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El concurso heterosexual (relato)

La Prueba
Lalo se miraba en el espejo del baño compartido y, por más que intentara negarlo, la verdad le devolvía el reflejo de un cuerpo hecho para el puterío. No era gay, ni le gustaban los hombres, pero su propia fisonomía era una invitación al morbo. Desnudo bajo la luz del baño, su silueta no engañaba a nadie: tenía una cintura estrecha de esas que piden ser agarradas con fuerza, y unas caderas anchas y suaves que se abrían en proporciones jodidamente femeninas. Pero lo peor era su trasero: redondo, respingón y abundante, una grupa que levantaba cualquier pantalón y que parecía diseñada exclusivamente para ponerse en pompa.

Pasó una mano por la suavidad de su cadera, sintiendo un escalofrío que combinaba el autodesprecio con una extraña excitación. Su rostro tampoco ayudaba a su masculinidad. Tenía pómulos altos, una mandíbula fina y unos labios carnosos, húmedos y provocativos sin necesidad de una gota de maquillaje; la clase de cara andrógina que volvía loco a cualquiera.

Vestido con ropa ancha, Lalo lograba pasar por un chico delgado y común. Pero allí, completamente en pelotas frente al espejo, se sentía atrapado. Sabía que tenía el cuerpo de una perfecta putita, una anatomía traicionera que exudaba una lujuria pura y peligrosa, esperando en silencio el detonante exacto que lo obligara a rendirse a su verdadera naturaleza.


El concurso heterosexual

Su novia, Mara, lo adoraba. Se lo susurraba entre jadeos cada vez que follaban, mientras sus manos grandes y posesivas recorrían sin pudor aquellas caderas anchas y suaves que tanto la excitaban. Las apretaba con fuerza, las acariciaba con lentitud, como si no pudiera tener suficiente de esa forma tan distinta a lo que solía desear.

Mara era una mujer de curvas generosas, con pechos pesados y un culo redondo y abundante que se meneaba con cada embestida. Su cuerpo exudaba sensualidad y Lalo se entregaba con entusiasmo para saciar sus apetitos voraces. Sin embargo, en los silencios calurosos que seguían al placer, cuando ella aún temblaba ligeramente y el olor a sexo llenaba la habitación, Lalo no podía evitar preguntarse si, en el fondo, ella no anhelaba algo más grande… algo más masculino.


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putito


Todo cambió la noche que encontraron el anuncio.
Era un concurso clandestino, promovido por un youtuber famoso. El premio: una cantidad de dinero que resolvería deudas, abriría negocios, cambiaría vidas. El requisito: participantes masculinos con "rasgos físicos ambiguos, femeninos o andróginos".
—Tú eres perfecto —dijo Mara, sus ojos brillando con una luz que Lalo no supo interpretar.
—No voy a hacer eso —respondió él, pero su voz carecía de convicción.
—Piensa en el dinero, amor. Y solo es un concurso. Una prueba de resistencia. Tú eres fuerte.

Lo convencieron.

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El lugar era un almacén industrial convertido, con luces de neón rosadas y seguridad que parecía salida de una película de ciencia ficción distópica. Cuando llegaron, Mara fue dirigida a una sala de espera mientras Lalo pasaba a la inspección inicial.

—Ropa fuera —ordenó el guardia sin mirarlo a los ojos.

Lalo obedeció, sintiendo cómo el aire frío besaba su piel desnuda. Cuando levantó la vista, el mundo se inclinó ligeramente. Los guardias —todos ellos, sin excepción— estaban completamente desnudos. Eran gigantes de piel dorada y oscura, músculos tallados como estatuas clásicas, y entre sus piernas colgaban vergas que hicieron que Lalo sintiera vergüenza instantánea de su propia anatomía. Eran monstruosos incluso en estado flácido, gruesos y pesados, oscilando con cada movimiento de sus muslos poderosos.
—Bienvenidos —dijo uno de ellos, con voz de trueno lejano.
Lalo se unió al grupo de participantes y comprendió de inmediato por qué habían sido seleccionados. Eran espectros de feminidad masculina: cuerpos estrechos, nalgas redondeadas, cinturas que se curvaban, algunos incluso con pechos pequeños pero definidos bajo la piel suave. De espaldas, eran indistinguibles de mujeres. De frente, sus penes —todos ellos modestos, algunos casi infantiles en comparación con los guardias— colgaban tristemente entre muslos sin vello o casi.


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El concurso heterosexual

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—Vaya —susurró uno de los participantes acercándose a Lalo. Era un chico de cabello largo y lacio, con caderas que se balanceaban al caminar—. Si no supiera que eres chico, estaría muy excitado ahora mismo. Todos aquí parecemos chicas bonitas, ¿no crees?
Lalo sintió un escalofrío que no fue completamente de repulsión.
—Lo que tú digas —murmuró—. ¿Dónde dormimos?
El guardia más cercano sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos.
—No hay camas. Y las noches aquí son gélidas. Cada participante dormirá con un guardia asignado. De cucharita. Para compartir calor. No tenemos suficientes mantas.
—¿Dormir contigo? —Lalo rio, pero sonó agudo, nervioso—. Prefiero el suelo.
Tres horas después, tiritando hasta que sus dientes castañeteaban, Lalo se arrastró hasta el guardia que le habían asignado. El hombre —una montaña de músculos y piel cálida— lo recibió sin palabras, abriendo los brazos. Lalo se acurrucó contra él, sintiendo el calor infernal de ese cuerpo contra su espalda fría, y algo más: el peso considerable de la verga del guardia, ahora semi-erecta, presionando contra la hendidura de sus nalgas.
Durmió, avergonzado de lo cómodo que era.


