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Yo una señora de rodillas ante un jovencito

Como ya les había contado en mis posts anteriores, me encanta venir aquí a soltar todo lo que llevo dentro. Nadie me conoce, y eso me prende todavía más. Puedo ser la puta que quiero ser sin que nadie me juzgue. Tengo ya mis añitos, estoy casada, pero sigo siendo esa misma putilla de siempre… solo que ahora con más experiencia y menos vergüenza.
De jovencita me decían “putilla” a cada rato, y la verdad es que me gustaba. No era que me cogiera a todo el mundo, pero sí me encantaba que me miraran el culo y las tetas. Las feas se morían de celos porque yo siempre tenía a los cabrones babeando por mí.
Mi esposo sigue saliendo con sus amigos a jugar PlayStation, tomar chelas y hacer asadas. Puros hombres hablando de fútbol, trabajo… y de cómo se cogerían a cuanta vieja se les pusiera enfrente. Y a mí eso me calienta. Porque mientras él está en su pedo, yo salgo con mis amigas a comer rico, tomar cocktails y buscar un poco de diversión.
Esa vez una de mis amigas propuso irnos a la Ciudad de México a rentar un Airbnb para un concierto. Le dije a mi marido y le valió madre, justo él también iba a salir con sus cuates. Perfecto. Me fui con ella y otras dos chavas más jóvenes: una de unos 20 y la otra todavía más chavalona, bien culonas y frescas.
Llegamos al concierto y el ambiente estaba bien cabrón. Oscuro, sudoroso, la música retumbando fuerte. Yo llevaba un pantalón de gabardina ajustadito que me marcaba el culo rico, unos tenis y una blusita ligera rosa. Sin sostén. Mis tetas grandes se movían libres y los pezones se me paraban con el aire acondicionado. Cada vez que respiraba profundo, se asomaba buena parte de mis senos, suaves y calientes.
Estaba oscuro, pero se sentía la mirada de los cabrones. En la pista todo el mundo se pegaba. Cuerpos sudorosos rozándose. Y yo… me dejé llevar. Sentía cómo se me pegaban por detrás, cómo me restregaban la verga dura contra mi culo mientras bailaba. Uno me puso las manos en la cintura y bajó despacito hasta apretarme las nalgas. Otro se me puso enfrente y me rozaba las tetas con el pecho.
Mi blusa estaba húmeda de sudor, se me transparentaba un poco y se me marcaban los pezones bien parados. Sentía la concha mojada, palpitando cada vez que un desconocido me apretaba contra él. Me gustaba sentirme deseada, usada, como la putilla que siempre he sido.
La noche apenas empezaba… y yo ya estaba cachonda perdida.




Claro que solo disfrutaba bailando, nada más… aunque en el fondo sí me gustaba la idea de ponerme bien puta y cogerme a un wey cualquiera, ponerle unos cuernos bien ricos a mi marido. Sí, ya lo había hecho antes, pero nunca tan descarado. Esta vez había unos chavitos universitarios rondándome. No voy a decir la edad exacta, pero tenían esa carita fresca de jovencitos, flacos, con ganas de todo.

Dos de ellos se me acercaron sin pena, pegándose a mí en la oscuridad de la pista. Me hablaban al oído, sus voces nerviosas pero calientes, mientras sus cuerpos flacos se restregaban contra el mío. Mi amiga me vio y me dijo riendo:—Hey, ¿qué onda con esos chavitos?—Pues aquí andan buscando una señorita decente… —le contesté muerta de risa.

Los dos nenes se quedaron pegaditos conmigo, bailando bien cerquita. Uno me veía con ojos de hambre y me soltó:—Te ves bien bonita, señora…Y mientras lo decía, sentí su paquete duro empujando contra mi culo por detrás. Bien tieso, rozándome al ritmo de la música. El otro se separó un rato y mi amiga ya andaba en su pedo total.

