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Maduro con nueva novia joven.

Conocí a Celeste en un momento de mi vida donde pensaba que todo el pescado ya estaba vendido. A mis cincuenta y seis años, viudo, con dos hijas que ya me habían hecho abuelo y la rutina de mi trabajo en el centro de Madrid, la aparición de Celeste en mi día a día fue como un terremoto. Nos cruzábamos a menudo en el metro al salir de mi oficina en Sol. Ella, con sus veintipocos largos, llamaba la atención de cualquiera: siempre con un estilo muy suyo, femenino y sugerente, falditas cortas que combinaba con medias o ligueros, diademas en su largo cabello castaño y una preferencia absoluta por los tonos blancos y rosas. Tenía un rostro ovalado precioso, una sonrisa perfecta y un cuerpo mesorfo, de curvas rotundas, donde destacaba un busto imponente que cortaba la respiración.
Congeniamos enseguida. Su frescura me devolvió una vitalidad que creía enterrada con mi esposa. Sin embargo, desde el principio fue muy clara conmigo: me dijo que era una chica trans. Al principio no la creí. A mis ojos de hombre maduro, Celeste era una mujer total; sus brazos no tenían ni un solo músculo masculino, su piel era suave, blanca y sin sombra de vello, y sus pechos eran tan naturales y voluminosos que costaba creer otra cosa.
Un día, bromeando sobre el asunto en el metro, me tomó de la mano con picardía y me llevó a una esquina apartada del andén. Se levantó la minifalda rosa; debajo llevaba unas mini bragas azul celeste. Al apartarlas a un lado, me mostró una polla discreta, no demasiado grande. Se bajó el prepucio y me enseñó el capullo rosita.
—¿Quieres tocarla para comprobarlo por ti mismo? —me dijo riéndose, con esa expresión almendrada en los ojos que me volvía loco.
Me quedé cortado. A mi edad, los prejuicios inculcados desde la infancia pesan. Varias veces me había masturbado pensando en ella de forma tradicional, imaginando su cuerpo bajo el mío. De repente, mis fantasías tomaban un cariz completamente distinto, pero lejos de apagarme, la idea empezó a obsesionarme. Cada vez que estaba solo en casa, pensaba en su nueva identidad y me ponía a mil imaginarme con ella de una manera más activa y abierta.
Un sábado quedamos para ir al cine a ver una película de terror. Pasó la sesión agarrada a mi mano, hundiéndose en mi pecho cada vez que se asustaba y aplastando uno de sus enormes pechos contra mi brazo. Al salir, me pidió disculpas por haber sido tan efusiva.
—No te preocupes —le confesé, notando cómo la temperatura me subía—. Al revés, me has calentado de mala manera.
Celeste se paró en seco, me miró con esos ojos hazel y me clavó su sonrisa bien alineada.
—Sabes que me gustas, Luis. Sé que para un hombre de tu generación esto es un choque, pero podemos intentarlo poco a poco. Me encantaría tener un acercamiento sexual contigo.
—No sé, Celeste... Se me pone morcillona, pero dentro de mí todavía hay un rechazo a la idea de tener sexo con alguien que tiene una polla entre las piernas. Espero que no te siente mal.
—Para nada, te entiendo perfectamente —concluyó riéndose, antes de robarme un pico en los labios—. No serías el primer hombre maduro con dudas. ¿Y sabes qué? Siempre se lo pasan de puta madre y repiten, porque soy un verdadero putón en la cama.
Me la quedé mirando. Rompí mis propias barreras, la agarré por detrás del cuello y le di un beso de verdad, con lengua, sintiendo cómo se abrazaba a mí restregando sus tetas. Fuimos a su piso. Durante el trayecto en metro no dejaba de hacerme arrumacos. Mis miedos sobre mis hijas, mis nietos y el qué dirán se disolvieron en las ganas que tenía de follar con ella.
Nada más llegar, me propuso meternos juntos en la ducha. Se quitó la camiseta blanca y el sujetador, y me quedé atónito: tenía los mejores pechos que había visto en mi vida. Me cogió la mano y la presionó contra ellos.
—Son totalmente naturales, Luis. Todo es cuestión de hormonas —me susurró.
En el baño me quitó la camiseta y me besó los pezones con sensualidad. Bajó la cremallera de mi pantalón y me agarró la polla.
—Guau. Siempre me pregunté cómo la tendrías, y es preciosa. Estoy loca por comérmela.
Yo le desabroché la falda y se quedó en un minúsculo tanga que apenas sujetaba su miembro medio empalmado. Cuando se lo quitó, apareció en toda su plenitud, y la mía respondió irguiéndose al instante.
Celeste se arrodilló. Besó la punta, jugó con la lengua y, muy despacio, la hizo desaparecer dentro de su boca hasta la garganta. Sentí la presión y el calor de su boca. Cuando supe que estaba a punto de correrme, le di un toque en el hombro. Se la sacó un segundo para tomar aire y volvió a meterla, absorbiéndola con fuerza. Me corrí lentamente, disfrutando de cada chorro que se tragaba con total naturalidad, continuando con un bombeo suave hasta que le pedí que parara por la sensibilidad del glande.
