
Rosa, 72 años, abuela tierna, de cuerpo todavía blando y generoso, senos pesados que caían un poco, caderas anchas, culito redondo y suave pese a la edad. Vivía con su esposo, el abuelo Ramón, de 78. El nieto, Mateo, 21 años, universitario, venía casi todos los fines de semana a casa de los abuelos.
Primer fin de semana
Era sábado por la mañana. Ramón leía el periódico en el sillón de la sala. Rosa preparaba el desayuno en la cocina, con su bata de casa floja. Mateo se acercó por detrás, fingiendo buscar algo en la nevera. Sus manos grandes rozaron primero la cintura de la abuela, luego bajaron y apretaron con disimulo las nalgas bajo la tela. Rosa se tensó, abrió los ojos, pero no dijo nada. El abuelo estaba a pocos metros. Mateo apretó más fuerte, separó un poco las nalgas con los dedos a través de la bata y susurró muy bajito: “Qué suave estás, abuela…”. Rosa se mordió el labio, no se movió, solo siguió removiendo los huevos. Cuando Mateo se fue, ella temblaba un poco.
Esa noche, a las 23:40, el WhatsApp de Mateo vibró:
Abuela Rosa: Mateo… no puedo creer lo que hiciste esta mañana. Estoy muy molesta. ¿Cómo se te ocurre manosearme así con tu abuelo ahí sentado? Soy tu abuela, muchacho. Tienes 21 años y yo 72. Esto no se hace. Me siento avergonzada y enfadada. No vuelvas a tocarme de esa manera. Es indecente. Descansa.
Mateo: Abuela… lo siento. Es que se me fue la mano. Estás muy cercana y… no pude evitarlo. Perdón.
Abuela Rosa: “Se te fue la mano” no es excusa. Estuve toda la tarde nerviosa. Si tu abuelo se da cuenta… ¡Dios mío! No quiero escándalos. Prométeme que no pasa más. Eres un niño todavía para mí.
Mateo: Lo prometo, abuela. Perdón de verdad.
Pero el domingo por la mañana, mientras Ramón estaba en el baño, Mateo se acercó otra vez en la cocina. Esta vez metió la mano por debajo de la bata y tocó directamente la braga de algodón blanca de Rosa. La acarició por encima, presionando el montículo suave. Rosa se quedó paralizada, cuchara en la mano. “Mateo… por favor…”, murmuró sin voz. Él solo sonrió y se retiró cuando se oyó la cisterna.
Esa noche:
Abuela Rosa: ¡Otra vez! ¡Otra vez, Mateo! Esta mañana metiste la mano debajo de mi ropa. Estoy furiosa. ¿No escuchaste lo que te dije? Soy tu abuela. Tienes que respetarme. Me siento sucia y avergonzada. Si tu abuelo llega a enterarse… no sé qué haría. Estoy muy enojada contigo. No quiero verte así de atrevido.
Mateo: Abuela, perdón. Es más fuerte que yo. Estás tan suave…
Abuela Rosa: ¡No digas eso! No digas cosas así. Me confundes. Duerme y no pienses más tonterías.
Días siguientes
El siguiente fin de semana Mateo llegó el viernes por la noche. El sábado por la mañana, mientras Ramón veía la televisión, Mateo se sentó al lado de Rosa en el sofá. Bajo el cojín, su mano se deslizó hasta el muslo de la abuela y subió lentamente. Rosa miraba fijamente la pantalla, respirando agitada. Los dedos de Mateo llegaron hasta la entrepierna y presionaron el calor de su coñito a través de la falda. Rosa no se movió. Cuando Ramón se levantó a buscar agua, Mateo aprovechó: levantó un poco la falda y metió dos dedos por el borde de la braga, rozando los labios ya un poco húmedos. Rosa soltó un suspiro ahogado.
