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Secretos de Vecindario - Parte 8: Año Viejo, Cuernos Nuevos

Al llegar a la reunión de Fin de Año en la cuadra, ya había bastante gente afuera. La mayoría eran tipos que conocía desde la infancia; si bien no nos frecuentábamos, tampoco nos guardábamos rencor. Nos recibieron con entusiasmo, saludando a la usanza de la gente de la calle, mientras aprovechaban para darle un vistazo descarado a Elena. Era obvio que, con el vestido corto negro y los labios rojos, robaría las miradas de toda la noche.

Pero no solo los jóvenes la miraban; también los hombres maduros aprovechaban el saludo para tenerla cerca. Elena sabía jugar ese juego de miradas, lo que le costaba los celos de las mujeres que los acompañaban. Finalmente llegamos con el anfitrión, Carlos. Con su habitual arrogancia, nos saludó y recorrió con la mirada el cuerpo de Elena. La diferencia fue que él la tomó firmemente de la cintura para rodearla y darle un beso pesado en la mejilla. Elena se quedó congelada, incapaz de hacer nada para evitar la demostración de autoridad frente a mí.

Nos guió hacia las mesas dispuestas en la acera y el patio común, dándonos el lugar que ocuparíamos la noche. Nos acomodamos con mi tía Carmela y algunos vecinos con los que me llevaba mejor. La noche transcurrió entre pláticas sosas y algo de música. Como soy malo para el baile, tuve que tolerar que varios hombres la sacaran a la pista; pasaban los minutos y Elena seguía yendo de mano en mano.

Cerca de las diez de la noche, Carlos se acercó con el pretexto de revisar si nos faltaba algo de tomar. Como estábamos bien, invitó a Elena a bailar. Ella aceptó y salió con él. Sonaba una salsa romántica y pesada. Como era de esperarse, Carlos, siendo un hombre curtido en el barrio, bailaba muy bien; llevaba a Elena a su ritmo, sujetándola con fuerza. Otros intentaron acercarse para robársela en la pista, pero Carlos la había monopolizado por completo.

Como tenía que ir por un postre que habíamos preparado para la cena, me ausenté unos momentos. Al regresar a las mesas, Elena ya no estaba. Encima, se había dejado el teléfono celular sobre el mantel. El festejo bloqueaba los pasillos comunes con gente bebiendo; no sabía por dónde empezar a buscarla, aunque en el fondo de mi mente ya lo imaginaba.

Recordaba vagamente la zona del edificio donde Carlos solía reunirse con sus hermanos, así que me abrí paso entre la multitud. Subí las escaleras hacia un segundo pasillo interno buscando alguna señal. Al acercarme a una de las puertas, esta se abrió de golpe, pero quien salió no fue mi esposa, sino la mujer de Carlos, Margarita.

—Buenas noches, joven —me dijo con extrañeza—. ¿Qué hace por aquí?
—Buenas noches... creo que me perdí un poco buscando el sanitario —improvisé rápido, con el corazón a mil.
—No se preocupe, los baños del festejo están abajo en el patio, yo lo acompaño.

Entré al sanitario de abajo para ganar tiempo. Al salir y regresar a las mesas, vi que Elena ya estaba de vuelta. Me comentó nerviosa que había salido a la tienda de la esquina a comprar unos cigarros, pero que estaba llenísima. Sentí un alivio momentáneo; ver a la esposa de Carlos arriba me había despejado las dudas que me atormentaban.

El ambiente siguió subiendo. La música, la comida y la bebida fluían sin límite. Elena pasó un rato sentada revisando su teléfono. En un momento, me comentó que mi tía Carmela le pedía ayuda de nuevo con unas botellas abajo y se retiró. Pasaron treinta minutos y no regresaba. Eran poco más de las once cuando la tía Carmela se acercó a mí.

—César, ¿podrías ir a mi departamento por las botellas de sidra para el brindis? Es que no encuentro a Carlos por ningún lado para que las cargue.

No pregunté por Elena; asumí que si mi tía me lo pedía a mí, era porque mi esposa no podía con el peso. Además, ir hacia allá me quitaría la incertidumbre de golpe.

Crucé hacia el edificio. El pasillo estaba en silencio; la mayoría de los departamentos estaban vacíos. Al llegar a la puerta de mi tía, noté que estaba cerrada y con la luz apagada. Sentí un vacío horrible en el estómago. Abrí con la llave que me dio con la mano temblando. Al entrar, descubrí que no había nadie. El alma me volvió al cuerpo. Tomé las botellas, pero al salir al pasillo común, me pareció escuchar ruidos en el piso de arriba. Me quedé completamente inmóvil. Eran voces, una discusión intensa pero en voz muy baja, cuidando que nadie los descubriera en el silencio del edificio.

