Pasaron los días y la situación se instaló en una rutina perversa. Mario ya iba muy poco, y cuando lo hacía, era solo para humillar verbalmente a Penélope y marcharse. Juan se convirtió en la única constante en su vida sexual, pero él había cambiado. A veces llegaba y la cogía como un animal, siempre con el maldito condón, usándola para desahogar sus propias frustraciones, llenándola de moretones y mordiscos. Otras veces, sin embargo, se limitaba a jugar con ella. La tocaba hasta que ella estaba suplicando, a punto de explotar, y luego se detenía, se ponía el condón, se corría rápidamente y se iba, dejándola en la cama, frustrada y con la concha húmeda y vacía, deseando más, deseando que alguien la tratara como la puta que sentía que era, sin restricciones, sin plástico, solo carne contra carne.
Días después Juan se encontró con Yasmin en un café tranquilo, lejos de las miradas curiosas, y le miró directamente a los ojos, sin el disfraz de las redes sociales que había usado anteriormente.
—Soy casado, Yasmin —dijo con voz seca, dejando que las palabras cayeran como piedras—. Me acosté contigo porque Penélope, mi esposa, me engañó. Fue venganza pura... Aunque debo admitir que la pasé increíble contigo...
La chica parpadeó, confusa y herida, pero él no le dio tiempo a procesarlo, ni mucho menos a preguntar detalles. No mencionó que el amante era Mario, su padre; para ella, el "otro" era solo una sombra anónima que justificaba el uso brutal de su cuerpo.
Con esa verdad a medio contar sembrada en la mente de la joven, Juan puso en marcha la segunda fase de su plan retorcido: Se acercó a Mario, con una propuesta que sonaba a regalo envenenado.
—Llevas días sin tocar a mi esposa, y yo también... Ella está desesperada por verga, e imagino que debes tener los huevos bien cargados. Si la quieres, llévatela el domingo al mediodía a tu casa —le espetó Juan, disfrutando del brillo codicioso en los ojos del anciano—. Pero te advierto: a las tres de la tarde la quiero de vuelta, sin falta.
Mario asintió, lamiéndose de forma desagradable los labios, pensando que nuevamente había ganado el control absoluto sobre Penélope, sin saber que era solo un peón en el tablero de Juan.
Llegó el domingo y el sol caía vertical sobre la ciudad. El reloj marcaba las dos y media cuando Juan hizo la llamada.
—Ven a mi departamento. Ahora.
Yasmin llegó minutos después, y Juan no perdió tiempo en cortesías. En cuanto la puerta se cerró, la empujó contra la pared del pasillo, besándola con una hambre que no fingía, mordiéndole el labio inferior hasta hacerla gemir. La llevó a la misma cama donde acababa de dejar a Penélope horas antes, y allí, sin preámbulos, comenzó a desvestirla con manos torpes y urgentes.
Para cuando el reloj dio las tres en punto, Yasmin ya estaba arrodillada sobre las sábanas, con las nalgas en el aire, gimiendo mientras Juan la penetraba sin piedad. No había condón esta vez; solo piel caliente contra piel húmeda, el sonido húmedo y sucio de sus choques resonando en la habitación. Justo en ese momento, la puerta principal se abrió. Penélope entró, despeinada y con los ojos enrojecidos. Su encuentro con Mario había sido todo menos satisfactorio; el viejo se había apresurado, eyaculando antes de que ella pudiera siquiera calentar, dejándola con una frustración física que le carcomía las entrañas y una sensación de suciedad que no lograba sacudirse.
Al entrar al dormitorio, se congeló en el umbral. La escena la golpeó como un balde de agua fría: su esposo, el hombre que la había tratado con una frialdad clínica usando protección, estaba ahora montado a la hija de Mario, clavándose hasta el fondo con una ferocidad animal. Ambos gritaban de placer, sudados, perdidos en una orgía de carne.
Juan levantó la vista y vio a Penélope parada allí, inmóvil. No se detuvo. Al contrario, apretó los dientes y embistió con más fuerza, haciendo que Yasmin chillara.
—¡Siéntate! —bramó Juan, señalando el sillón de rincón con un dedo acusador—. Siéntate y mira cómo se la meto a esta zorra sin condón. Tú no tocas nada más que tu coño. ¿Entendido?
