Capítulo 8
Caminé durante horas.
Al principio rápido, como si alejarme del apartamento pudiera bajar también el volumen de todo lo que María acababa de decirme. Después más lento. Sin rumbo.
Mi teléfono vibró varias veces.
Amor, ven. Hablemos.
Unos minutos después:
No te quedes bravo conmigo, gordo.
Y más tarde:
Vente ya o voy a buscarte en pijama 😒
Sonreí.
Duró poco.
Guardé otra vez el teléfono.
La voz de María seguía conmigo.
Nunca.
Nunca había tenido un orgasmo conmigo.
Había disfrutado. Se había divertido. Le gustaba nuestra chispa, hacerme poner rojo, verme perder el control.
Pero nunca.
Y el tamaño podía tener algo que ver.
Entré en un café cuando me cansé de caminar. Pedí cualquier cosa y terminé con una taza entre las manos que se enfrió sin que le diera más de dos tragos.
Abrí el navegador.
Cuckolding.
Volví a cerrar.
Lo abrí otra vez.
Leí sobre celos. Parejas que convertían los celos en parte del deseo. Hombres que disfrutaban viendo a sus esposas con alguien más. Otros que hablaban de compersión, de sentir placer porque la persona que amaban estaba disfrutando.
Había palabras demasiado elegantes para algo que en mi cabeza se veía mucho más sencillo.
María.
Otro hombre.
Yo mirando.
Tragué saliva y bajé un poco más.
Encontré historias de esposos que ayudaban. Que preparaban cosas. Que escuchaban después. Algunos hablaban de humillación. Comparaciones. De sentirse pequeños al lado del otro hombre.
Cerré el navegador.
Lo abrí otra vez.
Qué carajo estaba haciendo.
Apoyé la frente en una mano.
María en cuatro volvió a aparecerme en la cabeza.
La puntica.
Sus nalgas impidiéndome acercarme más.
Y después Marcos.
Aquel bulto enorme que ella había descrito en sus relatos.
El cosquilleo regresó.
Me revolví en la silla.
No.
Lo que quería era que ella sintiera algo.
Eso era todo.
Que temblara como yo temblaba cuando ella sabía exactamente dónde tocarme, qué decirme, cuándo reírse.
Aunque fuera con otro.
Aunque me doliera.
Aunque fuera Marcos.
La pantalla se apagó entre mis dedos.
Ya era de noche cuando regresé.
Abrí la puerta despacio. El apartamento estaba en silencio. Solo entraba una luz tenue desde el cuarto.
María estaba dormida.
Tenía abrazado el viejo peluche de gato de nuestra primera cita. Una de mis camisas blancas le quedaba enorme, abierta sobre el pecho. Debajo llevaba un panty con un gatito estampado.
Me quedé mirándola desde la puerta.
Había pasado horas imaginándola con otro hombre y lo primero que sentí al verla fue ganas de abrazarla.
Me quité los zapatos y me senté en el borde de la cama.
El colchón se hundió.
María abrió los ojos.
Parpadeó.
—Viniste, gordo.
No me dio tiempo de responder.
Dejó caer el peluche y se me lanzó encima.
—¡Idiota!
Me abrazó tan fuerte que casi me hizo caer hacia atrás.
—Me tenías preocupada.
Hundí la cara en su cabello.
Olía a su champú y a mi colonia.
—Necesitaba pensar.
—Pues piensa aquí.
Me besó una mejilla.
—Para eso tienes esposa.
Me salió una risa corta.
María se apartó lo suficiente para mirarme.
Sus dedos me rozaron la barba.
—¿Sigues bravo?
—No estaba bravo.
—Ajá.
—Estaba...
No encontré la palabra.
María tampoco intentó ayudarme.
Solo esperó.
—Perdido.
Sus ojos bajaron un momento.
—Yo no quería hacerte daño.
—Lo sé.
Me besó otra vez.
Esta vez en los labios.
Suave al principio.
Después más largo.
Sentí sus manos subir por mi cuello mientras se acomodaba sobre mis piernas.
—Te extrañé —murmuró.
—Fueron unas horas.
—Fueron muchas horas.
—Dramática.
—Sí.
Sonrió contra mi boca.
Me empujó hasta dejarme acostado y se sentó a horcajadas sobre mí. Mi camisa se abrió todavía más.
—Mira cómo me dejaste esperando.
—Esa es mi camisa.
—Ahora es mía.
—Todo lo mío termina siendo tuyo.
María arqueó una ceja.
—Exacto.
Sus dedos bajaron por mi pecho.
—Amor...
Me besó debajo de la oreja.
—Tómame.
Cerré los ojos.
La quería.
Dios, claro que la quería.
Sentía sus muslos a cada lado de mí, el calor de su cuerpo, su respiración contra mi cuello.
Pero abajo no pasó nada.
María movió un poco las caderas.
Esperó.
Volvió a hacerlo.
Abrió los ojos.
—¿Pixelito?
Me cubrí la cara con una mano.
—No empieces.
—¿Qué pasó?
Su mano bajó.
—María...
—Está dormidito.
Hizo un puchero.
—Con lo contenta que estoy de que volviste.
—No puedo sacar lo de ayer de la cabeza.
La sonrisa se le apagó un poco.
Se quedó sentada sobre mí.
Su mano siguió allí, pero ya no intentando nada.
—Gordo...
—No quiero volver a hablar de todo otra vez.
—Entonces no hablamos.
Permaneció quieta unos segundos.
Después sus ojos cambiaron.
Conocía esa mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—María.
Se bajó de encima de mí y buscó su teléfono.
—Vamos a intentar otra cosa.
—¿Qué cosa?
La cámara apuntó hacia mí.
—¡María!
El flash me hizo cerrar los ojos.
Ella miró la pantalla y soltó una carcajada.
—¡Nooo!
—Borra eso.
—Mira.
Intenté quitarle el teléfono.
Lo levantó fuera de mi alcance.
—¡Modo pasita!
—Dame eso.
—Jijiji.
Se alejó gateando por la cama y volvió a mirar la foto.
Yo quería arrebatársela.
Pero terminé mirando también.
Ahí estaba.
Dormido.
Pequeño incluso para mí.
La sonrisa se me fue borrando.
María lo notó.
—¿Qué?
No aparté los ojos de la pantalla.
—¿En serio es tan pequeño?
Ella dejó de reír.
Solo un momento.
—Gordo...
—En serio.
María volvió a mirar la foto.
—Bueno...
