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Un cambio inesperado (capítulo 7)

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7- El jefe
El despertador sonó a las 6:30 de la mañana, como siempre. Daniel abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de los senos de su madre sobre su pecho, la suavidad de las sábanas contra su piel. Por un momento, el sueño lo engañó haciéndole creer que todo había sido una pesadilla. Pero al girar la cabeza y ver a su padre dormido a su lado, la realidad lo golpeó con fuerza.
Todavía estoy aquí, pensó, con un nudo en la garganta. Sigo siendo ella.
Se levantó con cuidado, procurando no despertar a su padre. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío, y caminó hacia el baño con pasos sigilosos. Al mirarse en el espejo, el rostro de su madre le devolvió la mirada: el cabello oscuro ligeramente desordenado, los ojos soñolientos, los labios aún ligeramente hinchados por el beso de la noche anterior.
-Otra vez -murmuró para sí misma, con un suspiro.
Se preparó para el día con una eficiencia que ya le resultaba familiar. Abrió el grifo, dejó que el agua caliente cayera sobre su piel, y se lavó el rostro con los productos de su madre. Luego, frente al tocador, tomó el cepillo y comenzó a peinarse. Sus dedos ya conocían los movimientos, sabían cómo recoger el cabello en un moño elegante, cómo dejar algunos mechones sueltos para enmarcar el rostro.
El maquillaje ya no era un misterio. Después de tantos días viendo a su madre hacerlo, y de las lecciones prácticas, se había vuelto casi automático. Cada paso lo hacía con precisión, aunque en su interior seguía quejándose.
Todo esto solo para ir a trabajar, pensó, mientras aplicaba el delineador con mano firme. Es una pérdida de tiempo. Pero si no lo hago, alguien notará que algo anda mal.
Cuando terminó, se miró en el espejo. Su madre estaba allí, perfectamente arreglada, lista para enfrentar el día. Nadie notaría la diferencia. Y esa era la parte aterradora: que ya se estaba acostumbrando.
Salió del baño y se vistió con el traje que su madre había dejado preparado la noche anterior. La misma vestimenta que los días anteriores. Al ajustarse la falda y abrocharse el sostén, notó con cierta resignación que ya no se sentía tan extraño. Su cuerpo se había acostumbrado a esas ropas, a esas sensaciones.
Antes de salir, pasó por su habitación -la que ahora ocupaba su madre en su cuerpo. La puerta estaba entreabierta, y pudo ver a su madre dormida, envuelta en las sábanas, con el rostro de su propio hijo relajado en el sueño. Decidió no despertarla. Ya sabía lo que tenía que hacer.
Llegó a la oficina a la hora habitual. El edificio se veía igual que siempre, las mismas caras, los mismos saludos automáticos. Se sentó en su escritorio, encendió la computadora y comenzó a revisar los correos. La rutina era casi reconfortante en su previsibilidad.
Pero entonces, escuchó unos pasos conocidos. Y supo que ese día no sería normal.
-Buenos días, Lucía -dijo Yair, apoyándose en el borde de su escritorio con esa sonrisa que ya le resultaba nauseabunda. Su tono era alegre, como si nada hubiera pasado.
Daniel no levantó la vista. Sus dedos siguieron tecleando, ignorándolo deliberadamente. El enojo del día anterior todavía le hervía en la sangre.
-Parece que todavía estás enojada -dijo Yair, y su sonrisa se ensanchó. Con un movimiento rápido, sacó algo de su bolsillo y lo dejó ver: la braga, la que le había quitado. La sostenía entre sus dedos como un trofeo.
Daniel sintió que el corazón le daba un vuelco. Miró a su alrededor, nervioso, temiendo que alguien pudiera ver.
-¡Devuélveme eso! -susurró, extendiendo la mano para arrebatársela.
Pero Yair fue más rápido. Apartó la mano, riéndose entre dientes.
-Si la quieres de vuelta, tendrás que...
-Ya no voy a caer en tus juegos -lo interrumpió Daniel, su voz fría, cortante-Te la puedes quedar. Solo son una braga. Ahora déjame trabajar.
La expresión de Yair cambió. Por un momento, pareció sorprendido, incluso desconcertado. Pero luego su sonrisa volvió, aunque esta vez era más tensa, menos segura.
-Bueno -dijo, guardándose la prenda en el bolsillo-, todavía tengo eso.
Se alejó en silencio, y Daniel pudo ver cómo su mente ya estaba tramando algo nuevo. Pero no le importó. Por ahora, al menos, había ganado esa batalla.
El resto de la mañana transcurrió con normalidad. Daniel respondió correos, archivó documentos, atendió llamadas. Casi comenzaba a sentirse segura, a creer que el día podría pasar sin sobresaltos.
Entonces el teléfono sonó.
Daniel contestó con su voz profesional, la que había aprendido a usar en estos días.
-Oficina de Sr.méndez, ¿en qué puedo ayudarle?
-Lucía -dijo la voz grave al otro lado de la línea-. Necesito que vengas a mi oficina. Ahora.
El escalofrío le recorrió la espalda de pies a cabeza. Reconoció esa voz. Era el jefe. Ernesto.
-S-sí, señor -logró decir, con la garganta seca-. Ahora mismo voy.
Colgó y se quedó unos segundos mirando el teléfono, con el corazón latiéndole con fuerza. No estaba de viaje de negocios, pensó, con un nudo en el estómago. ¿Cuándo regresó? ¿Qué quiere?
No podía negarse. No podía inventar una excusa. Era su jefe, y su madre le había dicho que nunca, bajo ninguna circunstancia, debía ir a su oficina. Tenía que mantener las apariencias que es su madre.