Al incorporarse, la abracé y mis manos, casi por instinto, agarraron su pene duro que apuntaba al cielo. Celeste suspiró. Empecé a masturbarla mientras ella se estiraba los pezones y me pedía que se los chupara. Le pasé la lengua por el pecho, succionando con fuerza, y tardó muy poco en emitir un gemido hondo mientras su semen se derramaba por mi mano. Contrario a lo que mis viejos prejuicios me dictaban, no me dio asco en absoluto.
Nos duchamos juntos, lavando el rastro de nuestro placer bajo el agua templada. Más tarde, sentados en el salón, charlamos. Yo estaba confundido por mis ideas de juventud sobre la homosexualidad, pero la realidad es que había disfrutado como nunca. Celeste me contó lo duro que había sido su proceso, el tener que independizarse joven no por su familia, sino por la presión social de verse expuesta en público al transicionar.
Mientras hablábamos, mis manos volvieron a sus pechos y las suyas a mi entrepierna.
—Me gustaría que me la metieras y sentirte dentro de mí —me pidió con timidez.
—Nunca lo he hecho por detrás, Celeste. Me da un poco de reparo por la higiene.
—Por eso no te preocupes, un condón y lubricante lo solucionan todo.
Nos fuimos a su habitación. Se tumbó boca arriba en el borde de la cama, abriéndose de piernas y aplicándose lubricante en el ano. Usó un pequeño consolador para dilatarse y me hizo una señal. Me coloqué el preservativo, me situé entre sus piernas y empujé. Entró sin esfuerzo. Celeste empezó a contraer los esfínteres mientras se masturbaba y se pellizcaba los pezones. Yo le cogí la polla para estimularla también.
Me corrí al poco tiempo, y casi a la vez ella lanzó un chorro de semen que le cayó en la cara. Seguí moviéndosela suavemente y volvió a eyacular sobre mi mano. Al retirarme, me quitó el condón con cuidado, me miró fijamente y me chupó la polla para limpiarme los restos de mi propia corrida. Mis prejuicios volvieron a saltar: *"¿Me convierte esto en maricón?"*. La respuesta me dio igual; me agaché y le chupé el capullo, saboreando el toque ácido del semen que quedaba.
Esa noche salimos de cañas por Madrid como dos enamorados, cenamos comida rápida y volvimos a casa un poco achispados para caer rendidos en la cama, con su pierna por encima de la mía.
Al día siguiente experimenté el mejor despertar de mi vida: lo que ella llamaba "el despertador silencioso", una maravillosa mamada matutina que recorría desde mis testículos hasta el glande. Tras desayunar unos churros en la cocina, Celeste me propuso un juego: quería que le metiera un consolador de látex bastante generoso mientras la pajeaba. Se apoyó en la mesa de la cocina, mostrándome el culo pringado de lubricante. Le besé una nalga, le introduje el látex y me dediqué a chuparle el prepucio y comerle la polla como si fuera el más jugoso de los manjares. Se corrió fuera de mi boca por petición mía.
Tardamos un mes de polvos diarios hasta que dimos el siguiente paso. Estábamos en un hotel en Sigüenza cuando, entre juegos y mamadas, me metió dos dedos en el culo. Luego se colocó detrás de mí, apoyó su polla en la entrada y empujó despacio. No me sentí violento; me pareció un acto de ternura extrema, una forma de compartir lo que ella sentía cuando yo la penetraba. Con paciencia y mucho lubricante, entrando y saliendo durante un cuarto de hora, logró meterla entera. Empecé a moverme para sentirla en mis entrañas, ella me masturbó por delante y, cuando me corrí, sentí el calor de su semen dentro de mí. En ese preciso instante supe que me había enamorado perdidamente de ella.
Hoy llevamos casi dos años juntos y ya compartimos piso desde que su compañera se mudó. Ejercemos nuestros roles con total naturalidad, alternando la actividad y la pasividad en la cama según nos apetezca. Ya conocemos a nuestras respectivas familias. Mis hijas, al principio, se quedaron de piedra por la diferencia de edad y la transición de Celeste, pero al ver lo feliz que me hace y la maravillosa mujer que es, la han aceptado como una más.
Estamos planeando casarnos con una boda por todo lo alto. Sabemos que para algunos de mis familiares más tradicionales esto será una provocación absoluta, pero como siempre dice mi futura esposa entre risas: "Que les den por el culo a todos, y a mí también".
A mis cincuenta y ocho años actuales, tengo claro que no soy homosexual ni bisexual. Me siguen gustando las mujeres, y tengo a una señora de categoría en casa. Lo único es que es una mujer distinta a las demás, pero para mí, es perfecta.

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