Capítulo 2: El Primero — Gruñón y su Pija de Fuego
La cabaña olía a madera quemada, cerveza rancia y algo más... testosterona acumulada durante meses de sequía. Siete pares de ojos devoraban a Blanca mientras ella se paraba en el centro de la habitación, completamente desnuda, su piel nívea brillando bajo la luz parpadeante de las velas.
—Soy Gruñón —dijo el que había abierto la puerta, el más corpulento de todos, con barba rojiza y brazos gruesos como troncos—. Estos son Misifú, Tímido, Estornudo, Dormilón, Feliz y... —señaló al último, un enano con mirada particularmente hambrienta—. Ese es Mocoso. No preguntes por qué.
Blanca sonrió, sus manos paseándose por sus propios pechos, pellizcando sus pezones hasta ponerlos duros como guijarros.
—No me importan sus nombres —susurró, acercándose a Gruñón, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo—. Solo me importa lo que tienen entre las piernas.
Gruñón soltó una carcajada ronca.
—Directa al grano. Me gusta.
La agarró de la cintura con una mano que casi la envolvía por completo y la sentó sobre la mesa de madera maciza. Los otros seis se agruparon alrededor, formando un círculo de expectación, sus manos ya bajando a sus propias entrepiernas.
—Se vas a quedar con las ganas de ver esto —dijo Gruñón a los demás, agarrando las rodillas de Blanca y abriéndolas con fuerza—. El primero es mío.
Blanca jadeó cuando su espalda tocó la madera fría. Gruñón se interpuso entre sus piernas, su altura perfecta para lo que venía. Desabrochó sus pantalones de cuero y su miembro emergió con un bofetón sonoro contra su muslo.
Blanca contuvo el aliento. Gruñón no era alto, pero su pija... Dios santo, su pija parecía no pertenecer a ese cuerpo. Gruesa como su muñeca, larga como su antebrazo, la punta rosada brillaba con presemen, las venas azules marcando un camino de placer hacia la base.
—Santa madre de Dios —susurró Blanca, su conchita contrayéndose de pura anticipación—. Eso es... es...
—Es tuyo, princesa —gruñó Gruñón, agarrando su base y frotándola contra los labios húmedos de su entrada—. Y voy a reventarte con ella.
Sin más preámbulos, Gruñón empujó. Blanca gritó. No de dolor, sino de pura, absoluta plenitud. Gruñón era grueso, tan grueso que sintió cómo sus paredes vaginales se estiraban al máximo, cómo cada centímetro de aquella vara de carne entraba en ella, llenándola por completo, tocando fondo de una manera que jamás había experimentado.
—¡La puta madre, sí! —gritó Blanca, sus uñas clavándose en los hombros de Gruñón—. ¡Más duro! ¡Cógeme como la trola que soy!
Gruñón no necesitó más invitación. Comenzó a moverse con una cadencia brutal, cada embestida haciendo que la mesa chirriara contra el suelo de piedra. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la cabaña: plap, plap, plap, húmedo y obsceno.
—Miren cómo la princesa trola gime —dijo Feliz, sacudiendo su propia pija emergente—. Escuchen eso.
Blanca no podía contenerse. Gruñón golpeaba su cérvix con cada embestida, esa barriga dura frotándose contra su clítoris expuesto, enviando ondas de placer que la hacían ver estrellas. Su conchita depilada brillaba con su propia humedad, los labios rosados envolviendo aquella pija monstruosa, succionándola hacia dentro como si tuviera vida propia.
—Tu conchita está apretada, princesa —gruñó Gruñón, agarrando sus tetas y pellizcando con fuerza—. ¿Cuánto hace que no te cogen bien?
—Nunca... nunca así... —jadeó Blanca, arqueando la espalda—. ¡No pares! ¡Por favor, no pares!
Gruñón aceleró. Sus caderas se movían como pistón, una máquina de coger implacable. La mesa se movía, golpeaba contra la pared, los platos vibraban en los estantes. Los otros seis enanos se acercaron más, formando un anillo de carne palpitante alrededor de la escena, sus manos trabajando sus propias pijas con envidia y deseo.
