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El pacto 10

El resto de la tarde del lunes en la oficina fue un calvario de imágenes residuales. No podía concentrarme en un solo informe; cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Laura en el asiento del copiloto, con la falda levantada y el rostro encendido por el placer mientras se movía frenéticamente sobre Camilo, volvía a mi mente con una nitidez asfixiante. Sentía la verga late contra mi pantalón y una náusea constante en el estómago. Era un ciclo infernal: el asco de la traición y la excitación de la profanación se alimentaban mutuamente.
A media tarde, mi teléfono vibró sobre el escritorio. Era Paola.
 Paola: Mi Dani, ¿cómo vio eso? La verdad, Laurita ya se nos salió de las manos con Camilo... lo que empezó como una trampita ya es otra cosa. ¿Usted qué va a hacer?
Sentí un escalofrío. La complicidad de Paola era ahora mi único cable a tierra en este delirio.
 Daniel: Nada, Paola. Yo acepté mi papel de cornudo y me lo estoy disfrutando. Pero necesito que usted me asegure que ella nunca me va a dejar. Yo no la quiero perder.

La respuesta de Paola llegó casi instantánea, cargada de esa dulzura perversa que tanto me perturbaba.

 Paola: Tranquilo, mi Dani. Usted es su hogar. Yo me encargo de jugarle con la mente. La verdad... hasta le tengo envidia a mi amiga. Yo nunca he podido tener a un hombre como usted que me acepte así; a mí solo me ven como un juego.
Ese "mi Dani" se sentía como una caricia en mi nuca. Sentía que Paola y yo estábamos construyendo un pacto secreto mientras Laura jugaba en el campo de batalla.
La semana se convirtió en una cronología de mi propia degradación mental. Cada día, la intensidad de los relatos de Laura aumentaba, y mi imaginación se volvía cada vez más detallada y obscena.

**Lunes en la tarde:** La primera gran estocada llegó con una foto. Paola me reenvió una imagen que Laura le había mandado desde el baño de la oficina. La foto era cruda: Laura estaba arrodillada en el suelo del cubículo, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos vidriosos, mientras succionaba la verga de Camilo con una voracidad salvaje. El sonido que imaginé al verla era un *¡Sllurp, sllurp!* húmedo y constante.
El pacto 10
Laura le había escrito a Paola: "Pao, miren el postrecito que me comí después de almorzar". Al verla, mi mente voló: imaginé a Camilo sujetándole el cabello con fuerza, obligándola a tragar mientras el sonido del sexo resonaba en las paredes de azulejos del cubículo. Mi verga se puso tan dura que me dolió.

**Martes:** La adrenalina subió de nivel. Laura le envió un texto a Paola que me dejó sin aliento: "¡Pao, no aguanté! Lo metí al baño 10 minutos, me subió la falda y me lo metió en cuatro contra el lavamanos. ¡Plap, plap! ¡Casi nos atrapan!". El descaro de mi novia era una droga. Me imaginé la escena: el frío del lavamanos contra su piel caliente, el sudor de ambos mezclándose y el riesgo constante de que alguien entrara y la viera en esa posición tan humillante y excitante.
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**Miércoles:** La oficina se convirtió en su patio de juegos. Laura le contó a Paola que se habían quedado solos al final de la jornada y que la habían poseído sobre el escritorio de Camilo. El morbo era insoportable: saber que ella pasaba ocho horas al día sentada justo al lado de ese escritorio, trabajando con normalidad mientras las fantasías de lo que le hacían allí mismo la consumían por dentro. Mi mente no paraba de recrear el sonido de la carne chocando contra la madera del escritorio: *¡Plap, plap, plap!*.
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**Jueves:** La frustración empezó a asomar. Laura le escribió a Paola quejándose: "Pao, delicioso y todo, pero en la oficina no se puede hacer nada bien placentero. Uno vive con el susto de que los pillen y no podemos hacer y deshacer como nos gusta". Esa queja me decía que Laura ya no se conformaba con los escapes rápidos; ella quería la entrega total, sin miedo.

Esa misma noche del jueves, mientras yo intentaba dormir a su lado fingiendo que no sabía nada , Laura le confesaba su secreto más oscuro a Paola en un chat que yo no vería hasta más tarde.

El viernes por la noche, después de una cena tranquila y aparentemente normal, Laura me miró con esos ojos de ángel que ahora yo sabía que escondían un abismo. Me tomó las manos y me lanzó la propuesta con una dulzura que me hizo dudar por un milisegundo.

 Laura: Mi amor, fíjate que Camilo, un compañero nuevo de la oficina que me ha ayudado muchísimo esta semana... me gustaría invitarlo a cenar al apartamento para agradecerle. ¿A ti te molestaría?
Mi corazón dio un vuelco violento. Sabía perfectamente quién era Camilo. Sabía que no era una cena de agradecimiento; era la invitación al banquete de su pecado en nuestro propio territorio. La tentación de ver cómo se desarrollaba ese encuentro en mi propia casa era una fuerza de la naturaleza. Le sostuve la mirada, sintiendo cómo la adrenalina me recorría la columna, y le devolví una sonrisa suave.

 Daniel: Claro que sí, mi amor. Invíalo... esta es tu casa le respondí, acercándome para darle un beso tierno que escondía mi tormento.

Laura se fue a la cama con una sonrisa de triunfo, creyendo que había ganado una batalla de seducción. Yo me quedé solo en la sala, sumergido en la penumbra. Me senté en el sofá y me quedé mirando el techo en silencio. La idea de Camilo entrando en mi casa, de su presencia invadiendo mi espacio y de Laura sirviéndole mientras yo observaba desde las sombras, empezó a girar en mi cabeza como un engranaje maligno.
En ese momento, en la oscuridad de mi sala, una chispa se encendió en mi mente. Comprendí que ya no podía seguir siendo solo el espectador que mira por una pantalla. Si ella quería jugar con fuego en mi casa, yo iba a ser quien controlara la temperatura del incendio. Una idea maquiavélica empezó a tomar forma en mi cabeza, una idea que transformaría esa cena en algo que ninguno de los dos vería venir.

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