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La camilla

La camilla

Paola ya estaba dormida. Anestesia total. El quirófano en silencio salvo por el pitido de los monitores. La habían operado de lo que tenían que operarla y ahora, como ella misma había pedido, el médico se preparaba para sacarle las berrugas de la ingle.
No era su especialidad. Él operaba otra cosa. Pero la mina se lo había pedido y, total, ya estaba abierta y dormida. Le pidió a la instrumentadora que le abriera un poco más las piernas y le enfocara la luz.
Ahí la tuvo.
La concha de Paola quedó a centímetros de su cara. Labios oscuros, cerrados, un poco hinchados. La ingle con dos berrugas chiquitas justo al costado. El olor a desinfectante se mezclaba con el olor natural de mujer. Él se quedó un segundo más de lo necesario mirando.
Se puso los guantes nuevos, agarró el instrumental y se inclinó. Tenía la cara tan cerca que casi le rozaba el muslo con la mascarilla. Empezó a trabajar. Cada movimiento lo obligaba a mirar de frente la concha. Se le venía a la cabeza lo fácil que sería tocar, abrir un poco los labios, mirar adentro… pero no lo hizo. Se contuvo.
Igual se le paró.
Lo sintió claro dentro del ambo. La pija se le endureció mientras sacaba la primera berruga. Tragó saliva y siguió. La segunda estaba todavía más cerca del borde de los labios. Tuvo que estirar un poco la piel con los dedos enguantados y en ese momento el pulgar casi le rozó el labio exterior de la concha. Se detuvo un segundo. Miró. La instrumentadora estaba de espaldas, acomodando algo.
Volvió al laburo. Terminó de sacar las dos berrugas, cauterizó y limpió. Pero antes de cubrirla se quedó unos segundos más de los necesarios observando. La concha quieta, vulnerable, completamente a su merced. Pensó en cómo se la estaría cogiendo el marido, en cómo se pondría esa concha cuando estaba caliente.
Después suspiró, se acomodó la pija adentro del pantalón lo mejor que pudo, y le dijo a la instrumentadora que ya podían cubrirla.
Paola no se enteró de nada. Solo supo, cuando despertó, que las berrugas ya no estaban.

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