El aire en la sala de espera olía a lavanda artificial y a un silencio sepulcral que me apretaba la garganta. Mis manos, húmedas y temblorosas, no dejaban de jugar con el dobladillo de mi camisa, la cual se sentía demasiado ajustada sobre mi vientre. Me sentía expuesto, aunque estuviera vestido. La vergüenza era un peso físico, una masa densa que me hundía en el asiento de cuero sintético. Había llegado al límite. Mi adicción al porno gay ya no era un pasatiempo secreto; era un agujero negro que consumía mis horas, mi energía y mi autoestima. Necesitaba ayuda, y el doctor Juan era la última esperanza que me quedaba.
Cuando la puerta se abrió, el mundo pareció detenerse. Juan no se parecía a ningún psicólogo que yo hubiera imaginado. Era un muro de músculos envuelto en un traje gris hecho a medida que apenas contenía la potencia de sus hombros y su pecho. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado hacia atrás y sus ojos verdes me escrutaron con una intensidad depredadora, una mirada que no buscaba comprenderme, sino diseccionarme.
"Adelante, Edu. Pasa y toma asiento", dijo con una voz profunda, un barítono que vibró en mi pecho.
Entré en el consultorio. El espacio era minimalista, con un diván de terciopelo oscuro y una iluminación tenue que creaba sombras alargadas en las esquinas. Me senté en el borde del asiento, encogiéndome, tratando de ocupar el menor espacio posible con mi cuerpo gordo y torpe.
"Cuéntame sobre tu problema", ordenó Juan, sentándose frente a mí y cruzando sus piernas atléticas.
"Yo... no puedo parar, doctor", balbuceé, evitando su mirada. "Paso horas viendo videos. Me siento sucio, vacío. Siento que mi mente está rota".
Juan se inclinó hacia adelante. Pude oler su perfume, una mezcla de madera y cuero que me mareó ligeramente.
"La voluntad es un músculo, Edu. Y el tuyo está atrofiado. Para curarte, necesito que entregues el control total de tu mente a alguien que sepa cómo manejarla. ¿Estás dispuesto a hacer lo que sea para sanar?"
"Sí, lo que sea", respondí, hipnotizado por el verde de sus ojos.
Juan sacó un pequeño péndulo de metal de su escritorio y comenzó a balancearlo rítmicamente frente a mi rostro. El brillo del metal capturó mi atención, moviéndose de izquierda a derecha, izquierda a derecha.
"Mira el metal, Edu. Olvida el ruido del exterior. Olvida tu vergüenza. Solo escucha mi voz. Tu mente es una puerta y yo tengo la llave. Cuando cuente hasta tres, entrarás en un estado de obediencia absoluta. Uno... tus párpados pesan. Dos... tu voluntad se desvanece. Tres".
Un chasquido de sus dedos resonó en la habitación como un disparo. De repente, el mundo se volvió borroso, excepto Juan. Él era ahora el único centro de gravedad. Me sentía flotando, despojado de cualquier capacidad de juicio. Mi cuerpo respondía a sus palabras antes incluso de que terminara de pronunciarlas.
"Ahora, quítate la ropa. Todo. Quiero ver la insignificancia de tu cuerpo frente al mío", ordenó con un tono gélido.
Mis manos se movieron mecánicamente. Me desabroché la camisa, dejándola caer al suelo. Me bajé los pantalones y la ropa interior. Me quedé allí, desnudo y tembloroso, con la panza colgando y mi pene pequeño y retraído, encogido por la sumisión. Me sentía patético, una masa de carne blanda expuesta a la mirada crítica de aquel dios griego.
Juan se puso de pie lentamente. Se despojó de su traje con una elegancia letal. Cuando se bajó los pantalones, el aire se escapó de mis pulmones. Su verga era un monstruo, una columna de carne rubia y venosa que medía unos veinticuatro centímetros, palpitando con una erección feroz. Sus testículos, pesados y firmes, colgaban debajo de un glande ancho y brillante que goteaba un hilo de preseminal.
"Mira esto, Edu. Mira la diferencia entre un hombre y una cosa. Tú eres una cosa. Mi cosa", sentenció Juan, caminando hacia mí.
Me obligó a arrodillarme. El frío del suelo contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo. Juan agarró mi cabello, tirando hacia atrás para que mirara hacia arriba, exponiendo mi garganta.