Se levantó con las piernas temblorosas y caminó hacia la oficina de Ernesto. Cada paso le parecía más pesado que el anterior. La puerta de madera, con la placa dorada que decía "Ernesto Méndez - Director General", parecía más imponente que la última vez.
Respiró hondo, y entró.
Ernesto estaba sentado detrás de su escritorio, con unos papeles en la mano. Era un hombre grande, de hombros anchos y presencia imponente. Su traje oscuro, su mandíbula cuadrada, sus ojos oscuros que parecían verlo todo-todo en él irradiaba autoridad. Daniel se quedó en medio de la oficina, sin saber qué hacer, esperando instrucciones.
Ernesto levantó la vista de sus papeles. Sus ojos recorrieron la figura de Daniel-el cuerpo de Lucía-de arriba abajo, con una lentitud deliberada, como si estuviera saboreando lo que veía.
-¿Qué haces ahí parada? -dijo, su voz grave y firme-. Ven, siéntate.
Dio una palmada en su propia pierna, indicando exactamente dónde quería que se sentara.
Daniel tragó saliva. ¿En serio? ¿En su pierna? Pero no se atrevió a cuestionarlo. Dio unos pasos hacia él y, con movimientos torpes, se sentó en su muslo. La posición era incómoda, extraña. Pero entonces sintió la mano grande de Ernesto posarse en su trasero, apretando con firmeza, y la incomodidad se convirtió en algo peor.
-Síí -dijo Ernesto, con un suspiro de satisfacción-. Extrañaba tu cuerpo durante todo el viaje. A la próxima, ¿por qué no me acompañas? Te la pasara muy bien.
Daniel forzó una sonrisa, intentando ocultar el pánico.
-Sí, no es mala idea -dijo, con voz temblorosa. Estaba actuando, y mal. Su timidez era genuina; este hombre imponía demasiado.
Ernesto soltó una carcajada, profunda y autoritaria.
-¡Hoy estás muy tímida! Te ves tierna con esa actitud. -Sus dedos se hundieron un poco más en la carne de su trasero-. Pero también estás poniendo a prueba mi paciencia.
Daniel parpadeó, confundido.
-¿De qué hablas?
-¿De verdad vas a hacerme pedirlo? -dijo Ernesto, con una sonrisa que era mitad burla, mitad deseo-. Bésame. Extraño esa boquita.
El mundo se detuvo. Daniel se congeló, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de su pecho. No quiero. No puedo. Esto es...
Pero sabía que no tenía opción. Este hombre no aceptaba un no. Y además, necesitaba descubrir qué tipo de relación tenía realmente su madre con él. Si quería respuestas, tendría que seguir el juego.
Se inclinó hacia él y lo besó.
Fue un beso tímido al principio, apenas un roce de labios. Pero Ernesto no tardó en tomar el control. Su mano libre se enredó en el cabello de Daniel, tirando suavemente para inclinar su cabeza, y su lengua se abrió paso con una seguridad abrumadora. Era un beso intenso, dominante, que no dejaba espacio para dudas. La boca de Ernesto se movía con experiencia, saboreando, devorando, mientras su mano en el trasero de Daniel apretaba con fuerza, casi con rudeza.
Daniel sintió que le faltaba el aire. El beso era demasiado, era invasivo, era todo lo que no quería. Pero su cuerpo-el cuerpo de su madre-respondía de maneras que no podía controlar. Un calor extraño se extendió por su vientre, y un gemido ahogado escapó de su garganta antes de que pudiera detenerlo.
Ernesto se separó lentamente, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Sus ojos brillaban con un destello de posesión.
-Como extrañaba esa lengua -dijo, pasándose el pulgar por el labio inferior como si saboreara el recuerdo.
Daniel respiraba agitadamente, sintiendo cómo el rubor le quemaba las mejillas. Sus labios estaban ligeramente hinchados, su cabello desordenado por la mano de Ernesto. Antes de que pudiera recuperarse, el jefe habló de nuevo.
-Mira lo que has hecho -dijo, con una sonrisa lasciva-. Por tu culpa, ya me pusiste duro.
Involuntariamente, la mirada de Daniel bajó. Y allí, en la entrepierna del pantalón de Ernesto, se veía una clara erección. El bulto era grande, mucho más grande de lo que Daniel había imaginado. No es posible, pensó, sintiendo un nuevo tipo de pánico. ¿Tan grande es?
Ernesto se inclinó hacia adelante, agarrando su barbilla con firmeza, obligándolo a mirarlo a los ojos.
-¿Qué te parece si seguimos divirtiéndonos? -dijo, su voz un susurro grave y autoritario-. Quiero seguir disfrutando de esa lengua tuya.
Daniel supo al instante lo que quería. Quería una mamada. Y Daniel sabía que no podía negarse.
Con manos temblorosas, se deslizó del muslo de Ernesto y se arrodilló bajo el escritorio. El espacio era reducido, oscuro, pero podía ver perfectamente el bulto en el pantalón del jefe. Con dedos torpes, desabrochó el cierre y bajó la cremallera.
Cuando el miembro de Ernesto quedó al descubierto, Daniel sintió que se le helaba la sangre. No era una exageración. No era un chiste. Los negros sí las tienen enormes. El pene de Ernesto era grande, grueso, con venas que recorrían el tronco y una cabeza prominente, casi obscena en su tamaño. Daniel se quedó paralizado, mirándolo, sin poder creer lo que veía.
-¿Qué esperas? -dijo Ernesto, su voz impaciente-. No tengo todo el día.
