Bueno, el nombre que le puse “Martu” es falso, la historia es verdadera. Si les gusta y quieren más historias reales comenten

Contexto cuarentena, mi hermana, no teníamos nada de trato, pero se viene a mi Depto a quedarse porque nuestra madre estaba aislada con COVID.
muchas noches me había levantado y pajeado al lado de la cama porque el short se le corría y se le veía la tanga. O le miraba las tetas porque andaba sin corpiño y se agachaba. Varias semanas después de convivir pasa este relato:
Era una de esas noches de enero, con el calor apretando y el ventilador de techo haciendo ruido al pedo. Mi hermana, la Martu, estaba tirada en el sillón con una remera blanca bien finita, de esas que dejan ver todo, y un shortcito de jean que se le había subido hasta casi mostrarle el culo. Tenía veinte años, un cuerpo que partía la tierra, alta, blanca, con esas piernas largas y un culo redondo que cuando caminaba por el pasillo me hacía agarrar la almohada y apretar fuerte. Yo estaba al horno. Treinta días sin ponerla, treinta días encerrado con mi hermana, treinta días viéndola en tanga todas las mañanas. Esa noche habíamos abierto un malbec, el segundo o el tercero, ya ni me acuerdo. La Martu se reía de cualquier boludez, con esa risa suya medio ronca, y yo no podía dejar de mirarle las tetas. Se le marcaban los pezones en la remera como si fueran dos mostacitas, duritas, y ella se estiraba toda como un gato cada vez que se aburría del programa. —Che, loco —dijo de repente, girando la cabeza para mirarme—. ¿Vos no extrañás coger? (Justo estábamos mirando una peli y estaban meta garche) Se me cortó la respiración un segundo. Me reí, tratando de disimular. —¿Y a vos qué te hace pensar que no? —No sé —se encogió de hombros, y la remera se le subió un poco, mostrando la piel blanca de la panza—. Pero hace banda que no hablamos de esto. Yo estoy podrida. Me muero por sentir una pija, posta. Casi me atraganto con el vino. No sabía si lo decía en joda o en serio. —Bueno, no sos la única —dije, y sentí cómo se me secaba la boca. Se quedó callada un rato, mirando la tele sin verla. Después se incorporó, apoyándose en los codos, y me clavó los ojos. Tenía los ojos marrones, grandes, y en ese momento parecían dos pozos negros. —¿Nunca pensaste en mí? —preguntó, y su voz salió más baja, más grave. Me quedé helado. El corazón me latía como un caballo. Pensé en todas esas mañanas en que me despertaba antes que ella, me iba al baño y me pajearia pensando en su culo, en cómo se le marcaba la tanga cuando se agachaba a buscar algo, en esas tetas redondas que se le veían cuando se inclinaba para agarrar el control remoto. —Martu... —empecé, pero no sabía cómo seguir. Ella se levantó, despacio, y caminó hacia mí. Llevaba las zapatillas viejas, esas Converse rotas, y los pies se le veían finitos. Se paró enfrente mío, tan cerca que sentí su perfume, ese olor a crema Nivea y a algo más, algo dulce, caliente. —No me digas que no pensaste —susurró, y se sentó en mis piernas. Le agarré la cintura sin pensar, un reflejo. La sentí liviana, tibia, y cuando apoyó las manos en mis hombros, sentí que se me iba la cabeza. Le miré los labios, esos labios carnosos, partidos, y me incliné a besarla. Fue un beso medio torpe al principio, como si los dos tuviéramos miedo. Pero después la Martu abrió la boca y sentí su lengua, caliente, húmeda, y me olvidé de todo. Le agarré el culo con las dos manos y lo apreté, sintiendo la carne firme, redonda, y ella gimió contra mi boca. —Dale —dijo ella, separándose apenas—. Llevame a la pieza. Me paré con ella en brazos, casi, y caminamos los dos medio chuecos hasta mi cuarto. La tiré en la cama y me saqué la remera. La Martu me miraba con los ojos brillantes, y se corrió el short hacia abajo, despacio, mostrando la tanga negra, una tira finita que se le metía entre las nalgas. Tenía la piel blanca, blanquísima, y cuando se sacó la remera, esas tetas aparecieron, grandes, redondas, con los pezones marrones bien parados. —Qué tetas que tenés —le dije, y me tiré encima de ella. Le agarré una teta con la boca y la chupé, sintiendo cómo se ponía dura, cómo gemía, cómo me agarraba la cabeza y me apretaba contra ella. Le pasé la lengua por el pezón, despacio, en círculos, mientras le bajaba la tanga con la otra mano. Se la saqué por las piernas, y se quedó desnuda, abierta, mostrándome esa concha peladita, afeitada, con los labios hinchados, rosados, brillando de tan mojada que estaba. —Dios mío, Martu —murmuré, y bajé la cabeza. Le abrí las piernas con las manos y le metí la cara ahí. Le pasé la lengua por toda la raja, despacio, saboreándola. Tenía un gusto ácido, salado, caliente, y