Dejé las botellas en el suelo y subí los escalones de concreto con el mayor sigilo. Pegué el oído a la puerta de nuestro departamento para asegurarme. Me equivocaba: los ruidos venían de adentro. Busqué mis llaves en las bolsas pero no las traía; tampoco tenía el celular para comunicarme. Atrapar la certeza se volvió una obsesión. Decidí treparme con cuidado por la orilla de la marquesina exterior hacia el ventanal del pasillo, el mismo lugar desde donde Elena se asomaba a escuchar los ruidos de abajo. Ese ventanal daba una línea de visión directa hacia nuestra habitación y, si la puerta estaba abierta, hacia nuestra cama matrimonial.

Me deslicé por la marquesina. Las voces eran cada vez más notorias, intensas pero ahogadas. Al pegar la cabeza al ventanal, la duda se disipó: era una mezcla de respiraciones agitadas y quejidos. Una de las voces era indudablemente la de Elena; la otra, la que tanto temía.

—Cómetela, puta... —retumbó desde la recámara la voz gruesa y áspera de Carlos.

Elena respondió con un gemido ahogado, como si estuviera atragantada.

—Eso... qué rico mamas —soltó el hombre.

De la boca de mi esposa solo salía un quejido seco: ¡Agh!. Me arriesgué a asomarme un poco más, distinguiendo las siluetas en la orilla del colchón. De repente, escuché pasos en la escalera; eran unos vecinos que subían hacia el piso superior. Para evitar que me descubrieran en esa posición vergonzosa, me recosté por completo en el estrecho espacio de la marquesina. Los vecinos pasaron platicando despacio sobre la cena hasta que sus voces se perdieron escaleras arriba.

Cuando intenté incorporarme, el silencio se apoderó del cuarto por unos segundos, seguido inmediatamente por el golpe constante, rítmico e inconfundible de una pelvis impactando contra otra.

Me levanté y asomé la cabeza. La media luz que siempre dejábamos preparada para la intimidad estaba encendida; Carlos y mi esposa la estaban aprovechando. Pese al riesgo de ser visto, me pegué al vidrio para tener el panorama completo. Elena aún conservaba el vestido negro alzado a la mitad y las medias puestas; estaba en cuatro esquinas sobre la cama mientras Carlos, en una posición salvaje, la embestía con fuerza introduciéndole su miembro. Mi esposa soltaba unos gritos y gimoteos fuera de control.

La imagen me superó por completo. Jamás había sentido tanto vértigo en el estómago; sentí una rabia y un odio profundo hacia Carlos por haber invadido mi hogar con total descaro. Pero al mismo tiempo, el peso de la realidad me golpeó: Elena había aceptado subir sabiendo perfectamente cómo terminaría la noche. Se había arreglado de forma espectacular solo para que Carlos se la terminara cogiendo en nuestra propia cama.

Pensé en romper el ventanal, entrar y destrozar la escena. Pero la lucidez me detuvo: se armaría un escándalo monumental en el barrio, habría golpes y, siendo sincero, no tendría muchas oportunidades físicas contra un hombre robusto y de calle como Carlos. Además, Elena se molestaría conmigo. Lo habíamos hablado antes de salir: sabíamos que esto era jugar con fuego y que terminaríamos quemándonos. Elena se veía desquiciada de placer; interrumpirlos sería cortarle el clímax y me lo reprocharía. Ella había cumplido mis fetiches con extraños; ahora me tocaba a mí soportar el trago amargo en mi propio terreno.

Convencido de que lo justo era dejarlos terminar, me deslicé de vuelta por la marquesina hacia las escaleras. Tomé las botellas de sidra y salí del edificio en silencio, rozando las doce de la noche. Caminé despacio de regreso al festejo; la mezcla de rabia y morbo me había provocado una erección masiva. La fiesta estaba tan animada que nadie notó mi ausencia. Entregé las botellas para el brindis y regresé a la mesa. Al tomar mi celular, descubrí una ráfaga de mensajes de Elena:

"Sal afuera"
"Necesito hablar contigo"
"Estoy en el departamento de tu tía"
"Acaba de entrar"
"Contéstame"
"Necesito tu opinión"
"Ven, vamos a subir"
"Dime si lo apruebas"
"Va a pasar"
"¿Eres tú el que entró?"
"No creo que acepte que estés aquí"
"No subas al departamento, mejor cúbrenos"

Elena me había estado buscando para hacerme parte del acto, pero al dejar el teléfono perdí la oportunidad de negociar. Aunque dudaba que mis palabras la hubieran disuadido; mis cuernos estaban destinados esa noche y no había forma de escapar.

