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Mi viaje hacia mi

Siempre fui la niña de los ojos de mis padres. La que sacaba las mejores notas sin esfuerzo, la que llegaba puntual a casa, la que nunca dio un motivo de preocupación. En el colegio, las monjas me ponían de ejemplo: «Miren a la señorita —decían—, así se comporta una joven de bien». Y yo asentía, recogía mi falda plisada y caminaba en línea recta por los pasillos, sin desviarme ni un milímetro.

Tuve novios, tres… todos correctos, todos de familias conocidas, todos con las manos sudorosas y los besos tímidos. En el cine, en el coche de vuelta a casa, en el portal de mi edificio. Besos de esos que saben a chicle de fresa y a promesas que nunca se cumplen. Sus manos nunca viajaron más allá de mi cintura, y si alguna vez rozaron el borde de mi sostén, yo me apartaba con una risa nerviosa. Ellos se disculpaban, yo perdonaba. Y esa era la historia de siempre.

Pero por dentro, algo hervía.

Mis padres, benditos sean, me lo dieron todo: una casa enorme con jardín, piscina, cochera para tres coches y un equipo de trabajadores que mantenían aquel mundo en orden. A todos los conocía desde que era una niña. Me vieron crecer, me vieron con el uniforme del colegio, con las rodillas raspadas, con el pelo en trenzas. Eran parte del paisaje de mi vida, tan naturales como los muebles o los árboles del jardín.

Estaba el jardinero, don Tomás, con su espalda encorvada y sus manos llenas de grietas, el mismo que plantó los rosales que mi madre tanto quería. El mayordomo, don Sergio, con su bigote gris y su olor a naftalina, que llevaba treinta años sirviendo en esa casa. El pintor, don Raúl, siempre con manchas en la camisa y una sonrisa de dientes amarillos. El lavacoches, don Pepe, que silbaba canciones viejas mientras frotaba los neumáticos con una dedicación casi religiosa. El chofer, don Ernesto, que me llevó al colegio durante diez años y nunca decía nada, pero siempre abría la puerta del coche con una cortesía antigua. También estaba el cocinero, don Lázaro, un hombre ancho y silencioso que preparaba los platillos más exquisitos sin decir una palabra.

Todos mayores. Todos con el paso del tiempo marcado en sus rostros. Todos, para ser sincera, objetivamente alejados de cualquier estándar de belleza: arrugas profundas, barrigas prominentes, aliento a tabaco y café, ropa que olía a sudor y a años de uso. Cabellos canosos o escasos, dientes manchados, manos nudosas por el trabajo duro. Hombres que habían vivido más de lo que yo llevaba en el mundo, y que cargaban en sus cuerpos las huellas de una vida de esfuerzo.

Eran parte de mi infancia, sombras protectoras que siempre estuvieron ahí. Como los tíos que uno visita en Navidad, como los abuelos de otros que adoptamos como propios. Eran el olor a tierra mojada del jardín, el sonido de la escoba barriendo el patio al amanecer, el silbido del lavacoches mientras el agua corría por el pavimento. Tan familiares que habían dejado de ser personas para convertirse en piezas del hogar.

Mis padres viajaban mucho —negocios, convenciones, cenas de alto vuelo— y yo me quedaba en aquella mansión como una princesa en su torre. Pero no era una torre: era mi hogar. Y la mayor parte del tiempo, era yo quien quedaba al mando de aquella enorme casa, con todo el equipo a mi disposición. Esos hombres me veían crecer, me habían visto en pijama, en uniforme, en las mañanas despeinada y en las noches con los ojos llenos de sueño. Para mí, eran invisibles en su presencia, como los muebles viejos que uno ya no mira. Ellos estaban ahí, siempre. Y yo seguía con mi vida.

Porque yo hacía las cosas que cualquier chica de mi edad: despertar tarde los sábados, ver series hasta el amanecer, salir con mis amigas a tomar helados y reírnos de los chicos que pasaban. Me encantaba la moda, los tejidos suaves, los colores que cambiaban con las estaciones. Leía novelas románticas y cerraba los ojos imaginando escenas que nunca me atrevía a vivir.

