Hola! gracias por su preferencia, les dejo un nuevo capítulo
Capítulo 3
—¿Eso es todo lo que cenarán? —preguntó Carlos a su hija. Aunque su esposa había cocinado suficiente, Esther y Edgar compartían una hamburguesa sencilla.
—Tengo que cuidar mi figura de niña buena —comentó la chica.
—Y yo estoy reduciendo los carbohidratos. Ando en definición, mire.
Edgar flexionó el brazo y un bíceps de tamaño considerable se hinchó. Melisa le arqueó una ceja a su hija a modo de gesto cómplice. Carlos se limitó a asentir con la cabeza y siguió comiendo.
—Asumo que pasarás la noche aquí, Edgar.
—Sí, mañana me voy a trabajar. Mi auto está en el taller y la oficina no queda muy lejos de aquí. Estoy tratando de conseguir un ascenso, así que hay que besar algunos traseros ¿no cree?
—No beses muchos —dijo Melisa—. Tienes que besar el de mi hija también.
Tanto Esther como Carlos se atragantaron con sus bebidas. El comentario coqueto de la mujer causó risas en Edgar, que observó a su suegra con un deje de lujuria. Como de costumbre, Melisa vestía una camiseta sencilla y medio transparente. Los pechos se marcaban debajo de la tela.
—Lavaré los platos antes de dormir —anunció Esther.
Carlos siguió a su hija con la mirada en cuanto se levantó. La chica usaba pantys negras y top deportivo. Ambas prendas se le ajustaban al cuerpo, trayendo a su mente los recuerdos de cuando la vio con las piernas abiertas y la cara de Carlos metida en su coño. Hubiese dado la mitad de su vida por ser él.
Mantuvo su atención en ese pequeño trasero de nalgas blancas. Entre tanto, Melisa y Edgar platicaban sobre el trabajo de este último y del ascenso que estaba buscando. Si lo conseguía, se convertiría en la mano derecha del jefe y tendría un mejor sueldo con vacaciones pagadas dos veces al año.
Melisa aprobaba por completo al novio de su hija. Le llevaba poco más de diez años. Era mejor así. La diferencia de edad no sólo era sexy, sino que garantizaba un futuro prometedor. Mucho mejor que si Esther se hubiese enamorado de un chico sin futuro de por ahí.
Una vez que acabaron de comer, los hombres se retiraron a las habitaciones. Las únicas que quedaron ahí fueron Melisa y su hija, que terminaban de arreglar la cocina.
—¿Y qué tienes planeado para esta noche, amor?
—Pues… —una sonrisa traviesa salió de la boca de Esther—. Tenía pensado probar por atrás. Me gusta, aunque es algo doloroso por la gorda polla de Edgar.
—Te compré el lubricante que me pediste. Debería entrarte con más facilidad. Sólo… intenta relajarte. No quiero que te desgarres el ano.
—Lo sé, mamá. Gracias —Esther abrazó a la mujer, hundiendo la cara entre sus generosas tetas—. No sé qué sería de mí sin ti. Papá es un poco… bueno, no pasa a Edgar.
—Lo he notado, pero debes comprenderlo —Melisa masajeó la espalda de su hija—. Es un hombre posesivo y su princesa está de novia con un tipo diez años mayor. Además, puede oírte cuando coges y eso le saca de onda.
—Intento ser callada, pero no puedo.
—Y no tendrías qué —Melisa la tomó del rostro con suavidad—. Eres tan mujer como yo. Disfruta del sexo. Grita si quieres. Para eso está. No te contengas en nada.
Una ternura ligeramente pervertida surgió entre ambas. Madre e hija se dieron un beso en los labios a modo de buenas noches. Melisa le dijo que se fuera al cuarto para prepararse y que ella terminaría con los quehaceres.
Más tarde, la casa se llenó de los exquisitos sonidos del sexo. Los ruidos que emitía Esther eran distintos a los de costumbre. Más… ricos. Estaba a cuatro patas sobre la cama. Sus nalgas alzadas y las piernas separadas todo lo que podía para mantener la posición. Edgar estaba detrás de ella. Agarraba las caderas de la muchacha con ambas manos, hundiéndolos en la carne blanca. Su polla, gorda y cubierta de venas, penetraba el ano de Esther con embestidas duras y profundas. Sacaba casi por completo la verga hasta que el glande rosado quedaba visible en la abertura oscura y distendida, y luego volvía a clavarla de golpe hasta la base. Sus huevos pesados y colgantes chocaban contra la base del culo con un sonido seco y repetido que resonaba por toda la habitación.
