You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Sofía - Cap 2

Luego de aquella platica con Sofía, Salvador se sintió liberado. Se dio cuenta de que todos esos años de secreto y ensimismamiento habían sido inútiles. 

El sexo siguió igual que siempre. Lo hacían dos o tres veces por semana, pero Salvador nunca quedaba satisfecho. Era tan monótono, tan aburrido, que en ocasiones prefería fingir que estaba cansado o que se sentía mal.

En una noche, Salvador notó que Sofía estaba algo nerviosa cuando se metió a la cama, y le preguntó que le pasaba.


—Bueno…, es que he estado manteniendo algo en secreto —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Pero ya no me aguantó y quiero contártelo de una vez.
—¿Qué pasa? —preguntó Salvador, con una mezcla de sentimientos. Estaba no fuera algo grave.
—En una semana te voy a dar una gran sorpresa —le dijo Sofía con entusiasmo—. Algo que te hará muy feliz.
Salvador no entendía qué pasaba. La miró desconcertado, interrogándola con la mirada.
—Tu cumpleaños, tonto —dijo Sofía con un fingido gesto de fastidio en la cara—. ¿Me vas a decir que no te acordabas?
—Jajaja. Es cierto —rio Salvador—. Lo había olvidado.
—Será mejor que lo tengas muy presente —dijo Sofía, amenazante—. Estoy preparando algo muy especial para ti.
—¿En serio? —preguntó Salvador, interesado—. ¿Qué cosa?
—No te lo puedo decir, pero te prometo que cuando la aburrida reunión termine, te daré un gran regalo de cumpleaños —dijo Sofía ya más seria, mirando a los ojos a Salvador—. Es algo que estoy segura te va a encantar.


Salvador la escuchó y un montón de posibilidades se vislumbraron en su mente. Pero decidió que no debía hacerse ilusiones con nada; la conocía, y lo más probable es que le hubiera comprado un perfume o algo así. No sería la primera vez que le decía algo parecido y luego lo desilusionaba. Era difícil fingir entusiasmo por un par de calcetines cuando esperabas la noche de tu vida.


La fiesta no le interesaba en lo más mínimo, lo único que esperaba con avidez era ese regalo sorpresa que supuestamente iba a encantarle. Sin embargo, no podía pedirle que cancelara la reunión. Solo tenía dos amigos a los que consideraba como tales, Renato y Leonardo. Los conocía desde la secundaria, y había sido una tradición entre ellos festejar el cumpleaños de los demás reuniéndose a tomar unas copas, así que no podía saltarse la reunión, por mucha ansiedad que sintiera por lo que vendría después.


Y así, entre mucha tensión y expectativas, llegó por fin el día de su cumpleaños.
La primera mitad del día resultó de lo más normal para Salvador. Se levantó, besó a su esposa e hija, se dio una ducha y se fue al trabajo, en el cual, no ocurrió nada reseñable. Excepto por el hecho de que, en la tarde, cuando estaba a punto de salir de la oficina, recibió una llamada de Sofía.


—Hola, amor —dijo ella a través de la bocina del aparato—¿Estás ocupado?
—No mucho —respondió Salvador—. Estoy por irme a casa.
—Perfecto, porque me gustaría pedirte que de camino te detengas en una tienda y compres algo de vino —le dijo Sofía—. No se me ocurrió revisar hasta ahora. Resulta que ya no tenemos, y ya sabes que a tu papá y tus amigos estarán más cómodos con una copa en la mano.
—Claro, no hay problema —dijo Salvador. Entonces escuchó la voz de una mujer diciéndole algo a su esposa—. ¿Quién está contigo?
—Es la señora Dolores —respondió Sofía—. Me está ayudando a cocinar…, y en agradecimiento la invité a la reunión. Espero que eso no te moleste.
—No, claro que no —dijo Salvador sin mucha sinceridad. No tenía nada en contra de que ella asistiera, el problema radicaba en que seguramente el viejo Porfirio también iría—. Bueno, te dejo, tengo que entregarle unos documentos al jefe antes de irme.
—Claro, amor —respondió Sofía—. Nos vemos, y que no se te olvide traer el vino. Te amo.
—Yo también te amo —dijo Salvador. Colgó la llamada, recogió una carpeta y se fue a la oficina de su jefe.
 
Poco más de una hora después, Salvador salía del elevador del edificio en su piso. En cuanto entró al departamento, se encontró con varios visitantes, los invitados que su esposa había mencionado para aquella reunión.


Estaban sus dos amigos, ambos acompañados de sus respectivas parejas, novia en el caso de Renato, y esposa en el de Leonardo. Por supuesto también estaba su padre, que iba solo. Desde la traición de su madre, no había vuelto a casarse, a pesar de que no le faltaban pretendientes; era un maduro bonachón y no tenía un mal pasar económico.


También se encontraban ahí la señora Dolores y don Porfirio. Los dos esposos reaccionaron de manera muy diferente al verlo. Ella sonrió encantada, mientras el mal agestado sujeto solo agitó la cabeza y miró para otro lado.


Todos los invitados, a excepción de Porfirio, se acercaron para felicitarlo por su cumpleaños. Los más cercanos sabían que él no era muy entusiasta de esas cosas, así que un abrazo y un beso en la mejilla fue todo lo que obtuvo, menos de la señora Dolores, quien, al no conocerlo bien, lo abrazó de forma mucho más efusiva.


Salvador no podía creer que una mujer así estuviera casada con Porfirio. No es que fuera una belleza despampanante, pero era bonita incluso a su edad. Tampoco es que tuviera el cuerpo de una modelo, o el de su Sofía; de hecho, estaba un poco rellena en muchas partes, pero aun así Salvador entendería a un hombre que le dijera que se sentía atraído por ella. Era, en resumen, una mujer promedio. Pero igual, seguía siendo demasiado bella para un hombre como su detestable marido.


Su padre le entregó una caja mal envuelta como regalo, que abrió enseguida para encontrarse el mismo perfume que le regalaba cada año, y que Salvador solo usaba cuando iba a visitarlo. Sus amigos le dieron una corbata cada uno. Era una broma entre ellos; ninguno era bueno para elegir regalos, así que todos los años se limitaban a la clásica corbata.


—¿Han visto a Sofía? —preguntó, cuando luego de los saludos no vio a su mujer por ningún lado.
—Está en su habitación, querido —respondió la señora Dolores—. Se está preparando para verse hermosa para ti —dijo con una sonrisa. Salvador observó que detrás de ella Porfirio también sonreía, de una manera que no le gustó para nada—. Me dejó a cargo de recibir a los invitados. Ya debe estar por salir.
Salvador asintió, y, como si las palabras de Dolores hubieran sido proféticas, escuchó abrirse la puerta de su habitación. Todos los ojos voltearon hacía el pasillo.


