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Compendio III
55: REUBICACIÓN DE RECURSOS
Los rumores sobre el regreso de Edith se estaban propagando entre los diferentes departamentos. No provenían únicamente de los gerentes de planta. O, al menos, no eran ellos los únicos que comentaban en mis canales de comunicación.
La junta corporativa de nuestra empresa minera estaba adquiriendo una vibra inusual e inesperada. Ya no eran los drones robóticos, dóciles e inconscientes de Reginald; estaban adquiriendo criterio propio.
Por supuesto, Reginald lo notó. Imaginé sus instintos, esos instintos de supervivencia corporativa tan finamente calibrados, agitándose como un conejo que detecta la sombra de un halcón. Lo que inicialmente parecía el arrebato errático de una ex-CEO mentalmente trastornada se había convertido, de algún modo, en el segundo aire que Edith necesitaba desesperadamente.

Y ahora, ahí estaba él, sudando bajo el cuello de su camisa hecha a la medida, dándose cuenta de que su reinado interino estaba a punto de ser arrasado por la marea de su regreso.
Así que no me sorprendió el siguiente movimiento de Reginald. Era su oportunidad de dejar una huella tras su estancia en Australia. Algo a lo que pudiera hacer referencia cuando regresara a la oficina central de Inglaterra.

> ¡Me complace informarles que esta junta ha realizado un trabajo espléndido! - La voz de Reginald alcanzó ese tono corporativo antinatural, aquel que la gente usa cuando lee puntos clave de un PowerPoint imaginario en sus cabezas. Sus dedos golpeaban la mesa de caoba como un pianista nervioso que pierde la mitad de las notas.
Su falta de sinceridad era casi palpable para mí. A diferencia de mi padre, quien realmente se preocupaba por la gente que trabajaba bajo su mando, a Reginald no le importaba en absoluto. Solo buscaba ganar puntos de simpatía antes de su partida.
> Así que creo que sería justo tener una pequeña celebración para felicitarnos. - continuó Reginald, con los dedos ahora entrelazados como un predicador dando malas noticias envueltas en terciopelo. Como si estuviera fingiendo que la junta se lo merecía. - Se me ocurre la idea de un retiro corporativo...
De repente, la junta lo ignoró por completo, algo impensable hace un mes. Sus ojos se enfocaron en una persona… y creo que fue una de las pocas veces que no fui "El chavo del ocho".
Todas las miradas se dirigieron hacia Horatio, nuestro director financiero, quien ya estaba abriendo hojas de cálculo en su tableta con la velocidad de alguien que había anticipado este momento. Sus dedos se movían como los de un pianista de concierto, si es que los pianistas tocaran atajos de Excel en lugar de sonatas. El silencio se prolongó lo suficiente como para que la sonrisa de Reginald se agrietara en los bordes.

> ¿Qué sucede? - preguntó Reginald, con la voz quebrándose ligeramente mientras los miembros de la junta intercambiaban miradas por encima de su cabeza, como gaviotas acechando papas fritas abandonadas.
Horatio no levantó la vista de su tableta, con los dedos aun bailando sobre la pantalla.

o Bueno... - mi buena amiga Sonia rompió el silencio con su compostura habitual mientras levantaba la mano. - Antes de que Edith unificara las operaciones de la costa oeste y este, implementó protocolos estrictos para las reuniones directivas.

Esto dejó a Reginald genuinamente atónito.
> ¿Qué? —preguntó, casi horrorizado. - ¡Ella era la líder de la junta!
Sonia ni siquiera se inmutó. En su lugar, golpeó la superficie de la mesa de conferencias con su bolígrafo, recordándome a una camarera impaciente tomando un pedido...
o Eso es cierto. - Dijo ella, sin perder la compostura. - Pero Edith siempre ha creído que debe liderar con el ejemplo. En aquel entonces, antes de la unificación, la costa este se excedió con sus presupuestos en las conferencias directivas. Así que su solución fue limitar drásticamente sus presupuestos... y para asegurarse de que no volviera a suceder, tomó medidas de seguridad.
Entonces llegó el turno de Julien, nuestro asesor legal corporativo francés, de brillar...