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La mañana trajo el comienzo oficial.
Lalo fue conducido al punto de partida, donde le presentaron la primera elección. Estaba completamente desnudo, su pene —pequeño y sin pretensiones— colgando vulnerablo entre sus piernas.
—Opción A —anunció una voz femenina desde altavoces invisibles—: recorrer el circuito desnudo. Opción B: vestir lencería femenina diseñada para el concurso.
Lalo miró la prenda ofrecida: un conjunto de encaje morado translúcido, diminuto, con un sostén que apenas cubriría sus pezones y bragas que se perderían entre sus nalgas. Era humillante. Era degradante. Era mejor que caminar expuesto ante cámaras y miradas.
—La lencería —dijo, y las manos de asistentes anónimos lo vistieron.
La sensación fue electrizante. La seda rozaba su piel, los tirantes del sostén marcaban líneas de presión sobre sus hombros delicados, las bragas se hundían entre sus glúteos redondeados de forma casi obscena. Cuando le colocaron las medias blancas hasta medio muslo y los tacones, Lalo sintió que su centro de gravedad cambiaba, que sus caderas se proyectaban hacia afuara naturalmente, que caminaba con una cadencia diferente.


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Pasó a la siguiente ronda.

La segunda elección apareció ante él: una pasarela elevada y, a su lado, una serie de plataformas suspendidas sobre una fosa oscura.

—Maquillaje profesional y pasarela segura —anunció la voz omnipresente—. O acrobacias sin red. Si caes, estás fuera. Y saldrás desnudo.

Lalo pensó en Mara esperando al final, en las deudas acumuladas y en su orgullo herido. Sabía que arriesgarse físicamente era una locura.

—El maquillaje —susurró.

Lo sentaron ante un espejo iluminado. De inmediato, unas manos expertas comenzaron a trabajar sobre su rostro, transformándolo por completo. Le aplicaron una sombra de ojos ahumada, un delineador que alargaba y feminizaba su mirada, rubor en los pómulos para simular una excitación permanente, y unos labios pintados de un rojo obsceno.

Cuando terminaron, Lalo sintió un vuelco en el estómago. El espejo no le devolvía la imagen de un hombre; lo habían convertido en una réplica perfecta y deseable de una chica. Se sintió hermoso, pero también humillado. Es la cara de una puta, pensó con amargura. Sin embargo, para su propio horror, la súbita erección que experimentó no tenía nada que ver con el dinero. Avergonzado de su propia reacción, se hizo una promesa interna: en la próxima prueba, costara lo que costara, elegiría la opción heterosexual. Tenía que recuperar su hombría.

—Última oportunidad para elegir lo... heterosexual —susurró la voz, con un tono marcadamente burlón, como si le leyera el pensamiento.

La tercera elección apareció en pantallas gemelas. A la izquierda, un teléfono conectado a una videollamada; a la derecha, una cabina negra y cilíndrica.

—Transmisión en vivo con tu padre, explicando dónde estás y qué haces —sentenció la voz—. O una sesión de estimulación en nuestra cabina especializada.

El peso de la promesa que Lalo acababa de hacerse se desmoronó al instante. Imaginar los ojos de su padre, la decepción en su rostro y la vergüenza insufrible de admitir lo que estaba haciendo era demasiado. El precio de mantener su orgullo heterosexual era demasiado alto.

Sin dudarlo un segundo, aplastó su propia promesa y dijo

—La cabina.

El interior era estrecho, cálido, con asientos de cuero negro. Se sentó, esperando algún aparato mecánico, cuando sintió el movimiento detrás de él. El asiento era el guardia. El mismo de la noche anterior. Su cuerpo enorme rodeaba a Lalo, envolviéndolo por completo.
—Bueno —dijo Lalo, forzando una risa—. ¿Y el estimulador? No me digas que era ment...
Su voz se quebró cuando sintió algo duro y cálido deslizarse entre sus muslos. La verga del guardia, ahora completamente erecta, emergía por debajo de su propio vientre, empujando su pene contra su estómago, haciéndolo parecer ridículamente pequeño. Era gruesa, caliente, con venas palpitantes visibles bajo la piel oscura.
—Relájate —gruñó el guardia contra su oído.
Las manos del gigante descendieron, encontrando el ano de Lalo expuesto por las bragas de encaje. No hubo penetración, solo masaje, circulación, presión rítmica que hacía que Lalo arqueara la espalda involuntariamente. En la pantalla frente a él comenzó el video: mujeres hermosas, excitadas, chupando penes enormes con adoración. Hipnosis, susurraba el audio. Chupa. Adora. Ama la polla.
Lalo gimió. No pudo evitarlo. El sonido salió de su garganta pintada, femenino, lastimero.
Cinco minutos. El tiempo se extendió y contrajo. Cuando la puerta se abrió, Lalo salió tambaleándose, y entonces lo vio: su propio pene, erecto por primera vez en el concurso, empujando contra el encaje morado con una mancha de humedad en la punta.
No podía salir así. Lo verían. Pensarían...
Se metió de nuevo en la cabina, ahora vacía, y se sentó en el asiento aún cálido. Se masturbó frenéticamente, con la mano que olía a piel del guardia, imaginando la verga que había sentido entre sus piernas, hasta que explotó, chorreando semen sobre su propio puño, sobre el encaje, sobre el asiento.


