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“La fantasía de mi nieto”

“La fantasía de mi nieto”
Todo contado por la abuela.
Empezó como siempre: un mensaje inocente en WhatsApp un martes por la tarde, mientras yo regaba las matas del balcón.
Mijo: Abuelita, ¿cómo está? Solo quería saber si ya comió algo rico… se me antojó pensar en usted.
Yo sonreí. Siempre tan atento, tan tímido ese chamaco. Le contesté:
Abuelita: Aquí estoy, mijo, regando. Ya comí un caldo. ¿Y usted? ¿Estudiando o puro vago?
Mijo: Estudiando… pero me distraigo. Usted siempre se ve tan… bien cuidada. ¿Cómo hace para verse así a su edad? Parece de menos.
Ahí empezó la adulación. Yo, tonta de mí, me sentí halagada. Me miré en el espejo del pasillo: el pelo canoso recogido, la bata de casa un poco floja, las arrugas alrededor de los ojos. Pensé: “Qué va a ver este bribón en una viejita como yo… pero qué lindo que diga eso.”
Abuelita: Ay, chamaco, no diga tonterías. Ya estoy hecha una momia. Solo me cuido un poco por higiene.
Él insistió, suave, curioso, como quien no quiere la cosa:
Mijo: No es tontería. Tiene una piel… suave, se nota. Y esa voz… A veces me pregunto cosas. Cosas de usted. De cómo era de joven… o cómo es ahora. En privado.
Yo me reí. “Este bribón está de bromas.” Le contesté con tono estricto, el que siempre usaba cuando se portaba mal de niño:
Abuelita: ¡Mijo! No sea fresco. Una abuela no habla de esas cosas con su nieto. ¿Qué le pasa?
Pero por dentro me picó la curiosidad. Y él, listo, cambió de estrategia. Empezó a contarme “secretos” suyos, tímidos, como confesiones de un chamaco inseguro:
Mijo: Es que… a veces me siento solo. Y pienso en usted. En lo buena que es. En lo paciente. Me gustaría… saber si alguna vez se sintió deseada. De verdad. No como abuela… como mujer.
Yo me quedé mirando el teléfono largo rato. Pensamientos dudosos: “¿Qué dirían si supieran que mi nieto me pregunta estas cosas? La vecina, las amigas del bingo… ‘Esa vieja se presta a cochinadas con el chamaco’. Pero… él es tan dulce. Tan tímido. Solo tiene curiosidad. No hay maldad.”
Le contesté con ternura, un poco tonta:
Abuelita: Ay, mijo… una ya está fuera de circulación. Pero sí, de joven me miraban. Ahora solo me miran para darme el asiento en el camión.
Él siguió, paciente, día tras día. Más mensajes. Más adulación. “Usted tiene algo especial, abuelita… una dulzura que no se ve en las muchachas de ahora.” Me preguntó por mis gustos antiguos, por si alguna vez había experimentado cosas “diferentes”. Yo, despistada y complaciente, empecé a soltar cositas. Pequeñas confesiones:
Abuelita: Una vez… hace muchos años… me gustó que me hablaran sucio. Pero eso ya quedó atrás. Ahora solo soy la abuelita que hace el café.
Mijo: ¿Y si yo… le hablara así? ¿Le molestaría? Es solo fantasía. Soy tímido para decirlo en persona… pero aquí…
Mi corazón dio un vuelco. Pensé juguetona: “Este bribón me está sacando el lado cochino… y yo dejándome. Qué tonta.” Pero también pensé con cariño: “Pobrecito. Tiene curiosidad. Quiere sentirse cerca. Yo lo quiero tanto… ¿qué daño hay en escuchar?”
Los días pasaron. Las conversaciones se alargaron. Él me contó que su fantasía más profunda, la que lo hacía sentir avergonzado y excitado a la vez, era… correrse en la cara de una mujer mayor. De una viejita. “No cualquiera… alguien como usted. Dulce. Que me mire con esos ojos de abuela mientras yo… termino.”
Yo me quedé helada. El teléfono temblando en la mano.
Pensamientos dudosos, fuertes: “¿En la cara? ¿Mía? Con estas arrugas, estas manchas… ¿qué va a ver él? Qué dirán si se entera alguien… ‘La putita de la abuela se deja manchar la cara por el nieto’. Dios mío.”
Pero también pensamientos tiernos, sin mala fe: “Es mi mijo. Mi chamaco. Si eso lo hace feliz… si es solo una fantasía… yo lo quiero. No le deseo nada malo. Solo… cumplirle algo que le arde por dentro.”
Le respondí, estricta al principio:
Abuelita: ¡Mijo! Eso es una cochinada. Una abuela no se presta a eso. ¿Se volvió loco?
Mijo: Lo sé… soy un bribón. Pero no puedo dejar de pensarlo. Usted… sería perfecta. Tan… maternal. Y yo tan tímido que solo se lo puedo decir aquí. Por favor… no se enoje. Solo… diga si alguna vez lo pensó.
Yo respiré hondo. Me miré otra vez al espejo. La cara cansada, los labios secos, el cuello con pliegues. Pensé: “¿Yo? ¿Esta putita vieja? Él me ve diferente… y eso… me calienta un poco. Qué vergüenza.”
Al final, después de más mensajes, más adulaciones suaves, más confesiones mías (“Sí… a veces extraño que me miren con hambre”), tomé la decisión. Decidida. Clara.
Abuelita: Mijo… escuche bien. Soy una viejita tonta y usted un bribón curioso. Pero lo quiero. Y si esa es su fantasía… la más profunda… entonces… sí. Se la voy a cumplir. Aquí, en mi casa. Cuando venga. Sin que nadie se entere. Usted se corre en mi cara… y yo se lo recibo como su abuelita complaciente. ¿Queda claro, chamaco?
Él tardó en contestar. Imaginé su timidez, su excitación.
Mijo: Abuelita… ¿de verdad? No se arrepentirá…
Abuelita: No. Ya decidí. Venga este sábado por la tarde. Traiga esa carita tímida. Y yo… estaré lista. Aunque me tiemble el corazón y piense en el qué dirán… lo voy a hacer. Por usted. Mi mijo. Mi bribón.
Esa noche me acosté con la mente llena de pensamientos juguetones y dudosos a la vez: “Voy a dejar que mi nieto me use la cara… qué locura. Pero qué rico se siente decirle que sí. Que su abuelita putita va a abrirle la boca y recibir todo. Solo por amor. Solo por hacerlo feliz.”
Y así empezó todo de verdad. La conversación había sido larga, llena de engaños suaves de su parte y de mi despiste complaciente. Pero la decisión ya estaba tomada. Yo, la abuela estricta y un poco tontita, iba a cumplirle al jovencito su fantasía más sucia… con la cara lista y el corazón lleno de cariño.

1 comentarios - “La fantasía de mi nieto”

rucucu1977
OJALA MI ABUELITA LE PUDIERA ECHAR LA LECHE