Todos los presentes se quedaron asombrados ante la Diosa que apareció en la habitación.
Sofía se quedó parada apenas salió del pasillo. Tenía las manos atrás, con una rodilla algo flectada y los pies hacia adentro; inclinaba levemente el rostro y sonreía temerosa. Era la postura de una niña tímida que apenas ha reunido el valor para plantarse frente a muchas personas, pero el cuerpo de su esposa era todo menos el de una niña. Salvador sintió que se le salía el corazón. Sofía estaba usando una blusa azul y una falda negra corta. Nunca la había visto vestida de forma tan atrevida. La blusa, tenía un par de botones abiertos en el pecho, mostrando un poco de escote, era sin mangas, tan ajustada que atraía la mirada a los grandes pechos de su mujer, que se adivinaban perfectos bajo la tela ajustada de la prenda. La visión del torso bien formado de su esposa era sin duda maravillosa. Sin embargo, lo que más asombrado tenía a Salvador era la falda que llevaba puesta. Nunca había visto a Sofía vestir una tan corta como aquella. Le llegaba algo más arriba de la mitad de los muslos, dejando casi completamente a la vista sus largas y bien formadas piernas, unos muslos que envidiaría la misma diosa Venus. Y estaba usando unas sandalias de taco bastante altas, lo que causaba que toda su figura se estilizara todavía más.

Sofía - Cap 2

Salvador, y todos los presentes observaron embobados la imagen de la mujer que acababa de aparecer ante ellos. Ninguno la había visto usando prendas tan sugerentes. Sin duda, el más sorprendido era Salvador. La conocía tan bien, que sabía que en ese momento debía de estar muy incómoda, por lo que traía puesto y por la atención que estaba generando.


No es que Salvador quisiera hacer menos a las esposas de sus amigos, las dos eran bellas, más que la mayoría, pero es que al lado de su Sofía nadie podía competir. Comprendía que las miradas de los otros hombres en la sala estuvieran fijas en ella. De hecho, sintió su entrepierna estremecerse al notar que todos veían a su Sofía con ojos que no eran precisamente de amistad. Una descarga de celos lo invadió al instante, a pesar de que era una locura. Esos hombres eran sus amigos, su padre… y habían visto a Sofía muchas veces antes, sabían de su belleza, aunque ella nunca la hubiese mostrado como ahora. Pero, aun así, el hecho de que ahora se la comieran con los ojos le resultaba de lo más morboso.


Y Salvador vio en la mirada de su mujer, que ella lo sabía.
Sofía se acercó a él. Su sonrisa, coqueta y tímida a la vez, iluminaba toda la estancia.
—Feliz cumpleaños —le dijo, y se puso de puntillas para darle un beso en los labios. Fue corto, pero la puso notablemente nerviosa hacerlo frente a tanta gente, aunque se las arregló para seguir sonriendo.


Salvador se quedó mudo, sin saber qué decir ante la demostración de valentía que su esposa estaba llevando a cabo. Todavía se encontraba asombrado.


—Amigos —dijo Sofía, dirigiéndose a los invitados—. Muchas gracias por venir. Sé que quizá algunos preferirían llevarse a mi esposo de fiesta toda la noche para celebrar su cumpleaños. —Miró a los dos amigos de Salvador, quienes asintieron—. Pero este año eso no va a pasar. —Salvador la miraba incrédulo—. Así que, ¿qué les parece si comemos, bebemos un poco y la pasamos bien en honor a mi Salvador?


Todos los presentes comenzaron a reír y a proclamar oraciones de aprobación mientras se sentaban. Salvador se dirigió a la cocina, siguiendo a su esposa, quien le sonrió en cuanto lo vio entrar tras ella.


—Te ves hermosa —le dijo, acercándose para darle otro beso en los labios. Esta vez, no había testigos, así que pudieron hacerlo durante más tiempo.
—Gracias —dijo ella—. Pero ¿no crees que la ropa es demasiado reveladora? —Miró su atuendo y torció un poco el gesto.
—No, está muy bien —se apresuró a calmarla Salvador. Sofía sonrió.
—Es tu día especial, así que pensé que te gustaría verme así —dijo su esposa, sonrojándose—. Normalmente no visto de esta manera.
—Lo sé —dijo Salvador—. Me has sorprendido de verdad. Te ves… encantadora… preciosa. Deberías vestirte así siempre.
—No sé, me da mucha vergüenza —respondió Sofía—. Además, no me gusta que me miren de esa forma. ¿A ti no te molesta que otros hombres…? —Se detuvo antes de terminar la pregunta, pues recordó en ese momento el fetiche de su esposo—. Lo siento… supongo que no te molesta, ¿verdad?
—Claro que no me molesta —dijo Salvador—. Al contrario.
Se miraron fijamente durante unos segundos. Era la primera vez que se hacía alusión al fetiche de Salvador desde esa incomoda conversación de hace un mes atrás.

—¿Quieres…? ¿Quieres que deje que los invitados me vean esta noche? —preguntó Sofía, con el rostro completamente rojo por la vergüenza. Susurraba, aunque desde la puerta de la cocina podía verse que todos los invitados estaban en la mesa, y no podían escucharlos.


esposa
—¿A qué te refieres? —preguntó Salvador, conmocionado.
—E…es… tu día especial —balbuceó Sofía—. Así que, si tú quieres…, puedo dejar que ellos vean un poco más… mi cuerpo… Claro, solo si tú quieres.
Salvador no comprendía del todo a qué se estaba refiriendo exactamente su mujer, pero un millón de posibilidades cruzaron por su cabeza en segundos, y descubrió que todas le gustaban.
—Estaba pensando en esconderme para que no me vieran mucho; después de todo, este atuendo era solo para ti —dijo Sofía—. Pero tuve la idea de que quizá a ti te gustaría… Bueno, tal vez podría sentarme en la sala, o en un lugar donde todos puedan ver mis… mis piernas.
—¿En serio lo harías? —preguntó Salvador. Se sorprendió al notar que él también estaba susurrando.
—Sí —dijo Sofía, asintiendo con timidez—. No haré nada más, ya sabes que no me gusta eso, pero si a ti te hace feliz… puedo hacerlo…, solo esta vez.
Salvador miró a su mujer y comprendió que se estaba esforzando al máximo solo para proponerle algo así, únicamente para complacerlo en su cumpleaños. Por supuesto, mostrar las piernas no era nada del otro mundo, sobre todo comparado a las fantasías más extremas que afloraban en él cuando leía las aventuras de otros miembros del sitio web.
Y, sin embargo, su pene se endureció. Viniendo de su esposa, esa proposición era como un oasis en el Sahara.
—Hazlo, por favor —dijo al fin, de una forma inconscientemente suplicante.
Sofía torció el gesto con un poco de tristeza y desvió la mirada. Era evidente que todavía no asimilaba la verdad del hombre con el que se había casado. Pero finalmente volvió a mirarlo y asintió con ternura.
—Espero que esto acabe pronto —susurró, temerosa.
—Si no quieres, no tienes que hacerlo —dijo Salvador.
—No lo digo por eso —respondió Sofía—. Lo que pasa es que estoy nerviosa por tu regalo. Y me gustaría dártelo lo más rápido posible.
—¿A qué te refieres?, puedes dármelo ahora.
—No, claro que no puedo —dijo Sofía, dándole un golpe en las costillas—. Es algo que solo te daré cuando estemos solos, así que reza porque esta reunión acabe pronto.


