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El nuevo vecino 4

La puerta del 4B se abrió antes de que Delia pudiera bajar la mano, como si Isaiah hubiera estado esperando al otro lado, conteniendo la respiración, oliendo su perfume a través de la madera.

La realidad de él era abrumadora. En pantalones de chándal grises que colgaban peligrosamente de sus caderas, sin camisa, cada músculo definido como si hubiera sido esculpido con intención sexual. Pero era su altura lo que aturdía: Delia, incluso con sus plataformas de dieciocho centímetros, apenas llegaba a su pecho. Él la envolvió completamente, una sombra viva de dos metros de pura masculinidad.

—Mierda —gruñó Isaiah, sus ojos recorriendo el látex brillante que se adhería a sus curvas como piel de serpiente—. Eres exactamente como imaginaba. Mejor.

Su mano —enorme, morena, con dedos gruesos y largos— se extendió y agarró su cadera con fuerza posesiva. Delia jadeó cuando esos dedos se deslizaron hacia atrás, hundiéndose en la carne de su glúteo, apretando con una fuerza que rozaba el dolor pero que la hizo mojar instantáneamente las perlas de su lencería.

—Entra —ordenó, y la empujó suavemente pero inexorablemente hacia el interior, cerrando la puerta con una patada que hizo vibrar el marco.

El apartamento olía a sexo anticipado, a sudor masculino, a promesas cumplidas. Isaiah no perdió tiempo con preliminares verbales. La levantó del suelo con la misma facilidad con la que Delia habría levantado una muñeca, una mano bajo sus muslos, la otra en su nuca, y la llevó hasta el centro de la sala donde un colchón había sido colocado deliberadamente sobre el suelo de madera.

—Tu juguete —exigió, y Delia obedeció, sacando el consolador negro de su bolsa con manos temblorosas.

Isaiah lo tomó, evaluándolo con una ceja arqueada.

—Treinta centímetros —murmuró, comparándolo con su propia entrepierna—. Bonito intento, pero esto es un juguete. Voy a mostrarte qué es una polla real.

Se bajó los pantalones de un tirón, y Delia dejó de respirar. Lo que emergió fue monstruoso, desafiante, hermoso en su brutalidad: veinticinco centímetros de grosor inhumano, la piel oscura tensa y brillante, la cabeza bulbosa que parecía un puño cerrado, las venas que palpitaban visiblemente con el latido de su corazón. Olía a virilidad pura, a testosterona concentrada.

—Bésala —ordenó, y Delia cayó de rodillas, abriendo la boca hasta donde sus mandíbulas permitían.

El sabor lo invadió todo: salado, amargo, eléctrico. Isaiah agarró su cabeza con ambas manos y empujó, desafiando su garganta, haciéndola llorar y babear hasta que su barbilla brillaba. Cuando la sacó, jadeando, la levantó de nuevo y la arrojó sobre el colchón.
El nuevo vecino 4


La noche se convirtió en un torbellino de posiciones que Delia no había imaginado posibles. Isaiah la cargó contra la pared, sus piernas alrededor de su cintura mientras se hundía en ella con embestidas que hacían caer cuadros. La puso de espaldas en el sofá, sus tobillos sobre sus hombros, penetrándola tan profundo que Delia gritó creyendo que sentía su polla en su garganta.

—Más fuerte, joder, más fuerte —suplicaba ella, y él respondía, aumentando el ritmo hasta que el sonido de sus cuerpos chocando era como aplausos obscenos.
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En algún momento, la cargó sobre sus hombros como si fuera un saco, con su cabeza colgando hacia el suelo y sus piernas separadas en el aire, y la folló desde arriba, gravedad ayudando a que cada embestida alcanzara rincones que Delia no sabía que existían. Se corrió así, gritando al revés, sus fluidos corriendo por su vientre hasta su propio rostro mientras Isaiah continuaba, imparable, una máquina de sexo con piel humana.

La llevaron a la cocina, donde la dobló sobre la mesa de granito frío. Al baño, donde la metió en la ducha y la tomó contra los azulejos mientras el agua caliente quemaba su piel. A su propia cama, donde finalmente, agotada, Delia montó sobre él, sus manos sobre su pecho musculoso, sus caderas moviéndose con ritmo desesperado mientras él la guiaba, agarrando sus pezones con fuerza suficiente para hacerla ver estrellas.

—Dime quién eres —gruñó Isaiah, sintiendo cómo ella se aproximaba a otro orgasmo.

—Soy... soy tu puta —jadeó Delia, sin reconocer su propia voz, ronca de gritar—. Tu muñeca, tu juguete...

—Correcto —y él se sentó, abrazándola contra su pecho, y la penetró desde abajo con una fuerza que la hizo desmayarse momentáneamente, el placer cortando su consciencia como un cuchillo afilado.

Cuando amaneció, gris y frío a través de las ventanas, Delia yacía sobre el pecho de Isaiah, sintiendo su respiración lenta, su corazón golpeando contra su mejilla. Cada músculo de su cuerpo gritaba, cada orificio palpitaba, su piel estaba marcada por sus dedos, su boca hinchada por sus besos.

Isaiah acarició su cabello enredado.

—¿Volverás a tu apartamento? —preguntó, aunque ambos sabían la respuesta.

Delia negó con la cabeza, demasiado agotada para hablar, y sintió la risa profunda que vibraba en el pecho de su vecino.

—Bien —dijo él, y ya se estaba endureciendo de nuevo contra su muslo—. Porque tengo treinta años de frustración sexual que guardar, y esta noche apenas hemos comenzado.

Delia cerró los ojos, sonriendo, y se dejó llevar hacia la siguiente ronda. El virus SR-47 le había quitado su vieja vida, pero le había dado algo infinitamente mejor: un cuerpo que podía sentir, y un hombre que sabía exactamente qué hacer con él.
de hombre a mujer

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