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Cuando salió, jadeante, el siguiente guardia le sonrió.

—Siguiente elección —dijo—. Cinturón de castidad por el resto del circuito... o venirte en este vaso en sesenta segundos.

Lalo miró su propio pene, ahora flácido, chorreante, sensible al tacto del aire. Ya se había venido. El refractario sería largo.

—El vaso —intentó.

Sesenta segundos de manipulación desesperada, de fricción dolorosa, de imaginación forzada. No funcionó. El guardia le sonreía con lástima mientras le colocaba el cinturón de acero pulido, cerrándolo con un clic definitivo alrededor de su cintura y su genitalidad ahora inmovilizada.

—Seguimos —dijo Lalo, resignado, sintiendo el peso extraño entre sus piernas.

La siguiente elección apareció ante él: un agujero misterioso diseñado para introducir el pene y ser masturbado hasta la eyaculación obligatoria, o una caja negra cuyo desafío permanecía oculto. Lalo, decidido a recuperar su orgullo, eligió la primera opción en un intento desesperado por aferrarse a su heterosexualidad. Sin embargo, con su miembro atrapado en el dispositivo de castidad, el intento fue inútil. Los mecanismos internos del agujero zumbaban de forma estéril. Esperó, pero el metal frío no cedía.

—No hay tiempo —susurró una voz a través del altavoz, una voz que sonaba idéntica a la de Mara—. Ve a la otra opción, amor. Rápido.

Con lágrimas de frustración empañando sus ojos delineados, Lalo obedeció. Se arrastró hacia la caja negra y se adentró en la penumbra, quedando de rodillas. Una luz tenue se encendió sobre él y, justo frente a su rostro, emergió una verga que lo hizo jadear.

Era imponente. Blanca como el mármol, gruesa como su propia muñeca y con un bálano bulboso que brillaba, húmedo de líquido preseminal. Palpitaba con el eco de un corazón invisible.

Lalo extendió una mano temblorosa y la rozó; estaba ardiendo. Tengo que hacerlo, se repitió mentalmente, buscando un ancla. Por el dinero. Por Mara.

Comenzó a masturbarla. Su mano, pequeña en comparación, apenas lograba rodear semejante grosor. Movía el puño arriba y abajo, con una timidez inicial que pronto se transformó en un ritmo constante, sintiendo cómo el calor ajeno se transfería a su palma. Era un miembro mucho más grande que el suyo, infinitamente más masculino, y la escena lo estaba excitando de una manera terrible.

El placer ajeno encendió una chispa desconocida en su propio cuerpo. Dominado por una curiosidad repentina que lo llenó de culpa, su otra mano descendió lentamente hacia sus glúteos. Con el corazón latiéndole en la garganta y una profunda vergüenza quemándole las mejillas, aprovechó la abertura que dejaba el cinturón de castidad. Rozó la entrada de su ano, temeroso de lo que estaba haciendo, recordando el roce del guardia en la cabina.

Al principio fue solo una caricia tímida, un tanteo torpe sobre la piel sensible; pero el hormigueo fue tan inmediato e intenso que la resistencia se le desmoronó. Cediendo al morbo y al pudor, hundió la punta de un dedo de forma gradual, despacio, soltando un gemido ahogado en la oscuridad al sentir la presión interna. La combinación de la penetración digital y el ritmo de la masturbación crearon una fricción insoportable.

Justo en ese instante, el miembro frente a él llegó a su límite y explotó con fuerza, cubriéndole el rostro, los labios pintados y las manos con una cantidad abrumadora de semen caliente. Lalo se arqueó, al borde de un orgasmo violento que nunca llegó; su propio miembro presionaba patéticamente contra la jaula de acero, negándole el alivio.

Salió de la caja temblando, empapado por el fluido de otro hombre, completamente confundido sobre su propia naturaleza, pero obligado a seguir caminando.


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El concurso heterosexual


La recta final. Las dos últimas opciones aparecieron ante él: quitarse el cinturón de castidad a cambio de llevar un plug anal permanente, o mantener el metal bloqueando su miembro pero recibir cuatro dedos de un guardia.

—El plug —soltó Lalo de inmediato, con la voz rota, ansioso por liberar finalmente su pene.

El guardia sonrió, una mueca cargada de dientes y promesas oscuras.

—Normas del programa —sentenció—. Nada de dolor. Debes ser preparado adecuadamente.

Antes de que pudiera procesarlo, dos guardias lo sometieron. Uno se posicionó frente a él, obligándolo a quedar de rodillas, y dejó su verga —robusta, erecta y amenazante— a la altura de los ojos de Lalo, mientras sus manos rudas estrujaban sus pezones a través del encaje del sostén. Detrás, el otro guardia comenzó el trabajo.

Primero fue un solo dedo, lubricado generosamente, que se hundió sin contemplaciones. Lalo soltó un jadeo agudo. Luego entraron dos, abriéndolo a la fuerza, masajeando esa protuberancia interna que provocó un temblor violento en sus piernas. Para cuando el tercer dedo forzó la entrada, Lalo ya estaba gimiendo sin pudor, olvidándose de la dignidad y de quién pudiera escucharlo; su cabeza cayó rendida hacia adelante, dejando que sus labios pintados rozaran la piel caliente del miembro que tenía enfrente. Con el cuarto dedo, Lalo se convirtió en un pozo absoluto de necesidad. Perdió el control de sí mismo y, atrapado en el delirio de la estimulación, comenzó a empujar sus caderas hacia atrás, suplicando por más con el cuerpo.