Le salió una risita.
No burlona. Más pequeña.
—Dormidito sí parece una pasita.
—María.
—¿Qué? Tú preguntaste.
Me cubrí otra vez.
—Mierda.
Ella me dio un beso en el brazo.
—Cuando se despierta mejora.
—Qué consuelo.
—Jajaja.
Volvió a mirar el teléfono.
—A ver.
—¿Qué haces?
—Buscando.
Se acomodó a mi lado.
Escribió algo.
—Aquí dice...
Le quité el teléfono.
—Déjame ver.
Promedio.
Catorce.
Otro resultado hablaba de algo cercano a quince.
Volví a mirar la foto.
Después los números.
Catorce.
Quince.
—Eso está inflado.
María soltó una risa por la nariz.
—Claro.
—Internet exagera todo.
—Ajá.
—Es verdad.
—Mmm.
La miré.
—¿Qué?
—Nada.
Seguía sonriendo.
—Capaz tú no estás tan lejos.
—Exacto.
—Entonces...
Se incorporó.
—Vamos a medirlo.
Sentí calor en la cara.
—No.
—¿Cómo que no?
—María.
Ella ya estaba mirando alrededor.
—A veeerr... ¿dónde está la regla?
—No vas a medirme.
—Claro que sí.
—¿Para qué?
—Porque ahora yo también quiero saber.
Abrió un cajón.
—¡Ajá!
Sacó una regla de madera.
Me incorporé.
—No.
María volvió canturreando.
—A veeerr cuánto mide esta cosita...
—Deja la regla.
—Ay, gordo.
Intenté cubrirme.
Ella me dio un golpecito suave en el muslo.
Plas.
—¡María!
—Quietico.
Otro.
Plas.
El ardor fue mínimo.
Pero su sonrisa, la regla entre sus dedos y esa manera de mandarme...
Sentí el primer latido.
María bajó la vista.
Después me miró.
—Ajá.
Mierda.
—Mira quién está despertando.
—Cállate.
—¿Viste? A la pasita le gustan los azotitos.
Me dio otro, apenas rozándome.
Mi cuerpo respondió más.
María sonrió.
—Eso.
Se acercó.
—Déjame medir mi cosita.
Su voz se volvió casi un canto otra vez.
Me ardían las orejas.
Pero aparté las manos.
María acomodó la regla con cuidado.
Esperó un poco más.
—Quieto.
Su cabello cayó hacia delante mientras miraba.
Yo miré el techo.
—¿Cuánto?
—Espera.
—María.
Movió apenas la regla.
—Nueve...
Sentí un vacío bajo las costillas.
—¿Nueve qué?
—Nueve coma nueve.
Bajé la cabeza.
—¿Qué?
—9,9.
Miré.
La regla no tenía ninguna consideración por mis sentimientos.
9,9.
María volvió a revisar.
—Sí.
Le quité el teléfono y busqué otra vez el promedio.
Catorce.
Quince.
Cuatro centímetros.
Casi cinco.
Pasé el pulgar por la pantalla.
—Coño.
María dejó la regla sobre mi muslo.
Ya no se estaba riendo.
—Amor...
—Los tipos con los que estuviste antes...
La garganta se me cerró.
María esperó.
—El pene...
Me arrepentí antes de terminar.
—¿Lo tenían mucho más grande que el mío?
Se le escapó una risita corta.
Bajó la vista.
Se mordió el labio.
—Luis, no sé... jajá. Tampoco iba por la vida midiéndolos.
—Pero sabes.
Silencio.
Sus dedos jugaron con el borde de mi camisa, todavía puesta sobre ella.
—Algunos sí.
Sentí un escalofrío subir por mi espalda.
—¿Mucho?
María volvió a morderse el labio.
—Algunos... bastante.
—¿Y con cuántos has estado?
María parpadeó.
—¿Con cuántos qué?
—Hombres.
—Ay, Luis...
—¿Diez?
—Luis...
—¿Veinte?
Una sonrisa empezó a escapársele.
—¿Treinta y nueve?
—¿Por qué treinta y nueve?
—No sé. ¿Quinientos?
María cayó de espaldas sobre la cama, muerta de la risa.
—Sí, gordo. Quinientos exactos. Tenía una libreta y todo.
Se me escapó la risa.
—Hablo en serio.
María se incorporó todavía sonriendo.
—No sé, gordo. Nunca me puse a llevar la cuenta así.
Miré otra vez el 9,9.
Ya no había dónde esconderlo.
—¿Y se siente muy distinto?
María levantó la mirada.
No respondió enseguida.
—Mmm...
Se acomodó de lado.
—Sí.
La palabra me dejó frío.
Pero seguí esperando.
—Es difícil explicarlo.
—Intenta.
María soltó aire por la nariz.
—Tú sabes cuando me pongo de gatica...
—¿De gatica?
—Sí, tonto. En cuatro.
Levantó un poco la cadera sobre la cama, apenas para mostrar lo que quería decir.
—Así.
La imagen llegó demasiado fácil.
María sobre las manos y rodillas. Espalda arqueada. Cadera arriba.
Y durante un segundo se mezcló con otra.
Orejas negras.
Cola de felpa.
Bigotes pintados.
Miau, miau.
Casi sonreí.
Mi mujer siempre había tenido talento para convertir cualquier cosa en una locura.
María seguía hablando.
—Ahí se siente diferente.
Sus dedos dibujaron una línea distraída sobre mi pierna.
—Cuando llega profundo y vuelve... y vuelve...
Movió la mano, buscando las palabras.
—No sé. Es como una corriente. Una cosa que sigue dando y dando...
La voz empezó a bajarle.
—Una chispa, otra... otra...
Sonrió.
—Hasta que prende todo.
Abrió los dedos.
—¡Pum!
Se rio de sí misma.
—Qué explicación tan mala.
Yo no me reí.
Ella siguió.
—Y estando así... te puedes soltar más.
Sus ojos se fueron un momento hacia ninguna parte.
—No estás pensando en qué hacer, ni acomodándote, ni llevando tú todo. Te agarras y ya.
Se mordió el labio.
—Que te tomen bien de la cintura...
Sus dedos apretaron mi muslo.
—Que te den duro.
La sonrisa volvió.
Más lenta.
—Y una buena nalgada tampoco estorba.
Se dio una palmada rápida en una nalga.
—Jajá...
Sacudió la cabeza.
—Ay, gordo, ya me fui.
Por un segundo imaginé una María que no conocía.