Tras decir eso, Sofía comenzó a servir de la comida que había preparado. Salvador notó algunos utensilios que no eran de ellos, los cuales con toda seguridad debían ser cosas que la señora Dolores le había prestado a su esposa.


Salvador estaba intrigado por eso que Sofía le tenía preparado, pero no dijo nada más, sabía que no tenía caso con todas esas personas en el departamento. Salió de la cocina y se dirigió a su habitación para darle un vistazo a su bebé, que dormía plácidamente dentro de la cuna. Luego de quitarse el saco, salió de nuevo, se sentó a la mesa y esperó a que la comida fuera servida.


Se encontró a sí mismo atento a las reacciones de sus invitados cuando Sofía se acercaba a la mesa. Todos los hombres la miraban, pero uno de ellos captó la especial atención de Salvador: el señor Porfirio.


Lo odiaba, desde sus primeros encuentros le quedó claro que era un hombre desagradable, sin mucha educación. Eran opuestos y no podían llevarse bien. Sin embargo, tenía que reconocerle que era el más valiente de la mesa, o, mejor dicho, el más descarado.

milf
Su padre y amigos no ignoraban a Sofía, la miraban con lujuria, pero lo hacían de reojo, cuidadosos de la reacción que pudiera tener él, o sus parejas. Pero el señor Porfirio no tuvo ningún reparo en recorrer el cuerpo de su esposa de arriba abajo, comiéndosela con los ojos cada vez que se acercaba. La veía como un lobo observa una oveja, con ojos hambrientos.


Esa desfachatez, y la mueca villanesca del viejo ese, causaba que la emoción comenzara a desbordarse por la mente de Salvador. Y es que uno de sus escenarios favoritos en las historias que leía, y sus fantasías, era cuando la esposa del protagonista se entregaba a un hombre desagradable, uno al cual su marido despreciaba.


Le avergonzaba admitir que había tenido varios sueños húmedos que involucraban a su esposa y a Porfirio. Es que solo imaginar a Sofía en los brazos de aquel hombre lo hacía rabiar de la furia, pero esos mismos sentimientos eran un fuerte potenciador de la lujuria que lo acompañaba.


De cualquier manera, aquella reunión transcurrió con total normalidad. Una vez terminaron de cenar, todos se pusieron a deambular por el piso, hablando de cosas sin mayor importancia, bebiendo y celebrando. Todos, por petición de Sofía, hablaban despacio, cuidando de no hacer demasiado ruido para no despertar a la bebé.


El interés de Salvador se mantenía en cómo las demás personas en su departamento miraban a su esposa. Ella se veía nerviosa, pero estaba cumpliendo con su palabra, a ratos se sentaba en el sofá, a ratos en una silla, siempre tratando de que sus piernas fueran el centro de atención de todas las miradas masculinas, pero sin quedar como una provocadora.

incesto
Por supuesto, eso causaba que el corazón de Salvador estuviera a punto de salirse de su pecho. Conforme las copas de vino fueron llegando, Sofía se mostraba cada vez más liberada. No hacía nada extravagante, pero su sonrisa era diferente, incluso la forma en que se movía sobre los asientos le hizo pensar a Salvador que ya no estaba tan afectada como al principio.


Los momentos que alteraban más a Salvador, haciéndole perder incluso el hilo de las banales conversaciones que estaba teniendo, eran cuando Sofía se acercaba a hablar con la señora Dolores. El señor Porfirio, se dio cuenta Salvador, trataba de meterse en la conversación sin siquiera disimular las miradas que le daba a la joven amiga de su mujer. Además, la forma en que Sofía sonreía cuando el viejo le decía algo lo inquietaba sobre manera; se notaba cierta incomodidad en la mirada de su esposa, pero al mismo tiempo, parecía alagada por las palabras de aquel hombre.


Sin embargo, toda esa emoción que estaba sintiendo no duró demasiado, pues poco más de una hora después de terminar de cenar, los invitados comenzaron a retirarse. Ya era tarde, y al parecer todos tenían trabajo temprano al día siguiente. Eso no habría importado demasiado si pudieran salir a beber como hacían cada año, pero Sofía insistió en que esa noche necesitaba que su esposo se quedara con ella, así que los dos amigos de Salvador tuvieron que irse con la decepción fundida en el rostro.


Conforme los invitados abandonaban el departamento, Salvador notó lo mucho que Sofía había bebido esa noche. Nunca había sido gran bebedora, aunque tampoco es que se abstuviera siempre; sin embargo, esa noche, tal vez para darse valor con todo lo que estaba haciendo para él, parecía haber exagerado, pues se le notaban los ojos brillosos y una mirada un tanto taciturna que contrastaba con su semblante risueño.


Su padre y sus amigos se fueron. No obstante, para estremecimiento contradictorio de sus emociones, la señora Dolores se ofreció a ayudar a Sofía a limpiar un poco el desastre que habían quedado. Y, claro, eso significó que el viejo Porfirio también se quedara.


Mientras las dos mujeres iban y venían, recogiendo las cosas que habían quedado en la mesa y en otros lugares del departamento, Salvador no tuvo más remedio que sentarse junto a Porfirio en el sofá. Ambos hombres se veían fijamente, pero ninguno decía nada, aunque, de vez en cuando, sonrisas cínicas aparecían en el rostro del viejo.


Cuando Sofía y la señora Dolores terminaron de recoger el desorden que había quedado, se sentaron también en el sofá y comenzaron a platicar. Lo hacían de forma animada, mencionando a la pequeña hija de Salvador y como se comportaba igual que un angelito cuando Sofía la dejaba al cuidado de la señora. En ocasiones, el viejo Porfirio se metía a la plática y decía algo, pero, según se daba cuenta Salvador, prefería estar callado, pues de esa manera podía contemplar mucho mejor las piernas de Sofía.


