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Secretos de Vecindario - Parte 7: La Trampa de Carlos

La vida naturalmente seguía su curso. En un par de ocasiones más nos habíamos permitido llevar a cabo nuestras fantasías; lo vivido en la recámara ayudaba a incrementar el deseo como pareja, sin repercusiones negativas ni celos absurdos. Habíamos encontrado la combinación perfecta de morbo y placer sin consecuencias. Pero tras la adrenalina de esos encuentros, asumíamos de nuevo nuestro rol cotidiano: trabajábamos, crecíamos y manteníamos las relaciones con amigos y familiares. Fue casi al terminar el año que las cosas dieron un giro imprevisto.

Una tarde de noviembre, volvíamos de hacer las compras del fin de semana. Organizábamos los víveres necesarios para pasar la semana sin complicaciones, una costumbre de todos los sábados a medio día. En nuestro edificio de departamentos también vivía la tía Carmela, hermana de mi padre. Nosotros estábamos apenas en el piso de arriba, por lo que obligatoriamente teníamos que pasar por su puerta para llegar al nuestro. Esa tarde, justo cuando entramos por el portón principal, iba saliendo ni más ni menos que Carlos.

No supimos de qué departamento venía y tampoco nos hicimos malas ideas. Nos pasó por un lado, nos saludó de manera cortante y formal, y continuó su camino hacia la otra cuadra, rumbo a su casa frente al parque. Pasamos por alto la situación; Carlos siempre había sido del barrio y, siendo de la familia extendida, no era raro que pasara por ahí. Además, ya no formaba parte de nuestras conversaciones en la cama. Las recientes experiencias con Diego y Alonso lo habían desplazado por completo. Había dejado de esperar a Elena en la esquina temprano por la mañana; asumimos que se había aburrido o que entendió que no llegaría a nada. El tema estaba zanjado. O eso creíamos.

Una noche, mientras Elena y yo nos quedamos en silencio en la cama, escuchamos algo extraño. Mi tía Carmela estaba separada desde hacía años; vivía sola y prácticamente nunca llevaba a nadie a su casa. Sin embargo, esa noche estábamos seguros de que había un hombre con ella abajo. Pensamos que era justo; aunque nosotros intentábamos ser lo más silenciosos posible al tener relaciones, seguro más de una vez nos habrá escuchado, así que si era su desquite, estaba bien.

Al principio nos dio curiosidad, pero solo se oían pisadas y movimientos leves. Elena se quedó dormida y yo me mantuve despierto un rato más, revisando unos pendientes de la oficina. Pasada la medianoche, alcancé a percibir una discusión no muy fuerte pero con la voz alzada. Poco después el tono cambió y, esta vez, los ruidos eran inconfundiblemente de sexo.

Cuando me acomodé en la cama, Elena se despertó por el movimiento. Le hice una seña con el dedo para que guardara silencio y escuchara. En cuanto captó los ruidos, se le dibujó una sonrisa en el rostro. La tía Carmela estaba teniendo un encuentro sumamente intenso justo debajo de nosotros. Los gemidos de mi tía eran evidentes, y el hombre se hacía notar con unos bufidos fuertes y pesados, propios de alguien mayor. La situación nos encendió los ánimos de inmediato; tuvimos sexo dejándonos llevar por el concierto de abajo. Los ruidos del piso inferior cesaron cuando escuchamos que salían del departamento, seguramente para que él se fuera. Nosotros terminamos lo nuestro y nos dormimos.

Cuando volvimos a ver a la tía Carmela no tocamos el tema por respeto a su privacidad. Ella, en cambio, nos comentó que los vecinos estaban organizando una posada para diciembre y nos pidió que nosotros nos encargáramos de poner las piñatas, a lo que aceptamos sin problemas.

Durante las semanas siguientes, la visita nocturna abajo se repitió varias veces, terminando siempre igual: el hombre salía a mitad de la noche y se iba. Poco a poco, la duda nos generó la urgencia de saber de quién se trataba. Una noche, al escuchar que la puerta de abajo se abría, nos asomamos con cuidado por la ventana que daba a la salida del edificio. La sorpresa nos dejó perplejos: era Carlos.

