La luz tenue de la habitación apenas alcanzaba a iluminar la inmensidad de la cama, pero no necesitaba ver para saber lo que ocurría. El olor a sexo, sudor y leche dulce ya impregnaba el aire, denso y pegajoso en mis fosas nasales. Me senté en el rincón, en el sillón de terciopelo que habíamos colocado justo para este propósito, con las manos apoyadas en las rodillas y los ojos fijos en el espectáculo que se desarrollaba ante mí. Mi mujer, María, estaba en el centro, arqueada sobre las sábanas revueltas, su enorme barriga de embarazada señalando hacia el techo como un monumento a la fertilidad, brillando por el fino sudor que cubría su piel estirada.
A su lado, mis dos amigos, Javier y Mario, ya no tenían ropa. Sus miradas devoraban el cuerpo de María con una hambre animal que me hizo revolcarme en el asiento, sintiendo cómo mi propia polla empezaba a latir contra la tela del pantalón. Javier fue el primero en acercarse, sus manos grandes y toscas posándose suavemente sobre los costados de la barriga de ella, deslizando los dedos hacia abajo, hacia las caderas anchas que la gestación le había regalado.
—Mira qué hermosa estás, perrita —susurró Javier, su voz ronca, mientras bajaba la cabeza para morder suavemente la piel sensible del cuello de Sofía.
Ella respondió con un gemido profundo, arqueando la espalda, ofreciéndose. Sus tetas, que habían crecido a un tamaño descomunal durante los últimos meses, colgaban pesadas a ambos lados de su vientre. Los pezones, oscuros y hinchados, parecían a punto de estallar. Mario no perdió tiempo; se acercó por el otro lado y, con un movimiento brusco, agarró una de esas mamas masivas, levantándola para llevar el pezón a su boca. La succión fue audible, fuerte y húmeda.
Al instante, un chorro fino y blanco de leche brotó del pezón de María, salpicando el labio inferior de Mario y corriendo por su barbilla. El contraste era brutal: la leche pura y blanca sobre la piel bronceada y la barba ruda de mi amigo. María gritó, una mezcla de dolor y placer puro, sus manos aferrándose las sábanas mientras sus caderas buscaban instintivamente una fricción que aún no tenían.
—Sí, tómatela toda... exprímela —gruñí desde mi rincón, mi voz apenas un susurro que se perdió en los jadeos de la habitación.
Javier, mientras tanto, había separado las piernas de mi mujer. La vista de su concha, peluda y hinchada por el embarazo, brillando con sus propios jugos, fue suficiente para que él perdiera la compostura. Se colocó entre sus muslos, alineando su verga gruesa y dura con la entrada de su coño. Sin previo aviso, con un empujón de caderas potente, se hundió hasta el fondo.
María lanzó un agudo alarido que hizo temblar las paredes. Su barriga rebotó con el impacto del golpe, y sus tetas gigantes empezaron a bailar locamente de un lado a otro con cada embestida que Javier le propinaba. La leche seguía fluyendo, ahora chorros intermitentes que salían disparados cada vez que Mario apretaba o mordisqueaba el otro seno. El suelo ya estaba manchado de gotas blancas, un desastre líquido que solo excitaba más a los dos hombres que la usaban.
—¡Más! ¡Denme más, cabrones! —gritaba ella, completamente perdida en la lujuria, sus ojos desenfocados y la boca abierta, dejando escapar babas mientras la follaban sin piedad.
Javier aumentó el ritmo, sus nalgas contrayéndose mientras la penetraba con fuerza, golpeando el cérvix dilatado de la embarazada. El sonido de los cuerpos chocando, chap, chap, chap, era obsceno, húmedo y rápido. Mario, con la cara aún empapada de leche, se levantó y llevó su polla a la boca de María. Ella la aceptó con avidez, tragándosela entera mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de esfuerzo y placer.
Vi cómo el cuerpo de mi esposa se tensaba, cómo los músculos de sus muslos temblaban alrededor de la cintura de Javier. Con un rugido gutural, Javier se clavó una última vez, tan profundo como pudo, y se quedó inmóvil. Su espalda se arqueó y soltó un gemido largo mientras sus testículos se vaciaban dentro de ella. Me imaginé el calor de su semen disparándose contra el fondo de su útero, mezclándose con los fluidos de ella, llenándola por dentro.
Pero no hubo tregua. Antes de que Javier pudiera recuperarse del todo, Mario ya estaba retirando su polla de la boca de María, dejando un hilo de saliva y leche conectando su glande a los labios hinchados de ella. Se movieron con una rapidez coordinada; Javier se deslizó fuera, dejando al descubierto su concha que ya empezaba a gotear el semen blanco y espeso, y Mario ocupó su lugar inmediatamente.
—Ahora me toca a mí, zorra —dijo Mario, introduciéndose de un solo golpe en el agujero ya lubricado por la carga de mi otro amigo.