Me gustaba pasear por el jardín con mis audífonos puestos, bailando sola mientras don Tomás podaba los setos y yo ni siquiera lo veía. Me gustaba nadar en la piscina cuando el sol ya se había ido, con el agua iluminada por las lámparas de colores. Me gustaba tomar el coche para ir al cine con mis amigas, y don Ernesto abría la puerta con una inclinación de cabeza mientras yo le sonreía como se sonríe a un mueble que siempre está en su lugar.

Y estaba el gimnasio. Mi lugar sagrado. Allí fui esculpiéndome sin prisa, con la disciplina de quien no busca aparentar, sino sentirse viva. Mis piernas se volvieron firmes, largas, con esa curva justa en el muslo que hacía que las faldas se enrollaran hacia arriba por sí solas. Mis glúteos, redondos y duros como frutas de verano, se movían con un balanceo que yo misma disfrutaba al mirarme al espejo. Pero sin exageración, sin esa musculatura de competencia. Solo la forma que la naturaleza y las sentadillas sabias habían moldeado: una mujer en su punto exacto. Firme pero femenina. Fuerte pero suave.

Y mis pechos. Esos llegaron tarde, como un regalo inesperado. Crecieron sin que yo pidiera permiso, llenos, pesados, redondos como dos melones en su punto de miel. Los sostenes se me quedaban pequeños, y mis amigas me envidiaban con esa mezcla de cariño y veneno. Yo los cubría con blusas holgadas, porque no sabía qué hacer con tanta presencia. Pero en casa, frente al espejo, los acariciaba con curiosidad científica, preguntándome para qué servía tanta hermosura.

Y así pasaban los días. Y los meses. Y los años. Hasta que un día, todo cambió.

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El Día que Todo Cambió

Era martes. Había ido al gimnasio como siempre, a las ocho de la mañana, antes de que el sol se volviera implacable. Hice mi rutina de pierna y glúteo, con ese entrenador que siempre me corregía la postura y yo asentía sin escuchar, concentrada en el espejo, viendo cómo mi cuerpo respondía a cada esfuerzo.

Llegué a casa pasadas las diez. La casa estaba en silencio. Mis padres habían viajado a la capital por una reunión de negocios, y los trabajadores andaban en sus faenas, cada uno en su rincón, invisibles como siempre.

Subí a mi cuarto y me quité la ropa deportiva, toda pegada al cuerpo por el sudor. Me encantaba esa sensación: el cansancio agradable en los músculos, la piel caliente, el olor a esfuerzo. Cerré las cortinas de la ventana que daba al jardín —no del todo, solo las entreabrí lo suficiente para que la luz entrara sin que el sol me diera directamente— y me metí a la ducha.

Dejé que el agua fría —porque siempre me gustaba terminar con agua fría— recorriera mi espalda, mis hombros, el nacimiento de mis pechos. Me enjaboné con lentitud, sintiendo cada centímetro de mi piel, esa piel dorada que el sol de la piscina había ido curtendo.

Cuando salí, el vapor llenaba el baño. Me sequé con la toalla grande de felpa, frotando mi cabello castaño oscuro que caía en ondas mojadas sobre mis hombros. Me miré al espejo empañado y dibujé una sonrisa con el dedo índice en el vaho, como hacía cuando era niña.

Luego salí al cuarto. La luz entraba tamizada por las cortinas entreabiertas, creando un ambiente íntimo y dorado. Estaba completamente desnuda y me sentía bien. El aire fresco acarició mi piel húmeda y me dio un escalofrío que no era de frío.

Me dejé caer sobre mi cama, sobre las sábanas blancas que olían a suavizante. Estiré las piernas, arqueé la espalda y cerré los ojos. Mi cuerpo todavía vibraba por el ejercicio. Sentía mis músculos tensos, mis pechos pesados sobre mí, el latido de mi corazón que poco a poco se acompasaba.

Y entonces, sin saber por qué, mi mano comenzó a viajar.

Nunca lo había hecho. Bueno, sí, alguna vez, con timidez, a escondidas, como quien prueba un dulce prohibido. Pero siempre rápido, siempre con culpa. Esta vez fue diferente. Esta vez no pensé. Mi mano derecha subió desde mi vientre hacia mi pecho y rozó mi pezón. Se endureció al instante. El otro pecho, el izquierdo, parecía reclamar atención, y mi otra mano fue hacia él.

