Era de tarde, una de esas plazas medio vacías del conurbano. Paola tenía 30 años recién cumplidos, el cuerpo todavía firme, las tetas pesadas pero altas, y esa cara de boludita distraída que ya te volvía loco.
Se sentaron en el pasto, lejos de la gente. Él se apoyó de espalda contra un árbol grande y la subió encima, de frente, con las piernas abiertas a cada lado de las suyas. Paola se acomodó, medio riendo, mirando alrededor por las dudas.
Él le levantó la remera despacio y se la dejó arriba de las tetas. Se las sacó del corpiño y las dejó al aire. Eran hermosas: redondas, pesadas, con los pezones ya duros del aire fresco.
Se las agarró con las dos manos, las apretó, las levantó y se las llevó a la boca. Empezó a chuparle un pezón, lento, mientras con la otra mano le manoseaba la otra teta. Paola soltó un gemido bajito y se le arqueó un poco la espalda. Él siguió: chupaba, mordía suave, pasaba de un pezón al otro, les daba lengua y las apretaba contra su cara.
Paola tenía las piernas bien abiertas sobre él, la concha ya se le estaba humedeciendo adentro de la bombacha. Cada vez que él le chupaba más fuerte, ella se movía un poco, frotándose contra la pija dura que él tenía adentro del pantalón.
Estuvieron un buen rato así. Él no paraba de chuparle y manosearle las tetas, dejándolas rojas y brillantes de saliva. Paola miraba de reojo por si alguien se acercaba, pero no decía que parara. Se dejaba. Gemía bajito, con esa cara de estar en la suya, mientras él le hacía de todo a las tetas en medio de la plaza.
Cuando por fin le bajó la remera, las tetas le quedaron sensibles y marcadas. Paola se acomodó el corpiño con las manos temblorosas y se rió bajito, todavía excitada.
Se sentaron en el pasto, lejos de la gente. Él se apoyó de espalda contra un árbol grande y la subió encima, de frente, con las piernas abiertas a cada lado de las suyas. Paola se acomodó, medio riendo, mirando alrededor por las dudas.
Él le levantó la remera despacio y se la dejó arriba de las tetas. Se las sacó del corpiño y las dejó al aire. Eran hermosas: redondas, pesadas, con los pezones ya duros del aire fresco.
Se las agarró con las dos manos, las apretó, las levantó y se las llevó a la boca. Empezó a chuparle un pezón, lento, mientras con la otra mano le manoseaba la otra teta. Paola soltó un gemido bajito y se le arqueó un poco la espalda. Él siguió: chupaba, mordía suave, pasaba de un pezón al otro, les daba lengua y las apretaba contra su cara.
Paola tenía las piernas bien abiertas sobre él, la concha ya se le estaba humedeciendo adentro de la bombacha. Cada vez que él le chupaba más fuerte, ella se movía un poco, frotándose contra la pija dura que él tenía adentro del pantalón.
Estuvieron un buen rato así. Él no paraba de chuparle y manosearle las tetas, dejándolas rojas y brillantes de saliva. Paola miraba de reojo por si alguien se acercaba, pero no decía que parara. Se dejaba. Gemía bajito, con esa cara de estar en la suya, mientras él le hacía de todo a las tetas en medio de la plaza.
Cuando por fin le bajó la remera, las tetas le quedaron sensibles y marcadas. Paola se acomodó el corpiño con las manos temblorosas y se rió bajito, todavía excitada.
0 comentarios - – La Plaza –