El plug anal entró entonces con un chasquido húmedo y obsceno, taponándolo y estirando sus paredes al límite. En el instante exacto en que el metal del cinturón cedió y fue retirado, su pene —libre por primera vez en horas y abrumado por la súbita hipersensibilidad— colapsó. Explotó violentamente sin necesidad de ser tocado, eyaculando en arcos prolongados que salpicaron el suelo, mientras su cuerpo convulsionaba en el suelo, sacudido por la descarga de un placer tanto tiempo retenido y finalmente devorado.


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Casi sin fuerzas, Lalo se arrastró hacia el siguiente desafío. Las opciones en la pantalla eran directas: “Satisfacer a una mujer. O satisfacer a un hombre”.

Aferrándose desesperadamente a su heterosexualidad, eligió a la mujer. Lo esperaba una modelo de curvas generosas y mirada altiva. Lalo lo intentó con todas sus fuerzas. Se obligó a concentrarse en sus pechos, en el contorno de sus caderas, buscando recuperar el deseo que solía sentir por Mara. Se frotó contra ella, la acarició con urgencia, pero su cuerpo no respondió; su miembro permanecía completamente flácido, anestesiado y sobreestimulado.

Los minutos pasaban y el esfuerzo patético de Lalo solo consiguió agotar la paciencia de la mujer. Ella resopló, apartándolo con un empujón fastidiado mientras se acomodaba el cabello.

—Qué pérdida de tiempo. Eres un inútil —escupió con desdén, mirándolo con profundo fastidio—. Anda con el guardia, no sirves para esto.

Humillado, Lalo se tragó el orgullo. Se repitió a sí mismo que solo era un obstáculo más, el último precio que debía pagar para llevarse los millones a casa y salvar su futuro con Mara. No tuvo más remedio que dirigirse hacia el hombre. Intentó cumplir la tarea usando solo las manos para mantener las distancias, pero el guardia, aburrido por su timidez, le sujetó el cabello con brusquedad para detenerlo.

—No viniste a hacer masajes. Usa la boca, como te enseñaron —le ordenó con severidad.

Recordando el condicionamiento de la cabina y, sobre todo, la meta final del dinero, Lalo transigió. Abrió los labios y comenzó a lamer el bálano bulboso, saboreando el fluido salado. Le dio besos al tronco, usando la lengua con una dedicación meticulosa. Para él, aquello no era más que un trabajo mecánico; una humillación necesaria para ganar el concurso.

Cuando el guardia gruñó que quería su culo, Lalo dudó un segundo, pero la voz de la megafonía resonaba en su cabeza exigiendo rapidez. Con una profunda vergüenza quemándole las mejillas, pero con la mente fija en el premio, se dio la vuelta y ofreció sus nalgas redondeadas. Se autoconvenció de que era el paso final de la prueba.

Sintió las manos rudas del hombre jugar con la base del plug anal; luego, el guardia lo retiró de un tirón lento e implacable, reemplazándolo de inmediato por su propia verga. La penetración fue total y profunda. Lalo apretó los dientes, soportando la invasión, pero cuando el guardia comenzó a embestir con fuerza, un espasmo de placer involuntario recorrió su columna. Trató de negarlo, de culpar a la fricción de la prueba, pero una pizca de gusto genuino y culposo se filtró en su resistencia. Su mente seguía luchando por mantener el control, justificando cada gemido bajo la excusa del dinero, pero su cuerpo empezaba a responder por su cuenta.

El orgasmo del guardia dentro de él se sintió como un sello ardiente, una marca definitiva de posesión que lo dejó temblando.

Lalo llegó al final del circuito arrastrándose por el suelo. Con el maquillaje corrido en trazos sucios, la lencería de encaje rota y manchada, y el cuerpo exhausto, se aferraba con uñas y dientes a la idea de que lo había hecho por el premio, ignorando el peligroso quiebre que acababa de abrirse en su interior.


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—Dos opciones —anunció la voz a través de los altavoces, ahora con un tono más grave, pausado y definitivo—. Opción A: abandonas el programa en este mismo instante. Te marchas con tu novia con las manos vacías. Sin dinero, sin gloria; habiendo soportado todo esto para nada. Opción B: te quedas aquí un mes completo. Cinturón de castidad permanente, tratamiento hormonal y entrenamiento intensivo. Sin ver a tu novia. Sin salir al exterior. A cambio, mantienes tu lugar en la competencia. Al término de las cuatro semanas, enfrentarás la fase final. Si la completas, el dinero es tuyo.

En una de las pantallas de la sala, el rostro de Mara apareció en primer plano. Observaba la escena con una fijeza casi dolorosa, con los ojos inyectados en una mezcla de codicia y esperanza que Lalo ya conocía bien.

Él bajó la mirada hacia su propio cuerpo maltratado, sintiendo el semen ajeno enfriándose sobre su piel, la lencería rota y la humillación flotando en el aire. Si huía en ese momento, todo lo que había entregado —su orgullo, su hombría, su dignidad— se convertiría en un sacrificio inútil. Habría sido rebajado a nada a cambio de nada.