gemía fuerte cuando le chupaba el clítoris, ese botoncito duro que se le marcaba entre los labios. Le metí dos dedos adentro, sintiéndola apretar, caliente, mojadísima, y ella se arqueó, agarrándome el pelo. —Sí, así, no pares —gemía, y la voz le temblaba. Le chupé la concha un rato largo, hasta que se puso toda colorada, hasta que empezó a temblar y a apretarme los dedos, y sentí cómo se venía, cómo se sacudía toda, cómo gritaba mi nombre. —Dame la pija —dijo después, cuando abrió los ojos—. Dámela ya. Me saqué el pantalón y los calzoncillos, y se me paró la pija, dura, toda venosa, con la punta morada y una gotita de leche asomando. La Martu la miró y se relamió los labios. —Qué grande que la tenés —dijo, y me agarró con la mano. Me la empezó a masturbar despacio, mirándome a los ojos, y después se inclinó y me la metió en la boca. Sentí su lengua caliente, húmeda, cómo me la chupaba entera, cómo me la metía hasta el fondo, cómo me pasaba la lengua por la punta, por las venas, por todo el tronco. Le agarré la cabeza y empecé a empujarle, sintiendo cómo se le llenaba la boca, cómo tragaba saliva, cómo gemía mientras me la chupaba. —Dale, dale —le dije, y sentí que me iba a venir. Pero me contuve. La levanté, la puse en cuatro, con el culo bien alto, y le vi la concha, toda mojada, abierta, y el ojete chiquito, apretado, rosado. Le escupí en la concha y le metí la pija de una, toda de una. Ella gritó, fuerte, y se agarró de las sábanas mientras yo empezaba a cogerla, a darle duro, sintiendo cómo me apretaba, cómo se le movía el culo contra mí. —Dame más, dámela toda —gemía, y yo le agarraba las caderas y la penetraba más fuerte, más hondo. Le vi el culo moviéndose, las nalgas blancas, redondas, y le pasé la mano por la raya del culo, sintiendo el sudor, la humedad. Le metí un dedo en el ojete, despacio, y ella se contrajo, gimiendo más fuerte. —¿Te gusta? —le pregunté, y ella asintió, con la cabeza, sin poder hablar. Le saqué la pija de la concha y se la puse en el culo, apretando, empujando despacio. Ella se quejó, un quejido ronco, y sentí cómo se abría, cómo entraba, caliente, apretadísima. Le metí toda la pija ahí, sintiendo cada pliegue, cada contracción, y empecé a moverme, a cogerle el culo, a darle duro, sintiendo cómo se venía otra vez, cómo se sacudía, cómo apretaba. —Me voy a venir —le dije, y ella se dio vuelta, me miró, y me metió la pija en la boca otra vez. Me vine así, en su boca, sintiendo cómo se llenaba, cómo tragaba, cómo me miraba con los ojos vidriosos. Me temblaban las piernas, me temblaba todo, y ella se quedó ahí, chupándome la punta, limpiándome. Después nos quedamos los dos tirados en la cama, transpirados, sin hablar. La Martu me apoyó la cabeza en el pecho y cerró los ojos. —Qué bien que la pasé —dijo, casi en un susurro. Y yo le acaricié el pelo, sintiendo el olor a sexo, a sudor, a vino, y pensé que la cuarentena era lo mejor que nos había pasado.

Contexto cuarentena, mi hermana, no teníamos nada de trato, pero se viene a mi Depto a quedarse porque nuestra madre estaba aislada con COVID.
muchas noches me había levantado y pajeado al lado de la cama porque el short se le corría y se le veía la tanga. O le miraba las tetas porque andaba sin corpiño y se agachaba. Varias semanas después de convivir pasa este relato:
Era una de esas noches de enero, con el calor apretando y el ventilador de techo haciendo ruido al pedo. Mi hermana, la Martu, estaba tirada en el sillón con una remera blanca bien finita, de esas que dejan ver todo, y un shortcito de jean que se le había subido hasta casi mostrarle el culo. Tenía veinte años, un cuerpo que partía la tierra, alta, blanca, con esas piernas largas y un culo redondo que cuando caminaba por el pasillo me hacía agarrar la almohada y apretar fuerte. Yo estaba al horno. Treinta días sin ponerla, treinta días encerrado con mi hermana, treinta días viéndola en tanga todas las mañanas. Esa noche habíamos abierto un malbec, el segundo o el tercero, ya ni me acuerdo. La Martu se reía de cualquier boludez, con esa risa suya medio ronca, y yo no podía dejar de mirarle las tetas. Se le marcaban los pezones en la remera como si fueran dos mostacitas, duritas, y ella se estiraba toda como un gato cada vez que se aburría del programa. —Che, loco —dijo de repente, girando la cabeza para mirarme—. ¿Vos no extrañás coger? (Justo estábamos mirando una peli y estaban meta garche) Se me cortó la respiración un segundo. Me reí, tratando de disimular. —¿Y a vos qué te hace pensar que no? —No sé —se encogió de hombros, y la remera se le subió un poco, mostrando la piel blanca de la panza—. Pero hace banda que no