La tercera y última noche en Salto Encantado fue la más peligrosa. El calor seguía siendo infernal. Papá había estado algo raro todo el día: miraba a mamá de reojo y hacía comentarios con doble sentido que antes nunca hacía.
Mamá se había puesto una camisola blanca de algodón muy fina y corta, casi transparente por el sudor, que apenas le cubría el culo, y una tanga negra de encaje. Debajo no llevaba nada más. Cada vez que se agachaba o caminaba, se le veía todo.
Después de cenar, papá comentó mientras tomábamos mate:
—Silvia, hoy te vi muy… acalorada. ¿No estarás con fiebre? Tenés las mejillas coloradas desde ayer.
Mamá se puso nerviosa, pero disimuló con una risita.
—Será el calor, Roberto. Este campamento es un horno.
Matías, mi primo, sonrió con picardía y agregó con doble sentido:
—Sí, tía… a veces el calor hace que una se sienta… muy húmeda por dentro. Hay que hidratarse bien.
Mamá le lanzó una mirada de advertencia, pero se sonrojó.
—Matías, no seas fresco. Las cosas húmedas a veces traen problemas.
Yo me hice el que no entendía nada, pero ya tenía la polla dura solo de escucharlos.
Nos fuimos a dormir. Papá se acostó contra una pared, yo en el medio (fingiendo estar muy dormido), mamá al lado mío y Matías del otro extremo. La camisola de mamá se había subido tanto que casi se le veía el culo entero.
Dejé los ojos entreabiertos. La luz de la luna que entraba por la tela de la carpa me permitía ver sombras y algunos detalles.
Alrededor de las 2:30 de la mañana, Matías empezó.
—Tía Silvia… ¿estás despierta? —susurró.
—Matías… por Dios, callate. Tu tío está justo ahí —respondió mamá bajito, nerviosa.
—Solo quiero tocarte un poquito… esa camisola te queda tan corta… se te ve todo el culo.
—No empieces… ya fue suficiente. Me duele todo de anoche —protestó ella, haciéndose la difícil.
Pero Matías no se detuvo. Le pasó la mano por debajo de la camisola y le apretó una nalga.
—Roberto… ¿escuchaste algo? —preguntó papá de repente, medio dormido.
Todos nos quedamos congelados. Mamá respondió rápido:
—Nada, amor. Será algún animal afuera. Dormí.
Papá gruñó y se dio vuelta, pero ya no roncaba tan fuerte. Estaba más alerta.
Matías esperó unos minutos y volvió a la carga, pegándose contra la espalda de mamá.
—Tía… tengo la verga durísima… dejame metértela un ratito nada más.
—Matías, no… tu tío sospecha algo. Ayer me preguntó por qué tengo la tanga tan… mojada por la mañana —susurró ella.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó él mientras le frotaba la verga contra el culo por encima de la tela.
—Que era sudor… pero no sé si me creyó. Por favor, portate bien hoy.
Matías le corrió la tanga a un lado y empezó a frotar la cabeza de su polla contra el coño de mamá.
—Estás empapada otra vez, tía… y no es solo sudor. ¿Sentís cómo palpita?
—Ay… hijo de puta… no hagas eso… —gimió ella muy bajito, pero separó un poco las piernas.
Yo tenía los ojos entreabiertos y veía todo: la mano de Matías apretando una teta por encima de la camisola blanca, mamá mordiéndose el labio, y la polla de mi primo buscando entrar.
—Matías… despacio… si tu tío se despierta estamos muertos —suplicó mamá.
Él empujó y la penetró. Mamá soltó un gemidito ahogado y se apretó contra mí. Sentí sus tetas grandes contra mi brazo.
—Qué apretada seguís, tía… tu coño de madura me vuelve loco —gruñó Matías bajito mientras empezaba a mover las caderas.
—Callate… sos un degenerado… cogiéndote a tu tía al lado de su marido y su hijo… —susurró ella, pero movía el culo hacia atrás.