Daniel respiró hondo y se inclinó hacia adelante. Abrió la boca y tomó la cabeza del miembro entre sus labios. El sabor, la textura, el calor-todo era abrumador. Intentó concentrarse, hacerlo bien, pero el tamaño era un desafío. Su mandíbula se tensó, su garganta protestó, pero siguió adelante.
Comenzó a moverse, lentamente al principio, luego con más ritmo. Sabía que Ernesto quería que terminara rápido, que no tenía paciencia. Pero con ese tamaño, era difícil. Tenía que profundizar más, tomar más, pero cada vez que intentaba llegar más lejos, sentía el reflejo de la náusea.
-Más profundo -ordenó Ernesto, poniendo una mano en la nuca de Daniel-. Trágatelo entero.
Daniel obedeció, forzando su garganta a aceptar más. El miembro le llenaba la boca por completo, rozando el fondo de su garganta, y por un momento creyó que iba a ahogarse. Pero siguió moviéndose, con la lengua rodeando el tronco, con los labios apretándose alrededor.
Entonces, escuchó un ruido.
La puerta de la oficina se abrió. Alguien entró.
Daniel se congeló, el pánico paralizándolo por completo. No. No, no, no. Pero Ernesto no parecía inmutable. Su mano en la nuca de Daniel apretó apenas, un recordatorio silencioso de que debía seguir.
-Déjalo en la mesa -dijo Ernesto, su voz perfectamente calmada-. Luego reviso eso.
-Sí, señor -respondió una voz femenina, y Daniel escuchó pasos, el ruido de papeles sobre la mesa.
Mientras la secretaria-o quien fuera-estaba allí, Daniel seguía con el miembro de Ernesto en su boca, sin atreverse a moverse, sin atreverse a respirar. Podía sentir cómo el pene palpitaba contra su lengua, y el miedo a ser descubierto se mezclaba con algo más: una extraña excitación que no podía explicar.
Los pasos se alejaron. La puerta se cerró.
-Sigue -ordenó Ernesto, y Daniel obedeció.
Ahora con más urgencia, con más desesperación, chupó y succionó con todas sus fuerzas. La boca le dolía, la mandíbula le ardía, pero no podía detenerse. El ritmo se volvió frenético, y sintió que el miembro de Ernesto se endurecía aún más, que empezaba a palpitar.
Justo cuando Daniel creyó que no podía más, sintió la explosión en su garganta. El semen caliente y espeso llenó su boca, y por un momento, el reflejo natural fue escupirlo. Pero el instinto de supervivencia fue más fuerte: tragó. Tragó todo, sintiendo el líquido caliente deslizarse por su garganta, casi ahogándose.
Cuando finalmente el miembro salió de su boca, Daniel se quedó arrodillado, jadeando, con lágrimas en los ojos por el esfuerzo. Escuchó la risa de Ernesto por encima de él.
-Ayyy -dijo el jefe, su voz llena de satisfacción-. Estuviste muy bien. Parece que sí me extrañaste.
Daniel se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso de pie, sintiendo las piernas débiles.
-¿Ya puedo irme? -preguntó, con la voz ronca, apenas un susurro.
-Sí, ya puedes regresar a trabajar -dijo Ernesto, arreglándose el pantalón con calma.
Daniel se giró para irse, pero la voz del jefe lo detuvo.
-Ah, casi se me olvida. Te compré algo.
Ernesto abrió un cajón de su escritorio y sacó una caja mediana, envuelta en papel de regalo. Se la tendió a Daniel.
-¿Qué es? -preguntó Daniel, tomándola con manos temblorosas.
-Algo que quiero que uses esta noche.
Daniel parpadeó, confundido.
-¿Esta noche?
Ernesto sonrió, con una expresión que no dejaba lugar a dudas.
-Para la cena. En tu restaurante favorito. ¿No te dije que después del viaje te iba a llevar a cenar?
Daniel forzó una sonrisa nerviosa.
-Creo que no... jaja.
-Bueno, ya lo sabes -dijo Ernesto, reclinándose en su silla-. Hoy puedes irte antes para que tengas tiempo de arreglarte.
Daniel asintió, con la caja en las manos.
-Sí... gracias.
Salió de la oficina, sintiendo cómo el peso de la caja en sus manos y el peso de lo que acababa de hacer se acumulaban sobre sus hombros. Regresó a su escritorio con paso mecánico, guardó la caja en el bolso de su madre y se sentó, con la mirada perdida en la pantalla del ordenador.
Esta noche, pensó, con el corazón pesado. Cena con el jefe. Y este regalo... ¿qué será?
El resto de la tarde pasó en una niebla. Daniel trabajó como pudo, pero su mente no dejaba de dar vueltas a la misma pregunta: ¿Qué me espera esta noche?
Una hora antes de la salida, decidió que ya había tenido suficiente. Recogió sus cosas-la caja de Ernesto incluida-y se fue a casa.
Daniel llegó a casa con el corazón todavía latiéndole con fuerza. La casa estaba vacía, como esperaba. Su padre seguía trabajando-últimamente llegaba más tarde de lo habitual-y su madre, en su cuerpo, debía estar todavía en la biblioteca, sumergida en libros de ocultismo y teorías absurdas sobre intercambios de cuerpo. Ella ya quiere que esto termine, pensó Daniel, yo también quiero que termine.
Subió directamente a la habitación de su madre y se dejó caer de espaldas sobre la cama, sintiendo cómo el colchón absorbía su peso. Miró al techo, dejando que el cansancio del día-el cansancio físico y el emocional-lo invadiera por completo.
