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Viaje sexual

El aire viciado del colectivo olía a diesel, a sudor rancio. Me hundía en el asiento de cuerina gastada, sintiendo cómo mi peso deformaba el respaldo. Mis muslos, anchos y pesados, se desbordaban por los costados, rozando la tela áspera. El motor vibraba bajo mis pies, un ronroneo constante que se trasladaba directamente a mi pelvis, donde un plug de silicona negra se anclaba con firmeza en mi esfínter.
Sentía la presión. Era un peso sordo, una invasión deliberada que mantenía mi ano dilatado y sensible. Cada bache del camino, cada frenazo brusco del chofer, empujaba la base del juguete más adentro, estimulando la próstata con una precisión quirúrgica. Solté un suspiro tembloroso, cerrando los ojos mientras imaginaba la mano de Juan, el hombre de las fotografías, apretando mis carnes. Juan era todo lo que yo no era: atlético, definido, con una mirada que atravesaba la pantalla del teléfono y prometía una devastación placentera.
Metí la mano derecha bajo la cintura de mi pantalón, buscando mi miembro. Mi pene es pequeño, una cosita tímida que ahora mismo palpitaba con urgencia. Empecé a masturbarme con movimientos lentos, sintiendo la fricción de la piel contra la palma de mi mano. El contraste era exquisito: el plug expandiendo mi interior mientras mis dedos apretaban el exterior. El autobús seguía su marcha, y yo me perdía en la fantasía de ser poseído, de que ese hombre me abriera paso a golpes de placer.
—¿Todo bien, amigo? —preguntó el pasajero de al lado, un hombre mayor que me miraba con sospecha.
Me tensé, congelando el movimiento de mi mano. El corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado.
—Sí, solo... un poco de calor —respondí, con la voz quebrada.
El hombre volvió a su sueño, pero yo no podía descansar. La necesidad se volvió un incendio. No podía seguir así en el asiento. Esperé a que el colectivo se detuviera en una parada intermedia y me levanté con dificultad, sintiendo el plug deslizarse ligeramente, provocándome un espasmo de placer que casi me hace caer. Me dirigí al baño, ese cubículo era estrecho.
Cerré la puerta con el pestillo y apoyé el teléfono sobre la pequeña repisa de metal. Abrí la cámara y me posicioné. Me bajé los pantalones y la ropa interior, dejando que mi vientre gordo colgara sobre la cintura del pantalón. En la pantalla, me veía: un hombre gordo, sudado, con el ano dilatado por el plástico negro que brillaba bajo la luz fluorescente.
—Mira esto, Juan... —susurré, aunque él no podía oírme.
Saqué el plug con un tirón seco. El vacío inmediato me hizo jadear. El aire frío del baño golpeó mi mucosa expuesta, y el esfínter, aún relajado, quedó abierto, invitando la entrada de cualquier cosa. Comencé a jugar con el ano, introduciendo un dedo, luego dos, simulando que la verga de Juan ya estaba allí. Mis gemidos rebotaban en las paredes de metal. Mi mano derecha no dejó de trabajar en mi pene, acelerando el ritmo, frotando el glande con una urgencia frenética.
El placer ascendió como una marea. Sentía el líquido preseminal lubricar mis dedos. El espasmo llegó sin previo aviso. Mi cuerpo se arqueó, los dedos clavados en mi propio culo, mientras el semen brotaba en chorros blancos y espesos. No permití que cayera al suelo. Recogí la descarga con la mano, el fluido caliente y viscoso cubriendo mis dedos, y me lo llevé a la boca. El sabor inundó mi lengua, un acto de auto-consumo que me hizo sentir una sumisión absoluta.
—Te necesito dije, mientras grababa la última imagen de mi rostro extasiado y mi boca manchada de semen.
Envié el video a Juan con un mensaje corto: "Ya voy en camino. Prepárame el sitio".
Cuando el colectivo finalmente llegó a la terminal, mis piernas temblaban. Juan estaba allí. Era más imponente en persona. Su piel morocha brillaba bajo la luz del mediodía, y su ropa se ajustaba a unos hombros anchos y una cintura estrecha. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mi abdomen y luego subiendo a mis ojos con una chispa de hambre depredadora.
No hubo tiempo para presentaciones formales. Me llevó a su casa, un departamento pequeño pero ordenado, donde el silencio solo era interrumpido por el sonido de la puerta cerrándose con llave. En cuanto entramos, la tensión acumulada durante horas explotó.
Juan me empujó contra la pared. Sus manos, grandes y fuertes, se enterraron en mis costados, apretando mi grasa con una fuerza que rayaba en la violencia. Sus labios chocaron contra los míos en un beso voraz, una lucha de lenguas que sabía a deseo y urgencia. Me sentía pequeño a su lado, una masa de deseo moldeable bajo su voluntad.
—Quítate todo. Ahora —ordenó.