Sofía gritó de nuevo, esta vez más alta, sintiendo cómo la segunda polla la estiraba aún más, llenando el espacio que la primera había dejado. Sus tetas seguían rebotando, ahora con más violencia debido a la furia de las embestidas de Mario. La leche salía en spray, mojando el pecho de Mario y cayendo sobre la barriga de ella, creando una mezcla resbaladiza y brillante sobre su piel.
Yo me levanté, incapaz de quedarme quieto. Me acerqué al borde de la cama, observando de cerca el punto de unión. Ver cómo la polla de Mario entraba y salía a toda velocidad de las entrañas de mi amada y querida esposa, arrastrando consigo el semen de Javier, espumando alrededor de la base de su verga, fue una de las imágenes más excitantes que jamás había presenciado. El olor era fuerte, a sexo crudo y a leche de maternidad. Se veía hermosa, cómo la amaba...
—¡Correte dentro de ella! ¡Llénala hasta que rebalse! —grité, agarrando mi propia erección con fuerza a través del pantalón.
Mario asintió, con los dientes apretados, sudando profusamente. Agarró los tobillos de María y abrió sus piernas todo lo que pudo, dándole acceso total a su profundidad. Con una serie de golpes cortos y violentos, alcanzó su propio clímax. Vi cómo sus testículos se elevaron y cómo su cuerpo se estremeció mientras eyaculaba otra y otra vez dentro del vientre de mi mujer, añadiendo su carga a la que ya estaba allí.
María se convulsionó bajo él, alcanzando su propio orgasmo, gritando obscenidades, pidiendo más leche, más polla, más semen. Su cuerpo se sacudió violentamente, sus tetas rebotando una última vez antes de caer pesadas a los lados de su pecho, mientras sus pezones seguían goteando leche suavemente, formando pequeños charcos en las sábanas.
Mario se retiró lentamente, su polla semirrígida saliendo con un sonido pop húmedo. Lo que siguió fue una visión de pornografía pura. La concha de María estaba roja, hinchada y abierta, el orificio pulsando levemente mientras una riada espesa y blanca de semen mezclado comenzaba a fluir hacia fuera, deslizándose por el perineo y manchando las sábanas bajo sus nalgas.
La habitación se quedó en silencio, salvo por el sonido pesado de la respiración de los tres. Mis dos amigos se recostaron hacia atrás, agotados y satisfechos, mirando su obra. María yacía allí, con las piernas abiertas, la barriga subiendo y bajando, su cuerpo marcado por el sexo y la leche.
Entonces, me miraron. Luego, miraron el desastre entre sus piernas. Sabía lo que tenía que hacer. Me quité la ropa y me subí a la cama, acercándome a esa fuente caliente y pegajosa. El olor a sus fluidos mezclados era intoxicante. Bajé la cabeza, posando mis manos sobre los muslos temblorosos de mi mujer, y me preparé para limpiar el desastre que mis amigos habían dejado en su interior, listo para probar la mezcla de sus esencias y la de ella.
A su lado, mis dos amigos, Javier y Mario, ya no tenían ropa. Sus miradas devoraban el cuerpo de María con una hambre animal que me hizo revolcarme en el asiento, sintiendo cómo mi propia polla empezaba a latir contra la tela del pantalón. Javier fue el primero en acercarse, sus manos grandes y toscas posándose suavemente sobre los costados de la barriga de ella, deslizando los dedos hacia abajo, hacia las caderas anchas que la gestación le había regalado.
—Mira qué hermosa estás, perrita —susurró Javier, su voz ronca, mientras bajaba la cabeza para morder suavemente la piel sensible del cuello de Sofía.
Ella respondió con un gemido profundo, arqueando la espalda, ofreciéndose. Sus tetas, que habían crecido a un tamaño descomunal durante los últimos meses, colgaban pesadas a ambos lados de su vientre. Los pezones, oscuros y hinchados, parecían a punto de estallar. Mario no perdió tiempo; se acercó por el otro lado y, con un movimiento brusco, agarró una de esas mamas masivas, levantándola para llevar el pezón a su boca. La succión fue audible, fuerte y húmeda.
Al instante, un chorro fino y blanco de leche brotó del pezón de María, salpicando el labio inferior de Mario y corriendo por su barbilla. El contraste era brutal: la leche pura y blanca sobre la piel bronceada y la barba ruda de mi amigo. María gritó, una mezcla de dolor y placer puro, sus manos aferrándose las sábanas mientras sus caderas buscaban instintivamente una fricción que aún no tenían.
—Sí, tómatela toda... exprímela —gruñí desde mi rincón, mi voz apenas un susurro que se perdió en los jadeos de la habitación.
Javier, mientras tanto, había separado las piernas de mi mujer. La vista de su concha, peluda y hinchada por el embarazo, brillando con sus propios jugos, fue suficiente para que él perdiera la compostura. Se colocó entre sus muslos, alineando su verga gruesa y dura con la entrada de su coño. Sin previo aviso, con un empujón de caderas potente, se hundió hasta el fondo.