Levantó la cabeza, buscando la cámara.

—Me quedo —decretó. Su voz resonó con una firmeza impostada, una coraza para proteger lo último que le quedaba de cordura—. Por el dinero. Solo por el dinero.

En la pantalla, Mara abrió la boca y gritó algo, agitando los brazos, pero el canal de audio se cortó abruptamente antes de que sus palabras llegaran a la sala. A los lados de Lalo, los guardias intercambiaron una mirada y sonrieron con suficiencia. El mes apenas comenzaba



El cinturón de castidad se cerró con un clic metálico que sonó a sentencia definitiva. A partir de ese instante, el tiempo se volvió difuso y las hormonas comenzaron su trabajo implacable, moldeando su anatomía en contra de su voluntad. Lalo vio, con una mezcla de fascinación y horror, cómo su piel perdía aspereza hasta adquirir la textura suave de un pétalo. Sus pechos se hincharon gradualmente, transformándose en tetillas abultadas y dolorosamente sensibles que ardían ante el menor roce de la tela. Sus caderas, ya de por sí anchas, cedieron aún más, mientras que su trasero se elevó y redondeó, adoptando una silueta inequívocamente femenina. Abajo, en la penumbra del acero, su masculinidad confinada parecía encogerse día con día, perdiendo volumen y transformándose en un apéndice diminuto, una especie de clítoris sobredimensionado que pulsaba con una sensibilidad insoportable contra las paredes de la jaula.

Las noches eran el verdadero quiebre psicológico, el entrenamiento invisible. Lalo era obligado a dormir de cucharita con su guardia asignado, sintiendo durante horas esa verga enorme y caliente presionando de manera constante contra la hendidura de sus nuevas nalgas. Cada mañana despertaba con el cuerpo en llamas, inundado de una testosterona ajena y un deseo propio que el cinturón le impedía aliviar, dejándolo en un estado de frustración permanente.

La degradación se extendía hasta la comida. Los platos llegaban diluidos con el semen de los guardias y una sustancia química desconocida; un cóctel diseñado para alterar su juicio. Al principio le causaba náuseas, pero pronto el aditivo creó una adicción química tan profunda que su cuerpo comenzó a ansiar el sabor salado. Lalo llegó al extremo de sentir que sus manos temblaban de pura anticipación biológica cada vez que los guardias se paseaban frente a él, exhibiendo sus miembros flácidos pero imponentes.

A pesar del sabotaje que sufría su propio organismo, Lalo resistía en el último bastión que le quedaba: su mente. Enormemente humillado pero obstinado, se repetía en bucle el mismo mantra cada noche para no volverse loco: que lo hacía por el dinero, que todo aquello era temporal y que, sin importar lo que dictara su piel, él seguía siendo un hombre heterosexual.


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El concurso heterosexual

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Al cumplirse el plazo del primer mes, Mara corrió a abrazarlo, pero el impacto la congeló; el hombre que recordaba había desaparecido. Lalo era notablemente más menudo que ella ahora, de una delicadeza casi frágil, con unas curvas sinuosas que competían directamente con las de su propia novia y una mirada hambrienta, profunda, que ella fue incapaz de descifrar.

—Última fase —anunciaron los organizadores, quebrando el reencuentro—. Un mes más. Esta vez en su casa, con su novia... pero también con él —añadieron, señalando al guardia asignado, quien los contemplaba con una sonrisa cargada de absoluta posesión—. Y con esto.

Frente a ellos abrieron una caja de juguetes sexuales. Lalo recorrió el contenido con la mirada; los dispositivos eran de un calibre y una crueldad que le provocaron un escalofrío de terror, mezclado con un chispazo de un morbo oscuro que se negó rotundamente a nombrar.

—Si completas estas cuatro semanas sin rendirte y acatando cada una de las reglas, el dinero será suyo. Millones —explicaron—. Pero las condiciones no cambian: debes seguir participando, debes aceptarlo absolutamente todo.

Lalo asintió en silencio, sellando el trato. Por el dinero, se obligó a pensar una vez más, aferrándose con desesperación a esa mentira mientras sentía los ojos del guardia fijos en su trasero. Solo por el dinero.


Las primeras noches en casa con Mara se convirtieron en un calvario de frustración silenciosa. Lalo intentaba con desesperación hacer el amor como antes, ansioso por demostrarse a sí mismo que seguía siendo el hombre de la relación. La besaba con urgencia, acariciaba sus curvas generosas intentando encender el viejo deseo, pero su anatomía lo traicionaba de inmediato. Su pene, atrofiado y vuelto un nudo de nervios hipersensibles tras semanas de confinamiento y hormonas, no toleraba el contacto. A la menor fricción con los muslos de ella, o apenas al rozar su intimidad, Lalo colapsaba. En diez segundos, a veces menos, se venía con un espasmo patético y un gemido ahogado por la vergüenza.

Mara se quedaba allí, desnuda, insatisfecha y envuelta en las sábanas calientes, mirándolo con una mezcla punzante de lástima y frustración. Ella lo amaba profundamente, recordaba al hombre que solía ser y no quería herir lo poco que quedaba de su orgullo; le rompía el corazón verlo ocultar el rostro contra la almohada mientras sollozaba en silencio. Sin embargo, el cansancio y el aburrimiento empezaban a ganarle la batalla a la compasión. Estaba harta de ver a un novio inútil que se quedaba dormido al instante, exhausto y vacío, dejándola a medias noche tras noche.