-> ¡Eso es correcto! - confirmó Julien con un alegre acento francés, golpeando su bolígrafo Montblanc contra el borde de su bloc de notas legales. Sus movimientos me recordaron a un cachorro meneando la cola de alegría. - Madame siempre creyó que debía ser justa con los demás. Y que las reglas debían empezar por ella misma primero.
Reginald sintió como si le hubieran quitado las alas; no recortadas, sino arrancadas, pluma a pluma, mientras los miembros de la junta observaban como espectadores indiferentes. Sus dedos se agitaron contra la caoba, la superficie pulida repentinamente fría bajo sus palmas.
> ¿Así que me estás diciendo…? - preguntó, con la voz más tensa que una cuerda de piano. - ¿Que Edith restringió su propio presupuesto primero?
Las palabras sabían a ceniza, su rostro lleno de estupor ante la incredulidad. Tenía los ojos dilatados. Reginald casi parecía que fuera a perder el equilibrio.
> Entonces... ¿Qué hacía Edith? - la voz de Reginald resonó en la sala de juntas, abriendo los brazos como un mago que revela un sombrero vacío. Ni siquiera miraba a nadie; se limitaba a observar el techo, como si las placas acústicas guardaran respuestas divinas. - Tenía todo ese poder... y ... lo desperdició.

Sus palabras sonaron como un chiste en un funeral. Observé cómo los dedos de Sonia se apretaban alrededor de su bolígrafo, blanqueando sus nudillos. La fachada alegre de Julien flaqueó lo justo para dejar ver el destello de algo más oscuro tras su sonrisa. Los miembros de la junta intercambiaron miradas; no eran aquellas divertidas y conspiradoras de hace un momento, sino el tipo de miradas que se intercambian los soldados cuando alguien insulta a su comandante caído.
Después de todo, Edith había sido su líder incuestionable durante años.
- No hacía casi nada... - mi voz cortó el silencio como un bisturí y, por un segundo, juro que vi el bolígrafo Montblanc de Julien resbalar de sus dedos.
La brusca inhalación de Sonia fue audible a través de la extensión de caoba. El aire se espesó con la indignación colectiva de doce jefes de departamento que habían pasado una década caminando entre el fuego por Edith.
Todos en la junta me miraron con dagas en los ojos. Reginald, por el contrario, me buscó buscando comprensión, como un náufrago que divisa un salvavidas.
> ¿Qué acabas de decir? - La voz de Reginald se quebró como hielo delgado bajo los pies, vocalizando la indignación silenciosa que vibraba en la sala de juntas.

El tacón de aguja de Cristina quedó suspendido a media pulgada de la alfombra: un proyectil letal esperando autorización para disparar. Incluso el dócil Ethan se había quedado rígido, con los dedos congelados en el aire como un mal mimo interpretando una traición corporativa.
- ¡No me malinterpreten! - Mis palmas subieron instintivamente en actitud defensiva mientras la mirada asesina de Cristina me advertía de un destino inminente.
Incluso Sonia, quien es mi mejor amiga y la madre de nuestro hijo Bastián, me miraba como si hubiera ido demasiado lejos.

- Ella autorizó nuestras propuestas y brindó apoyo financiero... pero, estadísticamente hablando, de diez proyectos diferentes presentados, seis fueron aprobados de inmediato, tres fueron devueltos para reevaluación y solo un proyecto fue rechazado realmente.
Esto, de hecho, calmó a la junta. Vi a Ethan suspirar discretamente, ya que resulta que una de cada cuatro de sus propuestas es rechazada directamente por Edith; las peores estadísticas de la sala. Lo triste es que el pobre tonto no tiene ni idea de ello.