—Me vine —gruñó Gruñón, su rostro contraído en una máscara de placer animal—. Te voy a llenar, princesa. Te voy a dejar rebosando.
—¡Sí! ¡Adentro! ¡Dame toda la leche! —suplicó Blanca, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo.
Gruñón rugió como una bestia. Su cuerpo se tensó, cada músculo visible bajo la piel, y Blanca sintió la primera descarga caliente dentro de ella. Gruñón pulsaba, una, dos, tres, cuatro... cada chorro llenándola, empapándola, el semen caliente escurriéndose alrededor de su pija aún enterrada, manchando sus muslos, goteando sobre la mesa de madera.
Blanca también explotó. Su orgasmo la tomó con la fuerza de una tormenta, sus paredes contrayéndose alrededor de aquella pija palpitante, succionando cada gota de semen, su cuerpo convulsionando en espasmos incontrolables.
—¡Dios, sí, sí, sí! —chilló, su cabeza echada hacia atrás, su cabello negro formando un halo salvaje.
Gruñón se quedó dentro de ella hasta que ambos dejaron de temblar. Lentamente, se retiró, su pija aún semidura saliendo con un sonido húmedo y obsceno. De inmediato, un chorro de semen mezclado con sus propios jugos comenzó a escapar de su conchita abierta, goteando sobre la mesa, creando un charco de lujuria debajo de ella.
Blanca estaba jadeando, su pecho subiendo y bajando, sus mejillas sonrojadas, sus ojos vidriosos de satisfacción. Pero cuando miró alrededor y vio a los otros seis enanos, pijas en mano, mirándola con hambre de lobos, sonrió.
—¿Quién sigue? —preguntó, pasando un dedo por su entrada chorreante y llevándoselo a la boca—. Todavía tengo seis agujeros más que llenar.
Misifú dio un paso adelante, su pija curvándose hacia arriba con una erección que parecía dolorosa.
—Yo —dijo con voz temblorosa—. Pero quiero probarte primero. Quiero saborear lo que él dejó dentro de tu conchita.
Blanca se recostó más, abriendo sus piernas aún más, ofreciendo su conchita empapada y chorreante.
—Ven a comer, gatito —susurró—. La cena está servida.
La cabaña olía a madera quemada, cerveza rancia y algo más... testosterona acumulada durante meses de sequía. Siete pares de ojos devoraban a Blanca mientras ella se paraba en el centro de la habitación, completamente desnuda, su piel nívea brillando bajo la luz parpadeante de las velas.
—Soy Gruñón —dijo el que había abierto la puerta, el más corpulento de todos, con barba rojiza y brazos gruesos como troncos—. Estos son Misifú, Tímido, Estornudo, Dormilón, Feliz y... —señaló al último, un enano con mirada particularmente hambrienta—. Ese es Mocoso. No preguntes por qué.
Blanca sonrió, sus manos paseándose por sus propios pechos, pellizcando sus pezones hasta ponerlos duros como guijarros.
—No me importan sus nombres —susurró, acercándose a Gruñón, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo—. Solo me importa lo que tienen entre las piernas.
Gruñón soltó una carcajada ronca.
—Directa al grano. Me gusta.
La agarró de la cintura con una mano que casi la envolvía por completo y la sentó sobre la mesa de madera maciza. Los otros seis se agruparon alrededor, formando un círculo de expectación, sus manos ya bajando a sus propias entrepiernas.
—Se vas a quedar con las ganas de ver esto —dijo Gruñón a los demás, agarrando las rodillas de Blanca y abriéndolas con fuerza—. El primero es mío.
Blanca jadeó cuando su espalda tocó la madera fría. Gruñón se interpuso entre sus piernas, su altura perfecta para lo que venía. Desabrochó sus pantalones de cuero y su miembro emergió con un bofetón sonoro contra su muslo.
Blanca contuvo el aliento. Gruñón no era alto, pero su pija... Dios santo, su pija parecía no pertenecer a ese cuerpo. Gruesa como su muñeca, larga como su antebrazo, la punta rosada brillaba con presemen, las venas azules marcando un camino de placer hacia la base.
—Santa madre de Dios —susurró Blanca, su conchita contrayéndose de pura anticipación—. Eso es... es...