No esperaba que el día terminara así, pensó, con la mente dando vueltas sobre la cita con Ernesto. Bueno, al menos podré investigar qué tipo de relación tiene mamá con él. Tal vez descubra algo que me ayude a entender todo esto.
Se incorporó lentamente, sintiendo el peso de la caja en su bolso como una presencia amenazante. Con manos que no sabía si temblaban de cansancio o de nervios, la sacó y la puso sobre la cama. El papel de regalo era elegante, de un tono plateado que reflejaba la luz de la lámpara. Daniel deshizo el lazo con dedos torpes, y abrió la caja.
Y lo que vio lo dejó sin aliento.
Dentro, doblado con cuidado, había un vestido negro corto, de esos que apenas cubren lo necesario. La tela era brillante, sedosa, con un escote que prometía ser generoso y una espalda que, por lo que veía, quedaría completamente descubierta. Junto al vestido, una tanga de hilo negro, tan diminuta que apenas era más que un par de hilos con un pequeño triángulo de tela en el centro.
¿En serio quiere que use esto para cenar?, pensó, sintiendo una mezcla de incredulidad y horror. ¿Es una cena o una insinuación a...?
No quería usar el vestido. Y mucho menos la tanga. Pero sabía que no tenía opción. Si no seguía el juego, todo el esfuerzo, todas las mentiras, todo lo que había soportado, se vendría abajo. Y su madre-la verdadera Lucía-lo pagaría.
Respiró hondo y comenzó a desvestirse. Los botones de la blusa se abrieron uno por uno, la falda cayó al suelo, las medias se deslizaron por sus piernas. Se quedó completamente desnuda frente al espejo, observando el reflejo de su madre durante un momento antes de tomar la tanga.
Al deslizarla por sus piernas, sintió cómo el hilo se clavaba entre sus nalgas, separándolas, marcando cada curva. La parte delantera apenas cubría lo necesario-un pequeño triángulo de tela que apenas ocultaba la piel que tenía debajo. Se giró para mirarse de lado, y el hilo trasero desaparecía entre la carne de sus glúteos, dejando prácticamente toda la parte trasera al descubierto.
Es una vista pervertida, pensó, sintiendo cómo el rubor le subía al rostro. Mamá usando esto... es demasiado.
Se acercó al armario para buscar un sostén, pero al sostener el vestido contra su cuerpo, se dio cuenta de algo: el vestido tenía un gran escote y la espalda estaba completamente descubierta. Un sostén sería imposible de usar sin que se notara. Iba a tener que ir completamente sin nada debajo del vestido.
Esto es peor de lo que pensaba, se dijo, dejando caer el brasier con resignación.
Con manos aún temblorosas, se puso el vestido. La tela se deslizó sobre su piel como una caricia fría, ajustándose a sus curvas con una precisión que casi parecía hecha a medida. El escote era pronunciado, dejando ver una generosa porción de sus pechos, y la falda apenas le cubría la parte superior de los muslos. En el espejo, la imagen que devolvía era la de una mujer que no parecía ir a cenar, sino a otra cosa.
Un cambio inesperado (capítulo 7)


Es demasiado atrevido, pensó, sintiendo una mezcla de vergüenza y algo más, algo que no quería reconocer. He usado cosas más atrevidas en casa, pero esto... esto lo voy a usar en público.
Se puso unos tacones altos-de esos que su madre guardaba para ocasiones especiales-, se acomodó el cabello y, con un último vistazo al espejo, salió de la habitación.
En el auto, el camino hacia el restaurante se sintió eterno. Las luces de la ciudad pasaban frente a sus ojos sin que realmente las viera. ¿Dónde dijo que era?, pensó, recordando las palabras de Ernesto. En el restaurante favorito de mi madre. Bueno, al menos eso lo sé.
Ya había oscurecido cuando se estacionó frente al lugar. Era un restaurante elegante, con una fachada de piedra y luces cálidas que se filtraban a través de grandes ventanales. Daniel se quedó unos segundos con las manos en el volante, respirando profundamente, intentando calmar los nervios que le revolvían el estómago.
Puedo hacer esto, se dijo a sí misma. Solo es una cena. Nada más.
Se bajó del auto y caminó hacia la entrada, sintiendo cómo el vestido se movía con cada paso, cómo el aire fresco le rozaba las piernas descubiertas. En la recepción, una mujer elegantemente vestida la recibió con una sonrisa profesional.
-Buenas noches, ¿tiene reservación?
-Sí, vengo con el señor Ernesto Méndez -dijo Daniel, forzando una sonrisa.
La recepcionista revisó su sistema y asintió.
-Por aquí, por favor.
La guió a través del restaurante, entre mesas con manteles blancos y velas parpadeantes. Daniel sintió varias miradas posarse sobre ella mientras caminaba, y no pudo evitar sentir que el vestido era demasiado corto, demasiado revelador.
Finalmente, llegaron a una mesa en un rincón privado, donde Ernesto ya estaba sentado. Al ver a Daniel, una sonrisa lenta y satisfecha se extendió por su rostro.
-Vaya -dijo, levantándose para recibirla-. Pensé que no ibas a llegar.
Sus ojos recorrieron el cuerpo de Lucia sin disimulo, deteniéndose en el escote, en las piernas, en cada curva que el vestido acentuaba. Daniel sintió cómo su piel se erizaba bajo esa mirada.
-Sabía que ese vestido te quedaría espectacular -dijo Ernesto, acercándose para darle un beso en la mejilla-. Me encanta cómo resalta tus enormes tetas.
La palabra era directa, casi vulgar, y Daniel sintió que el rubor le subía al rostro. Forzó una risa nerviosa.
-Gracias... -dijo, sin saber qué más añadir.