Papá se movió otra vez.
—Silvia… ¿estás bien? Estás respirando raro —dijo con tono sospechoso.
—S-sí, amor… es el calor… me cuesta dormir —respondió mamá con la voz entrecortada, mientras Matías seguía follándola lentamente.
Yo veía con los ojos entreabiertos cómo la polla de mi primo entraba y salía del coño de mamá. Ella intentaba quedarse quieta, pero no podía evitar pequeños movimientos.
Matías le susurró al oído:
—Decime algo con doble sentido, tía… para que tu marido no sospeche.
Mamá tragó saliva y dijo en voz más alta, fingiendo hablar conmigo o con el aire:
—Ay… a veces uno tiene que… recibir lo que le dan… aunque sea muy grueso y caliente…
Matías sonrió y aceleró un poco. El sonido húmedo era inevitable.
Después de varios minutos, Matías se corrió dentro de ella con un gruñido muy bajo. Mamá tembló en silencio, mordiendo mi hombro.
Cuando Matías se sacó, mamá se quedó quieta un momento. Luego se dio vuelta y me abrazó fuerte, todavía con la polla de mi primo chorreando dentro de su tanga. Sentí cómo la tela mojada de semen rozaba mi pierna.
Papá se incorporó un poco.
—Silvia, vení un segundo afuera. Quiero hablar con vos —dijo con voz seria.
Mamá se puso pálida, pero se levantó. La camisola blanca se le pegaba al cuerpo por el sudor. Cuando caminó hacia la salida de la carpa, vi claramente cómo la tanga negra tenía un gran manchón blanco y espeso que le corría por el muslo interno. Caminaba con las piernas un poco abiertas.
Yo seguí con los ojos entreabiertos. Matías fingía dormir.
Afuera escuché murmullos:
—Roberto… ¿qué pasa, amor?
—No sé… te noto rara estos días. Y esta mañana cuando te levantaste… tenías algo blanco en la ropa interior. ¿Me estás ocultando algo?
Mamá disimuló como pudo:
—Será crema solar que se me corrió… o sudor espeso. No seas paranoico.
Papá no parecía muy convencido, pero no insistió más. Volvieron a la carpa.
La última ronda fue la más fuerte. Matías esperó a que papá se durmiera otra vez y volvió a atacar.
—Tía… abrime las piernas de nuevo. Quiero cogerte por el culo esta vez.
—Matías… no… ya estoy llena de tu leche… y tu tío sospecha —protestó ella.
—Justo por eso… quiero marcarte más. Date vuelta.
Mamá, aún resistiéndose verbalmente, terminó cediendo. Se puso de costado pegada a mí. Matías le escupió en el ano y empezó a penetrarla analmente.
—Ahhh… despacio… me duele… sos muy grande… —gemía mamá bajito.
—Relajate, tía puta… tu culito está hecho para la verga de tu sobrino.
Los movimientos eran más fuertes. Las tetas de mamá se frotaban contra mi pecho. Yo tenía los ojos entreabiertos y veía su cara de placer y culpa.
—Matías… si tu tío se despierta… —suplicaba.
—Que se despierte… que vea cómo su mujer prefiere la verga de su sobrino —respondió él, cada vez más salvaje.
Al final Matías se corrió por segunda vez, esta vez en su culo. Mamá tuvo un orgasmo silencioso, temblando contra mí.
Cuando terminó, mamá se quedó acostada con la tanga completamente empapada y chorreando leche por todos lados. El olor a sexo llenaba la carpa.
Papá se despertó al amanecer y vio a mamá durmiendo con la camisola subida y la tanga visible, manchada. No dijo nada… pero su cara lo decía todo.
Nunca comentó nada abiertamente, pero desde ese día empezó a vigilarla más. Nosotros volvimos a casa como si nada hubiera pasado.
Pero yo nunca olvidé esa última noche: ver con mis propios ojos entreabiertos cómo mi mamá, con su camisola transparente, recibía la leche de su sobrino una y otra vez… mientras mi papá empezaba a sospechar.