Salvaje.
Entregada.
En cuatro.
Dejándose llevar hasta perder el control.
—¿Tanto así?
María volvió a mirarme.
Todavía tenía las mejillas ligeramente rojas.
—Me gusta mucho.
Algo se me apretó en el pecho.
—Yo puedo hacer eso.
La risa le salió antes de poder detenerla.
—Jajá...
Se tapó la boca.
—María.
—Perdón.
Intentó ponerse seria.
No pudo del todo.
—Amor, no me estoy riendo de ti.
—Ajá.
—Es que...
La sonrisa volvió.
—Tú sí lo intentas.
—Lo intento.
—Muchísimo.
Recordé inmediatamente por qué se estaba riendo.
María en cuatro la primera vez.
Yo detrás.
La puntica apenas entrando.
¡Métela toda, gordo!
Eso es todo.
Después ella acomodándose, tratando de ayudarme.
Yo consiguiendo un poco más.
Intentando moverme rápido.
Y saliéndome.
Otra vez.
Y otra.
—Es culpa de tus nalgas.
María abrió la boca.
—¡¿Perdón?!
—Son demasiado grandes.
Me dio con la almohada.
—¡Oiga!
—Es verdad.
—Pero bastante que te gustan mis nalgotas.
—Ese no es el punto.
—Jum.
Volvió a agarrar el teléfono.
—Vamos a investigar este caso.
—¿Qué caso?
—El de mis pobres nalgotas injustamente acusadas.
Se puso a buscar.
Yo seguía sintiendo los 9,9 como si la regla todavía estuviera pegada a mi cuerpo.
María bajó por la pantalla.
—Mira.
—¿Qué?
—Aquí habla de posiciones.
Leyó un poco más.
Sus ojos se abrieron.
—¡Perrito!
La miré.
—¿Qué?
—Dice que cuando falta longitud puede ser más difícil mantenerla en ciertas posiciones.
Me acercó la pantalla.
—¡¿Viste?!
Se señaló las nalgas.
—¡Mis nalgotas son inocentes!
—Eso no prueba nada.
—Jum, jum.
Bajó los ojos hacia mí.
—Aquí dice que al cosito corto le cuesta.
—Tus nalgas siguen siendo enormes.
—¡Y deliciosas!
—Eso sí.
María sonrió satisfecha.
Volví al promedio.
Catorce.
Quince.
—Igual esas cifras están infladas.
—Otra vez.
—Internet.
—Claro.
—Cualquiera pone cualquier cosa.
María ladeó la cabeza.
—Bueno...
Esa sonrisa.
—¿Qué?
—Preguntémosle a Sofi.
Sentí un pinchazo en el pecho.
María soltó una carcajada al verme.
—¡Jajaja! Era bromita, amor.
Volvió a la pantalla.
—Pregúntale.
Sus dedos se detuvieron.
—¿Qué?
—A Sofía.
Me miró.
Esperé que se riera.
No lo hizo.
—¿En serio?
Tragué saliva.
—Sí.
María agarró el teléfono con las dos manos.
Ya estaba sonriendo otra vez.
—Ay, gordo...
—¿Qué?
—Nada.
Buscó la foto anterior.
La pasita.
La vergüenza me subió inmediatamente por el cuello.
—Esa no.
—¿No que querías opinión profesional?
—Sofía no es profesional.
—Tiene experiencia.
Eso no ayudó.
María se rio.
—¿La mando?
Miré la foto.
Podía decir que no.
—Mándala.
El sonido del mensaje enviado me hizo cerrar los ojos.
—Mierda.
—Jijiji.
—No te rías.
—Tú dijiste.
La respuesta llegó poco después.
María abrió WhatsApp.
Sus hombros empezaron a temblar.
—No...
—¿Qué puso?
Giró el teléfono.
Sofía: JAJAJA ¿qué coño es eso? Parece pipicito de bebé 😂
—Cállate.
María ya se estaba doblando de risa.
Escribió:
María: Es Luis dormidito jiji.
Los tres puntitos aparecieron.
Sofía: Dios muchacha tú y tus vainas 😂
María llevaba años tomándome fotos que me hacían esconder la cara. Siempre había supuesto que eran solo suyas.
La forma tan natural en que Sofía recibió aquella me hizo preguntarme cuántas habrían salido de su galería.
¿Y a quién más?
María seguía mirando la pantalla, radiante.
Había algo distinto en ella.
No era solo la broma.
Parecía encantada de que yo estuviera allí, leyendo con ella, metido voluntariamente en una de sus locuras.
Volvió a la galería.
Apareció la otra foto.
La regla.
9,9.
—Bueno...
Canturreó.
—Ahora le mando la versión despierta, pa' que no te deje tan mal.
—María...
Me miró de reojo.
Nada más.
No preguntó otra vez.
Tampoco la detuve.
Sentí el estómago revolverse cuando empezó a escribir.
No aguantaba la vergüenza.
Pero quería saber.
De verdad quería saber.
María: Esta sí está despierta 😂 Luis quiere tu opinión. ¿Es cortico o no? 9,9.
Adjuntó la foto.
—Ya.
Me tapé la cara.
—No quiero ver.
—Mentiroso.
El teléfono vibró.
No moví las manos.
—Ya respondió.
—Lee tú.
—No.
—María.
—Mírala.
Bajé las manos.
Sofía: ¿QUÉEEE? 😂😂😂 el cuñi está leyendo esto???
María escribió:
Sí 😂
La respuesta apareció enseguida.
Sofía: Dios ustedes están locos JAJAJA
Después:
Sofía: Pero cuñi perdón si estás leyendo 😂 eso sí está muy chiquitito.
Sentí las orejas arder.
María me miró.
No dijo nada.
Otro mensaje.
Sofía: Hermana en serio eso no te hace cosquillas? 😂
—Coño...
María apretó los labios.
Estaba intentando no reírse.
El teléfono vibró otra vez.
Sofía: Nada que ver con lo que tú te comías antes y te hacía temblar 😂.
Ahí sí dejé de mirar.
No porque no lo supiera.
María acababa de explicármelo.
Pero Sofía lo sabía también.
Lo suficiente como para comparar.
Sentí una mezcla extraña de calor y frío recorrerme por la espalda.
María dejó el teléfono sobre la cama.
Se acercó y me besó la mejilla.
—¿Ya quedaste conforme?
—Ya.
Agarró de nuevo el teléfono.
—¿Seguro? Podemos publicar al Píxel en algún foro. Jijiji. Pedimos opinión mundial.
