La habitación estaba sumida en una penumbra densa, únicamente rota por el resplandor tenue de la calle que se colaba por las cortinas entreabiertas, dibujando siluetas pálidas sobre los cuerpos en movimiento sobre el colchón. Me quedé de pie, recostado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y los nudillos blancos por la presión con que me aferraba a mis propios antebrazos. El aire era pesado, saturado con un olor metálico a sudor, a sexo crudo y a esa humedad característica que impregna todo cuando dos cuerpos se frotan sin descanso. No pude apartar la mirada; mis ojos estaban clavados en la escena, testigos mudos de una violación consentida que se desarrollaba en cámara lenta frente a mí.
Juan no tuvo delicadeza alguna desde el primer momento. Agarró a Lucía por la cintura con unas manos que parecían garras, hundiendo sus dedos en la carne blanda de sus caderas hasta que ella emitió un gemido ahogado, mezcla de dolor y un placer morboso. Sin previo aviso, sin lubricación más allá de la saliva que él escupió groseramente sobre su ano, posicionó la cabeza de su verga, gruesa y roja, en la entrada apretada de su trasero. Con un empujón seco y brutal, se introdujo hasta el fondo. Lucía arqueó la espalda como un látigo, sus manos aferrándose desesperadamente a las sábanas, arrugando la tela entre los dedos mientras Juan empezaba a bombearla con una violencia mecánica, sin importarle los gritos sofocados que ella soltaba contra la almohada.
El sonido de sus piel golpeando contra la de ella era seco y repetitivo, como un látigo azotando el aire una y otra vez. Yo observaba, con el nudo en la garganta apretándome el aire, cómo el ano de Lucía se dilataba forzosamente para aceptar el tamaño desproporcionado de Juan. Él no hacía caso a sus quejidos; al contrario, parecía alimentarse de ellos, acelerando el ritmo hasta que sus testigos golpeaban con fuerza contra sus glúteos. Luego, con un rugido gutural que hizo vibrar el pecho de la habitación, Juan se clavó una última vez con tanta fuerza que levantó las caderas de Lucía del colchón. Su cuerpo se tensó, los músculos del cuello se pusieron rígidos y supe que estaba vaciándose dentro de ella.
Cuando se retiró, el espectáculo fue degradante y vívido. El ano de Lucía permaneció abierto un instante, un orificio pulsante y rojo, antes de empezar a expulsar el semen que Juan había depositado allí. Era una cantidad absurda, espesa y blanca, que chorreaba lentamente por su perineo, manchando las sábanas y bajando hacia su concha ya humedecida. Pero Juan no había terminado, ni mucho menos. Antes de que Lucía pudiera recuperar el aliento, él la agarró por el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás con brusquedad, y obligó a que abriera la boca.
—Trágete todo, perra —murmuró él, con una voz ronca por el esfuerzo.
Aunque acababa de correrse en su culo, su verga seguía semi-erecta, brillante y cubierta con los fluidos de ambos. La introdujo en la boca de Lucía, hundiéndola hasta las amígdalas, provocándole arcadas mientras él la obligaba a limpiar cada rastro de mierda y semen de su miembro. Ella lloraba, las lágrimas le corrían por las mejillas y se mezclaban con la saliva que le escapaba por las comisuras de los labios, pero obedecía, tragando la mezcla viscosa con dificultad. Juan se retiró de su boca con un sonido húmedo y, sin darle tregua, la volteó sobre la espalda, separando sus piernas con violencia.
Ahora tenía su objetivo principal. Su concha, ya húmeda por el sudor y el semen que le corría desde arriba, estaba expuesta y vulnerable. Juan se posó sobre ella, y en un solo movimiento impetuoso, clavó su polla dentro de su vagina. Lucía gritó, esta vez más alto, sintiendo cómo la llenaba de golpe. Él empezó a follarla con una furia desatada, sin técnica, solo pura fuerza bruta, embistiendo una y otra vez mientras sus testigos golpeaban su entrepierna con un ritmo ensordecedor.
—Te voy a llenar, Lucía. Te voy a dejar llena hasta que te revientes —gruñó Juan cerca de su oreja.
Yo veía cómo el miembro de él desaparecía y aparecía a gran velocidad, desplazando los fluidos que ya había dentro, creando una espuma blanca alrededor de la base de su verga. El olor en la habitación se volvió más intenso, una mezcla asfixiante de feromonas y el aroma ácido del sexo repetitivo. Juan no paraba. Parecía una máquina inagotable. Después de unos minutos de golpeo brutal, su cuerpo se convulsionó de nuevo y se hundió hasta el fondo, eyaculando dentro de su útero por primera vez esa noche. Lucía tembló bajo él, sus piernas envolviendo instintivamente la cintura de él mientras sentía el chorro caliente de leche invadiéndola.
Pero él no se retiró para dejarla descansar. Mantuvo su verga dentro, endureciéndose de nuevo casi de inmediato gracias a la estimulación y la visión de Lucía sumisa bajo él. Empezó a moverse de nuevo, esta vez más despacio pero con más profundidad, asegurándose de que cada empujón llegara al cuello del útero. El semen de la anterior eyaculación empezó a salir, mezclado con los jugos de ella, chorreando por sus muslos y formando un charco en el colchón, pero él seguía metiendo más. Era un ciclo interminable de penetración y llenado.