Mientras más se daba cuenta de esto, más extraño se sentía Salvador. Extrañas imágenes comenzaron a llegar a su mente, de su esposa con ese asqueroso y detestable hombre… Trataba de alejarlas, pues le generaban un extraño sabor de boca, pero su fetiche, su insano deseo, era más fuerte que cualquier otra cosa.


Los minutos pasaron y finalmente sus dos vecinos decidieron que era hora de irse. Tras terminarse una nueva copa de vino, se despidieron de Salvador y de Sofía y se retiraron.


Nada más irse, Salvador se sintió liberado y sus fantasías desaparecieron, pero, cuando Sofía se acercó a él su corazón volvió a latir con fuerza.


—En diez minutos te espero en la habitación —le dijo de manera picara, causando que Salvador se emocionara al instante, y solo pudiera asentir—. Me muero por darte tu regalo.


Esos diez minutos de espera fueron el mayor calvario que Salvador había vivido nunca. Comenzaba a suponer por donde iba todo el asunto de su regalo, Sofía dijo que iba a ser algo que disfrutaría, que siempre quiso… y en su mente, comenzaba a hacer conjeturas. Toda la fiesta había estado siendo victima de sus fantasías, y eso lo tenía muy excitado. Sabía que no podía ser nada demasiado extraordinario, pero de todas formas tenía muchos deseos de estar a solas con su hermosísima esposa.
Finalmente, entre todas sus conjeturas y ansias, transcurrieron ocho minutos precisos, pero ya no aguantaba más. Se puso de pie y golpeó despacio la puerta de su habitación.


—Adelante —respondió Sofía.
Salvador tragó saliva y con nerviosismo abrió la puerta. Dentro, encontró a su mujer vestida solo con una bata blanca, tan delgada que transparentaba prácticamente todo su cuerpo, dejando claro que debajo de esa prenda no estaba usando nada más.

cornudo
—Feliz cumpleaños —dijo Sofía, abriendo los brazos de forma muy sensual. La coquetería en esos ojos dormilones la hacía ver extrañamente dispuesta y eróticamente vulnerable—. ¿Me veo bien?
—Pareces una diosa —respondió lentamente Salvador—. ¿De dónde…?
—Lo compré hace unos días —dijo Sofía, satisfecha por la reacción de su marido—. Igual que la falda y blusa que usé hace rato… Tú siempre me dices que debería vestirme menos como una solterona, así que pensé que te gustarían.
—Me encantaron —dijo Salvador. Aunque había visto desnuda a Sofía incontables veces, había un morbo especial en que ahora solo estuviera usando esa bata—. Y eso…, más que todo lo demás.
—Me alegra que te guste —dijo su esposa, mirándose mimosa—. A partir de hoy, la usaré siempre que pueda, y compraré ropa un poco más… a la moda. Quiero complacerte.
Salvador estaba impresionado. No se esperaba algo así de su esposa; durante diez años de relación, siempre había sido reacia a cambiar las cosas que la hacían sentir cómoda. Aun así, el gesto le encantaba.
—Y ahora… tu regalo —dijo Sofía—. Voy a darte algo que llevas mucho tiempo pidiéndome.
Relamió sus labios, levantó una mano y se metió un dedo a la boca, haciendo un gesto obsceno que dejaba muy claro a lo que se estaba refiriendo.
—¡¿En serio?! —preguntó Salvador, muy impresionado, sin poder creer que la promesa de una mamada por parte de su esposa lo emocionara tanto—. ¿Vas a hacerlo? Pero… pero…, ¿qué pasó con el miedo… y el asco?
—Bueno, eres mi esposo —dijo Sofía, ahora con más recato, con timidez. Pero recuperó la compostura y lo miró a los ojos—. Y he pensado que te mereces que al menos lo intente —Hizo una pausa y luego bajó la cabeza, otra vez avergonzada—. Hace un tiempo decidí hacer algo especial para tu cumpleaños… Vi algunos videos, ¿sabes?, tratando de aprender; incluso practiqué un poco.
—¡¿Practicaste?! —exclamó Salvador, celoso, traicionado por su imaginación.
—Tonto… —dijo Sofía, esta vez divertida por lo que insinuaba su esposo—. No sé qué te estás imaginando, pero sí, practiqué. —Lo miró con ojos entrecerrados y media sonrisa—. Con plátanos, jijiji. Fue vergonzoso, pero creo que de algo sirvió. —Volvió a adoptar esa mirada picara, que, empañada por su evidente estado de semi embriaguez, la hacía ver increíblemente sensual―. Así que ven, siéntate aquí.


Salvador no discutió, solo se dejó caer sobre la orilla de la cama que le indicaba Sofía. Ella se acercó y se arrodilló frente a él para quitarle los pantalones. Él, con ansiedad y emoción, levantó su cuerpo para facilitarle el trabajo. Pronto, sus bóxers también habían caído, dejando su erecto penen a plena vista.


Sofía lo miró a los ojos, luego volvió a bajar su vista hasta su miembro y, tímidamente, estiró una mano para rodearlo con ella.