—¡Ya, María, basta!
Se echó a reír.
Yo también.
No pude evitarlo.
—Estás loca.
—Pero te casaste conmigo.
—Ese fue mi error.
Me mordió el hombro.
—Mentiroso.
La idea del foro volvió un segundo.
Gente mirando la foto.
Opinando.
Comparando.
Me moví incómodo.
Qué mierda.
María dejó el teléfono finalmente.
Se acurrucó contra mí.
Sus dedos empezaron a jugar con el vello de mi pecho.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Que no era invento de Internet.
—Gracias por recordármelo.
Me dio un beso pequeño.
Después otro.
La miré.
Seguía feliz.
No parecía una mujer atrapada conmigo.
Eso me molestó casi tanto como me alivió.
—Entonces...
—¿Mmm?
—Si de verdad es tan pequeño...
María levantó los ojos.
—¿Qué te gusta tanto de hacerlo conmigo?
Parpadeó.
Después sonrió.
—Ay, gordo.
—En serio.
—Tú otra vez con tus preguntas.
—María.
Me acarició la barriga.
—Me gusta que seas mi cómplice loco.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Se acomodó mejor contra mí.
—Te quejas de todo...
—Yo no me quejo de todo.
Me miró.
—Luis.
—Bueno.
—Protestas, te pones rojo, dices que no... y después terminas siguiéndome.
La sonrisa se le hizo más grande.
—¿O ya olvidaste cuando te puse mis panties?
Cerré los ojos.
—No.
—Jijiji.
—No empieces.
La imagen regresó sola.
Yo tratando de subirme una de sus tanguitas mientras María estaba sentada en la cama, doblada de la risa.
La tela apretándome.
Yo intentando taparme.
Ella diciendo que me quedaba linda.
Sentí otra vez el calor en las orejas.
María continuó.
—¿Y cuando mi enfermera quiso experimentar un poquito?
Abrí los ojos.
—María.
—¿Qué?
Se mordió el labio.
—Bien que te gustó el dedito.
—Cállate.
Se rio.
El recuerdo llegó igual.
Mi cara contra la almohada.
Su mano.
La primera sorpresa.
Después yo dejando de tensarme.
Incluso acomodándome un poco más.
Mierda.
—Y las cuerdas —siguió María.
—Ya.
—Y mis azotitos.
—Ya.
—Y mi gatica.
Levantó las manos como garras.
—Miau.
Solté una risa.
Las orejitas negras.
La cola de felpa.
María bailando mientras buscaba mis ojos entre toda aquella gente.
Las cuerdas.
Los azotes.
Sus panties.
El dedo.
Todas las veces que había terminado rojo, protestando, escondiéndome.
Y todas las veces que había vuelto a hacerlo.
Siempre las había llamado las locuras de María.
Pero yo nunca había querido que pararan.
La miré.
María seguía recordando alguna de ellas. Sonreía sola mientras dibujaba círculos sobre mi pecho.
—Una vez casi lloras cuando te amarré demasiado fuerte.
—No lloré.
—Tenías los ojitos aguados.
—Porque me apretaba.
—Ajá.
Se rio otra vez.
Yo también había disfrutado.
Mucho.
María levantó la vista y me encontró mirándola.
—¿Qué?
Negué.
No necesitaba preguntarle.
La tenía allí.
Descalza, con mi camisa abierta, todavía riéndose de cosas que habíamos hecho años atrás.
La besé.
María se sorprendió un instante.
Después me devolvió el beso.
Esta vez fui yo quien la empujó suavemente sobre la cama.
—Mira tú.
—¿Qué?
—Nada.
La sonrisa se le abrió mientras caía sobre la almohada.
Traviesa.
Feliz.
Me puse sobre ella.
María pasó los brazos alrededor de mi cuello.
—Uy.
—Cállate.
—No he dicho nada.
—Pero vas a decirlo.
—Capaz.
Volví a besarla.
Su cuerpo se pegó al mío.
Esta vez no había voces en mi cabeza diciéndome que no podía.
O quizá sí.
Pero estaban más lejos.
María me ayudó a quitarle el panty.
No tomó el control.
Solo me miró.
Eso me puso más nervioso que cuando lo hacía.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—María.
Se rio.
Acomodé una almohada debajo de su cadera casi por costumbre.
Ella abrió las piernas y me recibió.
El primer contacto me hizo cerrar los ojos.
—Gordo...
Seguí.
Lento.
María respiró contra mi boca.
Sus manos fueron a mi espalda.
No había explosiones.
No había esa otra María que había descrito hacía un rato.
Pero estaba sonriendo.
Y yo podía sentir cómo su cuerpo respondía debajo del mío.
Me besó.
—Me encanta cuando eres mi cómplice loco.
La palabra se quedó ahí.
Cómplice.
Marcos me apareció en la cabeza.
Perdí el ritmo.
María abrió los ojos.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Intenté seguir.
No pude dejarlo.
—¿También deseas que sea tu cómplice en aquello?
María frunció apenas el ceño.
—¿En qué?
Me ardió la cara.
—Que sea tu cornudito.
Su sonrisa desapareció.
Se mordió el labio.
No respondió
Seguí moviéndome, más despacio.
El silencio se volvió demasiado grande.
—¿Deseas que te vea... con Marcos?
Sus dedos se apretaron sobre mis hombros.
María cerró los ojos un segundo.
—María...
Tragué saliva.
—¿Que te vea follar con él?
Un gemido se le escapó antes de contestar.
—Sí.
Se me cortó la respiración.
María con Marcos.
En cuatro.
Salvaje.
Entregada.
Disfrutando tanto como yo disfrutaba cuando era ella quien me hacía perder el control.
La imagen me quemó por dentro.
Pero seguí.
—Yo también lo deseo.
María abrió los ojos.
Aceleré.
Casi me salí.
No ahora.
Apreté la cadera y volví a encontrar el ángulo.
No iba a dejar que mi pipicito se escapara justo en ese momento.
María me miraba con los labios entreabiertos.
Sorprendida.
Encendida.
—Luis...
Ya no podía guardármelo.
—Sí quiero ser tu cornudito.
Sus uñas se clavaron en mis hombros.
Y acabé.
Me quedé sin fuerzas sobre ella, respirando contra su cuello.
María tampoco se movió.
Después sentí sus brazos cerrarse alrededor de mí.
La abracé.
Por primera vez en todo el día, ninguno de los dos sabía qué más decir.