El alcohol, el calor del concierto y esas dos horas de roces me tenían la concha bien mojada. No solo de sudor… estaba empapada de verdad, palpitando, con las bragas pegadas.

De repente el que se había quedado me dijo con atrevimiento:—¿Nos vamos a un bar aquí cerca? Son como las 11.Le dije que estaba con mis amigas, pero el cabrón insistió:—No pasa nada, rentamos un Airbnb por acá si quieres…

Me terminó convenciendo. Le dije que solo iría yo, que no quería exponerme demasiado. Les dije a las chavas que me dolía la cabeza y que me iba al Airbnb con mi amiga. Ellas se quedaron en otro bar con unos tipos. Mi amiga al final se fue con ellas también, y yo me quedé sola con el plan.

Le pasé mi usuario de Telegram al chavito. En menos de quince minutos ya me había escrito. Le mandé la ubicación y llegó rapidito, solo. Le dije que mejor fuéramos a un bar cerca del Airbnb, que no quería meterme en pedos con gente desconocida. Él me respondió que ahí andaban sus otros amigos y unas chavas, pero que no pasaba nada.

—Naaa, no te preocupes —me dijo.Le contesté riendo:—Al contrario, nene… van a decir que vienes con una señora mayor.Él solo sonrió y me miró las tetas:—Que digan lo que quieran.




Llegamos a ese bar culero que estaba bien oscuro y medio muerto, pero a mí ya me valía todo. Solo quería divertirme y que me cogieran rico. Los chavitos eran unos fresitas raritos para el lugar, pero decían que no conocían nada por ahí y que estaban cerca del Airbnb. Yo le dije que estaba a solo 5 minutos caminando. Perfecto.

Empezamos a tomar duro. Para las 2 de la mañana yo ya estaba bien pedita, caliente y mojada. El nene no paraba de tocarme, bien jarioso. De repente me besó con ganas, metiendo su lengua y al mismo tiempo bajó la mano directo a mi pantalón. Me metió los dedos entre los labios de la concha bien empapada y empecé a gemir bajito.

—Nene, eres muy travieso… —le dije mordiéndole el labio.

Estábamos en una esquina oscura, nadie nos veía bien. Simulé que me agachaba a recoger algo y el cabrón me empujó la cabeza directo contra su paquete. Sentí su verga dura latiendo debajo del pantalón.

—Ay nene, ¿qué es esto? —dije haciéndome la inocente.

Él sonrió y me soltó sin vergüenza:—¿Le apetece darme una mamadita, señora?

Jajaja, ni lo pensé dos veces. Le bajé un poco el pantalón y ahí salió una riata impresionante. El flaco parecía todo chiquito, pero tenía una verga gruesa, larga y con una cabeza enorme como un hongo. Me la metí a la boca con ganas. Le di una mamada rápida, profunda y babosa, chupándole los huevos y la cabeza bien rico. No tardó ni tres minutos y el nene se corrió como loco. Me llenó la boca de un litro de leche espesa y caliente. Me la tragué toda mirándolo a los ojos y le dije riendo:—Nene, me dejaste los dientes bien fortificados.

Le propuse irnos al Airbnb y aceptó al instante. Apenas cerramos la puerta me tumbó en el sillón como una puta barata, me arrancó el pantalón y las bragas de un jalón. Ni me dio tiempo de reaccionar cuando me abrió las piernas bien ancho, me levantó el culo y empezó a comerme toda: me pasó la lengua desde el ano bien apretado, chupándolo rico, hasta metérmela bien adentro de la concha empapada. Me lamía el clítoris hinchado, me chupaba los labios y me metía dos dedos mientras me comía el culo. Yo gemía como perra en celo.

—Puta madre, nene… te pasas —le dije agarrándole la cabeza.

Le pedí condón y el muy cabrón me miró con ojos de macho y me dijo:—No putita, te voy a preñar perrita.

