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El secreto que volvió con ella

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(No subject)
La diferencia con su marido la sorprendió desde el primer momento. Su compañero era considerablemente más grande, y aquella diferencia hacía que todo se sintiera desconocido.
Cuando estuvieron juntos por primera vez, ninguno se apresuró. Ella sintió inicialmente la presión de aquella cercanía nueva y tuvo que detenerse un instante para acostumbrarse. Él permaneció quieto, atento a su reacción, mientras ella respiraba profundamente y dejaba que la tensión inicial fuera desapareciendo.
Poco a poco pudo relajarse. La sensación dejó de ser simplemente extraña y se convirtió en una intensa conciencia de tenerlo junto a ella, mucho más presente de lo que estaba acostumbrada. Lo miró y, en vez de retroceder, lo atrajo hacia sí.
Ese gesto cambió el significado de todo.
No estaba simplemente permitiendo que sucediera. Lo había elegido.
La cercanía entre ambos aumentó lentamente, dándole tiempo para adaptarse a una intimidad diferente de la que conocía con su marido. Cuando finalmente dejó de contenerse, comprendió que lo que más la perturbaba era precisamente que no quería detenerse.
Cuando advirtió que él estaba llegando al límite —por la respiración entrecortada, la tensión de los músculos y la manera en que se aferraba a ella—, lo abrazó con las piernas y lo atrajo todavía más hacia sí. Quería permanecer así hasta el final.
Él respondió estrechándola con fuerza y llevó una mano hacia la parte trasera de su cuerpo, añadiendo allí una caricia especialmente íntima. Ella respondió acercándolo todavía más. Durante unos instantes, las diferentes sensaciones parecieron fundirse en una sola.
Entonces ella también llegó al orgasmo.
Todo su cuerpo se tensó y las contracciones involuntarias y rítmicas de su pelvis parecieron envolverlo y retenerlo contra ella. Cada oleada reforzaba la siguiente mientras se aferraba a sus hombros, incapaz ya de mantener el control deliberado de sus movimientos.
Casi simultáneamente percibió que él también llegaba al clímax: su respiración se quebró, su cuerpo se tensó y después llegaron varios estremecimientos sucesivos, primero intensos y después cada vez más débiles. Ella mantuvo las piernas cerradas alrededor de él hasta que ambos comenzaron a relajarse.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Ella sabía que no habían utilizado ninguna barrera. Sabía también que existía una posibilidad real de embarazo y que aquel hombre no era su marido: era el compañero con quien el lunes volvería a compartir reuniones, cafés y conversaciones aparentemente inocentes.
La idea no desapareció cuando se separaron.
Ella seguía extraordinariamente sensible y conservaba una sensación de plenitud que tardaba en disiparse. La diferencia física con su marido permanecía inevitablemente en su pensamiento, pero ahora se mezclaba con algo todavía más inquietante: la posibilidad de que aquel encuentro dejara una consecuencia que sobreviviera al secreto.
Se puso de pie y contempló durante unos instantes las huellas de aquella noche. En su imaginación las convirtió en una especie de néctar prohibido. Recogió parte de aquella huella en la mano y la acercó a sus labios, convirtiendo el momento en un pequeño ritual entre ambos.
La probó y la bebió lentamente mientras sostenía la mirada de su amante. Para ella, el gesto tenía menos que ver con el sabor que con lo que representaba: aceptar deliberadamente hasta la última consecuencia simbólica de la intimidad que acababan de compartir.
Después tampoco quiso alejarse inmediatamente. Volvió hacia él y recorrió nuevamente su cuerpo con besos y caricias, demorándose en aquella despedida. Ya no había urgencia: sólo el deseo de extender unos minutos más algo que tendría que terminar en cuanto abandonaran aquella habitación.
Pero tampoco terminó allí.
Más tarde cambiaron de posición y cruzaron juntos otro límite de intimidad, uno que ella nunca había compartido con él hasta entonces. La intensidad la sorprendió y necesitó unos instantes para adaptarse. Él permaneció atento a sus reacciones mientras ella dejaba claro que quería continuar.
Cuando él volvió a acercarse al clímax, ella reconoció las mismas señales: la respiración alterada, la tensión y finalmente los estremecimientos que lo atravesaron mientras permanecían estrechamente unidos.
Ella no quiso que se apartara.
Lo sostuvo contra su cuerpo hasta que aquella tensión desapareció y ambos quedaron nuevamente inmóviles.
Ya no podía decirse que simplemente se había dejado arrastrar por un instante de deseo.
Había elegido seguir.
Entonces pensó en su marido.
Imaginó regresar a casa, acostarse a su lado y sentir nuevamente sus brazos alrededor de ella. La estremecía pensar que llevaría consigo el recuerdo del otro hombre y que su marido podría besarla y acariciarla ignorando por completo lo sucedido horas antes. El secreto de su amante permanecería simbólicamente entre ambos, invisible para todos excepto para ella.
El hombre que tenía delante la observaba en silencio, quizá intentando comprender qué significaba todo aquello.
Ni ella misma estaba segura.
Sólo sabía que no había sido un accidente. Había deseado a su compañero, había querido permanecer con él hasta el final y había seguido eligiéndolo cada vez que aquella noche les presentaba un nuevo límite.
Horas después volvería a casa.
El lunes se sentaría frente a su compañero como si fueran simplemente dos colegas.
Y quizá, semanas más tarde, aparecerían un atraso y una prueba de embarazo.
Entonces habría una pregunta que ya no pertenecería únicamente a aquella habitación:
quién era el padre.

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