Dieron las doce entre gritos y abrazos. Me integré al brindis con la mente completamente en otra parte. Nadie preguntaba por los ausentes, ni siquiera Margarita. Justifiqué a Elena con mi tía diciendo que se había sentido mal por el alcohol y se había ido a recostar.

A la una de la mañana, Elena regresó a la fiesta. Carlos había bajado unos minutos antes para no levantar sospechas, por lo que entraron separados. Entre las felicitaciones del Año Nuevo, ella tardó en llegar a nuestra mesa. Cuando por fin me tuvo de frente, me miró con una mezcla de nervios y una profunda satisfacción en los ojos.

—¡Felicidades, mi amor! —me dijo con voz juguetona—. Ah... y también, ¡feliz año nuevo!

Mi enojo y mis celos se vieron desarmados por su picardía. Preferí corresponderle el abrazo sin reclamarle nada en público. Nos quedamos un rato más para no desentonar, hasta que Carlos se acercó a nuestra mesa a dar el abrazo de año nuevo. Noté la mirada de complicidad inmediata entre él y Elena. Carlos abrazó a mi esposa y luego se giró hacia mí. Me extendió la mano, la apretó con una fuerza desmedida que me levantó de la silla y me dio un abrazo pesado. Los vecinos lo tomaron como un gesto de cercanía familiar; yo, que venía del ventanal, supe que era una burla directa en mi cara. Más aún cuando me soltó las mismas palabras que Elena:

—¡Felicidades, chico! Ah... y también, ¡feliz año nuevo!

La frase se me clavó en el pecho. No sé si fue coincidencia o si lo habían planeado entre los dos, pero me tragué el orgullo para no concederles mi enojo. Fue lo último de la velada. Elena me pidió que nos fuéramos, nos despedimos y salimos de la reunión.

Entramos al edificio. Elena me tomó de la mano y me llevó hacia arriba con prisa. Abrió la puerta del departamento y entramos. Intentó besarme con urgencia, jalándome hacia la recámara, pero al pasar por la puerta me detuvo.

—Espera, César, no entres aún.
—¿Y ahora por qué?
—Dame un momento... necesito arreglar la habitación.

En el instante en que iba a cerrarme la puerta en la cara, la detuve con ambas manos y la empujé con fuerza. En el suelo, cerca de la entrada, se encontraba tirado un calcetín de hombre. La cama matrimonial era un desastre absoluto: las sábanas colgaban deshechas, húmedas y con un fuerte olor a sexo que inundaba el espacio. Me acerqué para quitarlas y, enredado entre las telas, descubrí el bóxer de Carlos. Ni siquiera habían tenido el cuidado de revisar bien sus prendas antes de vestirse a la prisa.

Le pedí a Elena que se acercara. Tenía la mirada baja, visiblemente abrumada por la pena ante el desastre evidente. La tomé de la cintura con firmeza, la abrí de piernas y la senté sobre las mías, quedando frente a frente. La sostuve de las nalgas y la miré a los ojos.

—¿Ahora sí me vas a decir exactamente qué pasó aquí adentro, Elena?
—¿Seguro que quieres que te lo cuente ahora... o prefieres que hagamos otra cosa? —respondió, mordiéndose el labio.

Me tomó de la nuca y me besó con una intensidad salvaje, mordiéndome los labios como una fiera. La levanté y la recosté sobre el colchón desnudo; el centro de la cama seguía empapado por el acto anterior, así que la acomodé en la orilla. Le abrí las piernas e hicimos el amor.

Fue un sexo poco ortodoxo, movido más por la urgencia de desquitar la rabia y los celos que por el placer común. Yo llevaba horas con una erección masiva. La penetración fue sumamente fácil debido a lo abierta y lubricada que la había dejado Carlos. Mientras la poseía, las imágenes del ventanal me bombardeaban la mente, sumadas a lo que el desastre de las sábanas me decía.

Me imaginé los detalles: se habían desnudado por completo en segundos. ¿La humedad del colchón se debía solo a los jugos de Elena? ¿O acaso estaba penetrando a mi esposa sobre una mezcla de sus fluidos y el semen de Carlos? Recorrí el cuarto con la mirada buscando con desesperación: ¿Dónde carajos estaban los condones usados?. El fantasma de la desprotección y la crudeza del barrio me traicionaron mentalmente, provocando que me corriera mucho más rápido de lo habitual.

Elena no se molestó; había estado gimiendo con fuerza todo el tiempo y su orgasmo también fue intenso. Nos quedamos un momento abrazados en silencio sobre el colchón, compartiendo el calor de los fluidos. Tras unos minutos de calma, Elena levantó la cabeza, me miró fijamente y me preguntó con voz suave:

—¿Quieres que te cuente detalle a detalle lo que pasó esta noche con Carlos?

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