Ernesto tiró de la silla para que se sentara, y Daniel obedeció, sintiendo cómo la falda del vestido se subía aún más al sentarse. Cruzó las piernas rápidamente, intentando mantener algo de decoro.
-Ya pedí tus platos favoritos -dijo Ernesto, sirviéndole una copa de vino tinto-. También vino, el que te gusta.
Daniel tomó la copa, sintiendo el peso del vidrio en sus dedos. El vino era oscuro, casi negro, y al probarlo, notó que era bueno. Debe ser por el cuerpo de mamá, pensó, o quizá solo es un buen vino.
El resto de la cena transcurrió en un monólogo de Ernesto. Habló de su viaje de negocios, de los acuerdos que había cerrado, de lo importante que era su trabajo. Nunca preguntó nada sobre la vida de su madre -sobre la vida de Lucia, y eso, en cierto modo, era un alivio. Daniel no sabía cómo habría respondido si le hubiera hecho una pregunta personal.
Pero también notó algo más. Durante toda la cena, los ojos de Ernesto no dejaron de posarse en su escote, de recorrer sus pechos con una intensidad que hacía que Daniel sintiera que la piel le ardía. Era una mirada descarada, posesiva, que no dejaba lugar a dudas sobre lo que Ernesto quería.
Llegó la comida. Daniel comió casi sin saborear, concentrada en mantener la compostura, en actuar como si todo fuera normal. El vino ayudó a relajarla un poco-era la primera vez que probaba algo así, y le gustó.
Finalmente, Ernesto pidió la cuenta y pagó sin consultarla. Daniel pensó que todo había terminado, que podría irse a casa y olvidar esta noche. Se levantó, sintiendo el peso del vestido moverse con ella.
Pero cuando caminaban hacia la salida, sintió una mano grande posarse sobre su trasero.
Era Ernesto, con su palma abierta, apretando la carne bajo la tela del vestido. Daniel dio un respingo, pero no se apartó. La mano de Ernesto era firme, autoritaria, y mientras caminaban, comenzó a guiarla no hacia la salida, sino hacia el costado del restaurante.
-Ven -dijo Ernesto, su voz un susurro grave al oído de Daniel-. El hotel está justo al lado.
El corazón de Daniel dio un vuelco. El hotel. Esto no ha terminado.
La mano de Ernesto nunca dejó de apretar su trasero, y Daniel sintió cómo un calor extraño comenzaba a extenderse por su vientre. No quería, no debería, pero el cuerpo de su madre-ese maldito cuerpo-respondía de maneras que su mente no podía controlar.
Esto no ha hecho más que empezar, pensó, mientras Ernesto la guiaba hacia la entrada del hotel, con la mano firmemente plantada en su trasero, apretando cada vez que daban un paso.
El hotel era elegante, con alfombras gruesas y paredes de mármol que reflejaban la luz tenue de los candelabros. Daniel sintió la mano de Ernesto deslizarse desde su trasero hasta su cadera, un gesto posesivo que la guiaba sin dejar espacio para dudas. No pasaron por la recepción; Ernesto conocía el camino, sabía exactamente adónde iba.
Daniel estaba nervioso. Sabía lo que iba a pasar, podía sentirlo en la forma en que la mano de Ernesto apretaba su cadera, en la intensidad de su mirada. Pero no podía hacer nada para detenerlo. No podía decir que no. El cuerpo de su madre-ese cuerpo que ahora estaba-ya estaba respondiendo, calentándose, preparándose.
En el ascensor, el silencio fue roto por Ernesto. Sin previo aviso, la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso profundo, dominante, que no pedía permiso. La boca de Ernesto se movía con seguridad, su lengua exploraba sin timidez, mientras sus enormes manos se posaban en el trasero de Daniel, apretando la carne bajo la tela del vestido. Daniel sintió cómo su cuerpo se calentaba, cómo un cosquilleo comenzaba a extenderse desde su vientre hacia el resto de su cuerpo.
El vino que había bebido durante la cena empezaba a hacer efecto, relajando sus músculos, nublando sus pensamientos. Cada beso de Ernesto la envolvía más, y aunque su mente gritaba que esto estaba mal, su cuerpo-el cuerpo de su madre-se entregaba con una facilidad que la aterraba.
La puerta de la habitación se cerró tras ellos con un clic suave y definitivo. Ernesto no esperó ni un segundo. Antes de que Daniel pudiera tomar aliento, sintió cómo el vestido era arrancado de su cuerpo, cómo la tela se deslizaba por su piel y caía al suelo en un montón oscuro.
Daniel se quedó en medio de la habitación, sintiendo el aire frío del aire acondicionado contra su piel. Solo llevaba la tanga de hilo negro que Ernesto le había regalado, esa diminuta prenda que apenas cubría lo necesario.
Los ojos de Ernesto recorrieron su cuerpo con una lentitud deliberada, deteniéndose en cada curva, en cada centímetro de piel desnuda. Su sonrisa se ensanchó, mostrando satisfacción y deseo.
-Uyyy -dijo, su voz un murmullo grave-. Te queda espectacular.
Se acercó a Daniel, rodeándola y posando sus manos en sus caderas, los dedos rozando el borde de la tanga.
-Resalta ese trasero gordo que tienes -continuó, dando una palmada suave en una de sus nalgas-. Y ese milagro... nunca te pones las tangas que te compro.
Daniel se quedó congelado.
¿Cómo iba a saber eso?, pensó, sintiendo un frío recorrer la espalda. ¿Cómo puede saber que nunca usé esto antes?