Abrí la boca, ansioso. El olor a sexo me inundó. Envolví la cabeza de su pene con mis labios, sintiendo la textura rugosa y caliente. Juan no fue gentil. Empujó su miembro hacia adentro con un movimiento brusco, obligándome a tragar. Sentí la punta de su verga golpear la pared de mi garganta, provocándome una arcada violenta.
"Trágatelo todo, gordo. No te atrevas a escupir", gruñó él, mientras empezaba a embestir mi boca con fuerza.
El sonido era asqueroso y excitante: el chapoteo de la saliva mezclándose con el preseminal, el ruido sordo de sus huevos golpeando mi barbilla. Me ahogaba, mis ojos lagrimeaban y el aire me faltaba, pero la sensación de ser poseído por aquel órgano masivo era la droga más potente que jamás había probado. Juan aceleró el ritmo, sus caderas golpeando mi cara con violencia, llenándome la boca hasta que no quedó espacio para nada más que él.
"Voy a llenarte de mi leche, puta", sentenció Juan.
Sentí la contracción de sus músculos. De repente, un chorro caliente y espeso disparó contra el fondo de mi garganta. El sabor era salado, metálico. Juan siguió bombeando, eyaculando ráfagas violentas de semen que me obligaron a tragar compulsivamente para no asfixiarme. Cuando terminó, retiró su verga con un sonido húmedo, dejando un rastro de baba y leche blanca colgando de mis labios.
"Dilo", ordenó Juan, mirándome desde arriba. "Dime quién eres".
"Soy... soy su puta", sollocé, sintiendo una devoción oscura nacer en mis entrañas. "Soy la puta de Juan".
"Bien. Ahora, vuelve", dijo Juan, chasqueando los dedos nuevamente.
El velo cayó. Parpadeé, confundido, con el sabor del semen todavía quemando mi garganta y mi desnudez exponiéndome al frío. Juan ya estaba vestido, sentado tranquilamente en su silla, como si nada hubiera pasado.
"La sesión ha terminado, Edu. Tienes una tarea para la semana: prohibido masturbarse. Ni una sola vez. Si lo haces, el tratamiento fallará. Nos vemos en siete días".
Salí del consultorio en trance. Durante esa semana, el deseo se convirtió en una tortura. Cada vez que veía una imagen en mi teléfono, recordaba la voz de Juan y la sensación de su verga en mi garganta. Me costaba dormir; sentía que mi cuerpo vibraba, que mi pene pequeño palpitaba con una necesidad desesperada. Pero la expectativa de volver a verlo, de curarme, de ser sometido nuevamente, era lo único que me mantenía cuerdo.
La segunda sesión comenzó con el mismo ritual, pero esta vez, la anticipación hacía que mis manos temblaran más. Apenas me senté, Juan ya tenía el péndulo en la mano.
"Mira el metal, Edu. Más profundo esta vez. Olvida que tienes voluntad. Solo existes para servirme".
El chasquido ocurrió y me hundí en el abismo de la obediencia. Esta vez, Juan no perdió el tiempo.
"Desnúdate. Ahora".
Me despojé de la ropa rápidamente, sintiendo el aire frío golpear mi piel. Juan se desvistió con la misma parsimonia, revelando nuevamente aquel miembro colosal que parecía haber crecido en mi imaginación. Me obligó a arrodillarme y a darle sexo oral, pero esta vez fue más cruel. Me obligó a succionar cada vena, a lamer sus huevos con una devoción religiosa mientras él me humillaba, llamándome cerdo, gordo, desperdicio de espacio.
Cuando terminó de eyacular en mi boca, Juan no me dejó levantarme.
"Hoy vamos a explorar tus límites, Edu", dijo con una sonrisa gélida.
Me llevó hacia el diván y me obligó a tumbarme boca abajo. Sentí el roce de cuerdas ásperas contra mis muñecas y tobillos. Juan me ató con fuerza, extendiendo mis extremidades hasta que quedé totalmente vulnerable, con el culo al aire y la espalda arqueada. Luego, sacó un bozal de cuero negro. Lo ajustó apretadamente alrededor de mi mandíbula, silenciando mis gemidos y reduciendo mis sonidos a gruñidos ahogados y desesperados.
"Ahora vas a aprender el precio de tu adicción", sentenció Juan.