Fin.
Mamá se había puesto una camisola blanca de algodón muy fina y corta, casi transparente por el sudor, que apenas le cubría el culo, y una tanga negra de encaje. Debajo no llevaba nada más. Cada vez que se agachaba o caminaba, se le veía todo.
Después de cenar, papá comentó mientras tomábamos mate:
—Silvia, hoy te vi muy… acalorada. ¿No estarás con fiebre? Tenés las mejillas coloradas desde ayer.
Mamá se puso nerviosa, pero disimuló con una risita.
—Será el calor, Roberto. Este campamento es un horno.
Matías, mi primo, sonrió con picardía y agregó con doble sentido:
—Sí, tía… a veces el calor hace que una se sienta… muy húmeda por dentro. Hay que hidratarse bien.
Mamá le lanzó una mirada de advertencia, pero se sonrojó.
—Matías, no seas fresco. Las cosas húmedas a veces traen problemas.
Yo me hice el que no entendía nada, pero ya tenía la polla dura solo de escucharlos.
Nos fuimos a dormir. Papá se acostó contra una pared, yo en el medio (fingiendo estar muy dormido), mamá al lado mío y Matías del otro extremo. La camisola de mamá se había subido tanto que casi se le veía el culo entero.
Dejé los ojos entreabiertos. La luz de la luna que entraba por la tela de la carpa me permitía ver sombras y algunos detalles.
Alrededor de las 2:30 de la mañana, Matías empezó.
—Tía Silvia… ¿estás despierta? —susurró.
—Matías… por Dios, callate. Tu tío está justo ahí —respondió mamá bajito, nerviosa.
—Solo quiero tocarte un poquito… esa camisola te queda tan corta… se te ve todo el culo.
—No empieces… ya fue suficiente. Me duele todo de anoche —protestó ella, haciéndose la difícil.
Pero Matías no se detuvo. Le pasó la mano por debajo de la camisola y le apretó una nalga.
—Roberto… ¿escuchaste algo? —preguntó papá de repente, medio dormido.
Todos nos quedamos congelados. Mamá respondió rápido:
—Nada, amor. Será algún animal afuera. Dormí.
Papá gruñó y se dio vuelta, pero ya no roncaba tan fuerte. Estaba más alerta.
Matías esperó unos minutos y volvió a la carga, pegándose contra la espalda de mamá.
—Tía… tengo la verga durísima… dejame metértela un ratito nada más.
—Matías, no… tu tío sospecha algo. Ayer me preguntó por qué tengo la tanga tan… mojada por la mañana —susurró ella.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó él mientras le frotaba la verga contra el culo por encima de la tela.
—Que era sudor… pero no sé si me creyó. Por favor, portate bien hoy.
Matías le corrió la tanga a un lado y empezó a frotar la cabeza de su polla contra el coño de mamá.
—Estás empapada otra vez, tía… y no es solo sudor. ¿Sentís cómo palpita?
—Ay… hijo de puta… no hagas eso… —gimió ella muy bajito, pero separó un poco las piernas.
Yo tenía los ojos entreabiertos y veía todo: la mano de Matías apretando una teta por encima de la camisola blanca, mamá mordiéndose el labio, y la polla de mi primo buscando entrar.
—Matías… despacio… si tu tío se despierta estamos muertos —suplicó mamá.
Él empujó y la penetró. Mamá soltó un gemidito ahogado y se apretó contra mí. Sentí sus tetas grandes contra mi brazo.
—Qué apretada seguís, tía… tu coño de madura me vuelve loco —gruñó Matías bajito mientras empezaba a mover las caderas.
—Callate… sos un degenerado… cogiéndote a tu tía al lado de su marido y su hijo… —susurró ella, pero movía el culo hacia atrás.
Papá se movió otra vez.
—Silvia… ¿estás bien? Estás respirando raro —dijo con tono sospechoso.