Esa noche el WhatsApp fue más severo:
Abuela Rosa: Mateo, estoy muy molesta. Hoy en el sofá… casi nos pilla tu abuelo. Metiste los dedos… Dios santo, ¿qué te pasa? Me siento traicionada. Soy una señora mayor, tu abuela. No puedo creer que hagas estas cosas. Estoy decepcionada. Muy decepcionada. No quiero que vuelvas a tocarme así. Es vergonzoso. Indecente. Si continúa, no sé si podré seguir recibiendo tus visitas.
Mateo: Abuela… perdón. No puedo parar. Tu cuerpo me vuelve loco.
Abuela Rosa: ¡No digas eso! Me das vergüenza ajena. Duerme.
Pero el domingo, en el baño del pasillo, Rosa salía justo cuando Mateo entraba. Él la empujó suavemente hacia adentro, cerró la puerta y, con el abuelo en la sala, le levantó la bata por detrás. Bajó un poco las bragas y, sin pedir permiso, metió el dedo índice entre las nalgas blandas y lo empujó despacio dentro del culito apretado y cálido de la abuela. Rosa abrió la boca en silencio, se agarró al lavabo. “Mateo… no… por favor…”, susurró. Él movió el dedo un poco, entrando y saliendo suave. “Qué estrecho, abuela…”. Luego lo sacó, le subió las bragas y salió como si nada.
Esa noche:
Abuela Rosa: ¡Mateo! ¡Lo que hiciste en el baño es imperdonable! Metiste el dedo… ahí. Estoy escandalizada. Me siento sucia, avergonzada y muy enfadada. ¿Cómo se te ocurre? Soy tu abuela de 72 años. Esto es una locura. Estoy decepcionada de ti. Muy decepcionada. No sé qué hacer. Me da miedo que tu abuelo nos descubra. Por favor, detente. Esto no puede continuar.
Mateo: Abuela… tu culito es tan suave y caliente… no pude resistirme.
Abuela Rosa: ¡No digas esas cosas! Me haces sentir peor. Duerme. Y piensa en lo que hiciste.
La confesión parcial
El lunes, Rosa no pudo más. Mientras Ramón tomaba café, ella se sentó frente a él.
—Ramón… hay algo que te tengo que decir. Mateo… a veces se pone un poco… excesivo. Me toca el brazo, la cintura… cosas así. Me hace sentir incómoda.
Ramón apenas levantó la vista del periódico.
—Es un muchacho joven, Rosa. No le des importancia. Estará de broma. Ya se le pasará.
Rosa se quedó mirándolo. Esa noche se sintió furiosa con su marido. “No le da importancia…”, pensó. “Pues entonces…”.
Decidió, en un impulso de castigo hacia Ramón, no rechazar tanto. Seguiría regañando por WhatsApp, pero en persona se quedaría más quieta, más receptiva, ingenua.
Semana siguiente – cesión gradual
El viernes Mateo llegó. El sábado por la mañana, en la cocina, mientras Ramón estaba en el jardín regando, Mateo se pegó a la espalda de Rosa y le metió las dos manos por debajo de la bata. Acarició los senos pesados por encima del sujetador, luego bajó y le bajó las bragas hasta media nalga. Rosa se quedó quieta, removiendo el café. Mateo le separó las nalgas y volvió a meter el dedo en el culito, más profundo esta vez. Rosa soltó un “ah…” suave. Él lo movió despacio.
Esa noche:
Abuela Rosa: Mateo… otra vez el dedo. Estoy enfadada. Muy enfadada. Pero… no grité. No sé por qué. Tu abuelo no le da importancia a nada. Me siento sola con esto. Aun así, no debiste. Estoy molesta. No vuelvas a hacerlo tan… profundo.
Mateo: Abuela… se sentía tan bien. Tu culito me aprieta el dedo…
Abuela Rosa: ¡No digas eso! Me da vergüenza. Pero… está bien. Solo… ten más cuidado. No quiero que nos descubra.