Juan la giró, poniéndola a cuatro patas como un animal. Desde mi posición, tenía una vista perfecta del espectáculo. La concha de Lucía estaba roja, hinchada y abierta por el uso constante. Juan se colocó detrás de ella y volvió a clavársela, esta vez con un ángulo que permitía una penetración aún más profunda. Ella gimió, bajando la cabeza al colchón, levantando solo sus nalgas para recibir el castigo. Él la agarró de los hombros y la estabilizó, empezando a follarla con embestidas que hacían que sus pechos golpearan contra su propio pecho.
—Sí, sí, así —gritaba él, dándole una palmada en el culo que dejó una marca roja instantánea.
Lucía ya no formaba frases coherentemente; solo emitía sonidos guturales, primitivos, completamente dominada por el placer y el agotamiento. Juan aceleró, el golpe de su pelvis contra sus nalgas era un martilleo constante. Por tercera, o quizás cuarta vez, sentí que el clímax se aproximaba. Él apretó los dientes, sudando profusamente, y con un último empujón devastador, se quedó inmóvil, clavado hasta las bolas dentro de ella. Vi cómo sus testículos se contraían, bombeando otra carga masiva de semen directamente dentro de su vientre.
Se quedó así un momento, disfrutando de las contracciones de la vagina de Lucía que exprimían su polla, drenando hasta la última gota de leche. Cuando finalmente se retiró, el flujo fue inmediato. La concha de Lucía no podía contener tanto líquido; el semen blanco y espeso brotó como una fuente, cayendo al colchón en un torrente continuo y asqueroso. Ella colapsó sobre la cama, incapaz de sostenerse por sus propios medios, jadeando, con el cuerpo cubierto de una capa brillante de sudor y fluidos.
Sus labios mayores estaban abultados, rojos y brillantes, entreabiertos revelando el interior inundado de leche. El charco bajo su cadera crecía, testigo silencioso de la cantidad de veces que Juan había corrido dentro de ella. Me acerqué un poco más, impulsado por una morbo que me repugnaba y atraía a la vez, y mirando el desastre entre sus piernas, supe que ya no había vuelta atrás. El útero de Lucía estaba rebosando, saturado de la semilla de otro hombre, y mientras la veía temblar ahí tirada, con el semen goteando sin cesar de su concha usada, supe con certeza que esa noche se había gestado una vida dentro de ella. Juan se recostó a su lado, respirando pesado, con una sonrisa de satisfacción cruel, mientras yo permanecía allí, paralizado, viendo cómo el futuro se escapaba gota a gota entre las piernas de mi novia. Mi amigo acababa de embarazar a mi novia.
Juan no tuvo delicadeza alguna desde el primer momento. Agarró a Lucía por la cintura con unas manos que parecían garras, hundiendo sus dedos en la carne blanda de sus caderas hasta que ella emitió un gemido ahogado, mezcla de dolor y un placer morboso. Sin previo aviso, sin lubricación más allá de la saliva que él escupió groseramente sobre su ano, posicionó la cabeza de su verga, gruesa y roja, en la entrada apretada de su trasero. Con un empujón seco y brutal, se introdujo hasta el fondo. Lucía arqueó la espalda como un látigo, sus manos aferrándose desesperadamente a las sábanas, arrugando la tela entre los dedos mientras Juan empezaba a bombearla con una violencia mecánica, sin importarle los gritos sofocados que ella soltaba contra la almohada.
El sonido de sus piel golpeando contra la de ella era seco y repetitivo, como un látigo azotando el aire una y otra vez. Yo observaba, con el nudo en la garganta apretándome el aire, cómo el ano de Lucía se dilataba forzosamente para aceptar el tamaño desproporcionado de Juan. Él no hacía caso a sus quejidos; al contrario, parecía alimentarse de ellos, acelerando el ritmo hasta que sus testigos golpeaban con fuerza contra sus glúteos. Luego, con un rugido gutural que hizo vibrar el pecho de la habitación, Juan se clavó una última vez con tanta fuerza que levantó las caderas de Lucía del colchón. Su cuerpo se tensó, los músculos del cuello se pusieron rígidos y supe que estaba vaciándose dentro de ella.
Cuando se retiró, el espectáculo fue degradante y vívido. El ano de Lucía permaneció abierto un instante, un orificio pulsante y rojo, antes de empezar a expulsar el semen que Juan había depositado allí. Era una cantidad absurda, espesa y blanca, que chorreaba lentamente por su perineo, manchando las sábanas y bajando hacia su concha ya humedecida. Pero Juan no había terminado, ni mucho menos. Antes de que Lucía pudiera recuperar el aliento, él la agarró por el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás con brusquedad, y obligó a que abriera la boca.
—Trágete todo, perra —murmuró él, con una voz ronca por el esfuerzo.