Su silencio fue una respuesta más elocuente que cualquier palabra. Ernesto la observó, y en sus ojos oscuros se encendió una chispa de comprensión.
La agarró de la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos. Su agarre era firme pero no doloroso, solo posesivo.
-Querías hacerme feliz, ¿verdad? -dijo, su voz un susurro lleno de seguridad-. Sí, me extrañaste. Qué linda eres.
Daniel sintió que un escalofrío le recorría la columna. Él sabe. Él sabe que no soy... que no soy...
-Esta noche te voy a compensar -dijo Ernesto, y su sonrisa era una promesa de lujuria-. Te voy a recordar exactamente a quién perteneces.
Antes de que pudiera reaccionar, la empujó suavemente sobre la cama. El colchón absorbió su peso, y el cabello de su madre se extendió como una aureola oscura sobre la almohada. Ernesto se posicionó entre sus piernas, separándolas con una facilidad que hizo que Daniel sintiera que su voluntad se desvanecía.
Con un movimiento rápido, apartó la tanga a un lado, dejando su coño completamente expuesto al aire. Y entonces, sin preámbulos, su boca se encontró con su carne.
Daniel dejó escapar un gemido que no pudo contener. La lengua de Ernesto era experta, sabía exactamente dónde presionar, dónde lamer, cómo moverla para llevar su cuerpo al límite. Cada movimiento era calculado, como si conociera el cuerpo de su madre mejor que ella misma.
-¡Ah! -gritó Daniel, sintiendo cómo el placer la envolvía-. ¡Sí, sí, ahhh!
Su cuerpo se arqueaba, sus caderas se movían solas, buscando más, siempre más. La lengua de Ernesto trabajaba con una intensidad que la hacía perder el control. Su mente intentaba protestar, pero el placer era demasiado abrumador.
-Basta, ahhh, por favor -jadeaba, pero sus palabras eran vacías, su cuerpo no quería que se detuviera.
El orgasmo llegó como una ola, arrasando con todo. Daniel gritó, sintiendo cómo el placer la sacudía de pies a cabeza, dejándola temblorosa y sin aliento. Se quedó mirando el techo, con las piernas aún temblorosas, intentando recordar cómo se respiraba.
Cuando volvió a enfocar la mirada, vio a Ernesto completamente desnudo frente a ella. Su cuerpo era grande, musculoso, cubierto de un vello oscuro que recorría su pecho y su vientre. Y entre sus piernas, su miembro erecto era imponente, envuelto ya en un condón.
Daniel intentó escapar, moverse hacia atrás, pero fue inútil. Ernesto puso una de sus piernas sobre una de las de ella, inmovilizándola, y levantó la otra pierna de Daniel hasta apoyarla en su hombro. La posición era completamente abierta, vulnerable, y Daniel podía sentir la punta de su miembro presionando contra su entrada.
-Espera, no la metas, me acabo de... -intentó decir, pero fue demasiado tarde.
-Ahhh -gritó cuando sintió cómo la penetraba de una sola embestida.
Era diferente a todo lo que había sentido antes. El miembro de Ernesto era enorme, grueso, llenándola por completo. A través del condón, podía sentir cada detalle, cada vena, la forma exacta de ese pene que parecía hecho para su cuerpo.
Sintió un orgasmo inmediato, leve, que la recorrió al instante en que fue llenada. Y entonces Ernesto comenzó a moverse. Sus embestidas eran fuertes, profundas, cada una golpeando un punto dentro de ella que hacía que su visión se nublara de placer.
-No puedo... ahhh... -gemía Daniel, sus manos aferrándose a las sábanas.
No pasaron ni dos minutos antes de que sintiera otro orgasmo acercándose. ¿Cómo es posible?, pensó, aturdida. Acabo de venirme y ya...
El placer la arrolló de nuevo, y esta vez gritó su nombre sin poder evitarlo.
-¡Ernesto! ¡Ahhh!
Sintió cómo él también se venía, cómo su semen llenaba el condón con una cantidad que parecía imposible. Cuando sacó su miembro, Daniel vio el condón lleno, casi rebosante, y se quedó atónita.
Pero Ernesto no parecía satisfecho. Su miembro seguía duro, erecto, palpitante. Se quitó el condón con un movimiento rápido y se puso otro.
-Tienes un excelente coño, perra -dijo, con una sonrisa lasciva-. Jamás me voy a cansar de usarlo.
Se acercó a Daniel, que estaba boca abajo, intentando recuperar el aliento.
-Prepárate -dijo, su voz un susurro grave-. Quiero ver cómo te queda esa tanga en tu culote.
Daniel apenas podía procesar sus palabras. Estaba agotada, su mente en otro lugar, intentando recuperar fuerzas. Pero sintió cómo Ernesto levantaba su trasero a la fuerza, obligándola a ponerse en cuatro.
-Levanta ese culo, zorra -ordenó.
Daniel giró la cabeza hacia atrás, y antes de que pudiera articular palabra, sintió cómo la penetraba de nuevo, desde atrás.
-¡Ahhh! -gritó, el placer golpeándola con una fuerza renovada.
Las embestidas de Ernesto eran salvajes, despiadadas, y el sonido de su piel chocando contra la de ella llenaba la habitación. Daniel gemía sin control, sonidos obscenos que no podía contener. Su cuerpo respondía con una intensidad que la asustaba.
Tengo que controlarme, pensó, intentando aferrarse a algo de dignidad. Tengo que...
Mordió la almohada para intentar callar sus gemidos, pero Ernesto comenzó a darle nalgadas fuertes, secas, que resonaban en la habitación. El dolor se mezclaba con el placer, y los gritos de Daniel atravesaban la almohada sin esfuerzo.