Me desnudé con torpeza, mis dedos temblando mientras bajaba la ropa. Me quedé expuesto, con mi vientre prominente y mi pene pequeño y erecto. Juan se despojó de su ropa con movimientos lentos, deliberados. Cuando quedó desnudo, el aire se escapó de mis pulmones. Su pene era una bestia: largo, grueso, con venas marcadas que recorrían el tronco como raíces. Era una herramienta de placer y dominio.
—Mira cómo te tiemblas —rio Juan, acercándose.
Me obligó a arrodillarme. Me puse frente a él, la diferencia de tamaños era ridícula. Tomé su miembro con ambas manos, asombrado por la temperatura de su piel. Comencé a lamer la base, subiendo lentamente por el tronco, saboreando la preseminal que ya goteaba del glande. Introduje la punta en mi boca, sintiendo cómo llenaba mi cavidad oral. Succioné con fuerza, envolviendo la cabeza con mis labios, moviendo la lengua alrededor del surco del glande.
—Muerde un poco, Edu. Hazme sentir que quieres devorarme —gruñó él, agarrando mi cabello para dirigir el ritmo.
Me hundí más, tratando de alcanzar la base con la garganta, provocando arcadas que solo hicieron que Juan soltara un gemido de satisfacción. Me dedicó minutos de placer oral intenso, sus caderas moviéndose contra mi cara, obligándome a tragar su esencia mientras yo me perdía en el olor a hombre, a piel caliente y a sexo.
Cuando se cansó de mi boca, me agarró por los hombros y me lanzó sobre la cama, boca abajo. El impacto me dejó sin aliento. Sentí su peso caer sobre mi espalda, aplastándome contra el colchón. Juan bajó la cabeza y comenzó a lamer mi ano. Su lengua era húmeda y experta, trazando círculos alrededor de mi esfínter, empujando la punta hacia adentro, dilatándome con una lentitud tortuosa.
—Estás tan abierto... parece que me estabas esperando —susurró contra mi piel.
Sintió la lubricación que yo ya tenía, el eco del plug del viaje. Juan no perdió más tiempo. Lubricó su verga con saliva y posicionó el glande justo en la entrada de mi culo. El primer empuje fue lento, casi agónico. Sentí cómo las paredes de mi recto se estiraban al límite, acomodándose al grosor de su miembro. Era una invasión total.
—Ah... Dios, Juan... es demasiado... —gemí, hundiendo la cara en la almohada.
—Cállate y recíbelo todo, gordo —respondió él, hundiéndose completamente de un solo golpe.
El aire salió de mis pulmones en un grito ahogado. Sentí que me partía en dos, pero el dolor fue rápidamente sustituido por una plenitud abrumadora. Juan comenzó a moverse. Al principio eran estocadas pausadas, buscando el punto exacto de mi próstata. Cada vez que golpeaba ese punto, mi cuerpo se sacudía. Luego, la velocidad aumentó.
La calma se convirtió en ferocidad. Juan empezó a follarme con una violencia rítmica, el sonido de sus huevos golpeando contra mis nalgas creaba un eco húmedo y ruidoso. Squelch, shlick, squelch. Era la música de mi entrega. Mis nalgas vibraban con cada impacto, la piel se ponía roja bajo la fricción.
—¡Sos una gorda puta! —gritaba Juan, mientras sus manos dejaban marcas en mis nalgas.
La penetración se volvió frenética. Yo solo podía emitir gemidos inconexos, sintiendo cómo el pene de Juan llegaba hasta lo más profundo de mi vientre. Justo cuando sentí que él estaba llegando al límite, cuando sus músculos se tensaron y su respiración se volvió un jadeo animal, Juan salió bruscamente de mi ano.
Sin previo aviso, introdujo su verga en mi garganta, follando mi boca con la misma intensidad con la que había cogido mi culo. Mis ojos se llenaron de lágrimas por la profundidad de la penetración; sentía el glande golpeando el fondo de mi garganta, anulando cualquier capacidad de respirar.
—Trágatelo todo —ordenó.
Entonces, ocurrió. Juan soltó un rugido y eyaculó con una fuerza brutal. Sentí la primera descarga caliente golpeando la pared de mi garganta, un chorro espeso y abundante que me obligó a tragar por puro instinto. El semen inundó mi boca, caliente, salado, llenando cada rincón de mi cavidad oral. Juan siguió bombeando durante varios segundos, asegurándose de que no quedara una sola gota fuera de mí.
Cuando se retiró, me quedé jadeando, con un hilo de semen escapando por la comisura de mis labios. Juan me miraba con una sonrisa de triunfo. Me acerqué a él y lo besé efusivamente, empujando el resto del semen que quedaba en mi boca hacia la suya, obligándolo a probar su propia semilla mezclada con mi saliva.
Se acostó boca arriba, recuperando el aliento. Me dediqué unos instantes a recorrer su cuerpo con mis labios, besando sus pectorales definidos y sus abdominales, sintiendo el sudor pegajoso que nos unía. Al bajar hacia su entrepierna, noté que, a pesar de haber eyaculado, su pene ya empezaba a recuperar la erección. La sola idea de seguir siendo poseído me volvió a encender.