El primer azote cayó como un rayo sobre mi nalga izquierda. El sonido fue un estallido seco que resonó en toda la habitación. Solté un grito sordo detrás del bozal, sintiendo cómo la piel se encendía en un fuego abrasador.
"¡Esto es por cada video que viste!", gritó Juan, descargando otro golpe en la nalga derecha.
El dolor era agudo, eléctrico, pero se mezclaba con una excitación prohibida. Juan no se detuvo. Los azotes continuaron, rítmicos y brutales, dejando mis glúteos rojos y congestionados. Podía sentir el calor emanando de mi piel, el latido de mi sangre pulsando en cada golpe. Me retorcía contra las cuerdas, sudando, jadeando a través del cuero del bozal, mientras Juan se masturbaba frente a mí, observando mi sufrimiento y mi placer.
Su verga se movía rápidamente en su mano, el sonido de la fricción llenando el silencio entre azote y azote. Cuando llegó al clímax, Juan se posicionó sobre mí.
"Mira cómo te uso, puta", gruñó.
Disparó su semen sobre mi espalda y mis nalgadas. La leche caliente se deslizaba por mi piel irritada, creando un contraste térmico que me hizo estremecer. Me sentía roto, humillado y completamente poseído.
"Soy suyo... soy la puta de Juan", repetí mentalmente, mientras él me desataba y me liberaba del bozal.
"Vuelve", chasqueó Juan.
Al despertar del hipnotismo, me sentía exhausto pero extrañamente en paz. La adicción al porno parecía haber retrocedido, pero en su lugar, un hambre nueva y más voraz había echado raíces. Ya no quería imágenes en una pantalla; quería la carne de Juan. Quería que me rompiera, que me llenara, que me hiciera desaparecer dentro de él.
Durante la semana siguiente, me sentí curado. Ya no sentía la necesidad de masturbarme. La tensión acumulada en mis testículos era una presión constante, un anhelo que me hacía caminar con dificultad. Mi mente estaba obsesionada con la idea de ser follado. Imaginaba la verga de Juan desgarrando mi entrada, llenando cada rincón de mi interior. La expectativa se volvió una tortura exquisita.
Llegó el día de la tercera sesión. Ni siquiera esperé a que Juan me saludara. Apenas crucé el umbral de la puerta y cerré el cerrojo, comencé a desvestirme con una urgencia frenética. Dejé que mi ropa cayera en un montón desordenado en el suelo, quedando desnudo y expuesto, con el culo ligeramente hacia atrás, ofreciéndome a él sin que mediara palabra ni péndulo.
Juan me miró con una expresión de triunfo. No hubo hipnosis esta vez; el condicionamiento estaba completo.
"Así que ya sabes cuál es tu lugar, ¿eh, cerdo?", dijo Juan, acercándose a mí.
Sin previo aviso, me soltó una bofetada sonora que me giró la cabeza. Luego, comenzó a darme nalgadas fuertes, con la palma de su mano abierta, haciendo que mi carne gorda vibrara con cada impacto.
"Me tienes ganas, ¿verdad? Quieres que te follen", se burló Juan mientras me empujaba hacia el diván.
Juan se desnudó rápidamente. Su verga estaba ya en máxima erección, una lanza de carne que parecía pulsar con una vida propia. Me obligó a arrodillarme una vez más. Me lanzó su miembro a la boca y lo empujé profundamente. Me ahogué, mis ojos se pusieron en blanco mientras sentía la punta de su verga golpear mi garganta una y otra vez. El sabor era el mismo, pero el hambre era mayor. Succioné con desesperación, queriendo absorber toda su esencia.
"Basta", ordenó Juan, apartándome bruscamente. "Ponete en cuatro sobre el diván. Ahora".
Me puse en posición, apoyando los codos en el terciopelo, elevando mi culo hacia él. Juan sacó un bote de lubricante y vertió una cantidad generosa sobre mi ano. Sentí el frío del gel y luego el calor de sus dedos.
Juan comenzó a dilatarme. Introdujo el primer dedo con un empuje seco. Gemí, sintiendo cómo mi esfínter se resistía antes de ceder. Luego entró el segundo, luego el tercero. El sonido era un squelching húmedo, el roce de la piel lubricada contra la mucosa interna. Cuando introdujo el cuarto dedo, sentí que me abría, que estaba siendo preparado para algo masivo.
