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Mi hijo y sus amigos…

Capítulo 1
La casa siempre se sentía demasiado grande y demasiado silenciosa cuando Juan no estaba. Y últimamente, Juan nunca estaba. Su trabajo como consultor lo tenía viajando de norte a sur, dejando a Ana sola en ese enorme chalet de las afueras la mayor parte de la semana. A sus cuarenta años, Ana mantenía una figura envidiable: curvas firmes, unas tetas que seguían desafiando a la gravedad y un culo que robaba miradas cada vez que salía a correr en leggings por el vecindario. Ella lo sabía, y en el fondo, le gustaba.
Pero esa tarde, la soledad de la casa no se sentía vacía. Se sentía... observada.
Ana estaba en la cocina, vistiendo solo una bata de seda corta que apenas le cubría los muslos. Estaba de espaldas a la ventana que daba al jardín trasero, sirviéndose una copa de vino. De repente, el crujido de una rama la hizo tensarse. Se giró rápidamente, pero no vio nada más que las sombras del jardín. Sin embargo, una extraña vibración en el ambiente le erizó la piel.
En la planta alta, en la habitación de Emiliano, el ambiente era completamente distinto. El aire apestaba a hormonas, sudor y marihuana barata. Emiliano, de diecisiete años, estaba sentado frente a su computadora junto a sus dos mejores amigos: Leo, un chico alto y cínico que siempre vestía de negro, y Mateo, el típico nerd obsesivo de la tecnología.
—Te lo digo yo, imbécil, muévela un poco a la izquierda —susurró Leo, empujando el hombro de Mateo. —Cállate, nos van a descubrir —masco Mateo, ajustando los controles de un pequeño software en su pantalla.
En el monitor, la imagen se aclaró. Habían instalado una cámara espía minúscula, camuflada en una de las luces del porche trasero, apuntando directamente al ventanal de la cocina. En la pantalla, Ana apareció en primer plano. La bata de seda se le había abierto ligeramente con el movimiento, dejando ver el encaje negro de su sostén y el generoso escote de sus tetas.
Los tres adolescentes se quedaron mudos, conteniendo el aliento. Emiliano tragó saliva, atrapado entre la culpa enferma de estar espiando a su propia madre y la morbosa adrenalina de la situación.
—Dios santo, Emiliano... tu vieja es una puta obra de arte —susurró Leo, con los ojos clavados en la pantalla, llevándose inconscientemente una mano al pantalón—. Mira qué culo tiene cuando se agacha.
—Es mi mamá, idiota, cállate —dijo Emiliano, aunque no apartó la mirada. El morbo del grupo ya había cruzado una línea de no retorno.
Abajo, Ana sintió una punzada de incomodidad tan real que decidió llamar a Juan. Necesitaba escucharlo, convencerse de que eran paranoias suyas.
—¿Hola? Ana, dime, voy entrando a una reunión —la voz de Juan sonaba lejana, ahogada por el ruido del tráfico de alguna ciudad a cientos de kilómetros. —Juan... es que siento algo raro en la casa. Creo que los chicos, Emiliano y sus amigos... no sé cómo explicarlo, pero siento que me miran. Siento que me espían, Juan. El otro día encontré la puerta de mi clóset abierta y mi lencería movida. —Cariño, por favor, ya estamos viejos para fantasmas —respondió Juan con un suspiro de cansancio—. Emiliano está en la edad de estar encerrado con sus videojuegos. Sus amigos son unos tontos, sí, pero no harían algo así. Son ideas tuyas, estás mucho tiempo sola. Compra algo lindo, relájate, y nos vemos el viernes. Te amo.
Juan colgó. Ana se quedó mirando el teléfono, sintiendo una mezcla de frustración y rabia. "¿Ideas mías?", pensó.
Una chispa de audacia, mezclada con el alcohol del vino, se encendió en su pecho. Si Juan no la escuchaba, ella misma iba a averiguar qué estaba pasando. Iba a poner a prueba sus sospechas. Si esos mocosos la estaban mirando, les iba a dar una lección... llegando hasta el límite para obligarlos a caer.
Ana dejó la copa en la barra, se paró justo frente al ventanal donde sabía que la luz de la cocina la iluminaba a la perfección, y lentamente, llevó una mano al lazo de su bata de seda.
Arriba, en la habitación, Mateo soltó un jadeo. —Muchachos... miren esto. Se va a desvestir.