Nos quedamos congelados. Recordé todo lo que le había contado a Elena sobre el pasado: Carlos se acostaba con mi tía Carmela en su juventud, y ahora, años después, la historia se repetía justo debajo de nuestros pies. Decidimos no meternos y dejarlo pasar, intentando ignorar los ruidos las noches siguientes. Sin embargo, una madrugada me despertó una sensación extraña en el colchón. Me quedé inmóvil y descubrí que Elena se estaba masturbando a oscuras mientras abajo se escuchaba el habitual traqueteo. No quise interrumpirla; su respiración se agitó hasta que soltó un gemido leve, arqueó la espalda y se volvió a quedar dormida.

La historia se repitió en las visitas siguientes. Yo me hacía el dormido, y al poco tiempo Elena comenzaba a estimularse en silencio. Una noche, al escuchar que Carlos salía, Elena se levantó de golpe y se pegó a la ventana para verlo marcharse, acariciándose los pechos y rozando su entrepierna por encima de la pijama. Volvió del baño como si nada. Esa faceta de ella me resultaba sumamente excitante, pero de pronto noté un cambio: las noches que sabía que Carlos estaba abajo, Elena evitaba que tuviéramos intimidad. Se reservaba por completo para escucharlos; estaba a la expectativa de cada sonido. Era evidente su deseo íntimo: quería estar en el lugar de mi tía.

Llegó el día de la posada. Nosotros nos ocupamos de las piñatas y los dulces, entregándole su parte a la tía Carmela, quien guardó todo en su departamento. Carlos, siendo de los hombres corpulentos del barrio que siempre andaban metidos en los eventos de la cuadra, era el encargado de mover las cosas de los vecinos. Así era como justificaba andar de arriba abajo cerca de nuestro edificio.

La fiesta comenzó afuera de la calle de manera tradicional. En medio de los cantos, mi tía, Carlos y otros vecinos se retiraron para preparar la siguiente parte de la convivencia. Minutos más tarde, Elena me enseñó un mensaje de la tía Carmela: necesitaba ayuda para terminar de llenar las piñatas. Fuimos al departamento y solo estaba ella. Le ayudamos rápido y me pidió que yo llevara las piñatas cargando hasta el patio común. Lo hice, y al llegar, los organizadores me amarraron el lazo para que les ayudara a sostenerlas mientras los niños las rompían. Como eran varias, pasé un buen rato ocupado. Desde mi posición alcancé a ver que mi tía ya había regresado a la fiesta, pero mi esposa aún no aparecía.

Cuando por fin terminé, regresé con la multitud buscando a Elena discretamente. Pasaron quince minutos hasta que la vi volver. Al acercarme, la noté visiblemente nerviosa, aunque intentó disimular saludándome como si nada. No quise cuestionarla en medio de la gente, así que continuamos en la fiesta. Carlos estaba allí con sus hermanos y amigos tomando cerveza, pero por ratos sacaba a bailar a mi tía de lo más descarado. En un momento de la noche, ambos desaparecieron de la vista de todos. Elena, alegando estar cansada, me pidió que nos retiráramos al departamento.

Una vez solos en la recámara, pensé en pedirle explicaciones, pero los ruidos habituales ya habían comenzado abajo. Los amantes se habían aprovechado del bullicio general para escapar a su rincón. Yo estaba demasiado agotado para discutir, y el ambiente de la fiesta nos había puesto de buen humor. Antes de que pudiera decir algo, Elena ya se estaba desnudando y arrojándose sobre mí. Al tocarla por debajo de la ropa, noté la rigidez de sus pezones y una humedad tremenda en su sexo.

—¡Escucha bien cómo lo están pasando abajo! —le susurré al oído mientras la poseía.
—Sí... se oye que lo están pasando genial —gemía ella.
—Ya llegaron ellos... es hora de que tú llegues también, ¿o te falta estímulo?
—Ya casi, mi amor... ya casi.
—¿Escuchaste cómo gime mi tía? Seguro que Carlos es un animal con ella.
—Sí... seguro que la tía Carmela lo disfruta muchísimo.
—Y pensar que se atreven a hacerlo mientras toda la cuadra está afuera.
—No creo que les importe mucho, César...
—A mí tampoco. Carlos es un sinvergüenza, un hijo de puta que hace lo que se le da la gana.
—¡Siiii!
—A lo mejor por eso le gusta tanto a mi tía... es un cabrón.
—¡Sí, lo es!
—¿No te da envidia, Elena?
—¿Envidia de qué? —preguntó, mirándome con los ojos entreabiertos.
—De que mi tía se esté dando a Carlos. A lo mejor... te gustaría estar en su lugar.