"Estás tan apretado... vas a suplicar que te rompa", susurró Juan en mi oído.
De repente, sentí la cabeza de su verga presionando mi entrada. No hubo preámbulo. Juan empujó con toda su fuerza, penetrándome de un solo golpe.
Un grito desgarrador escapó de mis labios. Sentí que mis entrañas se desplazaban, que el espacio interno de mi recto era insuficiente para esos veinticuatro centímetros de músculo duro. El dolor fue un flash blanco, seguido inmediatamente por una ola de placer tan intensa que casi pierdo el conocimiento.
"¡Ahhh! ¡Juan! ¡Lléname! ¡Rómpeme!", grité, clavando las uñas en el diván.
Juan comenzó a follarme con una rudeza animal. Cada embestida era un impacto que sacudía todo mi cuerpo. El sonido de sus huevos golpeando mis nalgadas era como un tambor húmedo: shlick, slap, shlick, slap. Podía sentir cómo su verga rozaba mi próstata en cada entrada, enviando descargas eléctricas directamente a mi cerebro. Juan aumentó la intensidad, sus movimientos se volvieron frenéticos, sus manos apretando mis caderas con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas.
"¡Eres una puta gorda y asquerosa! ¡Mira cómo te abro!", gritaba Juan, mientras sus embestidas se volvían más profundas, más violentas.
Yo estaba en un estado de éxtasis absoluto. El dolor y el placer se habían fusionado en una sola sensación. Sentía que mi cuerpo se deshacía, que ya no era Edu, sino simplemente un recipiente para el placer de Juan. La fricción generaba un calor insoportable, y el sonido de nuestros fluidos mezclándose era la única música que importaba.
De repente, Juan soltó un rugido y dio una última embestida devastadora, enterrándose hasta la raíz. Sentí la explosión de su semen caliente inundando mi interior. Fue una descarga masiva, un chorro que llenó mi recto y siguió bombeando durante segundos que parecieron eternos.
En ese mismo instante, la tensión de semanas estalló en mí. Sin siquiera tocarme, el simple hecho de ser llenado por Juan provocó que mi propio pene pequeño disparara una cantidad increíble de semen. Eyaculé con una fuerza que no sabía que poseía, manchando el diván y mis propias piernas, liberando todo el deseo acumulado en un orgasmo que me dejó temblando y sin aire.
Juan se retiró lentamente, dejando que su verga deslizara fuera de mí con un sonido succionador. Quedé allí, desplomado, con el semen de Juan goteando de mi ano.
"Limpia todo, puta. Usa la lengua. No quiero que quede una gota de mi leche en este diván", ordenó Juan con frialdad.
Me arrastré sobre el terciopelo, lamiendo el semen blanco y espeso que se había desparramado. El sabor salado me recordó mi posición: yo era el perro de Juan, su juguete, su esclavo.
Sin embargo, Juan no había terminado. Su verga, lejos de amainar, volvió a erguirse con una fuerza renovada. Se sentó en el diván y me miró con superioridad.
"Súbete. Cabálgame".
Me posicioné sobre él, bajando lentamente mi peso sobre su miembro. Sentí cómo volvía a entrar en mí, llenándome nuevamente. Comencé a subir y bajar, sintiendo el peso de mi vientre balanceándose sobre él. Juan aprovechó la posición para darme nalgadas sonoras mientras yo gemía, sintiendo cómo su verga golpeaba mi fondo una y otra vez. El ritmo era más lento ahora, más tortuoso, disfrutando de cada centímetro de fricción.
"Me encantas cuando te sientes así de pesado sobre mí, cerdo", dijo Juan, apretando mis glúteos.
Justo antes de llegar al clímax final, Juan me agarró por los hombros y me tiró violentamente al suelo. Caí con un golpe seco, quedando tendido y jadeante. Juan se posicionó sobre mi rostro y, con un último espasmo de placer, eyaculó directamente sobre mis ojos y mi boca.
El semen caliente me cegó momentáneamente, cubriendo mi cara en una máscara blanca y viscosa. Me quedé allí, mirando al techo, sintiendo el aroma a sexo impregnando todo el aire.