—¿Está así por qué te lo voy a chupar… o por qué te excitó cómo me veían todos esos hombres hace un rato?
La pregunta tomó por sorpresa a Salvador. Miró a su mujer, quien le sostuvo la mirada. Era obvio que esperaba una respuesta.
—Las… las dos cosas —dijo, con sinceridad—. Estoy… así… por ambas razones.
Sofía suspiró y comenzó a masturbar su pene con delicadeza.
—Cuando hablamos hace un mes de… bueno, ya sabes, comencé a creer que tal vez era mi culpa que fueras así —dijo Sofía—. Que por no saber complacerte en la cama había hecho buscaras placer en otras cosas.
—No…
Sofía levantó su otra mano y le puso un dedo en la boca con ternura. Salvador entendió que necesitaba seguir hablando y no la interrumpió. Ella retomó el exquisito masaje en su miembro.
—Tuve curiosidad, y entré de nuevo al foro ese —continuó Sofía, sorprendiendo a Salvador—. Quería saber más de tu… fetiche.
Sofía esquivaba su mirada, avergonzada.
—Ahí me encontré con que no solo existía un lugar para los hombres…, digo, para los que tienen ese fetiche, sino que también había un espacio para sus esposas. ¿Sabes cómo las llaman?
—Hotwife —dijo Salvador de inmediato.
—Hotwife —asintió Sofía—. Curioso nombre, esposa caliente. —Se quedó en silencio por un momento, luego sacudió la cabeza—. Me atreví a hacer una publicación —dijo muy rápido, como si necesitara confesarlo—. Expliqué la situación en que me encontraba…, que me sentía culpable. —Volvió a mirar a Salvador sin dejar de masturbarlo—. Perdóname.
—Tranquila, no pasa nada —Salvador no estaba molesto, solo sorprendido.
—Me explicaron que no tenía que culparme, porque… porque… no te ocurría nada malo —dijo Sofía—. Me dijeron que tu fetiche es algo normal, que muchos hombres lo tienen, que el verdadero problema es no admitirlo, no hacerse consciente de él.
Salvador recordó que había recibido esa platica muchos años atrás, cuando se unió al foro.
—También me dijeron que no estaba obligada a complacer tus fantasías. Pero que no te culpara, ni te guardara rencor, que no pretendías hacerme daño, sino que gracias a ellas te sentías incluso más enamorado de mí —dijo Sofía. Salvador no dijo nada. Ella lo miró con ternura—. Te amo, eres el hombre de mi vida —Su voz estaba llena de pasión—. No puedo guardarte rencor, ni culparte de nada. Y quería hacer algo por ti, así que decidí que era el momento de darte lo que siempre te he negado. Desde hoy, te prometo que seré una esposa más complaciente, haré lo que esté en mis manos para satisfacerte, así que, por favor…, no dejes de amarme.
—No podría ni aunque quisiera —respondió Salvador con los ojos anegados—. Te metiste hace años en mi corazón, y es imposible sacarte de ahí. No me importa lo que pase. Ni siquiera tienes que hacer esto, si no quieres —dijo, señalando la bata transparente y su miembro erecto.
—Quiero hacerlo —dijo Sofía con una expresión ansiosa—. Llevo queriéndolo hace mucho. Nunca fue asco…, siempre fue miedo, pero no a hacerlo, era miedo a lo que podrías pensar de mí. Pero hoy será el día.
Sofía siguió masturbándolo, mientras Salvador dejaba caer su cuerpo un poco hacia atrás, apoyando sus codos en la cama, abriendo un poco más sus entrepiernas, relajándose. No podía creer que por fin iba a ocurrir; lo había esperado diez años, apenas y recordaba qué se sentía.
—Creo que tu padre necesita una mujer —dijo de pronto Sofía, haciendo que Salvador la mirara con curiosidad—. No me digas que no notaste la forma en que me miraba hoy.
—Yo… —Salvador se estremeció por dentro.
—Me comía con los ojos. Pude ver que trataba de no mirarme fijamente, pero hubo un momento en que me hizo sentir muy nerviosa, no despegaba la vista de mis piernas —dijo Sofía—. ¿De verdad no lo notaste?
—Lo noté —aceptó Salvador, mirando fijamente a su esposa, quien sonreía de manera tímida—. Pero…
—¿No te parece indecente que vea de esa manera a la esposa de su hijo?
—Pues…
—Creo que debería buscar una novia. Tal vez si lo hace, ya no me vería con lujuria.
—¿Lujuria? —preguntó Salvador.
—Sí —reafirmó Sofía, levantando la mirada—. La forma en que me veía… Creo que tiene deseos obscenos hacia mí… ¿Eso no te… molesta?


Salvador no comprendía esa conversación que estaba teniendo con su mujer. Ella no solía hablar así, menos de su padre. Sin embargo, lo cierto es que se estaba excitando. Saber que ella también se había dado cuenta de la forma en que la observaban durante la cena lo emocionaba.
—Mmm…, que extraño —dijo Sofía con fingida inocencia—. Tu amiguito está palpitando… Mira cómo se hincha. —Lo miró entonces con un gesto que él nunca le había visto. Era una expresión traviesa, atrevida—. ¿Tanto te excita que tu padre me desee?
—¿Qué… qué te pasa? —preguntó Salvador—. Tú no eres así.
—No me pasa nada —respondió Sofía—. Es mi regalo para ti.
Apretó el pene de Salvador, que se retorció sobre la cama. La cálida mano de su esposa sobre su pene era una sensación increíble.
—No creas que tu padre fue el único que me miró con ganas —le dijo Sofía, sin detener su cariñoso apriete y vaivén—. Tus amigos fueron incluso más atrevidos.
—¿Más atrevidos? —preguntó Salvador.
—Sí —Sofía acercó su boca a la punta del pene de Salvador y le dio un pequeño beso en la punta, causando que él casi explotara. Era la primera vez desde que la conocía que se atrevía a hacer algo como eso—. A pesar de estar con sus parejas, me comían con la mirada. ¿No te molesta que tus amigos sientan esos obscenos deseos por tu esposa?
Salvador no respondió, simplemente cerró los ojos y se dejó hacer. Sofía estaba mostrando una faceta totalmente desconocida para él. Nunca la había visto llevar la batuta de esa manera.
—No…, no te molesta, ¿verdad? —le dijo Sofía, para después pasar la lengua por el pene de Salvador—. Te excita saber que otros hombres me ven de esa manera, ¿cierto?
—Ah… Sí… sí… —respondió Salvador, entre gemidos—. Me encanta saber que estoy casado con una mujer a la que todos desean. Me excita que otros hombres… quieran tocarte.
Sofía sonrió con un gesto travieso. Volvió a lamer el pene de Salvador antes de volver a hablar.
—¿Y qué sientes cuando me ve el señor Porfirio? —preguntó.
Salvador no respondió, le avergonzaba contarle la verdad a su esposa.
—Leí lo que escribiste en el foro —le confesó Sofía, estrujando su pene otra vez—. Sé que te gustan las esposas entregadas a un viejo como Porfirio. ¿Te gustaría verme haciendo cosas obscenas con él?


De nuevo, Salvador no dijo nada. Comenzaba a sentirse abrumado por el actuar de su esposa. Era demasiado sorprendente para él.
—Contéstame, amor mío —dijo Sofía, con un tono de voz algo duro, exigente—. Si me dices la verdad… me meteré tu miembro en la boca… Te lo prometo.
Otra vez, solo obtuvo gemidos por parte de Salvador. Este no entendía el cambio repentino en la actitud de su mujer. Le excitaba que hablara de esas cosas, pero al mismo tiempo le producía cierto miedo que las cosas siguieran por ese camino.
—¿Sabes que me dijo esta noche el señor Porfirio? —preguntó Sofía, captando la atención de Salvador—. Cuando me senté a tomar una copa con él, mientras su esposa fue al baño, me dijo que era la mujer más guapa del edificio, que si él fuera más joven intentaría ligar conmigo, que no le importaría que fuera casada.
—¿E… en serio se atrevió a decirte eso? —preguntó Salvador, conmocionado.
Ahora fue él quien no obtuvo respuesta. Sofía se limitó a mirarlo con ojos somnolientos y misteriosos. Salvador se preguntó si todo eso no era más que su regalo de cumpleaños, o si habría algo de verdad.