Como si mis palabras fueran un reto directo, Elena comenzó a moverse con una velocidad salvaje, buscando hacer el mayor ruido posible para competir con la pareja de abajo. Los gemidos de los dos departamentos se compenetraron de una forma brutal; de no ser por la música a alto volumen de la calle, los gritos se habrían escuchado en toda la manzana. Los ruidos del piso inferior se intensificaron en el clímax, y Elena, estimulada por el concierto, se mordió los labios soltando un gemido ahogado y casi imperceptible:

—¡Mmm... sí, qué rico! ¡Ay... Carlos!

Apenas alcancé a discernir el nombre debido a la prisa de su voz, pero escuchar eso fue el detonante exacto para que yo me viniera con una fuerza tremenda dentro de ella. El silencio se apoderó de ambos departamentos, roto solo minutos después por los pasos de Carlos regresando a la calle. Nosotros, agotados, nos quedamos dormidos.

Por la mañana volvimos a la rutina del trabajo y no se tocó el tema. Pasamos Navidad en casa de su madre, en un pueblo a dos horas de distancia, y para Año Nuevo el plan era ir con mis padres, pero debido a un imprevisto de ellos, las cosas se cancelaron. Nos tocó quedarnos en casa sin ningún plan fijo. La semana transcurrió normal; Elena salía temprano y regresaba a su hora con el ánimo muy alto. Los ruidos de abajo se habían pausado por las reuniones familiares de las fiestas, por lo que todo estaba tranquilo. Hasta la noche del 29 de diciembre. Elena llegó con el rostro serio, se sentó a la mesa y adoptó una actitud inconfundible de "tenemos que hablar".

—¿Qué pasa? ¿Es algo serio? —pregunté, sentándome frente a ella.
—Pues... no lo sé. Algo se presentó. Recuerdas que no teníamos planes para Fin de Año... Platicaba con tu tía y le comenté que nos quedaríamos aquí. Quise saber si ella iba a salir y me dijo que no.
—Entonces, ¿la pasaremos con ella?
—Sí y no... Me dijo que los hermanos de Carlos están organizando una gran cena de Fin de Año en la cuadra, y que si nosotros quisiéramos, podemos ir con ella.
—Ya... ¿y supongo que le dijiste que no? —indagué, sintiendo una punzada de desconfianza.
—Le dije que lo pensaríamos, César. No tenemos ningún plan.
—¿De verdad quieres ir a esa fiesta con la familia de Carlos? Es raro, Elena, te he dicho la clase de calaña que son, los pleitos que tuvieron con mi padre. Nosotros no nos llevamos con esa gente.
—En la posada las cosas salieron bien —respondió ella, recurriendo a un tono de sutil chantaje.
—Sí, pero ahí estaban todos los vecinos, no solo la gente de Carlos.
—Bueno... entonces no vamos —dijo, cortando la conversación con un gesto de molestia fingida.
—Está bien... supongo que podemos ir un rato a ver qué pasa —cedí, queriendo evitar una discusión.
—Ya verás que no será tan malo —concluyó ella, cambiando el semblante de inmediato.

Esa noche no me fue fácil conciliar el sueño. Mil cosas me cruzaron la cabeza; aún no borraba las dudas de lo que había pasado el día de la posada. Me inquietaba pensar si había algo oculto detrás de la insistencia de Elena. En medio de esa tensión, tuve una erección masiva. Decidí esperar a que Elena se durmiera para masturbarme y poder conciliar el sueño, pero el colchón comenzó a moverse a mi lado. Ella me había ganado la idea: se estaba tocando la entrepierna con prisa. Tras unos minutos, soltó un suspiro intenso y se fue al baño. Al volver, se quedó un rato escribiendo mensajes en su celular hasta que finalmente se durmió. Yo ya no pude hacer nada; me quedé congelado pensando qué habría en su mente. ¿Estaba jugando conmigo o ya tenía un plan trazado? El cansancio terminó por vencerme.