La sesión terminó. Me vestí en silencio, sintiendo el vacío en mi interior que solo Juan podía llenar. Al salir del consultorio, me di cuenta de que ya no sentía la necesidad de buscar pornografía en mi teléfono. La adicción a las imágenes había desaparecido, pero había sido reemplazada por algo mucho más peligroso y profundo. Ahora estaba adicto a la humillación, al dolor y a la posesión absoluta de Juan. Había cambiado una cadena invisible por una de hierro, y lo peor de todo era que no quería que nadie me liberara.
Cuando la puerta se abrió, el mundo pareció detenerse. Juan no se parecía a ningún psicólogo que yo hubiera imaginado. Era un muro de músculos envuelto en un traje gris hecho a medida que apenas contenía la potencia de sus hombros y su pecho. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado hacia atrás y sus ojos verdes me escrutaron con una intensidad depredadora, una mirada que no buscaba comprenderme, sino diseccionarme.
"Adelante, Edu. Pasa y toma asiento", dijo con una voz profunda, un barítono que vibró en mi pecho.
Entré en el consultorio. El espacio era minimalista, con un diván de terciopelo oscuro y una iluminación tenue que creaba sombras alargadas en las esquinas. Me senté en el borde del asiento, encogiéndome, tratando de ocupar el menor espacio posible con mi cuerpo gordo y torpe.
"Cuéntame sobre tu problema", ordenó Juan, sentándose frente a mí y cruzando sus piernas atléticas.
"Yo... no puedo parar, doctor", balbuceé, evitando su mirada. "Paso horas viendo videos. Me siento sucio, vacío. Siento que mi mente está rota".
Juan se inclinó hacia adelante. Pude oler su perfume, una mezcla de madera y cuero que me mareó ligeramente.
"La voluntad es un músculo, Edu. Y el tuyo está atrofiado. Para curarte, necesito que entregues el control total de tu mente a alguien que sepa cómo manejarla. ¿Estás dispuesto a hacer lo que sea para sanar?"
"Sí, lo que sea", respondí, hipnotizado por el verde de sus ojos.
Juan sacó un pequeño péndulo de metal de su escritorio y comenzó a balancearlo rítmicamente frente a mi rostro. El brillo del metal capturó mi atención, moviéndose de izquierda a derecha, izquierda a derecha.
"Mira el metal, Edu. Olvida el ruido del exterior. Olvida tu vergüenza. Solo escucha mi voz. Tu mente es una puerta y yo tengo la llave. Cuando cuente hasta tres, entrarás en un estado de obediencia absoluta. Uno... tus párpados pesan. Dos... tu voluntad se desvanece. Tres".
Un chasquido de sus dedos resonó en la habitación como un disparo. De repente, el mundo se volvió borroso, excepto Juan. Él era ahora el único centro de gravedad. Me sentía flotando, despojado de cualquier capacidad de juicio. Mi cuerpo respondía a sus palabras antes incluso de que terminara de pronunciarlas.
"Ahora, quítate la ropa. Todo. Quiero ver la insignificancia de tu cuerpo frente al mío", ordenó con un tono gélido.
Mis manos se movieron mecánicamente. Me desabroché la camisa, dejándola caer al suelo. Me bajé los pantalones y la ropa interior. Me quedé allí, desnudo y tembloroso, con la panza colgando y mi pene pequeño y retraído, encogido por la sumisión. Me sentía patético, una masa de carne blanda expuesta a la mirada crítica de aquel dios griego.
Juan se puso de pie lentamente. Se despojó de su traje con una elegancia letal. Cuando se bajó los pantalones, el aire se escapó de mis pulmones. Su verga era un monstruo, una columna de carne rubia y venosa que medía unos veinticuatro centímetros, palpitando con una erección feroz. Sus testículos, pesados y firmes, colgaban debajo de un glande ancho y brillante que goteaba un hilo de preseminal.
"Mira esto, Edu. Mira la diferencia entre un hombre y una cosa. Tú eres una cosa. Mi cosa", sentenció Juan, caminando hacia mí.
Me obligó a arrodillarme. El frío del suelo contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo. Juan agarró mi cabello, tirando hacia atrás para que mirara hacia arriba, exponiendo mi garganta.
Abrí la boca, ansioso. El olor a sexo me inundó. Envolví la cabeza de su pene con mis labios, sintiendo la textura rugosa y caliente. Juan no fue gentil. Empujó su miembro hacia adentro con un movimiento brusco, obligándome a tragar. Sentí la punta de su verga golpear la pared de mi garganta, provocándome una arcada violenta.
