
Capítulo 1: El Precio de la Obsesión
[Departamento Penthouse, PuertoMadero, Buenos Aires. Miércoles, 02:15 AM]
No podía sacarme de la cabeza losputos videos de Laura.
La pantalla curva de cuarenta ynueve pulgadas era el único faro en la oscuridad del living. Iluminaba mi caracon una luz azulada y fría. El departamento olía a encierro, a whisky de maltaque se había calentado en el vaso sobre la mesa de cristal y al almizcle ácidode mi propio sudor. Llevaba tres horas en el sillón de cuero italiano.Pantalones desabrochados. La pija afuera, dura, pesada, latiendo contra mivientre. Cada tanto se contraía sola y soltaba un hilo de líquido que ya mehabía manchado la camisa.
Qué mujer. Qué cuerpazo. Quéhambre enferma.
Le di play por quinta vez almismo video. El sonido del subte línea D en hora pico llenó el living: chirridode rieles, cuerpos apretados, y después esos jadeos bajitos, casi ahogados, queme destrozaban la cabeza.
La cámara estaba escondida a laaltura de la cintura. Enfocaba el epicentro de todo: el culo de Laura.
Era un culo monumental. Doshemisferios de carne pálida, pesada, perfecta, metidos a la fuerza en unascalzas de gimnasia color celeste que se volvían casi transparentes en la zanja.La tela se le comía el culo. Su cintura era tan estrecha que hacía que lasnalgas parecieran aún más obscenas. Arriba, la campera deportiva ajustadaaplastaba unas tetas medianas y firmes contra la espalda del oficinista quetenía adelante.
Pero lo importante pasaba atrás.
Un tipo de traje barato, sinrostro visible, estaba pegado a ella. Aprovechaba cada vaivén del tren paraempujarle el bulto. Y Laura… Laura se dejaba. Se veía claro. Arqueaba apenas laespalda baja y empujaba ese culazo hacia atrás, buscando la fricción, buscandoque se la frotaran bien. Cada vez que el extraño hundía la cadera, la carne delas nalgas de Laura temblaba bajo la calza. Un rebote lento, pesado, hipnótico.
La página donde pagaba unafortuna en cripto decía que todos los videos eran reales. Capturas furtivas.Cacerías urbanas. No lo escribían así por seguridad, pero te lo vendían como lacruda realidad.
A mí siempre me quedaba la mismaduda de mierda.
¿Cómo podía ser real? Una mujercon ese cuerpo y esos ojos azules felinos y asustadizos… ¿de verdad no sabíaque la estaban filmando? En el minuto 2:14 del video del colectivo de la línea60 la había visto mirar directo a la lente. Solo una fracción de segundo. Ojoscelestes dilatados por la calentura de sentir una rodilla rozándole la concha,pero que parecían saber exactamente dónde estaba el foco.
Probablemente sea una putaactriz, me repetía mientras me apretaba la verga con la mano derecha. Resbalabala piel hacia abajo y subía despacio, untándome con mi propio líquido. Todoesto es un montaje para sacarle plata a pajeros con guita como yo.
Pero… mierda. Qué actriz. Elmejor culo que había visto en cuarenta años de vida.
Pausé el video. Respirabaagitado. La pija estaba roja, venosa, a punto de estallar. No me pajeé. Queríamás.

Navegué con la mano izquierdatemblorosa hasta la sección “Solo para miembros de alto nivel”. Lo que habíaahí parecía sacado de lo más turbio de la deep web.
El servicio de mayor rango teníaun banner dorado y negro:
OBTÉN LA OPORTUNIDAD DE CONOCER ALAURA. Recibe coordenadas e instrucciones específicas y exclusivas para tenerun encuentro físico con ella. (Cupos limitados. El administrador evaluará tuperfil.)

El precio era obsceno. Casi todosmis ahorros líquidos. Cifras de cinco ceros en dólares, transferibles abilleteras imposibles de rastrear.
Le había escrito al administrador—un tipo que se hacía llamar Néstor, o El Ojo— tratando de sonar escéptico.Pensé que por esa plata la cosa iba a ser simple: hotel cinco estrellas, Lauraesperándome en cuatro con esas calzas que le marcaban el culo hasta el alma,lista para que se la partiera.
Las respuestas fueron peores.
“No estás pagando por una puta.Estás pagando por información privilegiada. Laura no se vende. Laura tiene unvicio. Le gusta el peligro. Le gusta que extraños la tomen por sorpresa enpúblico. Yo te doy el lugar, la hora exacta, cómo va a estar vestida, su estadomental y, lo más importante, el manual de cómo acercarte y someterlapsicológicamente para que se entregue sin llamar a la policía. Lo que hagas conesa oportunidad… depende de qué tan hombre seas.”
Cerré los ojos. Apreté lamandíbula.
Con solo imaginar ese culo decerca. Olerle el pelo. Sentir el calor de esa carne inmensa aplastándose contrami ingle sin pantalla de por medio. Arrinconarla contra la pared de un bañopúblico, meterle la mano debajo y encontrar la concha ya empapada, mientras memiraba con esos ojos azules llenos de miedo y de ganas…
Solté un gemido ronco y me ordeñéla verga con fuerza.
Estaba demasiado obsesionado.Tenía que apagar la computadora. Mañana era día de mercado. No podía seguirperdiendo la cabeza por una exhibicionista de internet.
Mi mano no fue al botón deapagar.
Fue al botón de “ComprarOportunidad”.
Apareció la ventana emergente.Cartel rojo parpadeante:
¿Estás seguro de que deseastransferir los fondos al Administrador? La transferencia es irreversible.
El sudor frío me bajaba por lafrente. El corazón me golpeaba las costillas. Era una locura. La estupidez másgrande de mi vida.
Pero la imagen del culo de Laurarebotando contra el traje de ese desconocido se superpuso a todo lo demás.
Si era real… si existía siquierauna mínima posibilidad de tenerla…
Apreté los dientes. Solté unúltimo suspiro tembloroso. Y le di clic a Aceptar.
La pantalla se quedó en negro unsegundo.
Después apareció una sola líneade texto verde sobre fondo negro:
Transferencia confirmada. Esperáinstrucciones. No cierres esta ventana.
El cursor parpadeaba.
Y del otro lado de la pantalla,alguien ya estaba escribiendo...
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