Al mismo tiempo, un dildo vibrador de color negro estaba metido hasta la base en la pequeña concha de la chica. La base redonda sobresalía entre los labios hinchados de su raja. Zumbaba con una intensidad constante que hacía que los abundantes jugos brotaran de su almeja y escurrieran en hilos por sus muslos hasta mojar el colchón. Las tetas pequeñas y puntiagudas se sacudían de forma violenta de adelante hacia atrás con cada golpe brutal de su novio contra sus nalgas. Su boca se abría para dejar escapar gemidos agudos, largos y desgarrados que atravesaban la delgada pared y llegaban al otro lado de la casa.
El lubricante que su mamá había comprado era bueno, pero su ano todavía no se dilataba para albergar el pollón de su novio.
En la recámara de al lado, tampoco había silencio. Melisa estaba sentada sobre Carlos, en posición de una vaquera invertida para darle la espalda. Sus piernas abiertas sobre los muslos de él y con su torso apenas inclinado hacia adelante. Ella podía escuchar los gemidos de su hija salir de su garganta. La verga erecta de Carlos se enterraba profundamente en su concha. Llenaba su carne húmeda. Ella movía las caderas en círculos amplios y brutales. Se levantaba sólo hasta que la punta de la polla quedaba en la abertura, y después se dejaba caer de golpe para empotrársela hasta la base.
Sus tetas grandes y pesadas rebotaban con cada movimiento descendente. Los pezones grandes oscilaban en círculos. Carlos agarraba las caderas de su mujer con fuerza. Sus dedos se hundían marcando su piel, reclamándola como suya. Embestía desde abajo con la cadera para meter más su verga en el coño empapado de Melisa. Él también escuchaba el ajetreo de su hija en el cuarto contiguo. Los gemidos altos y agudos de Esther se mezclaban con los de su esposa. ¿Cómo podía aguantar el orgasmo con tantos estímulos sonoros cerca?
A pesar de que estaba excitadísimo, una parte de él seguía creyendo que no era correcto usar el placer de su hija para sí mismo. Pocos padres se atreverían a ello. Y sin embargo, precisamente porque no muchos lo harían, era que el acto en sí se volvía delicioso. Sí. Todos los padres deberían oír a sus hijas coger al menos una vez en la vida. Cerciosarse de que, como mujeres, estaban recibiendo el placer que se merecían.
Carlos escuchaba con atención cada ruido. Melisa aceleró el movimiento de sus caderas, levantando el culo hasta que la verga de Carlos casi se salía de su coño. Se dejaba caer con fuerza brutal y hacía que la polla chocara contra sus labios. Su marido seguía embistiendo con más fuerza desde abajo. Sus huevos se golpeaban en el culo con sonidos secos. Sus manos subieron por el costado de Melisa hasta que ella se echó para atrás. Entonces, él logró agarrarle las tetas. Pellizcó sus pezones y los estiró hacia arriba para retorcerlos como castigo. Melisa se quedó quieta para tomar aire. En ese lapso, los sonidos de Esther, los golpes repetidos de su culo contra Edgar se oían con claridad. Eran los gritos de una gatita que excitaba a sus padres. Carlos imaginaba los pequeños pechos de su hija sacudiéndose bajo las embestidas de la verga de Edgar.
—Se ve…que la está pasando bien —comentó el hombre.
—Le deben de estar dando por el culo. Ese era el plan de hoy.
—¿Qué tan grande debe tener la polla ese tipo?
—O más bien, qué pequeñito debe estar el ano de tu hija.
El tono coqueto de su esposa hizo sonreír a Carlos. Le frotó los muslos mientras ella descansaba, con el miembro todavía adentro de su coño.
—A puesto a que tú no tendrías problemas en meterte el pene de Edgar.
—Claro que no. Mi culo se dilata con facilidad —Melisa se apartó un mechón de pelo—. Le dije a Esther que debía empezar a practicar con un plug anal desde hace tiempo. Para que el ano gane flexibilidad hay que estimularlo desde mucho antes de empezar la vida sexual.
—Estoy de acuerdo.
—¿Tomamos un descanso? Quiero beber agua.
—Sí, ya me duelen los huevos de tanto que les brincas encima.
—¿Ya te vas a correr?
—Casi.
—Entonces le seguimos un ratito más. Córrete en mi culo.
