Esteban salió del apartamento aterrorizado, mirando a todos lados como si la policía lo fuera a agarrar en el pasillo. Mientras tanto, a kilómetros de allí, en un taller mecánico mugroso, yo estaba atrapado. Tenía las manos negras de grasa, la camiseta sudada y a mi papá gritándome a un metro que le pasara las herramientas. Pero mi mente y mi verga estaban a miles de revoluciones. Tenía los audífonos puestos y el celular escondido detrás del capó, viendo en la pantalla cómo mi propio amigo se acababa de venir dentro de mi mujer en mi propia cama.
No tardaron ni tres minutos en llegar las notificaciones que me terminaron de reventar la cabeza.
[CHAT LAURA A PAOLA]: "Amiga, lo logré... qué morbo tan hp, ya es el segundo man que meto a la casa". [CHAT PAOLA A LAURA]: "Eres una perra sin remedio, Lau. Me muero de la risa con tu descaro. ¡Te lo dije!". [CHAT LAURA A PAOLA]: "No siento ni un gramo de culpa, Pao. Tuve un orgasmo sabroso con Esteban, pero estoy esperando ansiosa a que llegue Dani del taller para que me rellene en esa misma cama... justo sobre el rastro fresco del amigo".
Cuando por fin logré liberarme de mi papá y llegué al apartamento, el aire olía a una mezcla de mi sudor con la fragancia costosa de Laura. Ella me recibió en la puerta con una sonrisa radiante y una dulzura tan fingida que me resultó obscena. No le dije ni una palabra. La tomé del brazo con brusquedad, la tiré sobre el colchón de nuestra alcoba principal —el mismo que aún guardaba el calor del cuerpo de Esteban— y le bajé el pantalón.
—¡Ayyy! ¡Dani, mi amor... qué rico, qué agresivo viniste! —gemía ella, clavándome las uñas en la espalda mientras yo la penetraba sin rodeos.
Buscaba el sonido seco de nuestra carne chocando: ¡Plap, plap, plap!.

—¡Sí, mi amor... relléneme toda, hágame suya! —me gritaba al oído entre jadeos y murmullos sucios—: «¡Uff... aaah... sí, dóciles así me encantas... me hacía falta tu verga!».

La poseía sobre la misma sábana que minutos antes había sido el escenario de la traición, sintiendo un morbo aplastante al saber que cada uno de mis embates aplastaba su mentira sobre el semen fresco de mi mejor amigo.
Los días siguientes se convirtieron en una danza de hipocresía perfecta. Esteban y Laura habían cruzado un punto de no retorno; sus chats ya no eran de tanteo, sino de una complicidad absoluta.
[CHAT ESTEBAN A LAURA]: "¿Qué haces, mi amor?". [CHAT LAURA A ESTEBAN]: "Aquí con Dani viendo tele, mi amor, ¿cuándo nos vemos?".
Lo más retorcido era verla a ella frente a mis ojos. Laura se había convertido en la "esposa ideal". Estaba más hermosa que nunca: se vestía con una elegancia provocativa, su piel olía siempre a perfumes caros, me preparaba la comida con una atención devota y me buscaba en la cama con una pasión que nunca antes le vi. Era una mujer radiante que reflejaba un fuego que yo sabía que no me pertenecía. Ese fuego se lo encendía Esteban en los moteles y en los carros, encuentros que ella le reportaba a Paola en audios llenos de morbo.
[AUDIO DE LAURA A PAOLA]: "Pao, no sabes lo que es Esteban en un motel... es un animal. Me tiene loca con esas perversiones que hacemos afuera, pero aquí en casa tengo que ser la santa de Dani. ¡Es un juego demasiado excitante!".
Yo escuchaba esos reportes a través de Paola y sentía un síndrome de abstinencia insoportable. Saber que se la estaban haciendo afuera en carros y moteles sin que yo pudiera ver cada movimiento, cada gemido y cada gota de sudor, me generaba una impotencia que me retorcía las entrañas. Necesitaba verlos. Necesitaba presenciar la profanación en vivo otra vez.
La Trampa del Sábado
Para recuperar el control de mi voyerismo, tomé la iniciativa.
—Amor, ¿por qué no invitamos a Esteban este sábado a tomarse unos tragos aquí en la casa? —le propuse un viernes por la tarde.
Laura aceptó con una sorpresa que escondía una alegría desbordante. Ella pensaba que la suerte estaba de su lado; no sabía que yo era el arquitecto de su propia trampa.
El sábado llegó con una tensión insoportable. Esteban llegó al apartamento y el aire se volvió denso. Las miradas disimuladas, los roces de manos accidentales mientras servía los tragos, la impaciencia contenida en sus ojos... todo estaba en su lugar. A medianoche, nos fuimos a dormir. Esteban se acomodó en el cuarto de huéspedes y Laura y yo nos metimos en nuestra alcoba principal.
Me acerqué a ella en la penumbra de la cama y la besé con una intensidad que escondía mi veneno.
—¿Me amas, Laura? —le pregunté al oído, buscando la mentira más pura de sus labios. —Claro que sí, mi amor... eres el amor de mi vida, el papá de mis hijos —respondió ella en un murmullo, fundiéndose en un abrazo que me provocó una descarga de morbo brutal.
Simulé quedarme profundamente dormido. Escuché su respiración agitada y su impaciencia entre las cobijas. Veinte minutos después, la escuché susurrar muy bajo:

—¿Dani?... ¿Dani, amor?
Al no recibir respuesta, escuché sus pies descalzos alejarse en un silencio absoluto por el pasillo hacia el cuarto de huéspedes.
El Espectáculo de las Sombras y el Pasillo
Me levanté sin hacer ruido, moviéndome como un espectro por el pasillo en penumbra hasta acomodarme en el marco de la puerta del cuarto de invitados. La visión fue inmediata. Laura había entrado en las sombras y se había arrodillado ante Esteban. Le bajó el pantalón con una voracidad animal y comenzó a mamarle la verga con una devoción obscena: ¡Glug, glug, glug!.

—Lau, esto es una locura... —susurró Esteban, temblando de nervios—. Una cosa es vernos en moteles y otra hacerlo aquí en la casa de ustedes. ¿Y si Daniel se levanta? —No pasa nada, cállese y disfrute más bien... —respondió Laura en un murmullo descarado mientras el sonido de su saliva resbalaba por el miembro de Esteban—. Mmm... esta verga es mía y me la voy a comer toda.
Laura se quitó la blusa rápidamente y se le subió encima en posición de misionero invertido, cabalgándolo con una fuerza salvaje. Subía y bajaba con rabia mientras sus pechos rebotaban sobre el rostro de Esteban:
—¡Mmm... ahhh... sí, mi amor, métamela toda! —murmuraba ella fuera de sí.

Me quedé allí, observándola desvestida desde la penumbra del pasillo. Recordé lo que sentí cuando la vi con Camilo y me confesé a mí mismo que me había vuelto completamente adicto a esta degradación. Esto era lo mejor del mundo.
Laura se giró sobre la cama de invitados y se puso en cuatro, levantando la cola de forma obscena hacia la puerta del pasillo. Se agarró de la cabecera y le exigió a Esteban que la tomara sin piedad.
—¡Venga, mi Estevita! —dijo en un gemido descarado, mucho más alto y sucio que cuando estuvo con Camilo—. ¡Acomódeme esa verga por detrás y déjeme bien rellenada! ¡Aah... uff... sí, así!
Esteban la agarró de las caderas con fuerza y la embistió de un solo golpazo.

