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El viejo encargado, Parte 12: La fiesta

Juan sacó su teléfono del bolsillo y desbloqueó la pantalla táctil. Una decisión tomada en el frío vacío de la cocina mientras respiraba cerca de Penélope. Con movimientos rápidos y precisos, sus dedos danzaron sobre la pantalla tecleando el mensaje que cambiaría la dinámica de la jornada.

-No serás la única puta hoy, ni yo el único cornudo. He llamado a Yasmin. Mientras los vecinos te destrozan en la cama, yo me la voy a follar como una perra en la sala. Que disfrutes de la leche ajena.

Envió el texto y observó la puerta de la habitación, donde Penélope yacía sumida en su destino, antes de dirigirse a la sala, preparando el escenario para su propia venganza carnal.

No pasó mucho tiempo antes de que el timbre resonara con una insistencia brutal. No eran visitas educadas; era una manada. La puerta se abrió y una oleada de hombres de distintas edades y complexiones irrumpió en el pasillo. Cruzaron frente a Juan sin dirigirle ni una mirada, sin un saludo, tratándolo como si fuera un mueble más del apartamento, invisible e irrelevante. Su objetivo era claro, una presa marcada esperando en la habitación principal. Al entrar, el aire se volvió denso, cargado de testosterona y anticipación sucia. No hubo palabras de cortesía para Penélope; solo manos ávidas, cierres de cremalleras bajando con fuerza y el sonido de ropa siendo arrancada.

Desde la sala, Juan podía escuchar el inicio de la tormenta. Gemidos ahogados, el golpe rítmico de cuerpos chocando contra la madera de la cama y los comentarios gráficos de los hombres que evaluaban el "material" disponible. Pero Juan no estaba allí para escuchar pasivamente. Yasmin llegó poco después, entrando con la actitud sumisa y fogosa que él tanto deseaba en ese momento. No hubo preámbulos románticos; Juan la agarró por el cabello y la lanzó contra el sofá, levantándole la falda en un gesto de posesión animal.

Mientras en la habitación los vecinos se turnaban para usar a Penélope, llenándola de leche por todos lados, Juan se sumergía en Yasmin con una furia desatada. La cogía como un animal, sin cuidado, solo buscando la fricción y el calor para calmar su ira y su excitación. Los gemidos de Yasmin se mezclaban con los gritos de Penélope provenientes del dormitorio, creando una sinfonía pornográfica que resonaba en cada pared de la casa. Se escuchaban los chapoteos obscenos de los fluidos, las caricias húmedas y los insultos que flotaban en el aire, convirtiendo el hogar en un burdel abierto. Era un sonido envolvente, una cacofonía de placer que borraba cualquier rastro de intimidad anterior, reemplazándola con un uso brutal y compartido de los cuerpos.

Las horas pasaron en una borrosa gesta de carne y sudor. Los vecinos no escatimaron en el uso de Penélope; la tomaron por todas partes, dejándole el rostro, el pecho y los muslos bañados en semen, una capa brillante y pegajosa que testificaba la intensidad de la orgía. La llenaron por dentro, una y otra vez, hasta que su cuerpo no pudo absorber más y la leche derramaba de sus entradas, manchando aún más las sábanas ya destruidas. Fue una sesión sucia, deshumanizada y absolutamente carnal, donde ella no era más que un recipiente para el placer de la manada.

Finalmente, el movimiento en la casa cesó. Los vecinos, satisfechos y agotados, comenzaron a salir del dormitorio, ajustándose la ropa y abandonando el apartamento con la misma indiferencia con la que habían entrado. El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el sonido de la puerta principal cerrándose por última vez. Entonces, Penélope apareció en el marco de la puerta de la habitación.

Su imagen era devastadora y, al mismo tiempo, eróticamente potente. Caminaba con dificultad, sus piernas temblando por el agotamiento y la sobreestimulación. Estaba bañada en leche; el cabello pegado a su cara por el semen seco, los labios hinchados y rojos, y su piel brillaba con el resplandor húmedo de los fluidos de múltiples hombres. Estaba desordenada, una ruina viviente de la lujuria que acababa de soportar, pero sus ojos buscaban a Juan con una necesidad desesperada.

En la sala, Juan todavía estaba con Yasmin. La tenía doblada sobre el sofá, penetrándola con fuerza desde atrás, completamente entregado al acto animal. Al ver a Penélope aparecer en ese estado, Juan no se detuvo inmediatamente; al contrario, la visión de ella cubierta por otros hombres pareció avivar su furia. Penélope, con lágrimas en los ojos por la intensidad del golpeo y notando la desviación de la atención de Juan, comenzó a suplicar.

—Juan, por favor... cógeme a mí... soy yo la que está aquí —lloró Penélope, intentando buscar su mirada, sintiéndose desplazada por la presencia de la otra mujer.

Pero Juan no tenía intención de complacer a su esposa en ese momento. Con un movimiento brusco, hizo una pausa, dejando a Yasmin temblando y vacía sobre los cojines del sofá, y se dirigió hacia Penélope. La miró de arriba a abajo, evaluando el desastre que era su cuerpo, y sonrió con una satisfacción oscura.

—Tú no mereces que te coja ahora, después de lo que hiciste —gruñó Juan, agarrando a la hija de Mario por los hombros y girándola para que quedara a cuatro patas en el suelo de la sala, justo al lado de Penélope.

Sin esperar más, Juan se lanzó sobre Yasmin. La penetró con una violencia que hizo que ella gritara, un sonido que mezclaba el dolor y el placer extremo. La cogía a lo bruto, a lo animal, si era dolor o placer. Pen+elope, llorando y mirando la escena, seguía pidiendo que Juan volviera con ella, que la eligiera a ella, pero Juan era sordo a sus súplicas. Su único foco era marcar a Yasmin de nuevo, vaciarse dentro de ella.

El golpeo fue implacable. Juan la tomó con una rabia contenida, cada embistida más profunda que la anterior, mientras Yasmin gemía incoherencias, aferrándose al suelo como única ancla. Penélope, al ver que sus lágrimas no surtían efecto y que Juan estaba decidido a terminar dentro de Yasmin, se sentó a un lado dolida y humillada. Comenzó a masturbarse con violencia y frenesí, utilizando la leche de los vecinos que había dentro de ella como lubricante.

Juan no se detuvo. Aumentó el ritmo, sintiendo cómo el orgasmo se acumulaba en sus entrañas. Con un rugido final, se clavó hasta el fondo de Yasmin y eyaculó, añadiendo su carga caliente y espesa su concha. Se quedó allí un momento, jadeando sobre su espalda, sintiendo cómo su cuerpo latía contra el de ella, sellando una vez más la complicidad sucia y oscura que los unía en aquella casa convertida en un escenario de vicios. Finalmente, Yasmin miró a Penélope, mientras se vestía y se fue sin decir nada.

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