Quiso pensar que su esposa se estaba esforzando no solo en darle sexo oral, sino para inventarle aquellas cosas. Ella sabía que se excitaba por eso, y daba su mejor esfuerzo para cumplirle una pequeña fantasía, por su cumpleaños… Solo debía disfrutarlo. Por eso, tragó saliva, ahuyentando la vergüenza y los celos, y decidió dejarse llevar.


—Sí…, me excita saber que el viejo Porfirio te desea —confesó al fin, mirando a su mujer—. Quisiera que hicieras cosas sucias con él. Me encantaría verte desnuda con él en una cama.
Sofía le devolvió la mirada de una forma extraña que Salvador fue incapaz de descifrar. Era dura, pero a la vez ansiosa.
—Eres un esposo travieso, ¿verdad? —dijo Sofía, y Salvador pudo ver el esfuerzo que su esposa estaba poniendo para complacerlo de esa manera, para entrar en aquel juego de fantasía.
—Sí, lo soy —respondió él—, y tú eres una hotwife, una esposa caliente que goza complaciendo a su marido.
—¿En serio? —preguntó Sofía—. ¿Lo soy?
Salvador miró a los ojos a su esposa, luego su propio pene.
—Chúpalo —le rogó—. Cómeme el pico, por favor.
—¿De verdad tienes ganas de que te la chupé? —preguntó Sofía, de forma traviesa, casi doliente—. ¿No preferirías que se lo hiciera a otro hombre?
Salvador la miró con los ojos abiertos de par en par.
—Adelante —dijo Sofía—. Ya basta de secretos, puedes imaginar lo que quieras. Es tu día especial, así que cierra los ojos y sueña con que se lo estoy haciendo a alguien más; a tu padre, a tus amigos… a don Porfirio, a quien tú quieras. Cualquier cosa que te excite. Soy tu regalo, tu hotwife.
—Te amo… —le dijo Salvador, desvariando de placer.
—Yo también te amo —contestó Sofía.
Salvador casi explota cuando vio a Sofía atragantarse con su verga. Se estremeció cuando la calidez de la boca de su mujer bañó su miembro. Era algo que había soñado durante tanto tiempo…
Le pareció que Sofía no había mentido cuando le dijo que estuvo practicando. Parecía saber lo que tenía que hacer, aunque lo llevaba a cabo de una manera un tanto tímida.
—Solo disfrútalo, mi amor —le dijo con voz intensa, cargada de deseo— Solo muéstrame que te gusta su sabor…, saboréalo.


Era la felación de una novata, pero Sofía captó la idea de inmediato. No intensifico el acto en sí, pero lo hizo más húmedo, más parsimonioso, pero a la vez más intenso. El sonido de chupeteó, de saboreo surtido de saliva resonó en los oídos de Salvador de la forma más lujuriosa. Era como estar en el cielo. Su hermosa Sofía no le estaba chupando la verga, se la estaba devorando.


—¿Te gusta? —preguntó Sofía, sacando el pene de su boca por un momento. Salvador solo pudo pensar en lo sexy que se veía con la saliva colgando de sus labios.
—Síííí —respondió él—. Me encanta.
—¿Te estás imaginando que se lo hago a otro hombre?
Salvador negó con la cabeza. Había decidido que lo mejor sería no pensar en eso, al menos por el momento, quería disfrutar solo para él la primera felación de su preciosa mujer.
—¿Y qué esperas? —preguntó Sofía—. Yo ya lo estoy haciendo.
Eso tomó por sorpresa a Salvador, que miró desconcertado a su esposa. Ella se dio cuenta de esto y reaccionó sonrojándose al instante.
—Lo siento —dijo con ternura, agachando la mirada—. En el foro encontré algo parecido a esta situación, y pensé que te gustaría…
Salvador la miró maravillado. No podía creerse que su esposa hubiera sido capaz de todo eso solo por complacerlo. Aún recordaba que en su última discusión había dicho que nunca haría nada parecido.
—Me gusta mucho, mira… —Salvador señaló su pene—, ¿alguna vez lo habías visto así?
Sofía negó con la cabeza, y se mordió el labio de forma muy tierna.
—No te detengas, por favor… Solo dime, ¿a quién imaginas que se lo estás chupando?
Sofía levantó la mirada y sonrió con cierta malicia, pero no dijo nada, solo volvió a estrujar el pene de Salvador con fuerza.
—He estado pensando… —dijo después de un momento—. ¿Alguno de los invitados de esta noche tendrá un miembro más grande que el tuyo?
—N… no lo sé… —respondió Salvador, nervioso.
—Bueno, el tuyo no es muy grande, así que lo más probable es que así sea.


Las palabras de Sofía volvieron a desconcertarlo, pero lejos de molestarlo, lo único que hicieron fue excitarlo más. Él sabía que no estaba muy bien armado, su pene era tamaño promedio, pero nunca fue algo importante en su relación con Sofía, que nunca había hecho comentario alguno sobre esto, hasta esa noche.
La miró. En sus ojos vio que estaba arrepentida y avergonzada de haberlo dicho. Salvador comprendió que era otra cosa que había sacado del foro. En las historias que leía, el tamaño del pene del esposo era algo que se explotaba mucho.


—¿Crees que tu papá esté mejor que tú de aquí abajo? —preguntó Sofía, que parecía haberse recuperado de la vergüenza—. ¿Y Renato y Leonardo? Siempre andan con mujeres bellas, no creo que ellas se conformen con poca cosa.
El pene de Salvador se estremeció al darse cuenta de que estaba diciendo que él sí era poca cosa. Le gustaba esa actuación de su esposa, le excitaba que lo comparara con otros.
—La señora Dolores me ha contado más de una vez que es muy feliz en su matrimonio —dijo Sofía, lamiendo el pene de Salvador otra vez—. Me pregunto qué tan grande la tendrá el señor Porfirio.
Salvador vio algo extraño en los ojos de Sofía. La mirada de su esposa era de incomodidad, y, sin embargo, sonreía al mismo tiempo, como si no estuviera del todo preparada para las cosas que estaba diciendo, y aun así, no se sintiera del todo mal con esos cuestionamientos tan obscenos.
—Tal vez si la tuvieras más grande, me habrían dado ganas de chuparla.
Sofía lo miró algo apenada. Era evidente que estaba siguiendo un guion. O al menos, alguna idea que había leído en el foro.