—S-sí, amor… es el calor… me cuesta dormir —respondió mamá con la voz entrecortada, mientras Matías seguía follándola lentamente.
Yo veía con los ojos entreabiertos cómo la polla de mi primo entraba y salía del coño de mamá. Ella intentaba quedarse quieta, pero no podía evitar pequeños movimientos.
Matías le susurró al oído:
—Decime algo con doble sentido, tía… para que tu marido no sospeche.
Mamá tragó saliva y dijo en voz más alta, fingiendo hablar conmigo o con el aire:
—Ay… a veces uno tiene que… recibir lo que le dan… aunque sea muy grueso y caliente…
Matías sonrió y aceleró un poco. El sonido húmedo era inevitable.
Después de varios minutos, Matías se corrió dentro de ella con un gruñido muy bajo. Mamá tembló en silencio, mordiendo mi hombro.
Cuando Matías se sacó, mamá se quedó quieta un momento. Luego se dio vuelta y me abrazó fuerte, todavía con la polla de mi primo chorreando dentro de su tanga. Sentí cómo la tela mojada de semen rozaba mi pierna.
Papá se incorporó un poco.
—Silvia, vení un segundo afuera. Quiero hablar con vos —dijo con voz seria.
Mamá se puso pálida, pero se levantó. La camisola blanca se le pegaba al cuerpo por el sudor. Cuando caminó hacia la salida de la carpa, vi claramente cómo la tanga negra tenía un gran manchón blanco y espeso que le corría por el muslo interno. Caminaba con las piernas un poco abiertas.
Yo seguí con los ojos entreabiertos. Matías fingía dormir.
Afuera escuché murmullos:
—Roberto… ¿qué pasa, amor?
—No sé… te noto rara estos días. Y esta mañana cuando te levantaste… tenías algo blanco en la ropa interior. ¿Me estás ocultando algo?
Mamá disimuló como pudo:
—Será crema solar que se me corrió… o sudor espeso. No seas paranoico.
Papá no parecía muy convencido, pero no insistió más. Volvieron a la carpa.
La última ronda fue la más fuerte. Matías esperó a que papá se durmiera otra vez y volvió a atacar.
—Tía… abrime las piernas de nuevo. Quiero cogerte por el culo esta vez.
—Matías… no… ya estoy llena de tu leche… y tu tío sospecha —protestó ella.
—Justo por eso… quiero marcarte más. Date vuelta.
Mamá, aún resistiéndose verbalmente, terminó cediendo. Se puso de costado pegada a mí. Matías le escupió en el ano y empezó a penetrarla analmente.
—Ahhh… despacio… me duele… sos muy grande… —gemía mamá bajito.
—Relajate, tía puta… tu culito está hecho para la verga de tu sobrino.
Los movimientos eran más fuertes. Las tetas de mamá se frotaban contra mi pecho. Yo tenía los ojos entreabiertos y veía su cara de placer y culpa.
—Matías… si tu tío se despierta… —suplicaba.
—Que se despierte… que vea cómo su mujer prefiere la verga de su sobrino —respondió él, cada vez más salvaje.
Al final Matías se corrió por segunda vez, esta vez en su culo. Mamá tuvo un orgasmo silencioso, temblando contra mí.
Cuando terminó, mamá se quedó acostada con la tanga completamente empapada y chorreando leche por todos lados. El olor a sexo llenaba la carpa.
Papá se despertó al amanecer y vio a mamá durmiendo con la camisola subida y la tanga visible, manchada. No dijo nada… pero su cara lo decía todo.
Nunca comentó nada abiertamente, pero desde ese día empezó a vigilarla más. Nosotros volvimos a casa como si nada hubiera pasado.
Pero yo nunca olvidé esa última noche: ver con mis propios ojos entreabiertos cómo mi mamá, con su camisola transparente, recibía la leche de su sobrino una y otra vez… mientras mi papá empezaba a sospechar.
Fin.
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