El penúltimo día del año fue una copia exacta. Yo seguía reacio a ir, pero terminé cediendo a su capricho. Esa noche ninguno buscó al otro; de nuevo Elena se consoló sola a oscuras y revisó el celular. Esta vez estuve seguro de que envió mensajes antes de cerrar los ojos. No soy de los que invaden la privacidad, así que no revisé el teléfono, pero la duda me hizo imaginar los peores escenarios. Con esa angustia mental, me masturbé y me dormí.

Al día siguiente trabajé medio turno. Elena se quedó en casa con todo el día libre para arreglarse. Regresé a las tres de la tarde y ella no estaba; había ido a arreglarse el cabello y las uñas. Volvió a las seis y entró directo a vestirse. Desde que la vi llegar se veía espectacular: traía los chinos recién hechos, el cabello completamente negro y las uñas pintadas de un rojo intenso que anticipaba el color de sus labios. La espera en la sala se me hizo tortuosa. Mientras me cambiaba, noté la lencería que había elegido: un conjunto de encaje negro con cachetero.

Cuando por fin bajó a la sala, me dejó sin aliento. Se había puesto un vestido corto de color negro, zapatillas de tacón alto, medias oscuras a media altura y los labios pintados de un rojo provocativo. Estaba perfectamente maquillada. La tomé de la cintura con urgencia e intenté besarla, pero ella me detuvo poniendo las manos en mi pecho.

—Más tarde, mi amor... se va a arruinar el labial y todo el esfuerzo del maquillaje.
—Te deseo ahora mismo, Elena. No puedo esperar hasta la noche.
—Tendrás que hacerlo —respondió con una sonrisa esquiva.

Ya molesto por la actitud, decidí ir directo al grano.

—A ver, Elena... Pasa algo más, ¿verdad? No solo me insististe demasiado en ir a esa fiesta, sino que te estás arreglando de una forma exagerada para una reunión de barrio. Siempre nos hemos sabido comunicar; es mejor que me hables con la verdad.

Elena se me quedó mirando en silencio. Tras pensárselo unos segundos, suspiró y se sentó en el sofá.

—Está bien... Quería decírtelo después, pero creo que necesitas saberlo ahora —confesó, y me relató lo siguiente:

El día de la posada, cuando bajó a ayudar a mi tía con las piñatas, Carlos estaba allí. En un momento de la tarde, la tía Carmela tuvo que salir a la calle y los dejó a solas en el departamento. Carlos aprovechó el momento de inmediato para cambiar el rumbo de la plática.

—Discúlpame si les causamos molestias a ti y a tu marido, Elena —le había dicho con tono cínico.
—¿A qué se refiere, señor Carlos? —intentó evadir ella.
—No tienes que ser reservada conmigo, me refiero a los ruidos de las noches. Sé que nos escuchan.
—No... bueno, es que no tiene que disculparse. Ustedes son adultos y saben lo que hacen.
—No vayas a pensar mal de mí, muchacha.
—¿Por qué? ¿Porque usted es un hombre maduro o porque la tía Carmela aún está separada?
—En parte. No me justifico, las cosas simplemente se dieron, pero no quiero que te sea incómodo verme por aquí.
—No nos incomoda, usted sabrá lo que hace; a fin de cuentas, a quien engaña es a su entorno.
—Sí... bueno, si es que se enteran. Si ustedes no dicen nada, es por cuidar a Carmela, así que ando sin cuidado. ¿Significa que soy bienvenido en tu casa?
—Jaja... en la de mi tía, Carlos —había respondido Elena, intentando mantener la distancia.
—Bueno, en el edificio... A tu casa ya veremos después. No creo que a tu marido le moleste una visita mía. Es un muchacho tranquilo, lo conozco desde niño. Me recuerda un poco a su padre cuando se dejaba amedrentar... es dócil.
—No sea tan atrevido.
—Solo decía. Sé que las casadas son las mejores. Son prestadas... como Carmela... y como la que está por sumarse.

En ese instante, Carlos la había tomado con fuerza de la cintura y la había besado en la boca. Elena se quedó congelada; las palabras del hombre la habían ofendido, pero admitió que sintió una extraña sensación de sometimiento por su corpulencia y autoridad, lo que la hizo tardar unos segundos en reaccionar, hasta que se lo quitó de encima de una cachetada.