Él la miró sin reproche, haciéndole ver que no pasaba nada, que no estaba enojado, sino todo lo contrario. Sofía volvió a engullir el pene de su esposo.


Entonces, Salvador cerró los ojos y se dejó llevar por su fetiche, comenzó a hacer lo que su esposa esperaba de él. De pronto se encontró en sus fantasías, en las historias que había leído tantas veces, se imaginó que no era él a quien su mujer le estaba dando aquella sabrosa felación.


Se imaginó siendo su padre, que estaba en el dormitorio de su hijo, recibiendo la primera mamada de su preciosa nuera. Sintió la excitación emergiendo como la lava de un volcán. La calentura que sentiría su padre al haber tenido la suerte de visitarlo y encontrar a Sofía sola, que después de una conversación sincera le confesaría lo solo que se sentía sin estar con una mujer desde hace tanto tiempo, de cómo su hermosa nuera le ofrecía una ayudita con la sola condición de que nunca le contara nada a Salvador. No pudo controlar su fetiche, sus fantasías eran más poderosas que él.


Sofía tenía razón. A pesar de ser mayor, su padre necesitaba una mujer en su vida. ¿Por qué no era él un buen hijo y compartía la suya?


Solo pensar en esa posibilidad causó que el pene de Salvador se hinchara hasta casi dolerle. Sofía no dejaba de saborear su miembro, y él no podía evitar imaginar lo que sentiría su padre si estuviera en su lugar, la gran calentura que experimentaría al sentir el calor de la boca de su nuera succionándole la verga.


Durante varios minutos, el rostro del hombre que estaba recibiendo aquella felación fue cambiando en la mente de Salvador; su padre, sus amigos, su jefe, incluso completos desconocidos como el dependiente de la tienda en la cual había comprado el vino esa tarde.


Pero, sin duda, la imagen que más morbo le produjo fue la de don Porfirio. Ese asqueroso viejo enano y panzón no se merecía ni respirar el mismo aire que Sofía, y, aun así, imaginarse a su mujer complaciendo los deseos más obscenos de ese hombre, lo excitaba. Su fetiche se estaba fortaleciendo, haciendo que se excitara más, provocando que su pene palpitara, expulsando con cada arrebato restos de líquido pre seminal en la boca de Sofía. Ella los mezclaba con su saliva y se los tragaba. Salvador imaginó que esos fluidos eran los del viejo Porfirio, que era la sucia verga del conserje la que le daba de comer a su hermosa Sofía.


De pronto, cuando sentía que no faltaba demasiado para que se corriera, Sofía se detuvo de golpe, causando que Salvador abriera los ojos de nuevo para mirarla con sorpresa.


—¿Sabes que más leí en el foro? —preguntó Sofía, poniéndose de pie para sorpresa de Salvador, que esperaba que continuara con la mamada que le estaba dando. Este negó con la cabeza, mientras observaba cómo su mujer se quitaba la bata para quedar completamente desnuda ante él—. Que, aunque sea un regalo para ti, yo estoy al mando… Recuéstate.


Era la primera vez que Sofía se mostraba dominante cuando hacían el amor, y, aunque no era tan convincente como seguramente ella pensaba, la obedeció. Se subió más sobre la cama y se dejó caer de espaldas sobre ella. Su erecto pene apuntaba al techo, lo sentía a punto de explotar.


Sofía se mostraba cada vez más decidida. Era otra mujer. Él no comprendía si era que comenzaba a gustarle ese juego, o simplemente se acostumbraba. La hermosa mujer se subió a la cama y caminó por ella, teniendo cuidado de no pisarlo. Se detuvo cuando estuvo justo sobre el pene de Salvador. La visión de ese cuerpazo desde su punto de vista era enloquecedora. Si Porfirio estuviera en su lugar tendría un ataque al corazón fulminante. Estaría tentado a manosearla con frenesí, diciéndole lo rica que estaba y cuanto lo calentaba, mucho más que la señora Dolores.


