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Solo con Laura

Tres días después de aquella tarde en la que Laura solo miró, le mandó un mensaje a Ale:
“Ale, ¿podés venir esta tarde? Ale contestó casi al instante: “Llego en una hora.”
Cuando tocó el portero, Laura lo recibió con una bata de seda negra corta que apenas le cubría el orto. A sus 49 años, Laura tenía un cuerpo que seguía volviéndolos locos: tetas grandes y pesadas, aún firmes, con pezones oscuros y sensibles; cintura ancha pero marcada; caderas generosas y un culo grande, redondo y suave que se movía con cada paso. Sus muslos eran gruesos y fuertes, y entre las piernas mantenía una concha depilada, carnosa y siempre propensa a mojarse. Apenas cerró la puerta, Ale la empujó contra la pared del pasillo. Le abrió la bata de un tirón y dejó al descubierto ese cuerpo maduro y voluptuoso. Agarró sus tetas con fuerza, apretándolas y chupándole los pezones duros mientras metía una mano entre sus piernas.—Qué concha mojada tenés ya… —gruñó. Laura gimió cuando sintió los dedos gruesos del pibe abriéndola. Ale la tomó del pelo con una mano y la arrastró casi hasta el dormitorio. La tiró boca abajo sobre la cama matrimonial y se sacó la ropa rápido. Su pija gruesa y venosa ya estaba completamente dura. La levantó de las caderas, le dio una nalgada fuerte que le dejó la marca roja en ese culo grande y blanco, y se la metió entera en la concha de un solo empujón.
—Ahhh… sí, así… —gritó Laura.Ale empezó a cogérsela con fuerza brutal, agarrándola de las caderas anchas y tironeándole el pelo hacia atrás. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se balancearan y que el culo rebotara contra su pelvis.—Más duro… tratame como una puta —suplicó ella.
Ale le dio varias nalgadas más, fuertes y seguidas, mientras la penetraba sin piedad. Después le escupió en el orto, presionó con el dedo y se lo metió también, cogiendola anal con estocadas profundas y rápidas. Laura enterraba la cara en las almohadas para ahogar los gemidos. El la dio vuelta, le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros. Desde ahí la cogía mirando cómo sus tetas grandes saltaban con cada golpe. Le apretaba el cuello con una mano mientras le metía la pija hasta el fondo.—Mirá qué cuerpo tenés… estás hecha para que te den duro —le decía.
Laura se corrió por primera vez con un grito ahogado, temblando entera. Ale no paró. La puso de rodillas al lado de la cama, le agarró la cabeza con las dos manos y le folló la boca con fuerza, metiéndosela hasta la garganta.—Chupá, Laura… tragala toda.Cuando estuvo a punto, la sacó y le descargó varios chorros gruesos y calientes en la cara y sobre las tetas grandes, pintándola de semen. Laura, con los ojos vidriosos de placer, lo miró jadeando.Pero Ale todavía no había terminado. La tiró de nuevo en la cama, le abrió las piernas y le metió tres dedos en la concha, moviéndolos rápido y fuerte mientras le chupaba el clítoris. Laura se corrió por segunda vez, chorreada, mojando las sábanas.
Recién entonces Ale se vistió, le dio una última nalgada fuerte en ese culo generoso y le dijo con una sonrisa:
—Decile a Carlos que vine… y que su mujer estuvo muy obediente hoy.Laura, todavía tirada en la cama con el cuerpo marcado, el pelo revuelto y semen corriendo entre sus tetas, solo sonrió y respondió:—Va a saberlo… y seguro va a querer mirar la próxima vez.

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