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Cadena de Deseos II

Esta es la continuación y parte final del relato. Sin quieren leer la primera parte, acá les dejo el link: https://m.poringa.net/posts/relatos/6406629/Cadena-de-Deseos-Parte-I.html

El siguiente deseo lo tiró Nico.
Se inclinó hacia Sofía y le susurró. Ella se rio, miró a Martín y después se dirigió a mí.
—Que Luis se bese conmigo… mientras Martín le toca el culo a Ari.
No hubo discusión. Sofía se acercó al sillón, se sentó a mi lado y me agarró la cara. El beso fue profundo, con lengua, y mientras tanto vi por el rabillo del ojo cómo Martín se arrodillaba detrás de Ari y le metía las dos manos debajo del jean, apretándole el culo con fuerza. Ari soltó un gemido contra mi hombro. Yo respondí al beso de Sofía con más intensidad de la que esperaba, una mano en su nuca y la otra todavía en la pierna de mi novia.
Cuando nos separamos, Sofía tenía los labios hinchados y una sonrisa pícara.
—Tu turno, Luis —me dijo.
Pensé dos segundos y me inclinamos hacia Diego.
—Que Diego y Nico se saquen todo de la cintura para abajo… y que Ari y Sofía los toquen al mismo tiempo durante un minuto. Como quieran.
Ari me miró sorprendida, pero no se negó. Sofía ya se estaba lamiendo los labios. Los dos pibes se bajaron los pantalones y los boxers sin vergüenza. Ari se arrodilló al lado de Sofía. Las dos juntas, una mano cada una, empezaron a subir y bajar las pollas de Diego y Nico. Sofía iba más decidida, apretando y retorciendo. Ari al principio solo acariciaba, pero cuando Diego le puso la mano en la nuca ella empezó a masturbarlo más rápido, mirándome de vez en cuando.
Yo estaba duro hasta doler. Me abrí el pantalón y saqué mi propia pija, empezando a pajearme despacio mientras las miraba.
El minuto terminó y nadie se movió de inmediato. Sofía fue la que subió la apuesta.
Se acercó a Martín, le susurró, y él asintió con la mandíbula apretada.
—Que Ari le chupe a Luis… mientras Diego la penetra con los dedos. Y que Sofía le chupe a Nico al mismo tiempo.
El living se volvió un desorden de cuerpos. Ari se arrodilló entre mis piernas y me metió la pija en la boca de un movimiento, tal como le gustaba hacerme cuando estábamos solos. Al mismo tiempo, Diego se puso detrás de ella, le bajó el jean junto con la bombacha hasta las rodillas y le metió dos dedos de una. El sonido húmedo fue claro. Ari gimió alrededor de mi verga. Al lado, Sofía ya tenía la cabeza entre las piernas de Nico, chupando con ganas mientras Martín la miraba y se tocaba por encima del pantalón.
Yo agarré el pelo de Ari y empecé a moverle la cabeza, follándole la boca con embestidas cortas. Cada vez que Diego le metía los dedos más profundo, ella se ahogaba un poco más en mi pija. La imagen era demasiado: mi novia de rodillas, con el culo en el aire, siendo dedada por otro mientras me la chupaba, y al lado Sofía haciendo lo mismo con Nico.
Cuando el deseo se cumplió, Ari se separó de mí con un hilo de saliva y la respiración entrecortada. Diego le sacó los dedos y se los mostró, brillantes.
—Está empapada, Luis —dijo, mirándome a los ojos—. Tu novia está lista para más.
Ari no negó nada. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se sentó de nuevo entre mis piernas, pero esta vez de espaldas a mí, acomodando su culo contra mi pija dura. Yo le bajé del todo el jean y la bombacha, dejándola desnuda de la cintura para abajo, y le abrí las piernas con las manos para que todos vieran cómo le brillaba el coño.
—Siguiente —dije, con la voz ronca—. Y que sea más fuerte.
Diego sonrió.
Se inclinó hacia Nico, le habló al oído, y Nico miró directamente a Ari.
—Que Ari se siente sobre la pija de Diego… sin meterla todavía. Solo frotándose. Y que Luis le sostenga las caderas mientras lo hace.
Ari dudó apenas un segundo. Después se levantó, se posicionó a horcajadas sobre Diego (que ya estaba recostado en el sillón chico) y bajó hasta que su coño mojado quedó apoyado sobre la verga gruesa y oscura de él. Yo me arrodillé detrás de ella, le agarré las caderas con las dos manos y la guié, haciéndola moverse adelante y atrás, frotándose despacio.
El calor de su cuerpo, el sonido húmedo de su coño deslizándose sobre la pija de otro hombre, los gemidos que soltaba cada vez que la punta le rozaba el clítoris… todo me estaba matando. Y al mismo tiempo no podía parar de empujarla contra él.