—Es tuyo, princesa —gruñó Gruñón, agarrando su base y frotándola contra los labios húmedos de su entrada—. Y voy a reventarte con ella.
Sin más preámbulos, Gruñón empujó. Blanca gritó. No de dolor, sino de pura, absoluta plenitud. Gruñón era grueso, tan grueso que sintió cómo sus paredes vaginales se estiraban al máximo, cómo cada centímetro de aquella vara de carne entraba en ella, llenándola por completo, tocando fondo de una manera que jamás había experimentado.
—¡La puta madre, sí! —gritó Blanca, sus uñas clavándose en los hombros de Gruñón—. ¡Más duro! ¡Cógeme como la trola que soy!
Gruñón no necesitó más invitación. Comenzó a moverse con una cadencia brutal, cada embestida haciendo que la mesa chirriara contra el suelo de piedra. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la cabaña: plap, plap, plap, húmedo y obsceno.
—Miren cómo la princesa trola gime —dijo Feliz, sacudiendo su propia pija emergente—. Escuchen eso.
Blanca no podía contenerse. Gruñón golpeaba su cérvix con cada embestida, esa barriga dura frotándose contra su clítoris expuesto, enviando ondas de placer que la hacían ver estrellas. Su conchita depilada brillaba con su propia humedad, los labios rosados envolviendo aquella pija monstruosa, succionándola hacia dentro como si tuviera vida propia.
—Tu conchita está apretada, princesa —gruñó Gruñón, agarrando sus tetas y pellizcando con fuerza—. ¿Cuánto hace que no te cogen bien?
—Nunca... nunca así... —jadeó Blanca, arqueando la espalda—. ¡No pares! ¡Por favor, no pares!
Gruñón aceleró. Sus caderas se movían como pistón, una máquina de coger implacable. La mesa se movía, golpeaba contra la pared, los platos vibraban en los estantes. Los otros seis enanos se acercaron más, formando un anillo de carne palpitante alrededor de la escena, sus manos trabajando sus propias pijas con envidia y deseo.
—Me vine —gruñó Gruñón, su rostro contraído en una máscara de placer animal—. Te voy a llenar, princesa. Te voy a dejar rebosando.
—¡Sí! ¡Adentro! ¡Dame toda la leche! —suplicó Blanca, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo.
Gruñón rugió como una bestia. Su cuerpo se tensó, cada músculo visible bajo la piel, y Blanca sintió la primera descarga caliente dentro de ella. Gruñón pulsaba, una, dos, tres, cuatro... cada chorro llenándola, empapándola, el semen caliente escurriéndose alrededor de su pija aún enterrada, manchando sus muslos, goteando sobre la mesa de madera.
Blanca también explotó. Su orgasmo la tomó con la fuerza de una tormenta, sus paredes contrayéndose alrededor de aquella pija palpitante, succionando cada gota de semen, su cuerpo convulsionando en espasmos incontrolables.
—¡Dios, sí, sí, sí! —chilló, su cabeza echada hacia atrás, su cabello negro formando un halo salvaje.
Gruñón se quedó dentro de ella hasta que ambos dejaron de temblar. Lentamente, se retiró, su pija aún semidura saliendo con un sonido húmedo y obsceno. De inmediato, un chorro de semen mezclado con sus propios jugos comenzó a escapar de su conchita abierta, goteando sobre la mesa, creando un charco de lujuria debajo de ella.
Blanca estaba jadeando, su pecho subiendo y bajando, sus mejillas sonrojadas, sus ojos vidriosos de satisfacción. Pero cuando miró alrededor y vio a los otros seis enanos, pijas en mano, mirándola con hambre de lobos, sonrió.
—¿Quién sigue? —preguntó, pasando un dedo por su entrada chorreante y llevándoselo a la boca—. Todavía tengo seis agujeros más que llenar.
Misifú dio un paso adelante, su pija curvándose hacia arriba con una erección que parecía dolorosa.
—Yo —dijo con voz temblorosa—. Pero quiero probarte primero. Quiero saborear lo que él dejó dentro de tu conchita.
Blanca se recostó más, abriendo sus piernas aún más, ofreciendo su conchita empapada y chorreante.
—Ven a comer, gatito —susurró—. La cena está servida.
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