—Así son todas —le había dicho Carlos, sonriendo mientras se tocaba la mejilla—. Al principio no se dejan, pero después me lo piden a gritos... igualito que tu tía.

Elena salió corriendo de ahí y regresó a la posada. Me confesó que tuvo miedo de contármelo en su momento por los problemas que se pudieran ocasionar. Pero la cosa no paró ahí. Los días posteriores, Carlos la estuvo esperando en la esquina por las mañanas en su pickup negra. Aunque ella salía con la firme intención de pasar de largo, cuando se daba cuenta, el magnetismo y la insistencia del hombre ya la tenían arriba del asiento del copiloto. Ahí, Carlos cambió la estrategia: la trató con amabilidad, disculpándose por el atrevimiento, hasta que soltó el anzuelo:

—Me enteré de que no tienen planes para Fin de Año, nena. Nosotros hacemos un gran convivio familiar; si gustan, están invitados.
—No creo que mi marido acepte, Carlos... menos cuando le cuente lo que pasó en el departamento.
—O sea que aún no se lo has dicho, ja ja —se había burlado el hombre—. Muy bien, nena... mensaje recibido. Si no se lo has dicho es por algo. No quieres problemas para él. Tu marido es muy joven y tranquilo, no creo que quieras verlo intentar confrontarme a mí o a mis hermanos. Prefiero usar mi energía en otras cosas contigo... Te quiero ver en la fiesta. Dile que los invita tu tía; convéncelo, pero te quiero ahí. ¡Tú eliges: me desquito con él o contigo!

Me quedé helado en la sala. La revelación me cayó como un balde de agua fría; era una situación sumamente grave, un chantaje en toda regla, y Elena me la había ocultado haciendo exactamente lo que ese tipo le había ordenado. Ahora entendía su comportamiento extraño y su obsesión con el celular de los últimos días.

—Como te dije, César... no quiero meterte en problemas con ese señor ni con su familia —añadió Elena con la voz baja.
—Ese tipo solo está intentando intimidar, Elena. No le tengo miedo. Pero si es así, nos quedamos en casa y se acabó.
—No... tú puedes quedarte si quieres, pero yo voy a ir de todas formas —soltó ella con firmeza.
—¿Pero qué estás diciendo? ¡Elena!
—Ya me arreglé para ir, y si voy, le voy a poner fin a este problema de una vez por todas.
—¿Crees que solo vas a presentarte y ya? ¿No te das cuenta de las intenciones de ese tipo?
—Imagino perfectamente lo que busca, César... Pero ya di mi palabra de que iríamos. Y si te soy completamente sincera... tengo curiosidad. Todo lo que hemos fantaseado usando su nombre en esta cama, lo que me contaste de su papel de macho alfa en el barrio, me ha hecho querer seguir el juego, aun sabiendo el riesgo que conlleva.
—Hemos tenido fantasías con él, Elena, pero esto no es como internet. Carlos y sus hermanos son tipos pesados del barrio.
—Lo sé... Si le dijéramos la verdad, no creo que te quisiera ahí presente. Pero te estoy pidiendo que, así como yo entiendo y cumplo tus fantasías, tú me entiendas a mí con las mías. Es solo un supuesto; nada asegura que pase algo entre tanta gente en la fiesta. Yo solo quiero ir, jugar con él, bailar, coquetearle y volver a casa a desquitar todas mis ganas contigo.

Elena tenía razón en un punto: ella siempre había aceptado mis fantasías y mis fetiches sin juzgarme, venciendo sus propios nervios con Diego y con Alonso. Ahora me tocaba a mí tragarme el orgullo, enfrentar la incertidumbre y apoyarla en su decisión, por más cruel que me resultara.

Sin más opciones, acepté ir a la fiesta. Salimos del edificio rumbo a la reunión, y mientras caminaba a su lado en la acera, no podía dejar de mirarla. Estaba perfecta, pero en ese momento caí en la cuenta de una verdad dolorosa: Elena se había esforzado al máximo en arreglarse esa noche, pero mientras lo hacía frente al espejo, probablemente no era yo quien estaba en sus pensamientos... sino Carlos.

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