

Fabiano le escribió esa misma noche, apenas unas horas después de que ella saliera del departamento con el vestido verde todavía manchado.
«Tercera vez. Mañana. Misma hora. Quiero que llegues solo con un delantal de cocina. Nada más. Ni bragas, ni sujetador, ni medias. Solo el delantal. Y la máscara, claro.»
Katia leyó el mensaje tres veces. El estómago se le cerró. Contestó con la misma frialdad forzada de siempre:
«Está bien.»
Al día siguiente, a la hora exacta, llamó a la puerta. Fabiano abrió. Llevaba solo un pantalón deportivo negro. Su mirada bajó de inmediato.
Katia entró. El delantal era de tela gruesa, a cuadros blancos y rojos, el que usaba en casa para cocinar. Le llegaba apenas a la mitad de los muslos. Las cintas se cruzaban en la espalda, dejando el culo completamente al aire. Las tetas pesadas se marcaban bajo la tela fina del pecho. La máscara de gato seguía en su sitio. Solo se veían la boca carnosas pintadas de rojo oscuro y el cabello castaño suelto.
Fabiano cerró la puerta con cuidado.
—Hoy vamos a jugar —dijo con voz baja, casi emocionada—. Tú eres mi mamá. Estás dormida en el sofá después de un día largo. Yo llego a casa… y no puedo controlarme. Tú te despiertas y finges que no te gusta. Que soy tu hijo. Que está mal. ¿Entiendes?
Katia tragó saliva. La voz le salió ronca, disfrazada:
—Entiendo.
Él señaló el sofá.
—Túmbate. De lado. Como si estuvieras profundamente dormida.
Ella obedeció. Se recostó de costado, el delantal subido hasta la cadera, el culo redondo y desnudo expuesto hacia él. Cerró los ojos detrás de la máscara. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
Fabiano se quedó unos segundos mirándola. Después se bajó el pantalón. La polla ya estaba dura. Se arrodilló detrás de ella, le abrió una pierna con cuidado y frotó la cabeza de su verga contra el coño de su madre. Estaba seco al principio. Él escupió en la mano, se untó y volvió a empujar.
Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completo dentro. Katia apretó los dientes. El cuerpo le temblaba. Cada pulgada le recordaba que era su hijo, que el olor de la casa, la forma de sus manos, todo era real.
Él empezó a moverse con lentitud, casi tierno al principio, agarrándole la cadera con una mano mientras la otra le subía el delantal hasta dejarle las tetas al aire. Las masajeó con fuerza, pellizcándole los pezones.
Katia fingió despertar con un gemido ahogado. Se tensó, intentó cerrar las piernas.
—¿Q-qué…? Fabiano… no… —su voz salió rota, todavía alterada—. ¿Qué estás haciendo? Soy tu madre… para… para…
Él no se detuvo. Aceleró el ritmo, follándola más profundo, el sonido húmedo de la carne llenando el salón.
—Calla, mamá —susurró contra su oído, excitado de verdad—. Solo un rato. Estás tan caliente… joder, qué coño tan rico tienes.
Katia empujó débilmente con las manos, como si intentara apartarlo, pero no puso fuerza real. Por dentro el conflicto la destrozaba: el asco, la culpa, el miedo a que se diera cuenta… y debajo de todo eso, una humedad traicionera que le corría por los muslos.
Él la giró de golpe, la puso boca arriba. El delantal quedó arrugado entre sus pechos. Le abrió las piernas en V y volvió a entrar de una embestida. Empezó a follarla con fuerza, mirándola a la cara enmascarada mientras le hablaba:
—Mírala… mi propia madre… dejándose follar por su hijo. Qué puta estás, mamá.
Katia giró la cabeza hacia un lado, mordiéndose el labio. Soltó gemidos de protesta que sonaban demasiado reales:
—No… Fabiano… está mal… soy tu madre… por favor… para…
Él no paró. La levantó, la puso a horcajadas sobre él en el sofá y le obligó a montarlo. Ella se movía con torpeza al principio, como si no quisiera, pero él le agarró las caderas y la hizo bajar hasta el fondo una y otra vez. Las tetas pesadas rebotaban bajo el delantal. Fabiano le mordió un pezón a través de la tela.
Después la puso de rodillas en el suelo, el culo en alto, y la penetró por detrás con embestidas brutales. Le daba palmadas en las nalgas, le tiraba del pelo por detrás de la máscara, le hablaba sucio sin parar:
—Tómalo todo, mamá. Este coño es mío ahora. Joder… qué apretado estás…
Katia tenía la cara contra el suelo, los ojos cerrados con fuerza detrás de la máscara. Las lágrimas se le escapaban y se mezclaban con el maquillaje. Cada embestida le recordaba la verdad absoluta: esto no era un juego para ella. Era su hijo. Y ella lo estaba dejando.
Cuando sintió que él estaba cerca, Fabiano la giró de nuevo, la sentó en el borde del sofá, se puso de pie frente a su cara y se masturbó rápido. Con la otra mano le sujetó la cabeza.
—Abre la boca, mamá.
Katia abrió. Él se corrió con un gemido largo y gutural, disparando chorros calientes sobre su lengua, sus labios, su barbilla y las mejillas que asomaban bajo la máscara. El semen le goteó por el cuello hasta el escote del delantal.
Se quedó jadeando, la polla todavía semi-dura, mirándola.
Katia se limpió la boca con el dorso de la mano, lenta. La voz le salió ronca, controlada, todavía dentro del personaje:
—…Nunca vuelvas a hacer esto. Soy tu madre.
Fabiano sonrió, satisfecho, y se pasó una mano por el pelo.
—Claro, mamá. Como digas.
Ella se levantó con las piernas temblando. Se ajustó el delantal lo mejor que pudo, recogió su bolso y caminó hacia la puerta sin mirarlo. En el umbral se detuvo un segundo.
—Si quieres repetir… ya sabes dónde encontrarme.
Salió. Cerró con cuidado. En el ascensor se quitó la máscara con manos que no dejaban de temblar. El semen todavía le brillaba en la barbilla y el cuello. Se miró en el espejo: ojos hinchados, maquillaje destruido, el delantal de su propia cocina manchado de él.
El conflicto le quemaba el pecho como ácido.
Sabía que él volvería a escribir.
Y sabía, con un horror frío y absoluto, que ella volvería a contestarle que sí.
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