"Trágatelo todo, gordo. No te atrevas a escupir", gruñó él, mientras empezaba a embestir mi boca con fuerza.
El sonido era asqueroso y excitante: el chapoteo de la saliva mezclándose con el preseminal, el ruido sordo de sus huevos golpeando mi barbilla. Me ahogaba, mis ojos lagrimeaban y el aire me faltaba, pero la sensación de ser poseído por aquel órgano masivo era la droga más potente que jamás había probado. Juan aceleró el ritmo, sus caderas golpeando mi cara con violencia, llenándome la boca hasta que no quedó espacio para nada más que él.
"Voy a llenarte de mi leche, puta", sentenció Juan.
Sentí la contracción de sus músculos. De repente, un chorro caliente y espeso disparó contra el fondo de mi garganta. El sabor era salado, metálico. Juan siguió bombeando, eyaculando ráfagas violentas de semen que me obligaron a tragar compulsivamente para no asfixiarme. Cuando terminó, retiró su verga con un sonido húmedo, dejando un rastro de baba y leche blanca colgando de mis labios.
"Dilo", ordenó Juan, mirándome desde arriba. "Dime quién eres".
"Soy... soy su puta", sollocé, sintiendo una devoción oscura nacer en mis entrañas. "Soy la puta de Juan".
"Bien. Ahora, vuelve", dijo Juan, chasqueando los dedos nuevamente.
El velo cayó. Parpadeé, confundido, con el sabor del semen todavía quemando mi garganta y mi desnudez exponiéndome al frío. Juan ya estaba vestido, sentado tranquilamente en su silla, como si nada hubiera pasado.
"La sesión ha terminado, Edu. Tienes una tarea para la semana: prohibido masturbarse. Ni una sola vez. Si lo haces, el tratamiento fallará. Nos vemos en siete días".
Salí del consultorio en trance. Durante esa semana, el deseo se convirtió en una tortura. Cada vez que veía una imagen en mi teléfono, recordaba la voz de Juan y la sensación de su verga en mi garganta. Me costaba dormir; sentía que mi cuerpo vibraba, que mi pene pequeño palpitaba con una necesidad desesperada. Pero la expectativa de volver a verlo, de curarme, de ser sometido nuevamente, era lo único que me mantenía cuerdo.
La segunda sesión comenzó con el mismo ritual, pero esta vez, la anticipación hacía que mis manos temblaran más. Apenas me senté, Juan ya tenía el péndulo en la mano.
"Mira el metal, Edu. Más profundo esta vez. Olvida que tienes voluntad. Solo existes para servirme".
El chasquido ocurrió y me hundí en el abismo de la obediencia. Esta vez, Juan no perdió el tiempo.
"Desnúdate. Ahora".
Me despojé de la ropa rápidamente, sintiendo el aire frío golpear mi piel. Juan se desvistió con la misma parsimonia, revelando nuevamente aquel miembro colosal que parecía haber crecido en mi imaginación. Me obligó a arrodillarme y a darle sexo oral, pero esta vez fue más cruel. Me obligó a succionar cada vena, a lamer sus huevos con una devoción religiosa mientras él me humillaba, llamándome cerdo, gordo, desperdicio de espacio.
Cuando terminó de eyacular en mi boca, Juan no me dejó levantarme.
"Hoy vamos a explorar tus límites, Edu", dijo con una sonrisa gélida.
Me llevó hacia el diván y me obligó a tumbarme boca abajo. Sentí el roce de cuerdas ásperas contra mis muñecas y tobillos. Juan me ató con fuerza, extendiendo mis extremidades hasta que quedé totalmente vulnerable, con el culo al aire y la espalda arqueada. Luego, sacó un bozal de cuero negro. Lo ajustó apretadamente alrededor de mi mandíbula, silenciando mis gemidos y reduciendo mis sonidos a gruñidos ahogados y desesperados.
"Ahora vas a aprender el precio de tu adicción", sentenció Juan.
El primer azote cayó como un rayo sobre mi nalga izquierda. El sonido fue un estallido seco que resonó en toda la habitación. Solté un grito sordo detrás del bozal, sintiendo cómo la piel se encendía en un fuego abrasador.
"¡Esto es por cada video que viste!", gritó Juan, descargando otro golpe en la nalga derecha.