Caminé durante horas.
Al principio rápido, como si alejarme del apartamento pudiera bajar también el volumen de todo lo que María acababa de decirme. Después más lento. Sin rumbo.
Mi teléfono vibró varias veces.
Amor, ven. Hablemos.
Unos minutos después:
No te quedes bravo conmigo, gordo.
Y más tarde:
Vente ya o voy a buscarte en pijama 😒
Sonreí.
Duró poco.
Guardé otra vez el teléfono.
La voz de María seguía conmigo.
Nunca.
Nunca había tenido un orgasmo conmigo.
Había disfrutado. Se había divertido. Le gustaba nuestra chispa, hacerme poner rojo, verme perder el control.
Pero nunca.
Y el tamaño podía tener algo que ver.
Entré en un café cuando me cansé de caminar. Pedí cualquier cosa y terminé con una taza entre las manos que se enfrió sin que le diera más de dos tragos.
Abrí el navegador.
Cuckolding.
Volví a cerrar.
Lo abrí otra vez.
Leí sobre celos. Parejas que convertían los celos en parte del deseo. Hombres que disfrutaban viendo a sus esposas con alguien más. Otros que hablaban de compersión, de sentir placer porque la persona que amaban estaba disfrutando.
Había palabras demasiado elegantes para algo que en mi cabeza se veía mucho más sencillo.
María.
Otro hombre.
Yo mirando.
Tragué saliva y bajé un poco más.
Encontré historias de esposos que ayudaban. Que preparaban cosas. Que escuchaban después. Algunos hablaban de humillación. Comparaciones. De sentirse pequeños al lado del otro hombre.
Cerré el navegador.
Lo abrí otra vez.
Qué carajo estaba haciendo.
Apoyé la frente en una mano.
María en cuatro volvió a aparecerme en la cabeza.
La puntica.
Sus nalgas impidiéndome acercarme más.
Y después Marcos.
Aquel bulto enorme que ella había descrito en sus relatos.
El cosquilleo regresó.
Me revolví en la silla.
No.
Lo que quería era que ella sintiera algo.
Eso era todo.
Que temblara como yo temblaba cuando ella sabía exactamente dónde tocarme, qué decirme, cuándo reírse.
Aunque fuera con otro.
Aunque me doliera.
Aunque fuera Marcos.
La pantalla se apagó entre mis dedos.
Ya era de noche cuando regresé.
Abrí la puerta despacio. El apartamento estaba en silencio. Solo entraba una luz tenue desde el cuarto.
María estaba dormida.
Tenía abrazado el viejo peluche de gato de nuestra primera cita. Una de mis camisas blancas le quedaba enorme, abierta sobre el pecho. Debajo llevaba un panty con un gatito estampado.
Me quedé mirándola desde la puerta.
Había pasado horas imaginándola con otro hombre y lo primero que sentí al verla fue ganas de abrazarla.
Me quité los zapatos y me senté en el borde de la cama.
El colchón se hundió.
María abrió los ojos.
Parpadeó.
—Viniste, gordo.
No me dio tiempo de responder.
Dejó caer el peluche y se me lanzó encima.
—¡Idiota!
Me abrazó tan fuerte que casi me hizo caer hacia atrás.
—Me tenías preocupada.
Hundí la cara en su cabello.
Olía a su champú y a mi colonia.
—Necesitaba pensar.
—Pues piensa aquí.
Me besó una mejilla.
—Para eso tienes esposa.
Me salió una risa corta.
María se apartó lo suficiente para mirarme.
Sus dedos me rozaron la barba.
—¿Sigues bravo?
—No estaba bravo.
—Ajá.
—Estaba...
No encontré la palabra.
María tampoco intentó ayudarme.
Solo esperó.
—Perdido.
Sus ojos bajaron un momento.
—Yo no quería hacerte daño.
—Lo sé.
Me besó otra vez.
Esta vez en los labios.
Suave al principio.
Después más largo.
Sentí sus manos subir por mi cuello mientras se acomodaba sobre mis piernas.
—Te extrañé —murmuró.
—Fueron unas horas.
—Fueron muchas horas.
—Dramática.
—Sí.
Sonrió contra mi boca.
Me empujó hasta dejarme acostado y se sentó a horcajadas sobre mí. Mi camisa se abrió todavía más.
—Mira cómo me dejaste esperando.
—Esa es mi camisa.
—Ahora es mía.
—Todo lo mío termina siendo tuyo.
María arqueó una ceja.
—Exacto.
Sus dedos bajaron por mi pecho.
—Amor...
Me besó debajo de la oreja.
—Tómame.
Cerré los ojos.
La quería.
Dios, claro que la quería.
Sentía sus muslos a cada lado de mí, el calor de su cuerpo, su respiración contra mi cuello.
Pero abajo no pasó nada.
María movió un poco las caderas.
Esperó.
Volvió a hacerlo.
Abrió los ojos.
—¿Pixelito?
Me cubrí la cara con una mano.
—No empieces.
—¿Qué pasó?
Su mano bajó.
—María...
—Está dormidito.
Hizo un puchero.
—Con lo contenta que estoy de que volviste.
—No puedo sacar lo de ayer de la cabeza.
La sonrisa se le apagó un poco.
Se quedó sentada sobre mí.
Su mano siguió allí, pero ya no intentando nada.
—Gordo...
—No quiero volver a hablar de todo otra vez.
—Entonces no hablamos.
Permaneció quieta unos segundos.
Después sus ojos cambiaron.
Conocía esa mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—María.
Se bajó de encima de mí y buscó su teléfono.
—Vamos a intentar otra cosa.
—¿Qué cosa?
La cámara apuntó hacia mí.
—¡María!
El flash me hizo cerrar los ojos.
Ella miró la pantalla y soltó una carcajada.
—¡Nooo!
—Borra eso.
—Mira.
Intenté quitarle el teléfono.
Lo levantó fuera de mi alcance.
—¡Modo pasita!
—Dame eso.
—Jijiji.
Se alejó gateando por la cama y volvió a mirar la foto.
Yo quería arrebatársela.
Pero terminé mirando también.
Ahí estaba.
Dormido.
Pequeño incluso para mí.
La sonrisa se me fue borrando.
María lo notó.
—¿Qué?
No aparté los ojos de la pantalla.
—¿En serio es tan pequeño?
Ella dejó de reír.
Solo un momento.
—Gordo...
—En serio.
María volvió a mirar la foto.
—Bueno...
Le salió una risita.