Penélope, temblando de pies a cabeza, caminó como una autómata hasta la silla donde anteriormente había atendido a Mario y se dejó caer. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, una mezcla de dolor, humillación y un deseo insoportable que le humedecía los muslos. Se abrió de piernas, desafiando la vergüenza, y llevó una mano a entre sus piernas, comenzando a frotarse desesperadamente a través de la tela de su vestido.
—¡Mira cómo la rompo! —gritaba Juan entre empujones, insultando a Yasmin mientras la usaba—. ¡Es una puta, igual que tú! ¡Pero a ella le doy toda mi leche, a ella la dejo llenita, sin malditos condones!
Yasmin, con la cara enterrada en la almohada, solo podía gemir y clavar las uñas en el colchón ante el embate brutal. Juan la agarraba por la cadera con fuerza suficiente para dejar marcas moradas, golpeando sus nalgas con cada embestida, produciendo un sonoro golpe que acompañaba los gemidos de la joven y los sollozos de Penélope.
Desde el sillón, Penélope se introducía dos dedos con violencia, imitando el ritmo que veía en la cama, su mano moviéndose a borbotones mientras observaba cómo la verga gruesa de su marido desaparecía y aparecía una y otra vez en el cuerpo inocente de la hija de su amante. El contraste era devastador: a ella, condones y frialdad; a Yasmin, semen y brutalidad pasional. Penélope se tocaba de las formas más puercas posibles, llevándose sus propios jugos a la boca, llorando mientras el orgasmo se le negaba, manteniéndola al borde de la locura.
Con un rugido gutural, Juan tensó todo su cuerpo y arqueó la espalda.
—¡Ah, te voy a llenar puta! —gritó, y clavándose una última vez hasta las pelvis, comenzó a eyacular.
Penélope vio cómo se contraían los testículos de su esposo y supo que estaba vaciándose dentro de la joven, llenándola sin protección, marcándola por dentro de una manera que a ella le estaba prohibido.
Juan se retiró lentamente, su miembro aún duro y brillante con los fluidos de ambos. Yasmin permaneció allí, jadeando, con el coño abierto y hinchado, incapaz de moverse. Entonces, la prueba de la traición comenzó a fluir. Un chorro espeso y blanco de semen comenzó a salir de Yasmin, resbalando lentamente por sus muslos tersos y manchando las sábanas, un espectáculo visual de posesión absoluta que Penélope observó con los ojos vidriosos, mientras su propio cuerpo se sacudía en un orgasmo solitario y devastador.
Días después Juan se encontró con Yasmin en un café tranquilo, lejos de las miradas curiosas, y le miró directamente a los ojos, sin el disfraz de las redes sociales que había usado anteriormente.
—Soy casado, Yasmin —dijo con voz seca, dejando que las palabras cayeran como piedras—. Me acosté contigo porque Penélope, mi esposa, me engañó. Fue venganza pura... Aunque debo admitir que la pasé increíble contigo...
La chica parpadeó, confusa y herida, pero él no le dio tiempo a procesarlo, ni mucho menos a preguntar detalles. No mencionó que el amante era Mario, su padre; para ella, el "otro" era solo una sombra anónima que justificaba el uso brutal de su cuerpo.
Con esa verdad a medio contar sembrada en la mente de la joven, Juan puso en marcha la segunda fase de su plan retorcido: Se acercó a Mario, con una propuesta que sonaba a regalo envenenado.
—Llevas días sin tocar a mi esposa, y yo también... Ella está desesperada por verga, e imagino que debes tener los huevos bien cargados. Si la quieres, llévatela el domingo al mediodía a tu casa —le espetó Juan, disfrutando del brillo codicioso en los ojos del anciano—. Pero te advierto: a las tres de la tarde la quiero de vuelta, sin falta.
Mario asintió, lamiéndose de forma desagradable los labios, pensando que nuevamente había ganado el control absoluto sobre Penélope, sin saber que era solo un peón en el tablero de Juan.
Llegó el domingo y el sol caía vertical sobre la ciudad. El reloj marcaba las dos y media cuando Juan hizo la llamada.
—Ven a mi departamento. Ahora.