—¡¡PLAP, PLAP, PLAP!! —el sonido de las nalgas de mi mujer chocando contra los muslos de mi amigo retumbaba en la habitación de invitados. —¡Eso, mi amor... hágale duro, no le dé pena! —gritaba Laura, soltando gemidos desinhibidos—: ¡Aah... aah... qué perra me siento!... ¡
Para no ser descubierto en el pasillo y llevado por la presión insoportable en mi entrepierna, regresé en silencio a mi cama en la alcoba principal y encendí la aplicación de la cámara espía en mi celular. La pantalla se iluminó en HD.
Esteban la tenía alzada de las piernas, embistiéndola con una furia implacable: ¡Plap-plap-plap-plap!. Laura lo abrazaba del cuello, entrelazando sus dedos con los de él y besándolo apasionadamente en la boca con un frenesí que jamás me mostró a mí.


—¡Mmmgh... ahhh... sí... besos, mi amor, bésame así! —se escuchaba por mis audífonos entre jadeos húmedos—: ¡Aah... me voy a venir contigo... aah!
Ver a mi novia retorciéndose de placer, besando a mi hermano del alma y gritándole que la llenara mientras yo estaba a unos metros en mi propia cama, me hizo perder la razón. Me agarré la verga de piedra y me vine salvajemente sobre mis cobijas, soltando un gemido ahogado mientras en la pantalla Esteban se vaciaba profundamente dentro de ella con un rugido de liberación.
Cuando el clímax pasó, la cámara captó un momento de un descaro helado. Esteban y Laura quedaron tendidos en la cama, sudados y jadeando. Laura se le recostó en el pecho, le acarició el rostro y le habló con una naturalidad trivial de pareja:
—¿Cómo te fue hoy en el trabajo, mi amor? —Bien, mi vida... pero casi me matas del susto —respondió él, besándole la frente.
Laura se vistió con total calma, ajustándose el brasier y la ropa interior sin el menor rastro de culpa. Apagué la pantalla y me quedé inmóvil, fingiendo dormir. Sentí cómo la puerta se abría suavemente, cómo la cama se hundía y cómo ella se deslizaba bajo las cobijas.
Me abrazó por la espalda, pegando su cuerpo todavía tibio, sudado y marcado por el sexo con Esteban contra mi piel. Cerré los ojos en la penumbra, disfrutando del veneno de mi propia victoria: la profanación en casa se había consumado y la normalidad era ahora nuestra mayor y más excitante mentira.
No tardaron ni tres minutos en llegar las notificaciones que me terminaron de reventar la cabeza.
[CHAT LAURA A PAOLA]: "Amiga, lo logré... qué morbo tan hp, ya es el segundo man que meto a la casa". [CHAT PAOLA A LAURA]: "Eres una perra sin remedio, Lau. Me muero de la risa con tu descaro. ¡Te lo dije!". [CHAT LAURA A PAOLA]: "No siento ni un gramo de culpa, Pao. Tuve un orgasmo sabroso con Esteban, pero estoy esperando ansiosa a que llegue Dani del taller para que me rellene en esa misma cama... justo sobre el rastro fresco del amigo".
Cuando por fin logré liberarme de mi papá y llegué al apartamento, el aire olía a una mezcla de mi sudor con la fragancia costosa de Laura. Ella me recibió en la puerta con una sonrisa radiante y una dulzura tan fingida que me resultó obscena. No le dije ni una palabra. La tomé del brazo con brusquedad, la tiré sobre el colchón de nuestra alcoba principal —el mismo que aún guardaba el calor del cuerpo de Esteban— y le bajé el pantalón.
—¡Ayyy! ¡Dani, mi amor... qué rico, qué agresivo viniste! —gemía ella, clavándome las uñas en la espalda mientras yo la penetraba sin rodeos.
Buscaba el sonido seco de nuestra carne chocando: ¡Plap, plap, plap!.

—¡Sí, mi amor... relléneme toda, hágame suya! —me gritaba al oído entre jadeos y murmullos sucios—: «¡Uff... aaah... sí, dóciles así me encantas... me hacía falta tu verga!».