Sofía y Martín ya no estaban solo mirando. Ella estaba de rodillas chupándole a Martín, y Nico se había acercado para tocarle las tetas a Ari por encima del corpiño.
La cadena seguía.
Y cada eslabón nos hundía más.

El roce se volvió insoportable.
Ari seguía moviéndose sobre la pija de Diego, cada vez más rápido, dejando un rastro brillante de su propio jugo a lo largo de toda la verga. Yo le apretaba las caderas con fuerza, guiándola, sintiendo cómo temblaba cada vez que la cabeza le rozaba el clítoris.
—Metela —dijo Diego de pronto, mirándome a los ojos—. Si no la metés vos, la meto yo.
Ari giró la cabeza hacia atrás, buscándome. Tenía la boca abierta y los ojos vidriosos.
—Luis… —susurró.
Yo le aparté el pelo de la cara y le hablé claro, sin suavizar nada:
—Sentate. Quiero ver cómo te la come entera.
Ella respiró hondo. Yo la levanté apenas unos centímetros, alineé la punta gruesa de Diego contra su entrada y la dejé bajar. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola. Ari soltó un gemido largo y agudo cuando llegó al fondo. Se quedó quieta un segundo, acostumbrándose, y después empezó a moverse.
Yo me arrodillé detrás de ella, le abrí más las nalgas con las manos y miré cómo la polla de Diego desaparecía dentro de su coño una y otra vez. El sonido era obsceno: húmedo, rítmico, acompañado de los gemidos de mi novia.
Al lado, Sofía ya no estaba solo chupando. Martín la había puesto a cuatro patas sobre la alfombra y la estaba penetrando con embestidas profundas mientras ella le chupaba a Nico. El living era un enredo de cuerpos, jadeos y piel.
Diego agarró a Ari de la cintura y empezó a embestirla desde abajo, fuerte. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran. Yo me puse de pie, me acerqué a su cara y le apoyé la pija contra los labios.
—Abrí.
Ari abrió la boca sin dudar y me la engulló. Empecé a follarle la garganta al mismo ritmo con el que Diego le follaba el coño. Ella se ahogaba, babeba, pero no se corría. Al contrario: empujaba el culo hacia atrás pidiendo más.
Nico se separó de Sofía, se acercó y le agarró una teta a Ari, apretándola y pellizcándole el pezón. Después miró hacia mí.
—¿Puedo?
Asentí.
Nico se posicionó al lado de Diego y le ofreció la pija a Ari. Ella, todavía con la mía en la boca, estiró una mano y empezó a masturbarlo. Cuando yo me retiré un segundo para recuperar aire, ella giró la cabeza y se la metió a Nico hasta el fondo, chupando con ganas mientras Diego la seguía penetrando sin piedad.
Martín, que había terminado de corrérsele a Sofía en el culo, se acercó también. Ahora éramos los cuatro hombres alrededor de Ari. Ella estaba sentada sobre Diego, con una pija en la boca, otra en la mano, y yo detrás abriéndole el culo con los dedos, metiéndole uno y después dos mientras la miraba ser usada.
—Mírala —le dije a nadie en particular, o a todos—. Mírenla cómo se la come.
Ari soltó la pija de Nico solo para hablar, con la voz rota y la saliva colgándole de la boca:
—Más… por favor… no paren…
Diego la levantó de pronto, la dio vuelta y la puso a cuatro patas sobre el sillón. Se arrodilló detrás y se la volvió a meter de una embestida seca. El golpe de caderas resonó. Yo me senté enfrente de ella y le agarré la cara.
—Abrí la boca, amor.
Ella lo hizo. Empecé a follarle la garganta otra vez mientras Diego le destrozaba el coño desde atrás. Sofía se acercó, se arrodilló al lado y empezó a lamerle los huevos a Diego cada vez que éste se retiraba. Nico se puso al lado mío y Ari, entre embestida y embestida, alternaba entre las dos pollas, chupando una y después la otra, dejando las dos brillantes de saliva.
El olor a sexo llenaba el departamento. La lluvia afuera parecía lejana.
Diego empezó a embestir más rápido, más profundo. Ari gritaba alrededor de mi pija. Yo le agarré el pelo con las dos manos y le hablé entre dientes:
—Te va a llenar. Y después te va a tocar el siguiente. Y el siguiente. Hasta que no puedas más.
Ella solo pudo gemir, asintiendo con la cabeza mientras las lágrimas del esfuerzo le corrían por las mejillas.
La cadena ya no existía.
Solo quedaba el hambre.
Diego se corrió primero.