Yasmin llegó minutos después, y Juan no perdió tiempo en cortesías. En cuanto la puerta se cerró, la empujó contra la pared del pasillo, besándola con una hambre que no fingía, mordiéndole el labio inferior hasta hacerla gemir. La llevó a la misma cama donde acababa de dejar a Penélope horas antes, y allí, sin preámbulos, comenzó a desvestirla con manos torpes y urgentes.
Para cuando el reloj dio las tres en punto, Yasmin ya estaba arrodillada sobre las sábanas, con las nalgas en el aire, gimiendo mientras Juan la penetraba sin piedad. No había condón esta vez; solo piel caliente contra piel húmeda, el sonido húmedo y sucio de sus choques resonando en la habitación. Justo en ese momento, la puerta principal se abrió. Penélope entró, despeinada y con los ojos enrojecidos. Su encuentro con Mario había sido todo menos satisfactorio; el viejo se había apresurado, eyaculando antes de que ella pudiera siquiera calentar, dejándola con una frustración física que le carcomía las entrañas y una sensación de suciedad que no lograba sacudirse.
Al entrar al dormitorio, se congeló en el umbral. La escena la golpeó como un balde de agua fría: su esposo, el hombre que la había tratado con una frialdad clínica usando protección, estaba ahora montado a la hija de Mario, clavándose hasta el fondo con una ferocidad animal. Ambos gritaban de placer, sudados, perdidos en una orgía de carne.
Juan levantó la vista y vio a Penélope parada allí, inmóvil. No se detuvo. Al contrario, apretó los dientes y embistió con más fuerza, haciendo que Yasmin chillara.
—¡Siéntate! —bramó Juan, señalando el sillón de rincón con un dedo acusador—. Siéntate y mira cómo se la meto a esta zorra sin condón. Tú no tocas nada más que tu coño. ¿Entendido?
Penélope, temblando de pies a cabeza, caminó como una autómata hasta la silla donde anteriormente había atendido a Mario y se dejó caer. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, una mezcla de dolor, humillación y un deseo insoportable que le humedecía los muslos. Se abrió de piernas, desafiando la vergüenza, y llevó una mano a entre sus piernas, comenzando a frotarse desesperadamente a través de la tela de su vestido.
—¡Mira cómo la rompo! —gritaba Juan entre empujones, insultando a Yasmin mientras la usaba—. ¡Es una puta, igual que tú! ¡Pero a ella le doy toda mi leche, a ella la dejo llenita, sin malditos condones!
Yasmin, con la cara enterrada en la almohada, solo podía gemir y clavar las uñas en el colchón ante el embate brutal. Juan la agarraba por la cadera con fuerza suficiente para dejar marcas moradas, golpeando sus nalgas con cada embestida, produciendo un sonoro golpe que acompañaba los gemidos de la joven y los sollozos de Penélope.
Desde el sillón, Penélope se introducía dos dedos con violencia, imitando el ritmo que veía en la cama, su mano moviéndose a borbotones mientras observaba cómo la verga gruesa de su marido desaparecía y aparecía una y otra vez en el cuerpo inocente de la hija de su amante. El contraste era devastador: a ella, condones y frialdad; a Yasmin, semen y brutalidad pasional. Penélope se tocaba de las formas más puercas posibles, llevándose sus propios jugos a la boca, llorando mientras el orgasmo se le negaba, manteniéndola al borde de la locura.
Con un rugido gutural, Juan tensó todo su cuerpo y arqueó la espalda.
—¡Ah, te voy a llenar puta! —gritó, y clavándose una última vez hasta las pelvis, comenzó a eyacular.
Penélope vio cómo se contraían los testículos de su esposo y supo que estaba vaciándose dentro de la joven, llenándola sin protección, marcándola por dentro de una manera que a ella le estaba prohibido.
Juan se retiró lentamente, su miembro aún duro y brillante con los fluidos de ambos. Yasmin permaneció allí, jadeando, con el coño abierto y hinchado, incapaz de moverse. Entonces, la prueba de la traición comenzó a fluir. Un chorro espeso y blanco de semen comenzó a salir de Yasmin, resbalando lentamente por sus muslos tersos y manchando las sábanas, un espectáculo visual de posesión absoluta que Penélope observó con los ojos vidriosos, mientras su propio cuerpo se sacudía en un orgasmo solitario y devastador.
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