Sacó esa verga monstruosa, larguísima, venosa, con el glande grueso y morado. Me puso en cuatro sobre el sillón, me escupió en la concha y me la metió de un solo empujón hasta el fondo. Grité. Esa riata era demasiado larga, me llegaba hasta el útero, me abría toda por dentro. Empezó a cogerme fuerte, agarrándome de las caderas, dándome nalgadas mientras me metía toda la verga una y otra vez.

Cada embestida se escuchaba el golpe de sus huevos contra mi clítoris y el sonido mojado de mi concha chorreando. Me jalaba el pelo, me daba cachetadas en el culo y me decía al oído:—Así te gusta, ¿verdad señora? Toma verga como la puta que eres.

Me cambió de posición, me puso de lado, levantó una pierna y me siguió dando bien profundo, viéndome la cara mientras me cogía. Mis tetas grandes rebotaban con cada estocada. Me pellizcaba los pezones duros y me metía los dedos en la boca para que los chupara.

Cuando ya estaba a punto, me puso otra vez en cuatro, me abrió las nalgas y me metió hasta el fondo. Empezó a follarme como animal, rapidísimo, gruñendo. Al final soltó un gemido y me descargó toda la leche bien adentro, chorros calientes pegándome directo en la matriz. Se quedó adentro un rato, moviéndose despacito, empujando su semen hasta el fondo para que no se saliera nada.

Me dejó tirada en el sillón, con la concha abierta, roja e inundada de su leche espesa que me escurría por los muslos.



Al día siguiente me fui a bañar, todavía con la concha hinchada y sensible. Sentía cómo me escurría su leche espesa por los muslos mientras caminaba al baño. Me metí a la regadera y mientras el agua caía, no podía dejar de tocarme. Me metí dos dedos recordando cómo esa verga larguísima me había reventado por dentro, cómo me había golpeado el fondo del útero y cómo me había llenado como una perra. Me corrí otra vez en la ducha solo de pensarlo, mordiéndome el labio para no gemir fuerte.

Me dormí como si nada, con la cara de puta satisfecha y el cuerpo marcado de sus manos. Regresé a mi vida normal, con mi marido, mi casa y mis rutinas… pero el nene no me dejó en paz. Empezó a mandarme fotos de su verga por Telegram, bien dura, bien parada, con la cabeza morada y brillante. Me escribía cosas bien calientes: “Extraño esa boca de señora puta que me la chupó tan rico”.

Y de repente, entre las fotos de su riata, me mandó la foto. Ahí estaba yo, de rodillas en la esquina oscura del bar, con mi cara metida entre sus piernas, los labios bien abiertos alrededor de esa verga gruesa y mis ojitos mirando hacia arriba como la puta más cachonda del mundo. Se me veían las tetas casi saliéndose de la blusa y todo. No supe en qué momento el cabrón tomó esa foto, pero solo verla me puso otra vez mojada. Me dio morbo y miedo al mismo tiempo.

Pasaron como un mes y medio de esa travesura deliciosa y peligrosa… y sí, el pinche nene me preñó. Mi regla nunca llegó. Me hice la prueba y salió positiva. Resulta que a mis añitos todavía se me puede llenar la barriga como cualquier jovencita. Sentí una mezcla de pánico y un morbo raro al darme cuenta que ese chavito flaco me había dejado embarazada con su leche espesa.

Tuve que inventarle una historia a mi marido y regresar a la Ciudad de México con la excusa de irme unos días con una amiga. En realidad fui a interrumpir el embarazo. Todo el viaje estuve recordando cómo me había cogido ese nene, cómo me había tratado de perra, cómo me había llenado el útero de semen caliente y cómo me había dejado preñada como la puta casada que soy.

Eso me pasa por andar de caliente, por no poder controlar esta concha que sigue pidiendo verga joven y dura. Y la verdad… aunque me dio miedo, todavía me mojo recordándolo.

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