Aunque acababa de correrse en su culo, su verga seguía semi-erecta, brillante y cubierta con los fluidos de ambos. La introdujo en la boca de Lucía, hundiéndola hasta las amígdalas, provocándole arcadas mientras él la obligaba a limpiar cada rastro de mierda y semen de su miembro. Ella lloraba, las lágrimas le corrían por las mejillas y se mezclaban con la saliva que le escapaba por las comisuras de los labios, pero obedecía, tragando la mezcla viscosa con dificultad. Juan se retiró de su boca con un sonido húmedo y, sin darle tregua, la volteó sobre la espalda, separando sus piernas con violencia.
Ahora tenía su objetivo principal. Su concha, ya húmeda por el sudor y el semen que le corría desde arriba, estaba expuesta y vulnerable. Juan se posó sobre ella, y en un solo movimiento impetuoso, clavó su polla dentro de su vagina. Lucía gritó, esta vez más alto, sintiendo cómo la llenaba de golpe. Él empezó a follarla con una furia desatada, sin técnica, solo pura fuerza bruta, embistiendo una y otra vez mientras sus testigos golpeaban su entrepierna con un ritmo ensordecedor.
—Te voy a llenar, Lucía. Te voy a dejar llena hasta que te revientes —gruñó Juan cerca de su oreja.
Yo veía cómo el miembro de él desaparecía y aparecía a gran velocidad, desplazando los fluidos que ya había dentro, creando una espuma blanca alrededor de la base de su verga. El olor en la habitación se volvió más intenso, una mezcla asfixiante de feromonas y el aroma ácido del sexo repetitivo. Juan no paraba. Parecía una máquina inagotable. Después de unos minutos de golpeo brutal, su cuerpo se convulsionó de nuevo y se hundió hasta el fondo, eyaculando dentro de su útero por primera vez esa noche. Lucía tembló bajo él, sus piernas envolviendo instintivamente la cintura de él mientras sentía el chorro caliente de leche invadiéndola.
Pero él no se retiró para dejarla descansar. Mantuvo su verga dentro, endureciéndose de nuevo casi de inmediato gracias a la estimulación y la visión de Lucía sumisa bajo él. Empezó a moverse de nuevo, esta vez más despacio pero con más profundidad, asegurándose de que cada empujón llegara al cuello del útero. El semen de la anterior eyaculación empezó a salir, mezclado con los jugos de ella, chorreando por sus muslos y formando un charco en el colchón, pero él seguía metiendo más. Era un ciclo interminable de penetración y llenado.
Juan la giró, poniéndola a cuatro patas como un animal. Desde mi posición, tenía una vista perfecta del espectáculo. La concha de Lucía estaba roja, hinchada y abierta por el uso constante. Juan se colocó detrás de ella y volvió a clavársela, esta vez con un ángulo que permitía una penetración aún más profunda. Ella gimió, bajando la cabeza al colchón, levantando solo sus nalgas para recibir el castigo. Él la agarró de los hombros y la estabilizó, empezando a follarla con embestidas que hacían que sus pechos golpearan contra su propio pecho.
—Sí, sí, así —gritaba él, dándole una palmada en el culo que dejó una marca roja instantánea.
Lucía ya no formaba frases coherentemente; solo emitía sonidos guturales, primitivos, completamente dominada por el placer y el agotamiento. Juan aceleró, el golpe de su pelvis contra sus nalgas era un martilleo constante. Por tercera, o quizás cuarta vez, sentí que el clímax se aproximaba. Él apretó los dientes, sudando profusamente, y con un último empujón devastador, se quedó inmóvil, clavado hasta las bolas dentro de ella. Vi cómo sus testículos se contraían, bombeando otra carga masiva de semen directamente dentro de su vientre.
Se quedó así un momento, disfrutando de las contracciones de la vagina de Lucía que exprimían su polla, drenando hasta la última gota de leche. Cuando finalmente se retiró, el flujo fue inmediato. La concha de Lucía no podía contener tanto líquido; el semen blanco y espeso brotó como una fuente, cayendo al colchón en un torrente continuo y asqueroso. Ella colapsó sobre la cama, incapaz de sostenerse por sus propios medios, jadeando, con el cuerpo cubierto de una capa brillante de sudor y fluidos.
Sus labios mayores estaban abultados, rojos y brillantes, entreabiertos revelando el interior inundado de leche. El charco bajo su cadera crecía, testigo silencioso de la cantidad de veces que Juan había corrido dentro de ella. Me acerqué un poco más, impulsado por una morbo que me repugnaba y atraía a la vez, y mirando el desastre entre sus piernas, supe que ya no había vuelta atrás. El útero de Lucía estaba rebosando, saturado de la semilla de otro hombre, y mientras la veía temblar ahí tirada, con el semen goteando sin cesar de su concha usada, supe con certeza que esa noche se había gestado una vida dentro de ella. Juan se recostó a su lado, respirando pesado, con una sonrisa de satisfacción cruel, mientras yo permanecía allí, paralizado, viendo cómo el futuro se escapaba gota a gota entre las piernas de mi novia. Mi amigo acababa de embarazar a mi novia.
0 comentarios - Mi amigo embaraza a mi novia