Me sorprendió lo suave que era mi propia piel. Lo tibia. Lo viva.

Mis dedos jugaron con mis pezones, los rodearon, los presionaron apenas, y sentí cómo un calor líquido bajaba desde mi pecho hasta mi vientre. Mis ojos seguían cerrados. Mi respiración se volvió más rápida.

La mano derecha abandonó mi pecho y viajó hacia abajo. Rozó mi estómago plano, mis caderas, y se detuvo en la línea del vello púbico, todavía húmedo por la ducha. Mi cuerpo entero dio un pequeño salto cuando mis dedos tocaron ese lugar que nunca nadie había tocado, ni siquiera yo con tanta intención.

No supe qué hacía. Pero mi cuerpo sí. Mis dedos encontraron el camino como si hubieran estado esperando este momento toda su vida. Se movieron solos. Circulares, suaves al principio, luego más firmes. Yo mordí mi labio inferior y gemí —un gemido bajo, extraño, que no reconocía como mío.

La sensación era como una ola que crecía. Mi pelvis se movió contra mi mano, buscando más. Más presión. Más roce.

Y entonces, en un destello, algo captó mi atención.

El reflejo del sol en la ventana. Y detrás de ese reflejo, una silueta. Don Tomás, el jardinero, estaba justo en el ángulo perfecto, con su sombrero mugriento y su rostro pegado al cristal. Había encontrado el único punto por donde podía ver a través de la rendija de las cortinas, a pesar del brillo del sol que rebotaba en el vidrio. Estaba tan cerca que su aliento empañaba el cristal, y sus manos callosas se aferraban al marco de la ventana como si necesitara sujetarse para no caer.

Su mirada estaba fija en mí. En mi cuerpo desnudo. En mis manos recorriendo mi piel. En cada movimiento que hacía.

Mi corazón dio un vuelco. Un golpe de pánico recorrió mi pecho. Mi mente se disparó en mil direcciones.

*«¿Pero qué está haciendo este idiota? Don Tomás... soy la hija de su jefe, ¿qué le pasa? ¿Qué hace ahí, viejo feo? Vaya con su señora, vaya a podar sus rosales, pero ¿qué hace pegado a mi ventana?»*

Mis dedos se detuvieron. Mi respiración se cortó.

*«Ya me vio des... desnuda... es inevitable... Ya lo vio todo. Me vio con las manos en mi... en mi... ¿Me levanto? ¿Me cubro? ¿Grito? ¿Llamo a alguien? Pero si grito, tendré que explicar qué estaba haciendo. Si me cubro, será obvio que lo vi. Si me levanto, mi cuerpo se moverá y él verá más. Si...»*

Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en la garganta. Un calor subió por mis mejillas. La vergüenza, el miedo, la indignación... todo se mezclaba en un torbellino.

*«¿Cómo que no ha pasado nada? ¿Cómo es que sigo aquí, desnuda, con mi mano todavía entre las piernas, y él sigue mirando? ¿Por qué no me muevo? ¿Por qué no hago algo?»*

Pero algo extraño comenzó a suceder. Mi corazón, que latía por el miedo, empezó a latir por otra razón. Un calor diferente. Un temblor que no era de frío ni de vergüenza.

*«¿Por qué me siento así? ¿Por qué mi cuerpo no quiere detenerse? ¿Por qué siento que quiero que me siga viendo? Esto está mal. Muy mal. Él es el jardinero. Es viejo. Es feo. Es... pero sus ojos... sus ojos me miran como si fuera la única mujer en el mundo...»*

Una pausa. Un pensamiento que atravesó mi mente como un relámpago.

*«Pero don Tomás me conoce desde niña. Me vio crecer. ¿Y ahora... ahora me desea? ¿Un hombre que me vio con trenzas y rodillas raspadas ahora me mira así, con hambre en los ojos?»*

El pensamiento era tan prohibido, tan incorrecto, que debería haberme dado asco. Debería haberme levantado y corrido a cerrar las cortinas. Debería haberlo despedido. Debería haber llamado a mis padres. Pero no lo hice.