La poseía sobre la misma sábana que minutos antes había sido el escenario de la traición, sintiendo un morbo aplastante al saber que cada uno de mis embates aplastaba su mentira sobre el semen fresco de mi mejor amigo.
Los días siguientes se convirtieron en una danza de hipocresía perfecta. Esteban y Laura habían cruzado un punto de no retorno; sus chats ya no eran de tanteo, sino de una complicidad absoluta.
[CHAT ESTEBAN A LAURA]: "¿Qué haces, mi amor?". [CHAT LAURA A ESTEBAN]: "Aquí con Dani viendo tele, mi amor, ¿cuándo nos vemos?".
Lo más retorcido era verla a ella frente a mis ojos. Laura se había convertido en la "esposa ideal". Estaba más hermosa que nunca: se vestía con una elegancia provocativa, su piel olía siempre a perfumes caros, me preparaba la comida con una atención devota y me buscaba en la cama con una pasión que nunca antes le vi. Era una mujer radiante que reflejaba un fuego que yo sabía que no me pertenecía. Ese fuego se lo encendía Esteban en los moteles y en los carros, encuentros que ella le reportaba a Paola en audios llenos de morbo.
[AUDIO DE LAURA A PAOLA]: "Pao, no sabes lo que es Esteban en un motel... es un animal. Me tiene loca con esas perversiones que hacemos afuera, pero aquí en casa tengo que ser la santa de Dani. ¡Es un juego demasiado excitante!".
Yo escuchaba esos reportes a través de Paola y sentía un síndrome de abstinencia insoportable. Saber que se la estaban haciendo afuera en carros y moteles sin que yo pudiera ver cada movimiento, cada gemido y cada gota de sudor, me generaba una impotencia que me retorcía las entrañas. Necesitaba verlos. Necesitaba presenciar la profanación en vivo otra vez.
La Trampa del Sábado
Para recuperar el control de mi voyerismo, tomé la iniciativa.
—Amor, ¿por qué no invitamos a Esteban este sábado a tomarse unos tragos aquí en la casa? —le propuse un viernes por la tarde.
Laura aceptó con una sorpresa que escondía una alegría desbordante. Ella pensaba que la suerte estaba de su lado; no sabía que yo era el arquitecto de su propia trampa.
El sábado llegó con una tensión insoportable. Esteban llegó al apartamento y el aire se volvió denso. Las miradas disimuladas, los roces de manos accidentales mientras servía los tragos, la impaciencia contenida en sus ojos... todo estaba en su lugar. A medianoche, nos fuimos a dormir. Esteban se acomodó en el cuarto de huéspedes y Laura y yo nos metimos en nuestra alcoba principal.
Me acerqué a ella en la penumbra de la cama y la besé con una intensidad que escondía mi veneno.
—¿Me amas, Laura? —le pregunté al oído, buscando la mentira más pura de sus labios. —Claro que sí, mi amor... eres el amor de mi vida, el papá de mis hijos —respondió ella en un murmullo, fundiéndose en un abrazo que me provocó una descarga de morbo brutal.
Simulé quedarme profundamente dormido. Escuché su respiración agitada y su impaciencia entre las cobijas. Veinte minutos después, la escuché susurrar muy bajo:

—¿Dani?... ¿Dani, amor?
Al no recibir respuesta, escuché sus pies descalzos alejarse en un silencio absoluto por el pasillo hacia el cuarto de huéspedes.
El Espectáculo de las Sombras y el Pasillo
Me levanté sin hacer ruido, moviéndome como un espectro por el pasillo en penumbra hasta acomodarme en el marco de la puerta del cuarto de invitados. La visión fue inmediata. Laura había entrado en las sombras y se había arrodillado ante Esteban. Le bajó el pantalón con una voracidad animal y comenzó a mamarle la verga con una devoción obscena: ¡Glug, glug, glug!.