Los esposos volvieron a follar, aunque esta vez con algo más de fuerza que momentos atrás. Melisa se levantó y cayó una y otra vez sobre la verga. Su ano chupaba el órgano mientras su marido agarraba sus nalgas y las separaba para ver cómo su polla se hundía con gran facilidad en la salida de ese entrenado recto. Los jugos de la mujer corrían de su concha y le empapaban los huevos a él.
El cuerpo de Carlos se tensó visiblemente. Melisa se clavó hasta la base, manteniendo el esfínter apretado alrededor de la pija. Carlos expulsó chorros de leche caliente y espesa dentro, llenando la suave carne interna con su semen blanco. Melisa siguió moviéndose con una sonrisa al sentir cómo se atiborraba de él. Contrajo el culo para exprimir la polla hasta asegurarse de que su marido terminó de vaciar sus bolas.
Al levantarse, el miembro salió de su culo con un sonido húmedo de succión, y de inmediato, la leche que Carlos había eyaculado dentro de ella comenzó a chorrear abundante de su hueco y formó hilos espesos que cayeron sobre él y la sábana. Se tomó unos minutos para recuperar el aire y limpiarse el sudor mientras su marido hacía lo mismo con un rollo de papel de baño que tenía junto a la cama.
—Eh, me lo iba a comer —se quejó ella—. Sabes que me gusta lamer el semen que sale de mi culo.
—Por favor, amor. Eso es turbio.
—Para ti. Recuerda que te casaste con una cochina.
Orgullosa, Melisa le dio un beso en los labios, se colocó un albornoz abierto y salió del cuarto. Se dirigió a la cocina para beber un poco de agua y también para echarse una pasada al baño y expulsar los últimos pocos restos de semen que quedaban dentro de su recto. Una vez estuvo limpia, con el rostro lavado y el culo preparado para otra ronda, decidió que sería un buen momento para hacerle a su hija una pequeña visita.
La puerta del cuarto de Esther no estaba del todo cerrada. Melisa entró y vio a su yerno embistiendo el ano de Esther con fuerza descomunal, casi como si intentara hacerle daño. Habría detenido el acto de no ser porque su hija tenía una risita de placer, aunque lloraba. Las manos del hombre agarraban las caderas de la chica. La verga entraba y salía brillante debido a la saliva y el lubricante que se había mezclado con los fluidos internos del culo. El dildo vibrador seguía zumbando sin parar en la apretada concha. Melisa vio los jugos blanquecinos del coño de su adorable hija gotear sobre el colchón.
Se acercó a la cabecera de la cama. Edgar no se detuvo. Le gustaba que su suegra lo viera follar a su hija. No era la primera vez —aunque estaba claro que Carlos no sabía sobre esto—.
La mujer miró el rostro de su hija. Sus ojos estaban abiertos y con pequeñas lágrimas. Gemidos deliciosos salían de sus labios. Su cuerpo convulsionaba por cada embestida hacia su trasero.
—Vamos a dormir, amor. Trata de hacer un poco de silencio.
Esther no respondió. Se limitó a asentir. El sudor le corría por la frente. Edgar tampoco se detuvo. Siguió agarrado a las caderas de la jovencita, metiendo la polla en embestidas profundas. El culo distendido se cerraba y abría sobre la carne. Aunque su mamá estaba viéndola, esto no la detuvo. Sus manos agarraban las sábanas con fuerza y su cuerpo se estremecía por los espasmos que le brindaba el vibrador y la polla.
Melisa comprendió que sería un pecado detener esa follada, por mucho que el ano de su hija recibiera castigo. Ella tendría que aprender. Suspiró, giró sobre sus talones y se marchó por el pasillo iluminado.
Entró a su cuarto. Carlos yacía bocarriba, con la polla flácida y los huevos colgando. Melisa sonrió. Tomó el teléfono de él y puso música en la bocina, para tratar de disimular los jadeos constantes de Esther.
—Ya mejor acaban. Creo que la nena no irá a clases mañana.
—¿De verdad? —Carlos frunció el ceño—. Es la tercera vez que falta por agotamiento de sexo.
—¿Y qué quieres que haga? Edgar le está rompiendo el culo y ella lo disfruta. Anda, no seas mal padre. Deja que goce y que duerma hasta tarde.
—Uhm… bueno —el hombre gruñó—. Está bien.
La mujer se abrazó a su marido, le dejó un beso en los labios y ambos trataron de agarrar el sueño.