El silencio en la habitación de Emiliano era tan espeso que casi podía cortarse. El único sonido era la respiración agitada de los tres chicos, fijos en el monitor como si sus vidas dependieran de ello. En la pantalla, Ana desató el lazo de su bata con una lentitud tortuosa. La seda resbaló por sus hombros, cayendo al suelo de la cocina y dejándola en un conjunto de lencería de encaje negro que contrastaba perfectamente con su piel clara.
Leo se pasó la lengua por los labios, con los ojos inyectados en sangre. —No me jodas, Emiliano... Tu viejo debe ser el tipo más suertudo del planeta. O el más pendejo por dejar eso solo en casa. Mira ese par de tetas, están perfectas.
Emiliano no respondió. Tenía la boca seca y el corazón le latía en las orejas. Sentía una culpa corrosiva que le retorcía el estómago, pero el morbo era una fuerza mucho más destructiva y poderosa. Ver a su madre así, convertida en el objeto de deseo absoluto de sus amigos, le provocaba una extraña y retorcida descarga de adrenalina.
Abajo, Ana no se movía. Mantenía la mirada fija en el ventanal oscuro, sintiendo cómo los vellos de sus brazos se erizaban. No era tonta. Sabía que si los chicos la estaban espiando con alguna cámara, la luz de la cocina la convertía en el blanco perfecto. Decidió estirar la cuerda un poco más. Con movimientos pausados, casi felinos, pasó sus manos por sus caderas, delineando la curva de su culo antes de subir hacia sus pechos, acariciándose por encima del encaje mientras fingía impaciencia por la tardanza de su esposo.
"Si me están viendo, van a cometer un error", pensó, sintiendo una extraña oleada de calor que no supo descifrar. La idea de ser observada, lejos de aterrarla, le produjo un escalofrío electrizante en el vientre.
Al día siguiente, la tensión en la casa era insoportable, al menos para Ana. Juan la había llamado temprano, pero solo para decirle que el proyecto se había complicado y que tendría que quedarse dos días más en Monterrey. Su voz sonaba distante, aburrida, masticando la rutina.
—Juan, te lo digo en serio, las cosas están raras. Hoy bajé a desayunar y Mateo me miraba de una forma... no sé, asquerosa. Como si supiera de qué color es mi ropa interior —le reclamó Ana, sosteniendo el teléfono con fuerza mientras caminaba por la sala.
—Ana, por Dios, otra vez con eso —suspiró Juan al otro lado de la línea, se escuchaba el tecleo de su computadora—. Mateo es un niño tímido, le da vergüenza hablar con mujeres. Estás proyectando tu aburrimiento en los amigos de tu hijo. Búscate un pasatiempo, sal con tus amigas a tomar un café. Tengo que colgar, entro a junta.
El tono de llamada cortada dejó a Ana con la palabra en la boca. Sintió una rabia ardiente. Su propio esposo la trataba como a una loca histérica. Miró hacia las escaleras que subían al segundo piso. Se escuchaban risas apagadas y la música de la habitación de Emiliano.
"¿Con que ideas mías, eh?", se dijo a sí misma, con una sonrisa amarga y desafiante formándose en sus labios. "Vamos a ver si son ideas mías".
Ana subió las escaleras a paso firme. No iba a confrontarlos directamente; quería atraparlos con las manos en la masa. Al llegar a la puerta del cuarto de su hijo, no tocó. Simplemente giró el picaporte y entró.
El efecto fue inmediato. Mateo pegó un brinco en la silla, cerrando de golpe una pestaña de la computadora, mientras Leo intentaba disimular acomodándose los pantalones a toda prisa. Emiliano se puso rojo como un tomate, parado junto a la cama. El olor a encierro y a hormonas adolescentes en la habitación era sofocante.
—Hola, chicos —dijo Ana, cruzándose de brazos. Llevaba unos shorts cortos de mezclilla que dejaban ver sus piernas torneadas y una blusa de tirantes blanca, sin sostén debajo. Con el frío del aire acondicionado de la casa, sus pezones se marcaban claramente a través de la tela, un detalle que Leo y Mateo devoraron con la mirada al instante—. Vine a ver si querían que les pida una pizza.
—Eh... sí, claro, jefa. Lo que sea está bien —tartamudeó Emiliano, tratando de ponerse frente al monitor para bloquear la vista de su madre.
Ana caminó con paso lento hacia el centro de la habitación, balanceando las caderas de forma deliberada. Pasó cerca de Mateo, inclinándose ligeramente hacia adelante para recoger un vaso vacío de la mesa. Al hacerlo, su escote se abrió por completo, dejando sus tetas a milímetros de la cara del chico. Mateo casi deja de respirar, clavando los ojos en el canalillo de Ana, mientras Leo tragaba saliva ruidosamente desde la cama.
—Están muy sudados, chicos, hace calor aquí encerrados —comentó Ana con una voz sospechosamente suave, notando perfectamente cómo la miraban. Su mirada bajó por un segundo a la entrepierna de Leo y notó un bulto inconfundible en sus pantalones. Una chispa de triunfo y perversión se encendió en su pecho—. Deberían abrir la ventana. Los dejo para que sigan en lo suyo.
Cuando Ana cerró la puerta, los tres chicos se desplomaron en sus asientos, exhalando el aire que habían contenido.
—Hijo de puta... —susurró Leo, con la voz rota—. Tu mamá sabe exactamente lo que hace. Nos tiró las tetas en la cara a propósito, te lo juro por mi vida.
—Estás loco, Leo, vino a ofrecer pizza —dijo Emiliano, aunque por dentro estaba temblando. Había visto cómo los pezones de su madre se marcaban y cómo ella se había inclinado a propósito.
—No soy ningún loco. Esa mujer es una puta diosa y nos está provocando —sentenció Leo, abriendo de nuevo el programa espía en la computadora—. Y si quiere jugar, nosotros vamos a jugar más sucio. Mateo, pon la otra cámara que compramos en Amazon. La que va en el baño.
Abajo, en la cocina, Ana se apoyó contra la barra. Su corazón latía a mil por hora. Tenía la respiración agitada y sintió una humedad repentina entre las piernas. La confirmación de que la deseaban, de que esos tres chicos la miraban como fieras hambrientas, le había provocado una excitación salvaje que nunca antes había sentido con Juan. Había entrado a probarlos, pero ahora, la adrenalina del peligro la estaba arrastrando a ella también. Sin darse cuenta, acababa de morder el anzuelo de su propio juego.

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