- No negaré que la función de Edith era revisar las ideas y estudiarlas. – Me apoyé sobre la mesa, para resistir sus miradas. El tacón de aguja de Cristina descendió lentamente, aunque sus nudillos permanecieron pálidos alrededor de su bolso de diseñador. - En ese sentido, ella confía en la experiencia y el criterio de su junta... (Dejé un silencio el tiempo justo para ver cómo los hombros de Julien se relajaban apenas unos milímetros.) ...y esta es la misma razón por la cual dije al principio que no lo necesitábamos… (mi mirada se clavó en el párpado izquierdo de Reginald, que empezó a temblar) supervisándonos: todos conocemos las tareas de nuestro propio departamento y solo teníamos que seguir entregando resultados al reemplazo de Edith.
Esto cayó como un golpe literal sobre el ego de Reginald, ya que probablemente pensaba que la junta había reconocido sus habilidades al ponerlo a cargo. Sus dedos se agitaron contra su corbata de seda, como si estuviera estrangulando el fantasma de su propia ambición. El control climático de la sala de conferencias zumbó con más fuerza en el repentino silencio, o quizás era la sangre retrocediendo de su rostro.
> Así que... me enviaron aquí... para actuar como un niñero de reemplazo... - La voz de Reginald sonaba hueca, sus ojos desenfocados mientras miraban más allá de los miembros de la junta, hacia algún punto invisible de humillación.
Sus dedos se aflojaron alrededor de la corbata, como si incluso su agarre sobre la dignidad le hubiera fallado. La mesa de caoba le devolvió el reflejo de su expresión lánguida: una versión deformada, como en un espejo de feria, del confiado CEO interino que había entrado treinta minutos atrás.
Gruñí decepcionado, chasqueando los dedos para sacarlo de su fiesta de autocompasión. El sonido resonó nítidamente contra la caoba, haciendo que Sonia se sobresaltara como si yo hubiera disparado una pistola de salida.
- ¡En absoluto! - Ya no me guardé nada, observando cómo la mandíbula caída de Reginald volvía a la vida como una marioneta tirada por hilos invisibles. - ¿Crees que es fácil gestionar la plataforma australiana? Dime algo… (me incliné hacia delante, apoyando los codos sobre la caoba pulida) ¿Te cuestionaste alguna vez por qué, después de que Edith colapsara un lunes, te trajeron en avión desde Inglaterra hasta aquí el jueves?
La pobre alma no tenía ni idea, ni tampoco el resto de la junta. El aire acondicionado de la sala de conferencias subió un peldaño, pero no podía competir con el frío repentino que trepaba por la columna vertebral de Reginald.
- Bueno... porque a diferencia del mando central de Inglaterra, que solo tiene que gestionar 38 sitios mineros activos. -dije, viendo cómo los números hacían clic detrás de los ojos de Reginald como una máquina tragamonedas cayendo en la bancarrota. - Australia está gestionando actualmente 117. Con proyecciones de expandirse a 124 sitios para el próximo año.
Todos los demás (aparte de Sonia, Nelson, Gloria y Maddie) jadearon ante la revelación. El control climático de la sala gimió más fuerte, o tal vez era el ego de Reginald desinflándose. Sus dedos se agitaron contra su corbata como si estuviera recalculando toda la trayectoria de su carrera en tiempo real.
- Así que... aunque creas que fuiste nombrado como un “sustituto temporal” ... -me recliné en mi silla, dejando que las palabras calaran como lluvia ácida sobre mármol pulido. - El hecho es que Australia es la segunda zona de producción después de nuestros yacimientos mineros en África. Sin embargo, Australia sigue siendo el territorio más grande que gestiona la mayoría de los emplazamientos por su cuenta.
El párpado izquierdo de Reginald tembló rítmicamente, con la mandíbula casi desencajada.
- Por lo tanto, aunque la oficina central sea la más antigua, no podían correr el riesgo de dejar Australia desprotegida... - hice una pausa el tiempo justo para observar cómo comprendía el verdadero propósito de su nombramiento en nuestra junta. - Y para mantener su estabilidad, tuvieron que enviar a una de sus mejores personas para hacerse cargo.
Cuando terminó mi pequeño discurso, los susurros se deslizaron por la sala de juntas como serpientes entre la hierba alta. La mesa de caoba reflejaba al menos doce matices diferentes de incomodidad. Entonces, la voz de Maddie tomó el mando.