*«¿Y si todos estos años, mientras yo crecía, él me miraba de otra manera? ¿Y si todas esas veces que lo vi trabajando en el jardín, con la espalda encorvada y las manos llenas de tierra, él estaba pensando en esto? ¿En verme así?»*

Mi mano, que se había detenido, comenzó a moverse de nuevo. Lentamente. Sin que yo decidiera hacerlo. Como si mi cuerpo hubiera tomado el control y yo solo fuera una espectadora.

*«¿Y si me gusta? ¿Y si me gusta que me desee? ¿Y si me gusta que me vea así? ¿Qué clase de mujer soy para pensar esto?»*

Pero mi cuerpo no esperó respuesta. Mi pelvis se movió contra mi mano. Un gemido escapó de mis labios, y esta vez no fue de sorpresa. Fue de deseo.

*«Me gusta. Me gusta que me mire. Me gusta que me desee. Me gusta que me vea hacer esto. Me gusta saber que está ahí, pegado a la ventana, sin poder apartar la mirada. Me gusta tener este poder sobre él.»*

Mi mano se movió con más seguridad. Más firmeza. Mis dedos encontraron el punto exacto y presionaron con una intensidad que no sabía que tenía. Mi cuerpo se arqueó, buscando más.

*«Que mire. Que mire todo. Que vea cómo tiemblo. Que vea cómo mi cuerpo responde. Que vea cómo mis pechos se agitan. Que vea cómo mi piel se eriza. Que vea que yo sé que está ahí y que no me importa. Que vea que me gusta.»*

Podía sentir sus ojos a través del cristal. Podía imaginar su respiración agitada, su boca entreabierta, sus manos temblorosas aferradas al marco. Y eso me impulsaba. Eso me daba fuerzas. Eso hacía que cada caricia fuera más profunda, más intensa.

Mis dedos se movieron más rápido. Mi pelvis se alzó para encontrarlos. Mis pechos se agitaron con cada respiración entrecortada.

*«Ya casi. Ya casi. Que vea esto. Que vea cómo termino. Que vea mi... que vea todo. Que se muera de ganas. Que sepa que yo sé. Que sepa que me gusta. Que sufra. Que desee. Que nunca pueda olvidar esto.»*

Y entonces, la ola llegó.

Mi cuerpo se tensó por completo. Mis muslos se cerraron sobre mi mano. Mi espalda se arqueó hasta casi doblarme. Mis pechos se agitaron, y un sonido escapó de mi garganta —un gemido largo, agudo, descontrolado. Sentí cómo mi centro se contraía una y otra vez, y una sensación de calor líquido recorrió mi vientre y se desbordó entre mis dedos, tibio y espeso sobre mi piel.

Me quedé quieta. Jadeante. Los ojos entreabiertos. Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en las sienes.

*«Lo hice. Terminé. Y él lo vio todo. Todo.»*

Poco a poco, fui volviendo a mi cuerpo. La respiración se calmó. Los músculos se aflojaron. Y entonces, con una lentitud de quien no quiere romper un hechizo, giré la cabeza y miré hacia la ventana.

Don Tomás ya no estaba. Había desaparecido. Podía ver su silueta alejándose entre los arbustos, con pasos apresurados, como un ladrón que escapa. Seguro creía que no me había dado cuenta. Seguro pensaba que su escondite era perfecto, que el reflejo del sol lo protegía, que yo estaba demasiado absorta en mi propio placer para notarlo.

*«Pobre viejo tonto. Cree que no lo vi. Cree que su secreto está a salvo.»*

Y mientras veía su figura desaparecer entre los setos, una sonrisa se dibujó en mis labios. No una sonrisa de niña buena. Una sonrisa de mujer que acaba de descubrir algo sobre sí misma.

*«Pero ahora yo sé. Y él no sabe que yo sé. Y eso... eso me da poder.»*

Algo que no sabía que existía. Algo que quería explorar más.

Don Tomás se fue creyendo que su secreto estaba a salvo. Pero yo sabía la verdad: ya no era solo su secreto. También era mío.

*«Y me gusta. Me gusta tener este secreto. Me gusta saber que me desea. Me gusta saber que me vio. Me gusta saber que hay algo entre nosotros que nadie más sabe.»*

Y yo, por primera vez, quería que volviera a mirar.

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