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Contrata una prostituta y llega su madre. Parte #4

Contrata una prostituta y llega su madre. Parte #4
Fabiano le escribió varias noches después con un tono distinto, más suave:
«Ven hoy. Como quieras. No te pido disfraces esta vez. Solo ven.»
Katia contestó con un simple «Está bien». Se vistió con ropa normal: un vestido negro sencillo, sin medias, solo la máscara. Quería sentirse menos puta y más… ella. Aunque sabía que eso solo haría más doloroso todo.
Cuando llegó al departamento, él le abrió la puerta en silencio. La miró de arriba abajo y, por primera vez, no sonrió con esa lujuria descarada de las otras veces. Solo la tomó de la mano y la llevó adentro.
Cerró la puerta y, sin decir nada, la besó. No fue un beso de puta. Fue lento, profundo, casi tierno. Katia se quedó rígida. El corazón le latía con fuerza contra las costillas.
—Hoy quiero hacerlo diferente —murmuró él contra su boca—. Quiero… tomarme mi tiempo.
La desnudó despacio. Cada prenda caía al suelo con cuidado. Cuando quedó completamente desnuda frente a él, Fabiano la miró como si estuviera viendo algo sagrado. La recostó en la cama y se arrodilló entre sus piernas.
Empezó a besar el interior de sus muslos. Subió despacio, lamiendo, chupando, abriendo con los dedos. Cuando su lengua encontró el clítoris, Katia arqueó la espalda y tuvo que morderse el labio para no gemir su nombre. Él la chupó con una dedicación casi reverente: círculos lentos, succiones suaves, dos dedos entrando y saliendo mientras la lengua no paraba. La hizo correrse una vez, y luego otra, sin prisa, como si el único objetivo fuera hacerla sentir bien.
Cuando ella todavía temblaba, él se subió encima. Entró en ella de misionero, muy despacio. No embistió. Se movió con profundos y largos empujes, mirándola a los ojos todo el tiempo. Le acariciaba el cabello, le besaba la frente, le susurraba cosas dulces al oído:
—Eres tan hermosa… tan caliente… me encantas.
Katia tenía los ojos húmedos. Cada embestida era un recordatorio brutal: Es mi hijo. Está dentro de mí. Me está haciendo el amor.
La puso a cuatro. Esta vez no la agarró de las caderas con fuerza. Le acarició la espalda, le besó la nuca mientras entraba y salía con un ritmo lento y profundo. Le hablaba bajito, casi con cariño. Katia enterró la cara en la almohada para que no viera las lágrimas.
Después él se recostó y la atrajo hacia su regazo. Ella se arrodilló entre sus piernas y se la chupó. No como las otras veces, con desesperación. Esta vez lo hizo despacio, mirándolo, dejándose guiar por sus manos en su cabello. Él gemía el nombre de su madre sin saber que era ella quien se la estaba chupando.
Pasaron por casi todas las posiciones. La cabalgó ella encima, mirándolo a los ojos mientras se movía. La tomó de lado, abrazándola por detrás, besándole el hombro. En cada una, el ritmo era el mismo: lento, profundo, casi amoroso. Como si de verdad estuviera haciendo el amor con alguien a quien deseaba cuidar.
Cuando por fin se corrió, lo hizo más fuerte que nunca. Se enterró hasta el fondo y se derramó dentro de ella con un gemido largo, temblando, abrazándola con fuerza. Katia sintió el calor llenarla a oleadas y tuvo que cerrar los ojos con fuerza. Mi hijo… se está corriendo dentro de mí… otra vez.
Todavía dentro de ella, Fabiano la besó. Un beso apasionado, profundo, casi desesperado. Katia intentó apartarse, empujando suavemente su pecho, pero él era más fuerte. La sujetó por la nuca y la besó con una intensidad que le robó el aire. Cuando por fin logró separarse, los dos jadeaban.
Él la miró con una sonrisa suave, casi asombrada.
—¿Te gustó?
Katia no pudo hablar. Solo asintió con la cabeza, la garganta cerrada.
Fabiano se recostó a su lado, todavía acariciándole el brazo con naturalidad, como si acabaran de tener una cita normal.
—Oye… ¿puedo pedirte un consejo? —dijo de pronto, con voz casual.
Katia giró la cabeza hacia él, todavía con el semen escurriéndole por el muslo.
—Claro…
Él miró al techo un segundo y luego habló, sin rodeos:
—Estoy obsesionado con mi madre. La deseo de una forma que me está volviendo loco. Quiero follármela como nunca he querido a nadie. Por eso te he estado viendo a ti… porque me recuerdas mucho a ella. La misma forma de moverte, el cuerpo, hasta la voz a veces. ¿Cómo… cómo puedo hacer para coger a mi propia madre? ¿Tú qué harías?
El mundo se detuvo.
Katia sintió que el aire se le iba de los pulmones. El corazón le latía tan fuerte que pensó que él podría oírlo. Se quedó mirándolo en silencio varios segundos, la mente en blanco de puro pánico.
Al final, con la voz ronca y controlada, contestó:
—No lo hagas. Nunca. Algunas cosas… destruyen todo. Si de verdad la quieres, déjala en paz. Busca a otra. Cualquiera. Pero no a ella.
Fabiano la miró un momento, pensativo, y luego sonrió un poco.
—Tienes razón… probablemente. Gracias.
Katia se levantó en silencio. Se vistió con manos temblorosas. Él la acompañó hasta la puerta y le dio un último beso suave en la frente.
—Si quieres volver… ya sabes.
Ella asintió sin mirarlo y salió.
En el ascensor se apoyó contra la pared y se llevó una mano a la boca. Las lágrimas le cayeron sin control. Bajó las escaleras del edificio casi a ciegas y, cuando llegó a la calle, se sentó un momento en el bordillo, abrazándose a sí misma.
Había dejado que su propio hijo le hiciera el amor.
Había recibido su semen otra vez.
Y ahora sabía, con absoluta certeza, que él la deseaba. A ella. A su madre.
Y lo peor de todo era que, en el fondo, una parte de ella ya no sabía si sería capaz de decirle que no la próxima vez.
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