El dolor era agudo, eléctrico, pero se mezclaba con una excitación prohibida. Juan no se detuvo. Los azotes continuaron, rítmicos y brutales, dejando mis glúteos rojos y congestionados. Podía sentir el calor emanando de mi piel, el latido de mi sangre pulsando en cada golpe. Me retorcía contra las cuerdas, sudando, jadeando a través del cuero del bozal, mientras Juan se masturbaba frente a mí, observando mi sufrimiento y mi placer.
Su verga se movía rápidamente en su mano, el sonido de la fricción llenando el silencio entre azote y azote. Cuando llegó al clímax, Juan se posicionó sobre mí.
"Mira cómo te uso, puta", gruñó.
Disparó su semen sobre mi espalda y mis nalgadas. La leche caliente se deslizaba por mi piel irritada, creando un contraste térmico que me hizo estremecer. Me sentía roto, humillado y completamente poseído.
"Soy suyo... soy la puta de Juan", repetí mentalmente, mientras él me desataba y me liberaba del bozal.
"Vuelve", chasqueó Juan.
Al despertar del hipnotismo, me sentía exhausto pero extrañamente en paz. La adicción al porno parecía haber retrocedido, pero en su lugar, un hambre nueva y más voraz había echado raíces. Ya no quería imágenes en una pantalla; quería la carne de Juan. Quería que me rompiera, que me llenara, que me hiciera desaparecer dentro de él.
Durante la semana siguiente, me sentí curado. Ya no sentía la necesidad de masturbarme. La tensión acumulada en mis testículos era una presión constante, un anhelo que me hacía caminar con dificultad. Mi mente estaba obsesionada con la idea de ser follado. Imaginaba la verga de Juan desgarrando mi entrada, llenando cada rincón de mi interior. La expectativa se volvió una tortura exquisita.
Llegó el día de la tercera sesión. Ni siquiera esperé a que Juan me saludara. Apenas crucé el umbral de la puerta y cerré el cerrojo, comencé a desvestirme con una urgencia frenética. Dejé que mi ropa cayera en un montón desordenado en el suelo, quedando desnudo y expuesto, con el culo ligeramente hacia atrás, ofreciéndome a él sin que mediara palabra ni péndulo.
Juan me miró con una expresión de triunfo. No hubo hipnosis esta vez; el condicionamiento estaba completo.
"Así que ya sabes cuál es tu lugar, ¿eh, cerdo?", dijo Juan, acercándose a mí.
Sin previo aviso, me soltó una bofetada sonora que me giró la cabeza. Luego, comenzó a darme nalgadas fuertes, con la palma de su mano abierta, haciendo que mi carne gorda vibrara con cada impacto.
"Me tienes ganas, ¿verdad? Quieres que te follen", se burló Juan mientras me empujaba hacia el diván.
Juan se desnudó rápidamente. Su verga estaba ya en máxima erección, una lanza de carne que parecía pulsar con una vida propia. Me obligó a arrodillarme una vez más. Me lanzó su miembro a la boca y lo empujé profundamente. Me ahogué, mis ojos se pusieron en blanco mientras sentía la punta de su verga golpear mi garganta una y otra vez. El sabor era el mismo, pero el hambre era mayor. Succioné con desesperación, queriendo absorber toda su esencia.
"Basta", ordenó Juan, apartándome bruscamente. "Ponete en cuatro sobre el diván. Ahora".
Me puse en posición, apoyando los codos en el terciopelo, elevando mi culo hacia él. Juan sacó un bote de lubricante y vertió una cantidad generosa sobre mi ano. Sentí el frío del gel y luego el calor de sus dedos.
Juan comenzó a dilatarme. Introdujo el primer dedo con un empuje seco. Gemí, sintiendo cómo mi esfínter se resistía antes de ceder. Luego entró el segundo, luego el tercero. El sonido era un squelching húmedo, el roce de la piel lubricada contra la mucosa interna. Cuando introdujo el cuarto dedo, sentí que me abría, que estaba siendo preparado para algo masivo.
"Estás tan apretado... vas a suplicar que te rompa", susurró Juan en mi oído.
De repente, sentí la cabeza de su verga presionando mi entrada. No hubo preámbulo. Juan empujó con toda su fuerza, penetrándome de un solo golpe.