No burlona. Más pequeña.
—Dormidito sí parece una pasita.
—María.
—¿Qué? Tú preguntaste.
Me cubrí otra vez.
—Mierda.
Ella me dio un beso en el brazo.
—Cuando se despierta mejora.
—Qué consuelo.
—Jajaja.
Volvió a mirar el teléfono.
—A ver.
—¿Qué haces?
—Buscando.
Se acomodó a mi lado.
Escribió algo.
—Aquí dice...
Le quité el teléfono.
—Déjame ver.
Promedio.
Catorce.
Otro resultado hablaba de algo cercano a quince.
Volví a mirar la foto.
Después los números.
Catorce.
Quince.
—Eso está inflado.
María soltó una risa por la nariz.
—Claro.
—Internet exagera todo.
—Ajá.
—Es verdad.
—Mmm.
La miré.
—¿Qué?
—Nada.
Seguía sonriendo.
—Capaz tú no estás tan lejos.
—Exacto.
—Entonces...
Se incorporó.
—Vamos a medirlo.
Sentí calor en la cara.
—No.
—¿Cómo que no?
—María.
Ella ya estaba mirando alrededor.
—A veeerr... ¿dónde está la regla?
—No vas a medirme.
—Claro que sí.
—¿Para qué?
—Porque ahora yo también quiero saber.
Abrió un cajón.
—¡Ajá!
Sacó una regla de madera.
Me incorporé.
—No.
María volvió canturreando.
—A veeerr cuánto mide esta cosita...
—Deja la regla.
—Ay, gordo.
Intenté cubrirme.
Ella me dio un golpecito suave en el muslo.
Plas.
—¡María!
—Quietico.
Otro.
Plas.
El ardor fue mínimo.
Pero su sonrisa, la regla entre sus dedos y esa manera de mandarme...
Sentí el primer latido.
María bajó la vista.
Después me miró.
—Ajá.
Mierda.
—Mira quién está despertando.
—Cállate.
—¿Viste? A la pasita le gustan los azotitos.
Me dio otro, apenas rozándome.
Mi cuerpo respondió más.
María sonrió.
—Eso.
Se acercó.
—Déjame medir mi cosita.
Su voz se volvió casi un canto otra vez.
Me ardían las orejas.
Pero aparté las manos.
María acomodó la regla con cuidado.
Esperó un poco más.
—Quieto.
Su cabello cayó hacia delante mientras miraba.
Yo miré el techo.
—¿Cuánto?
—Espera.
—María.
Movió apenas la regla.
—Nueve...
Sentí un vacío bajo las costillas.
—¿Nueve qué?
—Nueve coma nueve.
Bajé la cabeza.
—¿Qué?
—9,9.
Miré.
La regla no tenía ninguna consideración por mis sentimientos.
9,9.
María volvió a revisar.
—Sí.
Le quité el teléfono y busqué otra vez el promedio.
Catorce.
Quince.
Cuatro centímetros.
Casi cinco.
Pasé el pulgar por la pantalla.
—Coño.
María dejó la regla sobre mi muslo.
Ya no se estaba riendo.
—Amor...
—Los tipos con los que estuviste antes...
La garganta se me cerró.
María esperó.
—El pene...
Me arrepentí antes de terminar.
—¿Lo tenían mucho más grande que el mío?
Se le escapó una risita corta.
Bajó la vista.
Se mordió el labio.
—Luis, no sé... jajá. Tampoco iba por la vida midiéndolos.
—Pero sabes.
Silencio.
Sus dedos jugaron con el borde de mi camisa, todavía puesta sobre ella.
—Algunos sí.
Sentí un escalofrío subir por mi espalda.
—¿Mucho?
María volvió a morderse el labio.
—Algunos... bastante.
—¿Y con cuántos has estado?
María parpadeó.
—¿Con cuántos qué?
—Hombres.
—Ay, Luis...
—¿Diez?
—Luis...
—¿Veinte?
Una sonrisa empezó a escapársele.
—¿Treinta y nueve?
—¿Por qué treinta y nueve?
—No sé. ¿Quinientos?
María cayó de espaldas sobre la cama, muerta de la risa.
—Sí, gordo. Quinientos exactos. Tenía una libreta y todo.
Se me escapó la risa.
—Hablo en serio.
María se incorporó todavía sonriendo.
—No sé, gordo. Nunca me puse a llevar la cuenta así.
Miré otra vez el 9,9.
Ya no había dónde esconderlo.
—¿Y se siente muy distinto?
María levantó la mirada.
No respondió enseguida.
—Mmm...
Se acomodó de lado.
—Sí.
La palabra me dejó frío.
Pero seguí esperando.
—Es difícil explicarlo.
—Intenta.
María soltó aire por la nariz.
—Tú sabes cuando me pongo de gatica...
—¿De gatica?
—Sí, tonto. En cuatro.
Levantó un poco la cadera sobre la cama, apenas para mostrar lo que quería decir.
—Así.
La imagen llegó demasiado fácil.
María sobre las manos y rodillas. Espalda arqueada. Cadera arriba.
Y durante un segundo se mezcló con otra.
Orejas negras.
Cola de felpa.
Bigotes pintados.
Miau, miau.
Casi sonreí.
Mi mujer siempre había tenido talento para convertir cualquier cosa en una locura.
María seguía hablando.
—Ahí se siente diferente.
Sus dedos dibujaron una línea distraída sobre mi pierna.
—Cuando llega profundo y vuelve... y vuelve...
Movió la mano, buscando las palabras.
—No sé. Es como una corriente. Una cosa que sigue dando y dando...
La voz empezó a bajarle.
—Una chispa, otra... otra...
Sonrió.
—Hasta que prende todo.
Abrió los dedos.
—¡Pum!
Se rio de sí misma.
—Qué explicación tan mala.
Yo no me reí.
Ella siguió.
—Y estando así... te puedes soltar más.
Sus ojos se fueron un momento hacia ninguna parte.
—No estás pensando en qué hacer, ni acomodándote, ni llevando tú todo. Te agarras y ya.
Se mordió el labio.
—Que te tomen bien de la cintura...
Sus dedos apretaron mi muslo.
—Que te den duro.
La sonrisa volvió.
Más lenta.
—Y una buena nalgada tampoco estorba.
Se dio una palmada rápida en una nalga.
—Jajá...
Sacudió la cabeza.
—Ay, gordo, ya me fui.
Por un segundo imaginé una María que no conocía.
Salvaje.