María lanzó un agudo alarido que hizo temblar las paredes. Su barriga rebotó con el impacto del golpe, y sus tetas gigantes empezaron a bailar locamente de un lado a otro con cada embestida que Javier le propinaba. La leche seguía fluyendo, ahora chorros intermitentes que salían disparados cada vez que Mario apretaba o mordisqueaba el otro seno. El suelo ya estaba manchado de gotas blancas, un desastre líquido que solo excitaba más a los dos hombres que la usaban.
—¡Más! ¡Denme más, cabrones! —gritaba ella, completamente perdida en la lujuria, sus ojos desenfocados y la boca abierta, dejando escapar babas mientras la follaban sin piedad.
Javier aumentó el ritmo, sus nalgas contrayéndose mientras la penetraba con fuerza, golpeando el cérvix dilatado de la embarazada. El sonido de los cuerpos chocando, chap, chap, chap, era obsceno, húmedo y rápido. Mario, con la cara aún empapada de leche, se levantó y llevó su polla a la boca de María. Ella la aceptó con avidez, tragándosela entera mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de esfuerzo y placer.
Vi cómo el cuerpo de mi esposa se tensaba, cómo los músculos de sus muslos temblaban alrededor de la cintura de Javier. Con un rugido gutural, Javier se clavó una última vez, tan profundo como pudo, y se quedó inmóvil. Su espalda se arqueó y soltó un gemido largo mientras sus testículos se vaciaban dentro de ella. Me imaginé el calor de su semen disparándose contra el fondo de su útero, mezclándose con los fluidos de ella, llenándola por dentro.
Pero no hubo tregua. Antes de que Javier pudiera recuperarse del todo, Mario ya estaba retirando su polla de la boca de María, dejando un hilo de saliva y leche conectando su glande a los labios hinchados de ella. Se movieron con una rapidez coordinada; Javier se deslizó fuera, dejando al descubierto su concha que ya empezaba a gotear el semen blanco y espeso, y Mario ocupó su lugar inmediatamente.
—Ahora me toca a mí, zorra —dijo Mario, introduciéndose de un solo golpe en el agujero ya lubricado por la carga de mi otro amigo.
Sofía gritó de nuevo, esta vez más alta, sintiendo cómo la segunda polla la estiraba aún más, llenando el espacio que la primera había dejado. Sus tetas seguían rebotando, ahora con más violencia debido a la furia de las embestidas de Mario. La leche salía en spray, mojando el pecho de Mario y cayendo sobre la barriga de ella, creando una mezcla resbaladiza y brillante sobre su piel.
Yo me levanté, incapaz de quedarme quieto. Me acerqué al borde de la cama, observando de cerca el punto de unión. Ver cómo la polla de Mario entraba y salía a toda velocidad de las entrañas de mi amada y querida esposa, arrastrando consigo el semen de Javier, espumando alrededor de la base de su verga, fue una de las imágenes más excitantes que jamás había presenciado. El olor era fuerte, a sexo crudo y a leche de maternidad. Se veía hermosa, cómo la amaba...
—¡Correte dentro de ella! ¡Llénala hasta que rebalse! —grité, agarrando mi propia erección con fuerza a través del pantalón.
Mario asintió, con los dientes apretados, sudando profusamente. Agarró los tobillos de María y abrió sus piernas todo lo que pudo, dándole acceso total a su profundidad. Con una serie de golpes cortos y violentos, alcanzó su propio clímax. Vi cómo sus testículos se elevaron y cómo su cuerpo se estremeció mientras eyaculaba otra y otra vez dentro del vientre de mi mujer, añadiendo su carga a la que ya estaba allí.
María se convulsionó bajo él, alcanzando su propio orgasmo, gritando obscenidades, pidiendo más leche, más polla, más semen. Su cuerpo se sacudió violentamente, sus tetas rebotando una última vez antes de caer pesadas a los lados de su pecho, mientras sus pezones seguían goteando leche suavemente, formando pequeños charcos en las sábanas.
Mario se retiró lentamente, su polla semirrígida saliendo con un sonido pop húmedo. Lo que siguió fue una visión de pornografía pura. La concha de María estaba roja, hinchada y abierta, el orificio pulsando levemente mientras una riada espesa y blanca de semen mezclado comenzaba a fluir hacia fuera, deslizándose por el perineo y manchando las sábanas bajo sus nalgas.
La habitación se quedó en silencio, salvo por el sonido pesado de la respiración de los tres. Mis dos amigos se recostaron hacia atrás, agotados y satisfechos, mirando su obra. María yacía allí, con las piernas abiertas, la barriga subiendo y bajando, su cuerpo marcado por el sexo y la leche.
Entonces, me miraron. Luego, miraron el desastre entre sus piernas. Sabía lo que tenía que hacer. Me quité la ropa y me subí a la cama, acercándome a esa fuente caliente y pegajosa. El olor a sus fluidos mezclados era intoxicante. Bajé la cabeza, posando mis manos sobre los muslos temblorosos de mi mujer, y me preparé para limpiar el desastre que mis amigos habían dejado en su interior, listo para probar la mezcla de sus esencias y la de ella.
2 comentarios - Mis amigos se cogen a mi mujer embarazada