• Si Edith estuviera aquí, no le gustaría esto. - La voz de Maddie cortó los murmullos como un bisturí a través de la seda. Todas las cabezas giraron hacia ella; no fue el giro tentativo de subordinados contemplando su sorprendente escote, sino el reconocimiento de la poderosa jefa de Recursos Humanos que sé que es en realidad. - Diría algo así como que, si no lo necesitamos, no deberíamos hacerlo.
Sus dedos tamborileaban un ritmo lento y deliberado contra la tableta: el tempo exacto que Edith utilizaba al rechazar gastos innecesarios. El fantasma de la presencia de Edith se materializó en esa cadencia, y observé cómo la nuez de Adán de Reginald subía y bajaba como una boya en un mar agitado.
• Y Marco tiene razón: solo hemos estado haciendo nuestro trabajo... - continuó Maddie, con los dedos aun marcando aquel ritmo familiar contra la tableta.
Sus ojos se clavaron en Reginald con una intensidad silenciosa que lo hizo removerse en su silla como un escolar sorprendido haciendo trampas.
• Pero esa no es una excusa lo suficientemente fuerte como para que Edith nos felicitara por ello.
Ella sonrió y se enderezó en el asiento, divertida.
• Probablemente diría que "ya tenemos suficientes reuniones, galas y cenas como para malgastar dinero adicional en nosotros mismos..." - La risita de Maddie resonó en la sala de juntas, cálida y texturizada como la luz del sol filtrándose a través del whiskey.
Pero entonces, los ojos de Reginald se clavaron en mí, con una mirada completamente rota; su barniz pulido se agrietó como un acabado barato bajo una lámpara de calor. Sus nudillos blanquearon al apretar el borde de la mesa de conferencias y, por un segundo, pensé que realmente podría volcarla.
> ¿Por qué no lo aceptaste? - exigió saber, con la voz quebrándose como tierra seca bajo la oruga de una excavadora.
Las luces de la sala de conferencias se reflejaban en sus ojos inyectados en sangre; ya no era el verde corporativo y pulcro de antes, sino el rojo apagado de un hombre que acababa de darse cuenta de que le habían entregado una espada ceremonial mientras todos los demás tenían armas de fuego funcionales.
> ¿Por qué no aceptaste la propuesta de Edith de ser el CEO interino?

Los ojos de Inga se abrieron de par en par y dejó escapar un pequeño grito. Su habitual actitud de princesa de hielo, pulida e imperturbable, finalmente se quebró; tenía las mejillas encendidas y casi hacía un puchero. Sus peores temores podrían haberse hecho realidad...
Yo me limité a sonreír, restándole importancia. El aire olía a ozono, como antes de que caiga un rayo.
- Porque tengo una familia. Una esposa. Hijas. - las palabras salieron más suaves de lo que pretendía, mientras mi pulgar recorría distraídamente la alianza que aún llevaba después de doce años.

Las luces LED de la sala de juntas iluminaron el oro desgastado cuando giré la palma hacia arriba: una prueba silenciosa en mi defensa.
- Para Edith, el trabajo continúa después del horario laboral. Nunca dejó de pensar en los departamentos y sus problemas... - mis dedos se cerraron en un puño laxo, con el anillo presionando mi piel como un hierro candente. - Lo cual probablemente la estresaba en primer lugar...
Lancé un suspiro profundo y romántico, pensando en Marisol y en nuestras niñas...
- Pero en mi caso, puedo dejar el trabajo cuando termina el turno y concentrarme en las personas y las cosas que amo... - respondí con orgullo. - Y por eso, estoy dispuesto a renunciar a un salario extraordinario.
Para el resto de la junta, mis palabras podrían tan bien haber sido pronunciadas en marciano. Pero para mis amigos (Sonia, Nelson, Gloria, Maddie, Letty, Horatio, Cristina y yo quiero creer que Julien también), hubo una chispa de comprensión. Esa clase de chispa que nace de las experiencias compartidas y de una amistad verdadera y honesta.
Pero quizás, lo más gratificante que encontré en los ojos de Reginald...

Finalmente me había ganado su respeto.
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