Entregada.
En cuatro.
Dejándose llevar hasta perder el control.
—¿Tanto así?
María volvió a mirarme.
Todavía tenía las mejillas ligeramente rojas.
—Me gusta mucho.
Algo se me apretó en el pecho.
—Yo puedo hacer eso.
La risa le salió antes de poder detenerla.
—Jajá...
Se tapó la boca.
—María.
—Perdón.
Intentó ponerse seria.
No pudo del todo.
—Amor, no me estoy riendo de ti.
—Ajá.
—Es que...
La sonrisa volvió.
—Tú sí lo intentas.
—Lo intento.
—Muchísimo.
Recordé inmediatamente por qué se estaba riendo.
María en cuatro la primera vez.
Yo detrás.
La puntica apenas entrando.
¡Métela toda, gordo!
Eso es todo.
Después ella acomodándose, tratando de ayudarme.
Yo consiguiendo un poco más.
Intentando moverme rápido.
Y saliéndome.
Otra vez.
Y otra.
—Es culpa de tus nalgas.
María abrió la boca.
—¡¿Perdón?!
—Son demasiado grandes.
Me dio con la almohada.
—¡Oiga!
—Es verdad.
—Pero bastante que te gustan mis nalgotas.
—Ese no es el punto.
—Jum.
Volvió a agarrar el teléfono.
—Vamos a investigar este caso.
—¿Qué caso?
—El de mis pobres nalgotas injustamente acusadas.
Se puso a buscar.
Yo seguía sintiendo los 9,9 como si la regla todavía estuviera pegada a mi cuerpo.
María bajó por la pantalla.
—Mira.
—¿Qué?
—Aquí habla de posiciones.
Leyó un poco más.
Sus ojos se abrieron.
—¡Perrito!
La miré.
—¿Qué?
—Dice que cuando falta longitud puede ser más difícil mantenerla en ciertas posiciones.
Me acercó la pantalla.
—¡¿Viste?!
Se señaló las nalgas.
—¡Mis nalgotas son inocentes!
—Eso no prueba nada.
—Jum, jum.
Bajó los ojos hacia mí.
—Aquí dice que al cosito corto le cuesta.
—Tus nalgas siguen siendo enormes.
—¡Y deliciosas!
—Eso sí.
María sonrió satisfecha.
Volví al promedio.
Catorce.
Quince.
—Igual esas cifras están infladas.
—Otra vez.
—Internet.
—Claro.
—Cualquiera pone cualquier cosa.
María ladeó la cabeza.
—Bueno...
Esa sonrisa.
—¿Qué?
—Preguntémosle a Sofi.
Sentí un pinchazo en el pecho.
María soltó una carcajada al verme.
—¡Jajaja! Era bromita, amor.
Volvió a la pantalla.
—Pregúntale.
Sus dedos se detuvieron.
—¿Qué?
—A Sofía.
Me miró.
Esperé que se riera.
No lo hizo.
—¿En serio?
Tragué saliva.
—Sí.
María agarró el teléfono con las dos manos.
Ya estaba sonriendo otra vez.
—Ay, gordo...
—¿Qué?
—Nada.
Buscó la foto anterior.
La pasita.
La vergüenza me subió inmediatamente por el cuello.
—Esa no.
—¿No que querías opinión profesional?
—Sofía no es profesional.
—Tiene experiencia.
Eso no ayudó.
María se rio.
—¿La mando?
Miré la foto.
Podía decir que no.
—Mándala.
El sonido del mensaje enviado me hizo cerrar los ojos.
—Mierda.
—Jijiji.
—No te rías.
—Tú dijiste.
La respuesta llegó poco después.
María abrió WhatsApp.
Sus hombros empezaron a temblar.
—No...
—¿Qué puso?
Giró el teléfono.
Sofía: JAJAJA ¿qué coño es eso? Parece pipicito de bebé 😂
—Cállate.
María ya se estaba doblando de risa.
Escribió:
María: Es Luis dormidito jiji.
Los tres puntitos aparecieron.
Sofía: Dios muchacha tú y tus vainas 😂
María llevaba años tomándome fotos que me hacían esconder la cara. Siempre había supuesto que eran solo suyas.
La forma tan natural en que Sofía recibió aquella me hizo preguntarme cuántas habrían salido de su galería.
¿Y a quién más?
María seguía mirando la pantalla, radiante.
Había algo distinto en ella.
No era solo la broma.
Parecía encantada de que yo estuviera allí, leyendo con ella, metido voluntariamente en una de sus locuras.
Volvió a la galería.
Apareció la otra foto.
La regla.
9,9.
—Bueno...
Canturreó.
—Ahora le mando la versión despierta, pa' que no te deje tan mal.
—María...
Me miró de reojo.
Nada más.
No preguntó otra vez.
Tampoco la detuve.
Sentí el estómago revolverse cuando empezó a escribir.
No aguantaba la vergüenza.
Pero quería saber.
De verdad quería saber.
María: Esta sí está despierta 😂 Luis quiere tu opinión. ¿Es cortico o no? 9,9.
Adjuntó la foto.
—Ya.
Me tapé la cara.
—No quiero ver.
—Mentiroso.
El teléfono vibró.
No moví las manos.
—Ya respondió.
—Lee tú.
—No.
—María.
—Mírala.
Bajé las manos.
Sofía: ¿QUÉEEE? 😂😂😂 el cuñi está leyendo esto???
María escribió:
Sí 😂
La respuesta apareció enseguida.
Sofía: Dios ustedes están locos JAJAJA
Después:
Sofía: Pero cuñi perdón si estás leyendo 😂 eso sí está muy chiquitito.
Sentí las orejas arder.
María me miró.
No dijo nada.
Otro mensaje.
Sofía: Hermana en serio eso no te hace cosquillas? 😂
—Coño...
María apretó los labios.
Estaba intentando no reírse.
El teléfono vibró otra vez.
Sofía: Nada que ver con lo que tú te comías antes y te hacía temblar 😂.
Ahí sí dejé de mirar.
No porque no lo supiera.
María acababa de explicármelo.
Pero Sofía lo sabía también.
Lo suficiente como para comparar.
Sentí una mezcla extraña de calor y frío recorrerme por la espalda.
María dejó el teléfono sobre la cama.
Se acercó y me besó la mejilla.
—¿Ya quedaste conforme?
—Ya.
Agarró de nuevo el teléfono.
—¿Seguro? Podemos publicar al Píxel en algún foro. Jijiji. Pedimos opinión mundial.
