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Juego psicológico 10 la historia continua

Me desperté con la cabeza vuelta una completa mierda. No era solo guayabo o cansancio; era esa sensación asquerosa de tener la mente paralizada, intentando procesar la locura de la noche anterior. La luz del sol ya entraba por la ventana de la habitación en la casa de mis suegros. Miré a un lado del colchón y el puesto de Camilo ya estaba vacío. Las sábanas olían a una mezcla densa de sudor, perfume barato y semen seco.
El trío de anoche no había sido una fantasía de película; me habían metido un golazo en la cara. Y mientras yo seguía en shock, sintiendo que me moría de la vergüenza, el cuerpo me traicionaba recordándome lo mucho que me había excitado ver a mi propia mujer entregada.
En esas, Sofía se dio la vuelta en la cama y me abrazó por la cintura. Se veía radiante, despeinada, fresca, como si anoche no hubiera estado gemindole a dos hombres en la misma habitación. Me empezó a dar besos en la cara con un cariño tan hp que en vez de tranquilizarme me dio fue pánico.
SOFÍA: (Susurrándome al oído, bien consentida) —Buenos días, mi amor... Qué noche tan rica pasamos, ¿cierto? Mírate esa cara de dormido, te ves hermoso. Quédate un ratico más en la cama mientras bajo con mi mamá a alistarte el desayuno, ¿sí, mi gordo?
No fui capaz ni de responderle. Solo asentí con la cabeza como un imbécil.
A los diez minutos bajé a la cocina arrastrando las chanclas, sintiéndome como un extraño en mi propia vida. La mamá de Sofía me recibió con una sonrisa de oreja a oreja, como si yo fuera el yerno del año. Me sirvió un tazón de café caliente con arepa y huevos, tratándome con una amabilidad que me revolvía el estómago. Sofía se me arrimó por detrás, me acomodó la silla y me sobó el cuello con una ternura ciniquísima.
Ahí fue cuando el suegro se sentó al lado mío. El viejo me miró con una sonrisa de medio lado, de esas que le dicen a uno "yo sé exactamente lo que sientes y me importa un carajo". Se tomó un sorbo de café y me habló directo, como de hombre a hombre:
SUEGRO: —Coma tranquilo, Julián, que le hace falta coger fuerzas... Mire, mijo, le dije anoche y se lo repito hoy: el orgullo en un hombre no sirve sino para amargarse la vida. Mire a su alrededor, esto es una familia feliz. Usted aquí es el oficial, el que se presenta en las fiestas, el dueño de la casa... Lo de Camilo son maricadas de muchachos, juegos para pasar el rato. No se me vuelva loco por bobadas.
Yo tenía la cuchara en la mano y la comida atragantada. No sabía si salir corriendo o meterle un puñetazo a la mesa. Y para rematar el circo, en ese preciso instante entró Camilo a la cocina, en pantaloneta, fresco, saludando como si fuera el hermano mayor de la casa.
CAMILO: —¡Buenas, buenas! Uy, Doña, ese café huele delicioso...
Sofía ni disimuló. Se le iluminaron los ojos al verlo y de una dejó el plato en la mesa.
SOFÍA: —Bueno, mi amor, desayuna juicioso que yo me voy a ir a pegar un baño rápido con Camilo para que salgamos a caminar más tardecito.
El suegro soltó la carcajada, le dio un palmadón a la mesa y le hizo una seña a Camilo con la cabeza.
SUEGRO: —Hágale, mija, pero no se vayan a demorar dos horas allá metidos que la cuenta del gas me llega es a mí.
CAMILO: (Riéndose con un descaro hp) —Fresco, Don, yo se la devuelvo limpiecita y bien enjabonada
Juego psicológico 10  la historia continua

Se subieron los dos riéndose por las escaleras. Yo me quedé sentado en la mesa en completo estado de coma, mirando un punto fijo en el plato. El suegro siguió hablándome del partido del fin de semana y del precio de la gasolina, actuando con una normalidad enfermiza.
El problema era que el comedor de abajo quedaba exactamente debajo del baño del piso de arriba. Y a los tres minutos, el silencio de la mañana se fue a la mierda.

PLAS. PLAS. PLAS.
novio cornudo
Me los imaginaba entregándose uno al otro , el ruido eran los azotes secos, rítmicos, el golpe de la carne contra los azulejos húmedos y el agua de la ducha corriendo a todo timbal. Y encima de eso, los gemidos de Sofía, ahogados pero claritos, retumbando justo sobre nuestras cabezas. El suegro ni pestañeaba, me seguía hablando de política mientras yo sentía que el pedazo de arepa se me convertía en una piedra en el buche.
Lo peor de todo —lo más asqueroso y humillante— fue sentir cómo la verga se me ponía como un leño debajo de la mesa. Me estaba muriendo de la vergüenza, sentía ganas de llorar de la impotencia, pero el morbo de escuchar a mi novia siendo reventada por el amigo mientras el papá me servía más café me tenía al borde del colapso.
Diez minutos después cesó el ruido. Sofía bajó las escaleras ya vestida, oliendo a jabón de flores, con los mofletes rojos y los labios hinchados de tanto beso. Se me acercó por detrás, me abrazó el cuello y me estampó un beso húmedo y largo en la boca. En los labios le sentí el sabor a la crema de dientes... y el rastro del amigo.
SOFÍA: —¿Listo, mi vida? Ya estoy limpiecita para que nos vamos a caminar. ¿Nos vamos?
La miré en silencio, aplastado, sabiendo que mi dignidad estaba en el piso. Pero al verle esos ojos de perra satisfecha, me di cuenta de la verdad más hp de todas: a pesar del asco y de la humillación, ya no me podía ir de ahí. Estaba completamente enganchado a esa mujer y a su familia de enfermos.

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