré despacio. Sentí cómo sus ojos recorrían mi espalda, bajaban hasta mi trasero y se detenían ahí con hambre.
—Hermoso trasero.... y qué pechos tan grandes. Eso me excita mucho.
Cuando me volví de nuevo hacia él, noté el bulto evidente que crecía bajo sus shorts. El calor subió violentamente por mi cuello hasta mis mejillas.
Se levantó y se acercó con esa calma autoritaria. Me tomó por la cintura y me besó. Sus labios eran firmes, exigentes. Al principio solo correspondí porque era parte del trato: rígida, mecánica. Pero sus manos bajaron por mi espalda hasta mis nalgas y las apretaron con fuerza, masajeándolas de forma posesiva, desesperada. Un gemido bajo escapó de su garganta mientras me pegaba más contra su cuerpo.
Algo extraño empezó a pasar dentro de mí. Un calor que se extendía desde el vientre hacia los muslos. Besé de vuelta con más intensidad, casi sin darme cuenta. Mi cuerpo comenzaba a soltarse.
Carlos separó apenas sus labios.
—Esto te gusta, ¿verdad? Tu cuerpo no miente, Elena.
Guardé silencio, mordiéndome el labio. Sus manos bajaron por mi vientre hasta rozar mi vagina por encima de la tanga. Sus dedos presionaron y notaron la humedad.
—Joder… pero si estás empapada —murmuró con satisfacción oscura—. Tu cuerpo no puede ocultarlo.
Movió la tanga a un lado y deslizó dos dedos gruesos dentro de mí. Estaba resbaladiza, abierta. Los movió profundo, curvándolos.
—Ahh… así… —se me escapó.
—Haaa… haaa…
Aumentó la velocidad. Mis piernas se abrieron más por voluntad propia. El placer era incontrolable.
—Eres una mujer cachonda, Elena. Se nota que tu cuerpo necesitaba esto con urgencia. Mira cómo aprietas mis dedos… tan desesperada por que te follen.
Me quitó el brasier rojo y luego la tanga. Me llevó a la cama, me recostó y se quitó la ropa. Su polla gruesa y erecta saltó libre. Me tomó las piernas, las puso sobre sus hombros y empujó dentro de mí lentamente.
—Mmmm… despacio… —susurré.
—No creo haber dicho que pudieras hablar —gruñó, y empezó a moverse con ritmo constante y profundo.
—Haaa… haaa…
Cada embestida me llenaba por completo. Mis pechos rebotaban con fuerza. El placer era abrumador.
—Disfruta, puta. Tu vagina es increíblemente húmeda y apretada… perfecta para mi pene. ¿Sientes cómo te abre? —susurró contra mi oído, acelerando—. Estás hecha para que te follen así, Elena. Tan mojada… tan caliente… gime para mí.
—Sí… así… dame más… —las palabras salieron solas.
Carlos sonrió con satisfacción y aumentó la intensidad, follándome más duro, más profundo.
—Buena chica. Dime cuánto te gusta que te destroce este coño.
—Me gusta… haaa… me gusta mucho… más fuerte, por favor…
Estaba perdiendo el control. Mis uñas se clavaban en sus brazos. El orgasmo se acercaba como una ola imparable.
—Así, córrete en mi polla —ordenó, golpeando más rápido—. Quiero sentir cómo te corres como la puta cachonda que eres. Vamos, Elena… déjate ir.
El placer explotó dentro de mí. Todo mi cuerpo se tensó violentamente. Mis paredes se contrajeron alrededor de su polla gruesa mientras olas de placer me recorrían una tras otra. Grité ahogado, temblando sin control, empapándolo por completo.
—Haaa… ¡sí…! —gemí sin poder contenerme.
Carlos siguió follándome durante mi orgasmo, prolongándolo, hasta que mis espasmos empezaron a calmarse. Entonces salió de mí de golpe, se levantó y me jaló hacia el borde de la cama.
—Me voy a venir —dijo con voz ronca—. Arrodíllate.
Me puso de rodillas en el suelo frente a él. Agarró su polla brillante con mi humedad y empezó a masturbarse rápido frente a mi cara.
—Abre la boca.
Lo hice. El primer chorro cayó en mi lengua, el siguiente en mis labios, mejillas y barbilla. Caliente, espeso. Siguió corriéndose hasta que mi rostro quedó marcado por él.
—Eres una buena asistente —dijo con la respiración agitada, mirándome desde arriba con esa calma posesiva—. Muy buena.
Se fue al baño sin decir más.
Me quedé unos segundos de rodillas, temblando todavía por el orgasmo, con su semen caliente en mi cara y el sabor salado en la boca. El corazón me latía desbocado. La culpa, la vergüenza y el placer residual se mezclaban en un nudo imposible de desenredar.
Luego tomé papel higiénico y me limpié con manos temblorosas.
Me quedé en la cama sin moverme durante varios minutos, mirando el techo con la respiración todavía asentándose.
Cuando el ruido del agua se detuvo, escuché a Carlos salir del baño, moverse por la habitación, y luego el crujido del colchón en su lado de la cama.
Esperé.
Su respiración se volvió lenta y regular con esa facilidad irritante de siempre.
Me levanté en silencio y entré al baño.
Me duché con el agua caliente hasta que el vapor llenó el espacio y el espejo desapareció bajo la condensación. Me quedé ahí más tiempo del necesario, con el agua cayendo sobre los hombros, sin pensar en nada concreto o pensando en todo a la vez, que a veces es lo mismo.
Cuando salí y me envolví en la toalla, el espejo seguía empañado. Lo dejé así.
Me puse la playera del club y los shorts, que eran lo más parecido a ropa cómoda que tenía disponible, y salí del baño en silencio.
Carlos dormía.
De costado, con una calma absoluta, como alguien que no carga con ninguna pregunta sin respuesta.
Me senté en el borde de mi lado de la cama, en la oscuridad, con las manos sobre las rodillas.
*Tu cuerpo no miente.*
Tenía razón en eso. Y eso era lo más difícil de sostener en ese silencio: que tenía razón en eso.
Hacía cuánto que nadie me miraba. Hacía cuánto que yo mis
ma había dejado de mirarme, de existir de esa manera, de ser algo más que la madre de Mateo y la mujer de los trámites y las madrugadas en el auto camino al entrenamiento. Hacía cuánto que mi cuerpo era simplemente el vehículo que me llevaba de un lado a ot
ro sin que nadie, incluyéndome, le prestara demasiada atención.
Carlos le había prestado atención.
Y eso, por más que lo girara de todas las formas posibles, no lo podía convertir en algo simple.
Me recosté despacio, mirando el techo.
Cerré los ojos.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el próximo capítulo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: www.patreon.com/FUEGOENLAPIEL
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