—Lau, esto es una locura... —susurró Esteban, temblando de nervios—. Una cosa es vernos en moteles y otra hacerlo aquí en la casa de ustedes. ¿Y si Daniel se levanta? —No pasa nada, cállese y disfrute más bien... —respondió Laura en un murmullo descarado mientras el sonido de su saliva resbalaba por el miembro de Esteban—. Mmm... esta verga es mía y me la voy a comer toda.
Laura se quitó la blusa rápidamente y se le subió encima en posición de misionero invertido, cabalgándolo con una fuerza salvaje. Subía y bajaba con rabia mientras sus pechos rebotaban sobre el rostro de Esteban:
—¡Mmm... ahhh... sí, mi amor, métamela toda! —murmuraba ella fuera de sí.

Me quedé allí, observándola desvestida desde la penumbra del pasillo. Recordé lo que sentí cuando la vi con Camilo y me confesé a mí mismo que me había vuelto completamente adicto a esta degradación. Esto era lo mejor del mundo.
Laura se giró sobre la cama de invitados y se puso en cuatro, levantando la cola de forma obscena hacia la puerta del pasillo. Se agarró de la cabecera y le exigió a Esteban que la tomara sin piedad.
—¡Venga, mi Estevita! —dijo en un gemido descarado, mucho más alto y sucio que cuando estuvo con Camilo—. ¡Acomódeme esa verga por detrás y déjeme bien rellenada! ¡Aah... uff... sí, así!
Esteban la agarró de las caderas con fuerza y la embistió de un solo golpazo.

—¡¡PLAP, PLAP, PLAP!! —el sonido de las nalgas de mi mujer chocando contra los muslos de mi amigo retumbaba en la habitación de invitados. —¡Eso, mi amor... hágale duro, no le dé pena! —gritaba Laura, soltando gemidos desinhibidos—: ¡Aah... aah... qué perra me siento!... ¡
Para no ser descubierto en el pasillo y llevado por la presión insoportable en mi entrepierna, regresé en silencio a mi cama en la alcoba principal y encendí la aplicación de la cámara espía en mi celular. La pantalla se iluminó en HD.
Esteban la tenía alzada de las piernas, embistiéndola con una furia implacable: ¡Plap-plap-plap-plap!. Laura lo abrazaba del cuello, entrelazando sus dedos con los de él y besándolo apasionadamente en la boca con un frenesí que jamás me mostró a mí.


—¡Mmmgh... ahhh... sí... besos, mi amor, bésame así! —se escuchaba por mis audífonos entre jadeos húmedos—: ¡Aah... me voy a venir contigo... aah!
Ver a mi novia retorciéndose de placer, besando a mi hermano del alma y gritándole que la llenara mientras yo estaba a unos metros en mi propia cama, me hizo perder la razón. Me agarré la verga de piedra y me vine salvajemente sobre mis cobijas, soltando un gemido ahogado mientras en la pantalla Esteban se vaciaba profundamente dentro de ella con un rugido de liberación.
Cuando el clímax pasó, la cámara captó un momento de un descaro helado. Esteban y Laura quedaron tendidos en la cama, sudados y jadeando. Laura se le recostó en el pecho, le acarició el rostro y le habló con una naturalidad trivial de pareja:
—¿Cómo te fue hoy en el trabajo, mi amor? —Bien, mi vida... pero casi me matas del susto —respondió él, besándole la frente.
Laura se vistió con total calma, ajustándose el brasier y la ropa interior sin el menor rastro de culpa. Apagué la pantalla y me quedé inmóvil, fingiendo dormir. Sentí cómo la puerta se abría suavemente, cómo la cama se hundía y cómo ella se deslizaba bajo las cobijas.
Me abrazó por la espalda, pegando su cuerpo todavía tibio, sudado y marcado por el sexo con Esteban contra mi piel. Cerré los ojos en la penumbra, disfrutando del veneno de mi propia victoria: la profanación en casa se había consumado y la normalidad era ahora nuestra mayor y más excitante mentira.
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