Tuvo varios orgasmos más, cada uno más intenso que el anterior. Podía escuchar la risa satisfecha de Ernesto mientras la veía retorcerse bajo él.
Finalmente, la agarró de las caderas con fuerza y aceleró el ritmo, cada embestida más profunda que la anterior. Daniel sintió que su cuerpo se tensaba, que el orgasmo final se aproximaba, y cuando Ernesto dio una última embestida brutal, ambos llegaron al clímax al mismo tiempo.
Daniel se quedó en la cama, sin fuerzas para moverse. Escuchó los pasos de Ernesto alrededor de la cama, y luego sintió cómo la agarraba del cabello, obligándola a mirarlo.
-Dejaste un desastre, ¿no tienes vergüenza? -dijo, riéndose.
Daniel no podía responder. Ni siquiera podía levantar la cara.
-Todavía no terminamos -dijo Ernesto, y su voz tenía un tono de advertencia-. No vayas a dormirte.
La bajó de la cama, la levantó con una facilidad que la sorprendió, y la llevó hasta la ventana. La giró de espaldas y la empujó contra el vidrio frío. Daniel sintió el cristal contra sus pechos, contra su piel, y antes de que pudiera protestar, Ernesto la penetró de nuevo.
-Espera, espera, al menos déjame descansar -logró decir, su voz apenas un susurro.
-Ya casi terminamos -respondió Ernesto, sin detenerse-. Solo aguanta.
Pero sus embestidas no se suavizaron. Al contrario, se volvieron más intensas.
-Mira al frente -ordenó.
Daniel obedeció, y lo que vio la hizo congelarse. Justo enfrente, a través de la ventana, había otro edificio. Y si alguien miraba hacia esa ventana, podría verla-a ella, al cuerpo de su madre-cogiendo con su jefe.
La idea de ser vista, de ser descubierta, hizo que su coño se apretara involuntariamente alrededor del miembro de Ernesto.
-Ayyy -gimió Ernesto-. Qué buen coño. Sigue apretando así.
Daniel gemía, sintiendo el vidrio frío contra sus pechos, el cuerpo caliente de Ernesto contra su espalda, y el placer que no dejaba de crecer. El riesgo de ser descubierta, la humillación, la excitación-todo se mezclaba en una tormenta de sensaciones que la hacía perder la cabeza.
Sintió cómo el orgasmo la golpeaba, y al mismo tiempo, sintió cómo el semen de Ernesto llenaba el condón. Se quedó apoyada contra la ventana, sin poder moverse.
Pero Ernesto no había terminado.
-Vamos al plato principal -dijo, riéndose-. Es tu posición favorita.
La cargó con facilidad, apartándola de la ventana. Con un movimiento rápido, le quitó la tanga de hilo, dejándola completamente desnuda. La levantó, y Daniel envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sus brazos alrededor de su cuello, mientras sus manos se posaban en su trasero para sostenerla.
Se miraron cara a cara, y Ernesto sonrió.
-Prepárate.
Y la penetró.
Era una posición diferente, más profunda. Daniel sintió cómo su miembro llegaba a lugares que no sabía que existían, rozando algo dentro de ella que la hizo ver estrellas. Las embestidas de Ernesto eran rudos, salvajes.
-Más despacio, por favor -rogó Daniel, sintiendo que el placer era demasiado intenso-. Ahhh, está siendo demasiado rudo.
-Ahora una puta me va a dar órdenes jajaja-respondió Ernesto, su voz un gruñido contra su oído-. Y además, debo darle una lección a tu coño. Para que sepa a quién le pertenece.
La besó mientras la penetraba, un beso obsceno, lleno de lengua y deseo, que robaba su aliento. Daniel se sintió completamente dominada, atrapada entre su cuerpo y su boca, sin escapatoria.
-No, no, si sigues así, si me besas así mientras... -intentó decir, pero las palabras se perdieron en un gemido.
Sintió que algo diferente se acercaba, un orgasmo que nunca había experimentado antes. Y entonces, explotó.
Un chorro caliente salió de ella mientras el orgasmo la sacudía, un squirt que salpicó el vientre de Ernesto. Él no se detuvo, siguió embistiendo mientras ella temblaba, hasta que él también se vino, llenando el condón.
Daniel cayó sobre la cama, completamente agotada. Sus músculos no respondían, su mente era una niebla. Luchaba por mantener los ojos abiertos, sabiendo que si los cerraba, se desmayaría.
Vio borrosamente cómo Ernesto se vestía, cómo se ponía la ropa con una calma que contrastaba con la tormenta que acababan de vivir.
-Espero haberte dejado satisfecha -dijo, con una risa arrogante.
Y se fue, cerrando la puerta tras de sí.
Daniel se quedó en la cama, sin fuerzas, durante lo que pareció una eternidad. El reloj marcaba una hora que no quiso mirar. Tenía que irse, tenía que volver a casa.
Reunió las pocas fuerzas que le quedaban. Se puso la tanga, se puso el vestido, y salió de la habitación con los tacones en las manos. Caminó por el pasillo como una sonámbula, llegó al auto por puro instinto, y condujo a casa sin recordar el camino.
Al llegar, la casa estaba a oscuras. Su madre y su padre dormían. En la habitación, se quitó el vestido, se puso un camisón y se dejó caer en la cama.
El sueño la venció en segundos.
La luz del sol entraba por la ventana, filtrándose a través de las cortinas y dibujando patrones sobre la cama. Daniel sintió que algo estaba diferente antes siquiera de abrir los ojos. El cuerpo le dolía de una manera que no recordaba haber sentido antes-un dolor profundo, muscular, que le recordaba cada movimiento de la noche anterior.