Lo que Lalo ignoraba en su sueño de derrotado era que, apenas sus ronquidos llenaban la habitación, el guardia asignado se levantaba del colchón compartido y se deslizaba hacia el cuarto de Mara. Ella lo recibía en el pasillo con la urgencia salvaje de quien muere de hambre. Se follaban contra la pared de al lado, con embestidas brutales que hacían crujir los tabiques, mientras Lalo dormía el letargo de los fracasados.

Una mañana, tras otro intento fallido donde Lalo ni siquiera logró penetrarla antes de eyacular, Mara lo apartó con suavidad pero con una frialdad definitiva.
—No más, Lalo. Por favor —dijo, conteniendo la pena en su voz para no destrozarlo, aunque sus palabras fueron letales—. Tu miembro es... patético ahora. Es inútil. Encuentra otra forma de satisfacerme o no habrá nada entre nosotros. Me estás matando.
—Es temporal, mi amor... lo prometo —suplicó él con las mejillas encendidas en una humillación insoportable—. Los efectos del programa van a pasar. Solo dame un poco de tiempo, por favor.
Mara lo miró, le acarició el rostro con una sonrisa amarga llena de escepticismo, y asintió antes de marcharse a pasar unos días con sus padres, dejándolo solo.


La ausencia de Mara dilató el tiempo y el encierro se volvió asfixiante. Durante los días siguientes, la tensión en la casa se tornó insoportable. El guardia no le daba tregua; aprovechaba cualquier descuido para minar la poca resistencia que le quedaba a Lalo. Se paseaba por el pasillo en calzoncillos, dejando que su verga enorme se marcara con prepotencia, o se paraba detrás de Lalo en la cocina, rozando deliberadamente sus nalgas redondeadas con su dureza mientras le susurraba comentarios obscenos sobre su nuevo cuerpo de chica.

Lalo intentaba refugiarse en el porno permitido por el programa —aquel material hipnótico y condicionante—, masturbándose en la soledad de su cuarto. Pero era inútil. Su miembro, sensible como una quemadura en carne viva, estallaba en arcos débiles a los pocos segundos de tocarlo, dejándolo sumido en una insatisfacción crónica que le encendía la piel. Al cuarto día de aislamiento, el hormigueo constante en su trasero y el recuerdo de la cabina se volvieron una obsesión. Deseaba sentirse lleno. Anhelaba la presión que aliviara la tensión que las hormonas habían acumulado en sus caderas.

La quinta noche, cediendo a una curiosidad morbosa que se había cocinado a fuego lento, Lalo cerró la puerta. Con las manos temblorosas por el remordimiento, se desnudó frente al espejo, contemplando sus pechos hinchados y su trasero respingón. Se colocó de rodillas en la cama, en pompa, y comenzó a explorar la caja de juguetes. Primero introdujo un dedo lubricado, luego dos, ahogando un gemido al sentir el roce en su punto más sensible. Esto está mal, soy un hombre, soy heterosexual, se mentía a sí mismo mientras empujaba un pequeño dildo de látex en su interior, experimentando una oleada de culpabilidad adictiva que le hacía suplicar por más.

—Parece que necesitas una verga de verdad para rellenar ese agujero —interrumpió la voz del guardia desde el umbral.

Lalo se congeló en seco. El corazón le dio un vuelco y el rostro le ardió de vergüenza al verse descubierto en semejante postura de sumisión. Quiso cubrirse, quiso llorar y negar lo que estaba haciendo, pero su cuerpo, completamente domesticado por el condicionamiento químico y el deseo reprimido, permaneció inmóvil, ofreciendo sus nalgas al intruso.

El guardia se acercó lentamente, desabrochándose el pantalón y liberando un miembro imponente, grueso como una muñeca, que palpitaba con venas marcadas. Se detuvo justo frente al rostro de Lalo, ofreciéndole la cabeza brillante de líquido preseminal. Lalo lo miró con una mezcla desgarradora de hambre biológica y autodesprecio. Lágrimas de pura humillación rodaron por sus mejillas, empañando el delineador que aún manchaba sus ojos.

Sin esperar una orden, Lalo abrió la boca y la tomó. Lo hizo con pena, con el peso de saberse un fracasado con las mujeres, asumiendo el acto como el castigo que merecía por no haber podido complacer a Mara. Pero en cuanto su lengua recorrió el tronco ardiente, el instinto del "ordeño" obligatorio tomó el control. Succión tras succión, movía la cabeza con una técnica experta y devota, tragándose el sabor salado que tanto odiaba racionalmente, pero que su organismo hormonado adoraba con locura. Chupaba con desesperación, lamiendo la base y saboreando cada centímetro mientras el guardia le acariciaba el cabello con brusquedad.

Cuando el fluido preseminal inundó su garganta, Lalo soltó el miembro, con el hilo de saliva colgando de sus labios pintados y la mirada perdida.
—Por favor... —susurró con la voz rota por la sumisión total—. Fóllame ya. Por favor... solo termina con esto.

El guardia no se lo hizo repetir. Lo sujetó con firmeza por las caderas ensanchadas, tirando de él hacia atrás para abrirle las piernas por completo. Retiró el juguete de un tirón y, sin apenas preámbulos, hundió su verga de golpe, buscando el fondo.