El domingo, en la sala, con Ramón dormitando en el sillón, Mateo se sentó al lado de Rosa y, bajo la manta, le metió la mano entre las piernas. Esta vez Rosa abrió un poco más las rodillas, sin mirarlo. Mateo le bajó un poco las bragas y le acarició el coñito ya húmedo, luego volvió al culito y metió el dedo otra vez. Rosa respiraba agitada, mirando la televisión como si nada.
Esa noche el tono de los mensajes cambió un poco:
Abuela Rosa: Mateo… hoy en el sofá… casi nos pilla. Estoy enfadada, sí. Pero… no me aparté. No sé qué me pasa. Tu dedo… se siente extraño. Me da vergüenza admitirlo. No lo hagas tan a menudo. Y… por favor… no me digas cosas sucias. Me confundes.
Mateo: Abuela… ¿te gusta un poquito?
Abuela Rosa: ¡No digas eso! …un poco. Solo un poco. Pero no más. Estoy molesta todavía.
La duda juguetona
Dos días después, por la noche:
Abuela Rosa: Mateo… tengo una duda que me da mucha vergüenza. Tu dedo… se siente grueso dentro de mi culito. Pero… ¿crees que aguantaría algo más grande y grueso? No sé por qué lo pregunto. Olvídalo. Estoy siendo tonta. Borra este mensaje.
Mateo: Abuela… ¿quieres verlo?
Abuela Rosa: No. …sí. Solo… una foto. Rápido. Y luego borramos.
Mateo le mandó una foto de su pitote duro, grueso, venoso, de unos 18-19 cm. Rosa se quedó mirándola mucho rato.
Abuela Rosa: Dios santo… es… muy grueso. Mucho más que tu dedo. Mi culito… no sé si aguantaría eso. Me da miedo y… otra cosa. Borra la foto. Yo también. Estoy arrepentida de haber preguntado. Buenas noches.
Pero al día siguiente, cuando Mateo llegó, Rosa ya no se apartaba tanto.
La semana siguiente – Rosa cede más
El siguiente fin de semana Rosa empezó a buscar momentos a solas. Cuando Ramón salía al jardín o se quedaba dormido, ella se quedaba en la cocina o iba al baño y dejaba la puerta entreabierta.
El sábado por la mañana, con Ramón en el huerto, Mateo encontró a Rosa en el baño. Ella no cerró la puerta. Él entró, la puso de espaldas al lavabo, le bajó las bragas y le metió primero un dedo, luego dos en el culito. Rosa se agarró al mármol y empujó un poco hacia atrás.
—Más… despacio… —susurró.
Mateo sacó los dedos, se bajó el pantalón y le puso la cabeza gruesa del pitote contra el agujerito arrugado. Rosa tembló.
—Es… muy grueso… Mateo…
Él empujó despacio. La cabeza entró con dificultad. Rosa mordió su propia mano para no gemir. Mateo siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que la mitad del pitote desapareció dentro del culito estrecho y caliente de la abuela. Rosa temblaba toda.
—Está… dentro… —dijo ella, voz rota—. Dios mío… qué grueso…
Mateo empezó a moverse, corto y profundo. Rosa se dejó, empujando un poco hacia atrás. Cuando oyeron la puerta del jardín, Mateo se salió rápido, le subió las bragas y salió. Rosa se quedó temblando frente al espejo, el culito ardiendo y un hilo de saliva de él bajándole por el muslo.
Esa noche:
Abuela Rosa: Mateo… hoy… lo metiste. Estoy escandalizada y… no me arrepiento del todo. Se sintió demasiado. Mi culito todavía arde. No sé qué me pasa. Tu abuelo casi nos pilla. Estoy enfadada contigo y conmigo. Pero… cuando él salga otra vez… quizás… solo un poco más. No digas nada. Estoy confundida.
Mateo: Abuela… tu culito me apretaba tan rico… quiero volver a metértelo entero.
Abuela Rosa: …sí. Pero con cuidado. Y solo cuando él no esté cerca. Me da vergüenza escribir esto. Borra todo.😋😘😍😊
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