Abrió los ojos lentamente y miró hacia la cómoda. El reloj marcaba las 1:15 PM.
Daniel se incorporó de golpe, el corazón acelerándose.
-¡¿Qué?! ¡¿Una de la tarde?! -exclamó, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de él-. ¡Llegaré tarde al trabajo!
Se levantó de la cama con prisas, pero al dar el primer paso, sus piernas cedieron. Las rodillas le temblaron, los músculos de sus muslos protestaron con un dolor agudo, y tuvo que agarrarse de la cómoda para no caer al suelo. Los esfuerzos de la noche anterior-las posiciones, las embestidas, la intensidad-habían dejado su cuerpo-el cuerpo de su madre-completamente agotado.
-Mierda -murmuró, respirando profundamente mientras intentaba recuperar el equilibrio- ¿Qué me pasa?
Esperó unos segundos, sintiendo cómo las piernas dejaban de temblar, y caminó con cuidado hacia la puerta. Algo no encajaba. Su madre-en su cuerpo-me hubiera. ¿Por qué no lo había hecho?
Al salir al pasillo, escuchó ruidos provenientes de la cocina. Pasos, el tintineo de platos, el sonido de algo friendo. Se acercó con cautela y se asomó.
Su padre estaba allí, frente a la estufa, con una espátula en la mano. Estaba cocinando huevos y tocino, y el aroma llenaba la casa.
-Cariño -dijo su padre al verla, con una sonrisa cálida-. Por fin te levantas.
Daniel se quedó paralizada en la entrada de la cocina, sin saber qué decir.
-Pensé que ibas a estar dormida todo el día -continuó su padre, sirviendo los huevos en un plato-. ¿Cómo te sientes?
-Emm... -Daniel parpadeó, intentando procesar la situación-. ¿Por qué no me despertaste? ¿Y la alarma?
Su padre soltó una risa suave.
-La apagué. Quería dejarte descansar. Ayer llegaste muy tarde, y parecías agotada. Tuvo que ser un día duro.
Daniel sintió un nudo en la garganta. Un día duro. Sí, algo así.
-Sí... lo fue -dijo, forzando una sonrisa.
Su padre colocó el plato en la mesa, junto con un vaso de jugo y una taza de café humeante.
-Bueno, aquí tienes el desayuno. Disfruta y descansa. Yo ya me tengo que ir.
Se acercó a Daniel y le dio un beso en la mejilla, suave y cariñoso.
-Cuídate, amor -dijo, antes de tomar sus llaves y salir por la puerta.
Daniel se quedó en la cocina, mirando el plato de huevos y tocino. Es sábado, pensó de repente. Sacó el teléfono de su madre y comprobó la fecha. Sábado. Día de descanso. Su madre no trabajaba los fines de semana.
-Claro -murmuró, dejándose caer en una silla-. Por eso no me despertó.
Se comió el desayuno lentamente, saboreando cada bocado. Por un momento, casi podía olvidar todo lo que había pasado.
Después de comer, fue a la habitación y se cambió. Se quitó el camisón y, al hacerlo, recordó que aún llevaba puesta la tanga de hilo que Ernesto le había regalado. El hilo aún se hundía entre sus nalgas, un recordatorio constante de la noche anterior. La soltó, sintiendo alivio, y se puso una braga normal. Luego, unos jeans ajustados y una camisa sin mangas. Nada especial, solo ropa cómoda.
cambio de cuerpo
genderbender


Bajó al sofá de la sala y se dejó caer, sintiendo cómo el cansancio la envolvía. Hoy no tenía que hacer nada. Podía descansar. Podía olvidarse de todo.
Pero su cuerpo no la dejaba olvidar. Cada movimiento, cada dolor muscular, le recordaba lo que había pasado. Y al recordarlo, sintió cómo un calor comenzaba a extenderse por su vientre, cómo una humedad familiar empezaba a formarse entre sus piernas.
No. No voy a pensar en eso.
Pero era imposible. Las imágenes de la noche anterior se repetían en su mente como un bucle: la forma en que Ernesto la había dominado, la forma en que su cuerpo había respondido, el placer abrumador que no podía negar.
Y entonces, el teléfono vibró.
Daniel lo tomó, esperando que fuera su madre o quizás su padre. Pero al ver la pantalla, sintió cómo la sangre se le helaba.
Yair.
Abrió el mensaje con dedos temblorosos.
Yair: Tengo una duda... ¿qué pasa si mando esto al grupo de trabajo?
Y justo debajo, una foto. Su braga. La negra que él le había quitado en el baño, extendida sobre su escritorio como un trofeo.
Daniel sintió que el estómago se le revolvía. Apretó los dientes y respondió con rapidez:
Daniel: Haz lo que quieras. Eso no me afecta.
Sabía que era mentira. Pero no iba a darle el gusto de verla rogar.
El teléfono vibró casi al instante.
Yair: ¿Ah, sí? Entonces, ¿qué pasa si envío esto?
Y entonces, la foto.
Era ella-el cuerpo de su madre-en el baño de la oficina. La imagen mostraba cómo la había dejado ese día: el cabello desordenado, el maquillaje corrido, la blusa desabrochada con el condón entre sus pechos. Se veía vulnerable, usada. Cualquiera que viera esa foto sabría exactamente lo que había pasado.
Daniel sintió que el aire le faltaba. Sus manos temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono.
No. No puede hacer esto. Si esto se hace público...
Pero Yair podía. Y lo sabía.
Se quedó mirando la pantalla, sin saber qué responder, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de ella.

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