Lalo soltó un alarido agudo; el dolor inicial y la humillación de ser penetrado como una mujer lo sacudieron por completo, pero la resistencia duró apenas unos segundos. El guardia comenzó a embestir con un ritmo brutal e implacable. Con cada golpe seco contra su trasero, el miembro ajeno impactaba directamente contra su próstata sobreestimulada, enviando descargas eléctricas de placer directo a su cerebro.

El dolor se disolvió en un mar de lujuria pura. Los ojos de Lalo se pusieron en blanco y sus gemidos de vergüenza se transformaron en chillidos agudos de pura necesidad. Olvidó el dinero, olvidó a Mara y olvidó la heterosexualidad que tanto había defendido. Ahora era solo un cuerpo sediento.
—Más fuerte... —gimió, empujando sus propias caderas hacia atrás para devorar más carne, incapaz de creer las palabras que salían de su propia boca—. Más profundo, por favor, desmóntame... ¡fóllame más duro!

El guardia respondió con saña, tomándolo por la cintura y levantándolo para cambiar de postura, clavándose en él una y otra vez. Follaron durante horas en un frenesí de sudor, fluidos y gemidos lascivos. El guardia lo tomó de espaldas, de lado, y con las piernas elevadas hacia su pecho, llenándolo por completo en múltiples ocasiones. Cada vez que el hombre eyaculaba dentro de su fondo, Lalo se convulsionaba, sintiendo el calor del semen ajeno como una marca indeleble de propiedad, mientras su propio clítoris miniaturizado goteaba líquido de forma patética contra las sábanas.

Para cuando el sol comenzó a salir, Lalo yacía boca abajo, completamente vacío y con el cuerpo temblando, incapaz de cerrar las piernas o de ponerse en pie. Sus músculos recordaban la forma exacta de la verga que lo había reclamado y, en la profundidad de su carne sometida, ya no quedaba espacio para la culpa. Solo había una aceptación absoluta, hambrienta y definitiva de su nueva realidad.


Los cinco días que siguieron a esa primera noche se convirtieron en un torbellino de depravación ininterrumpida. Sin Mara en la casa, las pocas barreras mentales que le quedaban a Lalo terminaron por derrumbarse. El guardia tomó el control absoluto del espacio y del cuerpo de Lalo, convirtiendo la vivienda en un escenario de juego clandestino. Ya no había horarios ni castigos; solo un intercambio constante de fluidos.

Follaron de mil maneras distintas. El guardia introdujo juegos de rol donde Lalo era obligado a vestirse con la ropa más provocativa de Mara, a usar tacones que hacían temblar sus piernas delicadas y a actuar como una sumisa total. El pasillo, la cocina, la mesa del comedor; cada superficie de la casa quedó marcada por el sudor y el lubricante. Incluso, en dos de esas noches, el guardia invitó a un par de compañeros del programa. Lalo, lejos de espantarse, descubrió con un terror excitante que su cuerpo hormonado respondía con un hambre insaciable ante la presencia de múltiples hombres. Se entregó a fondo, encadenando mamadas devotas que ya no hacía por obligación, sino por un gozo genuino que le hacía salivar de anticipación, tragando y pidiendo más mientras era utilizado por delante y por detrás. Su mente ya no buscaba excusas: adoraba ser el centro de esa atención masculina.



Cuando Mara regresó de visitar a sus padres, el ambiente en la casa cambió de golpe a una tensa normalidad. Ella volvió con una actitud completamente renovada, sintiéndose culpable por haber sido tan dura con él antes de irse. Tras reflexionar esos días, se había prometido a sí misma dejar el sexo en un segundo plano. Sabía que Lalo estaba pasando por un proceso traumático por el dinero de ambos, y estaba decidida a apoyarlo incondicionalmente, a ser cariñosa y a no presionarlo más con su rendimiento.

Lo que Mara no sospechaba era que el hombre al que intentaba proteger ya no existía. Frente a ella, Lalo fingía timidez, bajaba la mirada y se dejaba consentir como el novio vulnerable que supuestamente sufría por los efectos del programa. Pero era una fachada grotesca. Lalo se había rendido por completo; bajo su ropa ancha, llevaba el plug anal secretamente puesto y su cuerpo se había transformado en la puta más dócil y experimentada del circuito.

Durante los siguientes cinco días, la casa se convirtió en el escenario de una doble vida perversa. Mientras Mara trabajaba o dormía confiada en la habitación de al lado, pensando en lo bueno que era su novio por resistir, Lalo y el guardia continuaban su idilio a sus espaldas. Follaban en el baño mientras ella cocinaba, con el guardia empujándolo contra el lavabo y tapándole la boca con la mano para que Mara no escuchara los agudos chillidos de placer de Lalo. Se encontraban a oscuras en el salón a altas horas de la madrugada, donde Lalo se ponía de rodillas con movimientos expertos, devorando la verga del guardia con una agilidad silenciosa mientras su novia descansaba a unos metros de distancia.

Mara continuaba con su plan de apoyo, preparándole la comida y hablándole del futuro que tendrían cuando el mes terminara y cobraran los millones. Lalo la escuchaba y asentía, abrazándola con suavidad, pero por dentro solo sentía la vibración del juguete en su interior y una impaciencia adictiva por que cayera la noche para volver a ser sometido por el guardia. La resistencia heterosexual se había disuelto por completo; ahora solo quedaba la espera de la fase final, aunque para Lalo, el verdadero premio ya no era solo el dinero.