Me coloqué sobre él, sentándome lentamente sobre su verga. Cuando la punta tocó mi esfínter, solté un suspiro de anticipación. Me dejé caer con todo mi peso, sintiendo cómo el miembro de Juan me penetraba profundamente una vez más.
—Ah... Dios... —gemí, empezando a cabalgar.
Mis muslos gordos temblaban mientras subía y bajaba. El movimiento era lento, deliberado. Podía sentir cada vena de su pene rozando mis paredes internas. El placer era tan intenso que mis ojos se pusieron en blanco. Me movía con un ritmo hipnótico, sintiendo cómo la fricción generaba un calor insoportable. Juan me sujetaba la cintura, ayudándome a bajar más y más, buscando una profundidad que parecía infinita.
—Me vas a romper, Juan... me vas a llenar todo... —supliqué.
—Eso es lo que quiero, Edu. Quiero que lleves mi marca dentro —respondió él, acelerando el ritmo desde abajo.
El clímax llegó como una explosión. Juan eyaculó dentro de mi ano, una descarga masiva de calor que sentí expandirse en mi interior. El impacto del semen caliente contra las paredes de mi próstata fue la chispa final. Yo también llegué al orgasmo, disparando mi propio semen contra mi vientre, mientras mi cuerpo colapsaba sobre el pecho de Juan, temblando violentamente.
Nos quedamos así un rato, dos cuerpos sudados y exhaustos, fundidos en un abrazo húmedo. El olor a sexo llenaba la habitación.
—Estamos hechos un asco —dijo Juan, aunque no hacía ningún esfuerzo por soltarme.
—Necesito una ducha —susurré.
Fuimos al baño. El agua caliente comenzó a caer, envolviéndonos en una nube de vapor. Me puse bajo el chorro, dejando que el agua limpiara la sal y el sudor de mi piel. Me giré y, con curiosidad, comencé a limpiarme el ano. Introduje dos dedos en mi interior, buscando el semen que Juan había dejado allí.
Al hacer el movimiento, sentí el fluido saliendo, el sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo de mi esfínter. Juan, que me observaba desde atrás, sintió que su erección regresaba instantáneamente. No dijo nada. Simplemente se pegó a mi espalda, la piel caliente contra la mía, y posicionó su verga en mi entrada.
Sin preámbulos, me penetró de parado, empujándome contra la pared de azulejos fríos.
—Mira cómo te gusta que te llenen, puta —gruñó en mi oído.
Empezó a follarme con una fuerza renovada, la lubricación del agua y el jabón hacían que la penetración fuera deslizante y ruidosa. Shlick, shlick, shlick. Cada estocada era un golpe seco. Juan comenzó a darme nalgadas fuertes, el sonido del impacto de su mano contra mis glúteos resonando en el baño. Cada golpe me hacía gemir, una mezcla de dolor y placer que me nublaba el juicio.
—¡Dime que eres mi puta gorda! —exigió Juan, mientras aceleraba la velocidad.
—¡Sí! ¡Soy tu puta gorda! ¡Follame más fuerte! —grité, desesperado.
La fricción era total, el agua corría por nuestras espaldas mientras Juan me martilleaba el ano sin piedad. Los gemidos se convirtieron en gritos mientras él llegaba nuevamente al clímax, eyaculando dentro de mí por segunda vez, llenando mi intestino de un fluido caliente y denso.
Cuando finalmente se detuvo, me quedé apoyado en la pared, respirando con dificultad. Mis piernas ya no sostenían mi peso.
—Ayúdame a limpiarme, Juan... por favor —pedí con voz débil.
Juan sonrió. Me hizo agacharme sobre el borde de la bañera. Mientras yo empezaba a masturbar mi propio pene con la mano derecha, Juan introdujo tres dedos en mi ano. No lo hacía con suavidad; lo hacía para recolectar. Sus dedos se movían la profundidad de mi recto, extrayendo el semen mezclado con lubricante y agua.
—Mira cuánto guardas ahí dentro —dijo él, sacando la mano llena de la sustancia blanca y viscosa.
Llevó sus dedos manchados de semen hasta mi boca. Me obligó a lamer cada uno de sus dedos, succionando el fluido que había extraído de mi propio cuerpo. La sensación de sometimiento, de comer la mezcla de nuestro sexo, me llevó al límite. Mi pene, ya sensible, reaccionó con un último espasmo. Tuve un orgasmo violento, un chorro que manchó el suelo del baño, y caí de rodillas, exhausto y completamente satisfecho.
Cerré el grifo y nos secamos con toallas ásperas. El silencio volvió a reinar, pero ahora era un silencio compartido, cargado de una complicidad carnal. Nos miramos, la piel aún rosada por el esfuerzo y la pasión.
Nos fundimos en un beso efusivo, un sello de pacto sobre la piel sudada.
—No voy a dejar que te vayas sin prometer que volverás —susurró Juan contra mis labios.
—Volveré —respondí, sintiendo el eco de su placer todavía latiendo dentro de mí—. Volveré cuantas veces quieras.

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