—¿Ves esta concha? —le dijo Sofía, señalando su entrepierna.
A Salvador le sorprendió cómo se refería a su vagina, pero asintió, nervioso.
—Solo ha conocido a un hombre. A ti —le dijo con ternura, aunque su voz cambió a un tono más serio con las siguientes palabras—. Pero tú quisieras que la pobrecita conociera más, ¿verdad? —Comenzó a doblar sus rodillas, acercando cada vez más su preciosa hendidura al pene de Salvador—. Te calientas pensando en que otros hombres gocen con mi cuerpo; que me posean, a mí, que tanto te amo. —Tomó el miembro de Salvador y lo llevó directo a la entrada de su vagina—. Eres un esposo pervertido…, ¿verdad?
—Sí —respondió Salvador, sintiéndose de pronto como un niño regañando a quien solo le quedaba aceptar sus travesuras.
—Sí, ¿qué?
—Sí, soy un esposo pervertido —respondió Salvador—. Y sí, me caliento pensando en ti con otros hombres.
—¿Con quién? —preguntó Sofía, con seriedad—¿Con cuántos hombres has fantaseado que tu esposa tiene sexo?
—Mu…muchos —respondió Salvador—. Todos te tomarían… Eres tan bella… Todos quisieran tocarte…, meterte el pico. Pero, el que más me pone… —Tragó saliva antes de terminar—, es el viejo Porfirio.
—¿En serio? —preguntó Sofía, entrecerrando los ojos—. ¿Sueñas con ver a tu adorada esposa en las manos del casero que tanto desprecias?
—S…sí—dijo Salvador.
—Oooh… Eres un esposo malo —lo regañó Sofía. Luego le apretó la verga y la condujo para que el capullo refalara entre sus labios vaginales—. Estás más duro que nunca, todo por pensar en mi teniendo sexo con ese viejo.
—Aaaaah —gimió Salvador, a medida que sentía que su pene se iba metiendo en la humedad de su Sofía—. Aaaah.
—Eso es, querido —dijo Sofía, quien, aunque Salvador no podía saberlo, ya estaba completamente metida en el juego. No se explicaba por qué, pero tener a su esposo a su merced de esa manera la calentaba bastante—. No dejes de pensar en ello, quiero que sigas así de duro.
Se dejó caer de una vez sobre Salvador. Por unos segundos se miraron a los ojos. Él se imaginó siendo Porfirio, muerto de calentura al tener esa tremenda mujer devorándole el miembro por su hermosa concha. Una mujer joven, de cuerpo fitness, de grandes pechos… y casada. Al pobre de Salvador le pareció ver en los ojos de su mujer el reflejo de ese viejo, y pensó que ella se lo estaba haciendo a Porfirio, no a su marido.
Sofía comenzó a montarlo.
Parecía una diosa.
—Entonces… ¿Cuántas veces has pensado en mí teniendo sexo con don Porfirio? —preguntó Sofía.
—Muchas…, demasiadas —dijo Salvador.
—En tus sueños…, ¿dónde lo hago con él? —La respiración comenzaba a cortársele a Sofía, pero no dejaba de subir y bajar, comiéndose a Salvador.
—En todos lados —respondió él—. ¡¡Bfff!!, en la sala de nuestra casa, en su casa, en la calle, en esta cama… en cualquier parte.
—¿En esta cama? —Sofía le tomó las manos y las llevó hasta sus pechos—. ¡Ah! ¿El mismo lugar donde concebimos a nuestra pequeña? ¡Aah! ¡Eres un pervertido!
—¡Sí, lo soy! ¡Ah! —dijo Salvador, gimiendo cada vez más fuerte.
—Oh, sí… Eres un marido malo, caliente y pervertido —dijo Sofía, montando con más fuerza a Salvador, que ya estaba a punto de correrse. Y es que la forma en que su mujer estaba moviendo las caderas era de otro mundo. Se notaba que estaba excitada, emocionada, quizá tanto como él.
Su esposa lo miró y luego sonrió, como lo hacía cuando se le ocurría alguna idea.
—¡Ah! ¿Sabías que… cuando nos mudamos aquí…, ah, el señor Porfirio me dijo que… si me comportaba cariñosa con él…, uy, ah, nos rebajaría el precio… de la renta?
—¿Qué? ¡Ah! ¿De verdad? ¡Viejo de mierda!
La mirada de Sofía le dijo que era su decisión creer si hablaba en serio o no. ¿Estaba jugando con él?
—¡Aaah! ¿Qué me habrías… dicho… mmm, si te lo hubiera… contado? —preguntó Sofía.
—No… no lo sé… Aaaaah.
—¡Mentira! —exclamó Sofía—. Me habrías dicho que fuera… ¡Aaah! ¡Que fuera y me metiera en la cama con él! ¡Mmm! ¡Aaah! ¡Porque eres un pervertido que se excita emputeciendo a su mujer! ¡Aah!
Durante varios segundos se observaron sin decir nada, solo gimiendo por la corriente de calentura que se paseaba entre ambos. Ella aumentó el ritmo de la cabalgada, mientras Salvador cada vez se dejaba llevar más por el placer que aquella situación le regalaba, imaginando que Sofía le estaba haciendo eso a Porfirio, no a él.
—Sí. ¡Ah! —aceptó Salvador, ido en el frenesí de sus fantasías—. Si eso hubiera pasado, ah, te habría mandado a que tuvieras sexo con el viejo Porfirio, aaah. Porque me excita solo pensarlo.
—¡Ay! Dime, ¿lo estás pensando ahora? ¡Ah! ¡Dime!
—Sííímmm.
—¡Ah! ¿Te estás imaginando… ah, a tu esposa, aaah, la persona que más te ama en el mundo…, mmm, montando la verga de ese señor? ¡Aah!
Salvador se estremeció. No se acostumbraba a que palabras como “verga” salieran de la boca de Sofía.
—¡Aaargh! ¡Sí! —respondió—. Estoy a punto de correrme… pensando en cómo ese viejo te cogería… ¡Aaargh!
—¿Sí? Y, dime, ¿yo lo disfruto?
—Sí, amor, aah —respondió Salvador—. Lo disfrutas como una loca; te le montas como nunca lo has hecho conmigo, y él te hace gozar como yo nunca he podido.
—Mmm… —gimió Sofía—. ¡¿Vas a correrte?!
—Sí… Aaargh.
—Sí… Aaargh.
—Bien, ay, quiero que pienses en eso mientras te corres —dijo Sofía—. No dejes de pensar ni por un segundo en lo feliz que me haría que ese viejo asqueroso tomara su verga y me penetrara con ella… Imagina mi cara llena de lujuria, aaaah, quiero que te corras con eso en la mente. ¡Aaaaayyy!
Aumentó el movimiento de sus caderas. Salvador no pudo hacer otra cosa más que obedecer. Imaginó al viejo apoderándose del maravilloso cuerpo de su esposa. Sabía que era una locura, y, sin embargo, entre más pensaba en eso, más se descontrolaba su excitación.
—¡¡Ah!! ¡¡Me voy a correr!! —exclamó bajo los poderosos sentones de su esposa.
—¡Síííí! ¡Don Porfirio! ¡Hágame suyaaa! —gritó Sofía.
—¡¿Qué?! ¡Oh! ¡¿Qué?!
—¡Aaaay! ¡Qué rico, señor Porfirio! ¡Qué tremenda verga! ¡Aaaah! ¡Qué rica! ¡Don Porfirio! ¡Tómeme! ¡Démela toda, señor Porfirio!
Salvador explotó en un orgasmo arrebatador. Sintió que su corazón se detenía, y su miembro, en las profundidades carnosas de su hermosa Sofía, escupió chorros y chorros de semen, más de lo que nunca había soltado antes.
A su mente llegó la imagen del viejo Porfirio inseminando a su mujer, soltando su asquerosa semilla en el interior del cuerpo de Sofía, y ella recibiéndolo de buena gana, gritando como una loca, como una puta.
—¡¡Aaaah!! —gritó como si lo estuviesen matando, alzando la voz en forma desmesurada, al compás de las violentas convulsiones de su cuerpo—. ¡¡Aaaarrgh!! ¡¡Ooooh!! ¡Aaaaah! Uuuuuf… Aaaaaah… Mmmmm.
Finalmente terminó de eyacular y su cuerpo inerte quedó tendido sobre la cama. Sofía sacudió sus caderas con parsimonia sobre él por unos momentos más y luego se dejó caer a su lado y lo abrazó.
—¿Te gustó tu regalo de cumpleaños? —dijo Sofía, adoptando de nuevo el modo de mujer amorosa que siempre mostraba.
—Fue el mejor de toda mi vida —respondió él. Sofía lo rodeó con una pierna y él pudo sentir la humedad de su muslo. Se preguntó si ella también había llegado al orgasmo, y sintió un estúpido arrebato de celos.
—El próximo año, tal vez hagamos algo parecido —dijo Sofía, abrazándolo más fuerte por un momento.
Salvador acarició el suave brazo de su esposa, y miró el techo. Comprendió que, después de eso, el sexo normal ya no iba a ser suficiente para él.

hotwife
FIN CAPITULO 2.


1 comentarios - Sofía - Cap 2

luisferloco
es correcto el final de este capítulo? Parece cortado
vic47vic47
gracias amigo, ya lo arregle