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La primera vez que me tocaron la verga

Otra historia de mi vida. Les juro que no hay nada como el calor de enero en mi ciudad . Ese calor húmedo, pesado, que te pega en la cara como una palada de aire caliente cuando abrís la puerta de la casa de mi tía Silvia (siempre cambio los nombres para proteger la identidad). Ella vivía en otro lado, ciudad costera, en una casa vieja de esas con pasillo larguísimo y un patio interno lleno de baldosas flojas y un limonero que daba unos limones amargos que nadie se comía. Yo tenía era pendejo, no me acuerdo bien. Esa edad de mierda donde tenés la sangre hirviendo y no sabés bien qué hacer con las ganas. Mi vieja me mandaba ahí porque decía que “necesitaba aire fresco”, una gilada que decían todas las madres en los noventa para sacarse a los pibes de encima durante las vacaciones. La tía Silvia era un caso. Cuarenta años, separada del Charly, un tipo que se había ido a vivir a Neuquén y nunca más volvió. Ella era sordomuda de nacimiento, algo que la había vuelto una mujer amargada, violenta en el trato, de esas que te miran y ya sabés que te quieren pegar. Tenía la cara cuadrada, llena de manchas, unos ojos chicos y malignos, y un bigote finito que se notaba cuando transpiraba. Pero tenía un cuerpo que no pegaba con esa cara: tetas enormes, caídas, que se le marcaban en las remeras viejas y gastadas, y un culo ancho que parecía un tractor. Siempre andaba en short y una musculosa, descalza por la casa, con el pelo atado en un rodete desprolijo. Esa noche, debe haber sido como el 12 o 13 de enero, yo estaba tirado en el sillón de la sala mirando “El Chavo”. La tele era un tubo Philips de veintiuna pulgadas, con el color medio quemado. Ella vino, se sentó al lado mío, tan cerca que sentí el olor a jabón blanco que usaba, mezclado con transpiración. No me miró, solo puso los pies en la mesa ratona y se recostó. Yo estaba en bolas, con un short de jean. Ella se corrió un poco más, y de repente sentí el peso de una teta en mi hombro derecho. Era blanda, caliente, enorme. Se me paró la pija al toque, como un resorte. No podía creerlo. Me quedé duro, sin respirar, mirando la tele sin ver nada. Ella no se movió, pero sentí que apoyaba más el peso, como si lo hiciera a propósito. Pasaron diez minutos, quince. Yo estaba transpirando, con el corazón en la garganta. Entonces ella movió la mano, lentamente, y la puso en mi pierna. Justo arriba de la rodilla. Empezó a hacer círculos con los dedos, suaves, como sin querer. La pija me latía, se me marcaba en el short como una carpa de circo. Ella lo sintió, porque sonrió. Una sonrisa torcida, fea, que me heló la sangre y me la calentó al mismo tiempo. Se paró, me miró, y se fue a la cocina. Yo me quedé ahí, con la pija parada, sin saber qué hacer. Esa noche, cuando me fui a la pieza, me pajee como un condenado. Me acordaba de la teta en el hombro, de la mano en la pierna, y me vine pensando en ella, en esas tetas enormes, en esa cara de bruja. Me sentí sucio, pero no podía parar. La noche siguiente, me hice el dormido. Era una estrategia de pendejo: dejé la puerta de la pieza medio abierta, me puse en bolas, y esperé. El ventilador de techo giraba lento, haciendo un ruido de mierda. Escuché sus pasos descalzos en el pasillo. La puerta se abrió despacio. Sentí su olor antes de verla, ese olor a jabón y a mujer grande. Se acercó a la cama, y vi su silueta en la penumbra. Se quedó parada un rato, mirándome. Después, despacio, metió la mano abajo de la sábana y me agarró la pija. Pijita
La primera vez que me tocaron la verga

Estaba fría, la mano. Me agarró firme, como si estuviera palpando una fruta para ver si está madura. Yo me quedé inmóvil, respirando hondo, haciéndome el dormido. Empezó a masturbarme despacio, con movimientos secos, sin lubricar. Me dolía un poco, pero la sensación era tan fuerte que no me importaba. Me corrió el prepucio para atrás, me tocó la cabeza, me apretó. Me dolió, tengo el pene con el prepucio largo, como les explique.Sentí que se me iba a salir el corazón. Se bajó los pantalones, se subió a la cama, y se puso encima mío. Sentí su concha peluda, húmeda, apoyada en mi muslo. Empezó a frotarse contra mí, despacio, mientras me seguía masturbando. Su respiración se aceleró, y yo sentía su calor, su peso, su olor a mujer en celo. Se vino, temblando, apretándome la pija con fuerza. Después se bajó, me dio un beso en la frente, y se fue. Eso se repitió varias noches. Yo me hacía el dormido, ella venía, me tocaba, se frotaba, se iba. Nunca me decía nada, nunca me miraba a los ojos. Era como un ritual silencioso, una transacción de la que no se hablaba. Pero una noche, todo cambió. Esa noche, ella no se subió encima mío.
En cambio, se metió abajo de las sábanas. Sentí su boca caliente, húmeda, rodeando la cabeza de mi pija. No sabía si seguir haciéndome el dormido o reaccionar. Su boca era torpe, voraz, como si tuviera hambre.
pija dura
Me chupaba con desesperación, con ruidos húmedos, babosos. Me agarró las pelotas con una mano y me apretó. Yo no podía más, abrí los ojos y la vi: estaba ahí, de rodillas, con la boca llena, mirándome. Sus ojos chicos, malignos, me miraban fijo mientras me succionaba. Me vine en su boca, y yo sentí la leche caliente, espesa, bajando por su garganta. Se la tragó toda, sin perder una gota. Después se limpió la boca con el dorso de la mano y me sonrió. Esa sonrisa torcida, fea, que ya conocía. Ese verano, la tía Silvia me enseñó todo lo que un pendejo necesita saber sobre el sexo. Me lo enseñó en silencio, con manos ásperas y una boca hambrienta. Me enseñó que el placer no tiene cara, que no necesita belleza ni palabras. Me enseñó que una mujer de cuarenta, separada, sordomuda y amargada, podía tener más ganas que cualquier pendeja de mi edad. Y yo, boludo, le estoy agradecido. Fue el último verano que la vi. Murió 3 meses después en un accidente de tránsito. QEPD trolita fea

1 comentarios - La primera vez que me tocaron la verga

Tanque7373
espectacular historia. la tía murió contenta! jajaja