Lalo regresó a las instalaciones del programa con Mara tomándolo de la mano. Ella caminaba erguida, con los ojos brillando de orgullo y esperanza, convencida de que su novio era un héroe que había soportado un infierno de castidad solo por salvar su futuro juntos. Lo miraba con una devoción infinita, ansiosa por cobrar los millones y regresar a la normalidad de su hogar. Lalo le sonreía de vuelta y le apretaba la mano en un gesto de supuesta gratitud, pero por dentro, su anatomía entera vibraba con una frecuencia completamente distinta. Bajo la ropa, su trasero respingón buscaba el roce de la tela y su clítoris miniaturizado palpitaba de pura anticipación libidinosa. El condicionamiento era absoluto. Ya no había forma de fingir.

Llegaron a la sala central, donde las luces blancas los cegaron.

—La decisión definitiva —retumbó la voz omnipresente, cortando el silencio—. Opción A: regresas al mundo exterior con tu novia, te llevas los millones de dólares y recuperas tu antigua vida heterosexual. Opción B: renuncias al dinero por completo y te quedas en el programa para siempre. A cambio, esta será tu realidad diaria.

Las compuertas del fondo se abrieron de golpe. Una docena de guardias, corpulentos y completamente desnudos, marcharon hacia el centro de la sala. Todos exhibían vergas colosales, venosas y erectas, apuntando hacia el techo, chorreando líquido preseminal en una coreografía de virilidad pura.

Mara ahogó un grito de espanto y retrocedió, buscando refugio en Lalo.
—Vámonos, mi amor. Ya ganamos. Dile que nos vamos —suplicó ella, con la voz quebrada por el pánico, tirando de su brazo.

Pero Lalo no se movió. Su mirada se clavó en esa muralla de carne masculina y sus ojos se dilataron de puro deseo. Mara lo observó de reojo y la expresión de su rostro se transformó en una mueca de absoluto horror; vio la saliva acumularse en los labios pintados de su novio, vio cómo sus mejillas se encendían en un rubor de lascivia y cómo, inconscientemente, sus caderas ensanchadas empezaban a balancearse de un lado a otro con un ritmo felino y provocador.

—¿Lalo...? —susurró ella, con las lágrimas desbordándose, dándose cuenta de la verdad de la peor manera.

Él ya no pensaba en el dinero, ni en las deudas, ni en el fracaso de su miembro patético con las mujeres. Su mente descartó las finanzas y se concentró en la gloriosa certeza de ser llenado, estirado y poseído por hombres de verdad. Su boca se abrió y las palabras salieron con una fluidez asombrosa, dictadas por la urgente necesidad de su organismo.

—Me quedo —decretó Lalo. Su voz ya no tenía rastro de timidez; sonó clara, melodiosa y marcadamente femenina, sin una sola pizca de arrepentimiento—. Renuncio al dinero. Quiero quedarme. Los quiero a ellos... para siempre.

—¡No! ¡Lalo, por Dios, reacciona! —gritó Mara, desplomándose de rodillas en el suelo, golpeando el piso en un ataque de desesperación absoluta al ver cómo el hombre que amaba la abandonaba por un destino de pura lujuria.

Lalo ni siquiera la escuchó. Con una sonrisa de puta orgullosa esculpida en su rostro maquillado, dio un paso al frente y se despojó de la ropa ancha con movimientos lentos y teatrales, quedando completamente desnudo ante su nuevo harén. Exhibió sus pechos inflados con tetillas erectas, su cintura diminuta y ese trasero redondo, respingón y abundante que tanto había cambiado.

Los guardias lo rodearon de inmediato como lobos hambrientos. Lalo, desatado y entregado al puterío que tanto había ansiado en secreto, no esperó a que lo sometieran. Se puso de cuatro patas en el suelo, arqueando la espalda al máximo y sacando el culo con descaro, moviendo las nalgas de forma lasciva en una invitación abierta y desvergonzada. Estaba completamente abierto, lubricado por su propia excitación y diseñado exclusivamente para el placer masculino.

Dos guardias lo tomaron por los muslos, levantándole las caderas, mientras un tercero se posicionó detrás y hundió su enorme verga de un solo empuje brutal. Lalo soltó un alarido agudo, un chillido de puro éxtasis que resonó en toda la sala mientras sus ojos se ponían en blanco. No hubo dolor, solo la gloriosa sensación de la carne rompiendo sus límites. Al mismo tiempo, otro guardia le metió su miembro en la boca, y Lalo lo recibió con una voracidad salvaje, succionando hasta el fondo de su garganta mientras movía la cola como una perra en celo, pidiendo más a base de puros espasmos.

Frente a la mirada destrozada de Mara, que veía cómo su novio era devorado y turnado por docenas de hombres, Lalo se hundió en el delirio erótico más grande de su vida. El semen comenzó a salpicar su piel suave, sus labios rojos y su pecho, mientras múltiples vergas entraban y salían de su cuerpo en un ritmo frenético y asfixiante. En la profundidad de su carne sometida y feliz, Lalo supo que no le importaba haber perdido los millones. Había ganado el verdadero premio: pertenecerles para siempre en una follada eterna que no terminaría nunca.

sometido

femboy

mind break

Feminizacion forzada

El concurso heterosexual

Fin

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