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uff que ganas de tener una familia así no? comenten si harían lo mismo de tener una hija tan caliente
Capítulo 3
—¿Eso es todo lo que cenarán? —preguntó Carlos a su hija. Aunque su esposa había cocinado suficiente, Esther y Edgar compartían una hamburguesa sencilla.
—Tengo que cuidar mi figura de niña buena —comentó la chica.
—Y yo estoy reduciendo los carbohidratos. Ando en definición, mire.
Edgar flexionó el brazo y un bíceps de tamaño considerable se hinchó. Melisa le arqueó una ceja a su hija a modo de gesto cómplice. Carlos se limitó a asentir con la cabeza y siguió comiendo.
—Asumo que pasarás la noche aquí, Edgar.
—Sí, mañana me voy a trabajar. Mi auto está en el taller y la oficina no queda muy lejos de aquí. Estoy tratando de conseguir un ascenso, así que hay que besar algunos traseros ¿no cree?
—No beses muchos —dijo Melisa—. Tienes que besar el de mi hija también.
Tanto Esther como Carlos se atragantaron con sus bebidas. El comentario coqueto de la mujer causó risas en Edgar, que observó a su suegra con un deje de lujuria. Como de costumbre, Melisa vestía una camiseta sencilla y medio transparente. Los pechos se marcaban debajo de la tela.
—Lavaré los platos antes de dormir —anunció Esther.
Carlos siguió a su hija con la mirada en cuanto se levantó. La chica usaba pantys negras y top deportivo. Ambas prendas se le ajustaban al cuerpo, trayendo a su mente los recuerdos de cuando la vio con las piernas abiertas y la cara de Carlos metida en su coño. Hubiese dado la mitad de su vida por ser él.
Mantuvo su atención en ese pequeño trasero de nalgas blancas. Entre tanto, Melisa y Edgar platicaban sobre el trabajo de este último y del ascenso que estaba buscando. Si lo conseguía, se convertiría en la mano derecha del jefe y tendría un mejor sueldo con vacaciones pagadas dos veces al año.
Melisa aprobaba por completo al novio de su hija. Le llevaba poco más de diez años. Era mejor así. La diferencia de edad no sólo era sexy, sino que garantizaba un futuro prometedor. Mucho mejor que si Esther se hubiese enamorado de un chico sin futuro de por ahí.
Una vez que acabaron de comer, los hombres se retiraron a las habitaciones. Las únicas que quedaron ahí fueron Melisa y su hija, que terminaban de arreglar la cocina.
—¿Y qué tienes planeado para esta noche, amor?
—Pues… —una sonrisa traviesa salió de la boca de Esther—. Tenía pensado probar por atrás. Me gusta, aunque es algo doloroso por la gorda polla de Edgar.
—Te compré el lubricante que me pediste. Debería entrarte con más facilidad. Sólo… intenta relajarte. No quiero que te desgarres el ano.
—Lo sé, mamá. Gracias —Esther abrazó a la mujer, hundiendo la cara entre sus generosas tetas—. No sé qué sería de mí sin ti. Papá es un poco… bueno, no pasa a Edgar.
—Lo he notado, pero debes comprenderlo —Melisa masajeó la espalda de su hija—. Es un hombre posesivo y su princesa está de novia con un tipo diez años mayor. Además, puede oírte cuando coges y eso le saca de onda.
—Intento ser callada, pero no puedo.
—Y no tendrías qué —Melisa la tomó del rostro con suavidad—. Eres tan mujer como yo. Disfruta del sexo. Grita si quieres. Para eso está. No te contengas en nada.
Una ternura ligeramente pervertida surgió entre ambas. Madre e hija se dieron un beso en los labios a modo de buenas noches. Melisa le dijo que se fuera al cuarto para prepararse y que ella terminaría con los quehaceres.
Más tarde, la casa se llenó de los exquisitos sonidos del sexo. Los ruidos que emitía Esther eran distintos a los de costumbre. Más… ricos. Estaba a cuatro patas sobre la cama. Sus nalgas alzadas y las piernas separadas todo lo que podía para mantener la posición. Edgar estaba detrás de ella. Agarraba las caderas de la muchacha con ambas manos, hundiéndolos en la carne blanca. Su polla, gorda y cubierta de venas, penetraba el ano de Esther con embestidas duras y profundas. Sacaba casi por completo la verga hasta que el glande rosado quedaba visible en la abertura oscura y distendida, y luego volvía a clavarla de golpe hasta la base. Sus huevos pesados y colgantes chocaban contra la base del culo con un sonido seco y repetido que resonaba por toda la habitación.