Lo hizo con un gruñido bajo, enterrándose hasta el fondo y llenándole el coño a Ari a pulsaciones. Ella tembló entera, apretando las sábanas del sillón, y se vino justo después, con la pija de Diego todavía latiéndole adentro. Cuando él se retiró, un hilo espeso de semen le resbaló por el muslo interno.
No hubo pausa.
Nico la agarró de la cintura, la dio vuelta y se la metió de frente, levantándole una pierna. Empezó a embestirla con fuerza, haciendo que el semen de Diego saliera a borbotones alrededor de su pija. Yo me arrodillé al lado y le ofrecí la mía otra vez. Ari la tomó con las dos manos y se la metió en la boca, chupando como si tuviera sed, mientras Nico le destrozaba el coño.
Martín se acercó por detrás de Sofía, que estaba de rodillas lamiéndole los huevos a Nico cada vez que éste se retiraba. La penetró de nuevo, esta vez más lento, más profundo, agarrándola del pelo. El living era puro ruido de piel contra piel, gemidos y el sonido húmedo de varios coños y bocas siendo usados.
Cuando Nico se acercó al límite, se la sacó, se puso de pie y se corrió en la lengua de Ari, que tenía la boca abierta esperando. Ella se lo tragó casi todo. Lo que le quedó en los labios me lo ofreció a mí. La besé profundo, saboreando el semen de mi amigo mezclado con el sabor de ella.
Todavía no había terminado.
Me recosté en el sillón y acomodé a Ari encima mío, de espaldas. Ella bajó despacio y se empaló en mi pija de un movimiento. Estaba tan resbaladiza por los semen anteriores que entré hasta el fondo sin resistencia. Empecé a embestirla desde abajo. Diego, que ya se había recuperado, se arrodilló frente a nosotros y le metió la media dura en la boca otra vez. Nico se puso al lado y Ari lo masturbaba con la mano libre. Martín, todavía dentro de Sofía, la acercó más para que las dos chicas pudieran besarse mientras las follaban.
La imagen era demasiado.
Mi novia, empalada en mi pija, con la boca llena de otra, la mano en una tercera, y al lado Sofía siendo cogida mientras se besaban. Cada vez que yo subía las caderas, Ari soltaba un gemido ahogado. Le agarré las tetas con las dos manos y se las apreté.
—Deciles —le ordené al oído—. Deciles cómo te sientes.
Ella se separó un segundo de la pija de Diego, con la saliva colgándole en un hilo.
—Me siento… llena… sucia… y no quiero que paren…
Diego se la volvió a meter en la boca. Yo aceleré. El sonido de mis huevos golpeando contra ella se mezclaba con los gemidos de Sofía. Sentí que se venía otra vez: el coño se le cerró alrededor de mi pija en espasmos fuertes. Eso me empujó al límite. Me enterré hasta el fondo y me corrí dentro de ella, llenándola por tercera vez en la noche, esta vez con mi propia leche.
Todavía no terminábamos.
La acomodamos a cuatro patas otra vez. Martín se puso delante y se la metió en la boca. Diego se arrodilló detrás y se la volvió a enterrar en el coño, empujando hacia afuera el semen de Nico y el mío. Yo me senté enfrente, agarrándole la cara, y la miré mientras la usaban.
—Te ves hermosa así —le dije, sincero y sucio a la vez—. Toda abierta. Toda llena.
Ella solo pudo gemir alrededor de la pija de Martín.
Uno por uno fueron terminando. Diego se corrió otra vez dentro. Martín se la sacó de la boca y se vino en sus tetas. Sofía, exhausta, se dejó caer al lado, con el semen de Martín escurriéndole entre las piernas. Nico se terminó de pajear y le pintó la lengua a Ari con lo último que le quedaba.
Cuando por fin se detuvieron, el living parecía un campo de batalla. Ropa tirada, cuerpos sudados, el olor a sexo pegado a las paredes. Ari se dejó caer sobre mi pecho, temblando todavía, con el semen de varios resbalándole por los muslos y el pecho. Yo le acaricié el pelo, despacio, mientras afuera la lluvia empezaba a aflojar.
Nadie habló durante un rato.
Después, Ari levantó la cara y me miró con esos ojos cansados y brillantes.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.
Yo le besé la frente, después la boca (todavía sabía a otros hombres).
—Sí —contesté—. Más de lo que pensé.
Ella sonrió, pequeña, y se acurrucó otra vez contra mí.
Alrededor, los demás empezaban a recuperar el aire, buscando ropa o simplemente quedándose tirados. La cadena de deseos se había roto hacía rato. Ya no hacía falta.
La noche, de alguna forma, había terminado exactamente donde tenía que terminar.

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