Un grito desgarrador escapó de mis labios. Sentí que mis entrañas se desplazaban, que el espacio interno de mi recto era insuficiente para esos veinticuatro centímetros de músculo duro. El dolor fue un flash blanco, seguido inmediatamente por una ola de placer tan intensa que casi pierdo el conocimiento.
"¡Ahhh! ¡Juan! ¡Lléname! ¡Rómpeme!", grité, clavando las uñas en el diván.
Juan comenzó a follarme con una rudeza animal. Cada embestida era un impacto que sacudía todo mi cuerpo. El sonido de sus huevos golpeando mis nalgadas era como un tambor húmedo: shlick, slap, shlick, slap. Podía sentir cómo su verga rozaba mi próstata en cada entrada, enviando descargas eléctricas directamente a mi cerebro. Juan aumentó la intensidad, sus movimientos se volvieron frenéticos, sus manos apretando mis caderas con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas.
"¡Eres una puta gorda y asquerosa! ¡Mira cómo te abro!", gritaba Juan, mientras sus embestidas se volvían más profundas, más violentas.
Yo estaba en un estado de éxtasis absoluto. El dolor y el placer se habían fusionado en una sola sensación. Sentía que mi cuerpo se deshacía, que ya no era Edu, sino simplemente un recipiente para el placer de Juan. La fricción generaba un calor insoportable, y el sonido de nuestros fluidos mezclándose era la única música que importaba.
De repente, Juan soltó un rugido y dio una última embestida devastadora, enterrándose hasta la raíz. Sentí la explosión de su semen caliente inundando mi interior. Fue una descarga masiva, un chorro que llenó mi recto y siguió bombeando durante segundos que parecieron eternos.
En ese mismo instante, la tensión de semanas estalló en mí. Sin siquiera tocarme, el simple hecho de ser llenado por Juan provocó que mi propio pene pequeño disparara una cantidad increíble de semen. Eyaculé con una fuerza que no sabía que poseía, manchando el diván y mis propias piernas, liberando todo el deseo acumulado en un orgasmo que me dejó temblando y sin aire.
Juan se retiró lentamente, dejando que su verga deslizara fuera de mí con un sonido succionador. Quedé allí, desplomado, con el semen de Juan goteando de mi ano.
"Limpia todo, puta. Usa la lengua. No quiero que quede una gota de mi leche en este diván", ordenó Juan con frialdad.
Me arrastré sobre el terciopelo, lamiendo el semen blanco y espeso que se había desparramado. El sabor salado me recordó mi posición: yo era el perro de Juan, su juguete, su esclavo.
Sin embargo, Juan no había terminado. Su verga, lejos de amainar, volvió a erguirse con una fuerza renovada. Se sentó en el diván y me miró con superioridad.
"Súbete. Cabálgame".
Me posicioné sobre él, bajando lentamente mi peso sobre su miembro. Sentí cómo volvía a entrar en mí, llenándome nuevamente. Comencé a subir y bajar, sintiendo el peso de mi vientre balanceándose sobre él. Juan aprovechó la posición para darme nalgadas sonoras mientras yo gemía, sintiendo cómo su verga golpeaba mi fondo una y otra vez. El ritmo era más lento ahora, más tortuoso, disfrutando de cada centímetro de fricción.
"Me encantas cuando te sientes así de pesado sobre mí, cerdo", dijo Juan, apretando mis glúteos.
Justo antes de llegar al clímax final, Juan me agarró por los hombros y me tiró violentamente al suelo. Caí con un golpe seco, quedando tendido y jadeante. Juan se posicionó sobre mi rostro y, con un último espasmo de placer, eyaculó directamente sobre mis ojos y mi boca.
El semen caliente me cegó momentáneamente, cubriendo mi cara en una máscara blanca y viscosa. Me quedé allí, mirando al techo, sintiendo el aroma a sexo impregnando todo el aire.
La sesión terminó. Me vestí en silencio, sintiendo el vacío en mi interior que solo Juan podía llenar. Al salir del consultorio, me di cuenta de que ya no sentía la necesidad de buscar pornografía en mi teléfono. La adicción a las imágenes había desaparecido, pero había sido reemplazada por algo mucho más peligroso y profundo. Ahora estaba adicto a la humillación, al dolor y a la posesión absoluta de Juan. Había cambiado una cadena invisible por una de hierro, y lo peor de todo era que no quería que nadie me liberara.
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