Al mismo tiempo, un dildo vibrador de color negro estaba metido hasta la base en la pequeña concha de la chica. La base redonda sobresalía entre los labios hinchados de su raja. Zumbaba con una intensidad constante que hacía que los abundantes jugos brotaran de su almeja y escurrieran en hilos por sus muslos hasta mojar el colchón. Las tetas pequeñas y puntiagudas se sacudían de forma violenta de adelante hacia atrás con cada golpe brutal de su novio contra sus nalgas. Su boca se abría para dejar escapar gemidos agudos, largos y desgarrados que atravesaban la delgada pared y llegaban al otro lado de la casa.
El lubricante que su mamá había comprado era bueno, pero su ano todavía no se dilataba para albergar el pollón de su novio.
En la recámara de al lado, tampoco había silencio. Melisa estaba sentada sobre Carlos, en posición de una vaquera invertida para darle la espalda. Sus piernas abiertas sobre los muslos de él y con su torso apenas inclinado hacia adelante. Ella podía escuchar los gemidos de su hija salir de su garganta. La verga erecta de Carlos se enterraba profundamente en su concha. Llenaba su carne húmeda. Ella movía las caderas en círculos amplios y brutales. Se levantaba sólo hasta que la punta de la polla quedaba en la abertura, y después se dejaba caer de golpe para empotrársela hasta la base.
Sus tetas grandes y pesadas rebotaban con cada movimiento descendente. Los pezones grandes oscilaban en círculos. Carlos agarraba las caderas de su mujer con fuerza. Sus dedos se hundían marcando su piel, reclamándola como suya. Embestía desde abajo con la cadera para meter más su verga en el coño empapado de Melisa. Él también escuchaba el ajetreo de su hija en el cuarto contiguo. Los gemidos altos y agudos de Esther se mezclaban con los de su esposa. ¿Cómo podía aguantar el orgasmo con tantos estímulos sonoros cerca?
A pesar de que estaba excitadísimo, una parte de él seguía creyendo que no era correcto usar el placer de su hija para sí mismo. Pocos padres se atreverían a ello. Y sin embargo, precisamente porque no muchos lo harían, era que el acto en sí se volvía delicioso. Sí. Todos los padres deberían oír a sus hijas coger al menos una vez en la vida. Cerciosarse de que, como mujeres, estaban recibiendo el placer que se merecían.
Carlos escuchaba con atención cada ruido. Melisa aceleró el movimiento de sus caderas, levantando el culo hasta que la verga de Carlos casi se salía de su coño. Se dejaba caer con fuerza brutal y hacía que la polla chocara contra sus labios. Su marido seguía embistiendo con más fuerza desde abajo. Sus huevos se golpeaban en el culo con sonidos secos. Sus manos subieron por el costado de Melisa hasta que ella se echó para atrás. Entonces, él logró agarrarle las tetas. Pellizcó sus pezones y los estiró hacia arriba para retorcerlos como castigo. Melisa se quedó quieta para tomar aire. En ese lapso, los sonidos de Esther, los golpes repetidos de su culo contra Edgar se oían con claridad. Eran los gritos de una gatita que excitaba a sus padres. Carlos imaginaba los pequeños pechos de su hija sacudiéndose bajo las embestidas de la verga de Edgar.
—Se ve…que la está pasando bien —comentó el hombre.
—Le deben de estar dando por el culo. Ese era el plan de hoy.
—¿Qué tan grande debe tener la polla ese tipo?
—O más bien, qué pequeñito debe estar el ano de tu hija.
El tono coqueto de su esposa hizo sonreír a Carlos. Le frotó los muslos mientras ella descansaba, con el miembro todavía adentro de su coño.
—A puesto a que tú no tendrías problemas en meterte el pene de Edgar.
—Claro que no. Mi culo se dilata con facilidad —Melisa se apartó un mechón de pelo—. Le dije a Esther que debía empezar a practicar con un plug anal desde hace tiempo. Para que el ano gane flexibilidad hay que estimularlo desde mucho antes de empezar la vida sexual.
—Estoy de acuerdo.
—¿Tomamos un descanso? Quiero beber agua.
—Sí, ya me duelen los huevos de tanto que les brincas encima.
—¿Ya te vas a correr?
—Casi.
—Entonces le seguimos un ratito más. Córrete en mi culo.