—¡Ya, María, basta!
Se echó a reír.
Yo también.
No pude evitarlo.
—Estás loca.
—Pero te casaste conmigo.
—Ese fue mi error.
Me mordió el hombro.
—Mentiroso.
La idea del foro volvió un segundo.
Gente mirando la foto.
Opinando.
Comparando.
Me moví incómodo.
Qué mierda.
María dejó el teléfono finalmente.
Se acurrucó contra mí.
Sus dedos empezaron a jugar con el vello de mi pecho.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Que no era invento de Internet.
—Gracias por recordármelo.
Me dio un beso pequeño.
Después otro.
La miré.
Seguía feliz.
No parecía una mujer atrapada conmigo.
Eso me molestó casi tanto como me alivió.
—Entonces...
—¿Mmm?
—Si de verdad es tan pequeño...
María levantó los ojos.
—¿Qué te gusta tanto de hacerlo conmigo?
Parpadeó.
Después sonrió.
—Ay, gordo.
—En serio.
—Tú otra vez con tus preguntas.
—María.
Me acarició la barriga.
—Me gusta que seas mi cómplice loco.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Se acomodó mejor contra mí.
—Te quejas de todo...
—Yo no me quejo de todo.
Me miró.
—Luis.
—Bueno.
—Protestas, te pones rojo, dices que no... y después terminas siguiéndome.
La sonrisa se le hizo más grande.
—¿O ya olvidaste cuando te puse mis panties?
Cerré los ojos.
—No.
—Jijiji.
—No empieces.
La imagen regresó sola.
Yo tratando de subirme una de sus tanguitas mientras María estaba sentada en la cama, doblada de la risa.
La tela apretándome.
Yo intentando taparme.
Ella diciendo que me quedaba linda.
Sentí otra vez el calor en las orejas.
María continuó.
—¿Y cuando mi enfermera quiso experimentar un poquito?
Abrí los ojos.
—María.
—¿Qué?
Se mordió el labio.
—Bien que te gustó el dedito.
—Cállate.
Se rio.
El recuerdo llegó igual.
Mi cara contra la almohada.
Su mano.
La primera sorpresa.
Después yo dejando de tensarme.
Incluso acomodándome un poco más.
Mierda.
—Y las cuerdas —siguió María.
—Ya.
—Y mis azotitos.
—Ya.
—Y mi gatica.
Levantó las manos como garras.
—Miau.
Solté una risa.
Las orejitas negras.
La cola de felpa.
María bailando mientras buscaba mis ojos entre toda aquella gente.
Las cuerdas.
Los azotes.
Sus panties.
El dedo.
Todas las veces que había terminado rojo, protestando, escondiéndome.
Y todas las veces que había vuelto a hacerlo.
Siempre las había llamado las locuras de María.
Pero yo nunca había querido que pararan.
La miré.
María seguía recordando alguna de ellas. Sonreía sola mientras dibujaba círculos sobre mi pecho.
—Una vez casi lloras cuando te amarré demasiado fuerte.
—No lloré.
—Tenías los ojitos aguados.
—Porque me apretaba.
—Ajá.
Se rio otra vez.
Yo también había disfrutado.
Mucho.
María levantó la vista y me encontró mirándola.
—¿Qué?
Negué.
No necesitaba preguntarle.
La tenía allí.
Descalza, con mi camisa abierta, todavía riéndose de cosas que habíamos hecho años atrás.
La besé.
María se sorprendió un instante.
Después me devolvió el beso.
Esta vez fui yo quien la empujó suavemente sobre la cama.
—Mira tú.
—¿Qué?
—Nada.
La sonrisa se le abrió mientras caía sobre la almohada.
Traviesa.
Feliz.
Me puse sobre ella.
María pasó los brazos alrededor de mi cuello.
—Uy.
—Cállate.
—No he dicho nada.
—Pero vas a decirlo.
—Capaz.
Volví a besarla.
Su cuerpo se pegó al mío.
Esta vez no había voces en mi cabeza diciéndome que no podía.
O quizá sí.
Pero estaban más lejos.
María me ayudó a quitarle el panty.
No tomó el control.
Solo me miró.
Eso me puso más nervioso que cuando lo hacía.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—María.
Se rio.
Acomodé una almohada debajo de su cadera casi por costumbre.
Ella abrió las piernas y me recibió.
El primer contacto me hizo cerrar los ojos.
—Gordo...
Seguí.
Lento.
María respiró contra mi boca.
Sus manos fueron a mi espalda.
No había explosiones.
No había esa otra María que había descrito hacía un rato.
Pero estaba sonriendo.
Y yo podía sentir cómo su cuerpo respondía debajo del mío.
Me besó.
—Me encanta cuando eres mi cómplice loco.
La palabra se quedó ahí.
Cómplice.
Marcos me apareció en la cabeza.
Perdí el ritmo.
María abrió los ojos.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Intenté seguir.
No pude dejarlo.
—¿También deseas que sea tu cómplice en aquello?
María frunció apenas el ceño.
—¿En qué?
Me ardió la cara.
—Que sea tu cornudito.
Su sonrisa desapareció.
Se mordió el labio.
No respondió
Seguí moviéndome, más despacio.
El silencio se volvió demasiado grande.
—¿Deseas que te vea... con Marcos?
Sus dedos se apretaron sobre mis hombros.
María cerró los ojos un segundo.
—María...
Tragué saliva.
—¿Que te vea follar con él?
Un gemido se le escapó antes de contestar.
—Sí.
Se me cortó la respiración.
María con Marcos.
En cuatro.
Salvaje.
Entregada.
Disfrutando tanto como yo disfrutaba cuando era ella quien me hacía perder el control.
La imagen me quemó por dentro.
Pero seguí.
—Yo también lo deseo.
María abrió los ojos.
Aceleré.
Casi me salí.
No ahora.
Apreté la cadera y volví a encontrar el ángulo.
No iba a dejar que mi pipicito se escapara justo en ese momento.
María me miraba con los labios entreabiertos.
Sorprendida.
Encendida.
—Luis...
Ya no podía guardármelo.
—Sí quiero ser tu cornudito.
Sus uñas se clavaron en mis hombros.
Y acabé.
Me quedé sin fuerzas sobre ella, respirando contra su cuello.
María tampoco se movió.
Después sentí sus brazos cerrarse alrededor de mí.
La abracé.
Por primera vez en todo el día, ninguno de los dos sabía qué más decir.
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