Los esposos volvieron a follar, aunque esta vez con algo más de fuerza que momentos atrás. Melisa se levantó y cayó una y otra vez sobre la verga. Su ano chupaba el órgano mientras su marido agarraba sus nalgas y las separaba para ver cómo su polla se hundía con gran facilidad en la salida de ese entrenado recto. Los jugos de la mujer corrían de su concha y le empapaban los huevos a él.
El cuerpo de Carlos se tensó visiblemente. Melisa se clavó hasta la base, manteniendo el esfínter apretado alrededor de la pija. Carlos expulsó chorros de leche caliente y espesa dentro, llenando la suave carne interna con su semen blanco. Melisa siguió moviéndose con una sonrisa al sentir cómo se atiborraba de él. Contrajo el culo para exprimir la polla hasta asegurarse de que su marido terminó de vaciar sus bolas.
Al levantarse, el miembro salió de su culo con un sonido húmedo de succión, y de inmediato, la leche que Carlos había eyaculado dentro de ella comenzó a chorrear abundante de su hueco y formó hilos espesos que cayeron sobre él y la sábana. Se tomó unos minutos para recuperar el aire y limpiarse el sudor mientras su marido hacía lo mismo con un rollo de papel de baño que tenía junto a la cama.
—Eh, me lo iba a comer —se quejó ella—. Sabes que me gusta lamer el semen que sale de mi culo.
—Por favor, amor. Eso es turbio.
—Para ti. Recuerda que te casaste con una cochina.
Orgullosa, Melisa le dio un beso en los labios, se colocó un albornoz abierto y salió del cuarto. Se dirigió a la cocina para beber un poco de agua y también para echarse una pasada al baño y expulsar los últimos pocos restos de semen que quedaban dentro de su recto. Una vez estuvo limpia, con el rostro lavado y el culo preparado para otra ronda, decidió que sería un buen momento para hacerle a su hija una pequeña visita.
La puerta del cuarto de Esther no estaba del todo cerrada. Melisa entró y vio a su yerno embistiendo el ano de Esther con fuerza descomunal, casi como si intentara hacerle daño. Habría detenido el acto de no ser porque su hija tenía una risita de placer, aunque lloraba. Las manos del hombre agarraban las caderas de la chica. La verga entraba y salía brillante debido a la saliva y el lubricante que se había mezclado con los fluidos internos del culo. El dildo vibrador seguía zumbando sin parar en la apretada concha. Melisa vio los jugos blanquecinos del coño de su adorable hija gotear sobre el colchón.
Se acercó a la cabecera de la cama. Edgar no se detuvo. Le gustaba que su suegra lo viera follar a su hija. No era la primera vez —aunque estaba claro que Carlos no sabía sobre esto—.
La mujer miró el rostro de su hija. Sus ojos estaban abiertos y con pequeñas lágrimas. Gemidos deliciosos salían de sus labios. Su cuerpo convulsionaba por cada embestida hacia su trasero.
—Vamos a dormir, amor. Trata de hacer un poco de silencio.
Esther no respondió. Se limitó a asentir. El sudor le corría por la frente. Edgar tampoco se detuvo. Siguió agarrado a las caderas de la jovencita, metiendo la polla en embestidas profundas. El culo distendido se cerraba y abría sobre la carne. Aunque su mamá estaba viéndola, esto no la detuvo. Sus manos agarraban las sábanas con fuerza y su cuerpo se estremecía por los espasmos que le brindaba el vibrador y la polla.
Melisa comprendió que sería un pecado detener esa follada, por mucho que el ano de su hija recibiera castigo. Ella tendría que aprender. Suspiró, giró sobre sus talones y se marchó por el pasillo iluminado.
Entró a su cuarto. Carlos yacía bocarriba, con la polla flácida y los huevos colgando. Melisa sonrió. Tomó el teléfono de él y puso música en la bocina, para tratar de disimular los jadeos constantes de Esther.
—Ya mejor acaban. Creo que la nena no irá a clases mañana.
—¿De verdad? —Carlos frunció el ceño—. Es la tercera vez que falta por agotamiento de sexo.
—¿Y qué quieres que haga? Edgar le está rompiendo el culo y ella lo disfruta. Anda, no seas mal padre. Deja que goce y que duerma hasta tarde.
—Uhm… bueno —el hombre gruñó—. Está bien.
La mujer se abrazó a su marido, le dejó un beso en los labios y ambos trataron de agarrar el sueño.
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uff que ganas de tener una familia así no? comenten si harían lo mismo de tener una hija tan caliente
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