hablamos de esto. Yo estoy podrida. Me muero por sentir una pija, posta. Casi me atraganto con el vino. No sabía si lo decía en joda o en serio. —Bueno, no sos la única —dije, y sentí cómo se me secaba la boca. Se quedó callada un rato, mirando la tele sin verla. Después se incorporó, apoyándose en los codos, y me clavó los ojos. Tenía los ojos marrones, grandes, y en ese momento parecían dos pozos negros. —¿Nunca pensaste en mí? —preguntó, y su voz salió más baja, más grave. Me quedé helado. El corazón me latía como un caballo. Pensé en todas esas mañanas en que me despertaba antes que ella, me iba al baño y me pajearia pensando en su culo, en cómo se le marcaba la tanga cuando se agachaba a buscar algo, en esas tetas redondas que se le veían cuando se inclinaba para agarrar el control remoto. —Martu... —empecé, pero no sabía cómo seguir. Ella se levantó, despacio, y caminó hacia mí. Llevaba las zapatillas viejas, esas Converse rotas, y los pies se le veían finitos. Se paró enfrente mío, tan cerca que sentí su perfume, ese olor a crema Nivea y a algo más, algo dulce, caliente. —No me digas que no pensaste —susurró, y se sentó en mis piernas. Le agarré la cintura sin pensar, un reflejo. La sentí liviana, tibia, y cuando apoyó las manos en mis hombros, sentí que se me iba la cabeza. Le miré los labios, esos labios carnosos, partidos, y me incliné a besarla. Fue un beso medio torpe al principio, como si los dos tuviéramos miedo. Pero después la Martu abrió la boca y sentí su lengua, caliente, húmeda, y me olvidé de todo. Le agarré el culo con las dos manos y lo apreté, sintiendo la carne firme, redonda, y ella gimió contra mi boca. —Dale —dijo ella, separándose apenas—. Llevame a la pieza. Me paré con ella en brazos, casi, y caminamos los dos medio chuecos hasta mi cuarto. La tiré en la cama y me saqué la remera. La Martu me miraba con los ojos brillantes, y se corrió el short hacia abajo, despacio, mostrando la tanga negra, una tira finita que se le metía entre las nalgas. Tenía la piel blanca, blanquísima, y cuando se sacó la remera, esas tetas aparecieron, grandes, redondas, con los pezones marrones bien parados. —Qué tetas que tenés —le dije, y me tiré encima de ella. Le agarré una teta con la boca y la chupé, sintiendo cómo se ponía dura, cómo gemía, cómo me agarraba la cabeza y me apretaba contra ella. Le pasé la lengua por el pezón, despacio, en círculos, mientras le bajaba la tanga con la otra mano. Se la saqué por las piernas, y se quedó desnuda, abierta, mostrándome esa concha peladita, afeitada, con los labios hinchados, rosados, brillando de tan mojada que estaba. —Dios mío, Martu —murmuré, y bajé la cabeza. Le abrí las piernas con las manos y le metí la cara ahí. Le pasé la lengua por toda la raja, despacio, saboreándola. Tenía un gusto ácido, salado, caliente, y gemía fuerte cuando le chupaba el clítoris, ese botoncito duro que se le marcaba entre los labios. Le metí dos dedos adentro, sintiéndola apretar, caliente, mojadísima, y ella se arqueó, agarrándome el pelo. —Sí, así, no pares —gemía, y la voz le temblaba. Le chupé la concha un rato largo, hasta que se puso toda colorada, hasta que empezó a temblar y a apretarme los dedos, y sentí cómo se venía, cómo se sacudía toda, cómo gritaba mi nombre. —Dame la pija —dijo después, cuando abrió los ojos—. Dámela ya. Me saqué el pantalón y los calzoncillos, y se me paró la pija, dura, toda venosa, con la punta morada y una gotita de leche asomando. La Martu la miró y se relamió los labios. —Qué grande que la tenés —dijo, y me agarró con la mano. Me la empezó a masturbar despacio, mirándome a los ojos, y después se inclinó y me la metió en la boca. Sentí su lengua caliente, húmeda, cómo me la chupaba entera, cómo me la metía hasta el fondo, cómo me pasaba la lengua por la punta, por las venas, por todo el tronco. Le agarré la cabeza y empecé a empujarle, sintiendo cómo se le llenaba la boca, cómo tragaba saliva, cómo gemía mientras me la chupaba. —Dale, dale —le dije, y sentí que me iba a venir. Pero me contuve. La levanté, la puse en cuatro, con el culo bien alto, y le vi la concha, toda mojada, abierta, y el ojete chiquito, apretado, rosado. Le escupí en la concha y le metí la pija de una, toda de una. Ella gritó, fuerte, y se agarró de las sábanas mientras yo empezaba a cogerla, a darle duro, sintiendo cómo me apretaba, cómo se le movía el culo contra mí. —Dame más, dámela toda —gemía, y yo le agarraba las caderas y la penetraba más fuerte, más hondo. Le vi el culo moviéndose, las nalgas blancas, redondas, y le pasé la mano por la raya del culo, sintiendo el sudor, la humedad. Le metí un dedo en el ojete, despacio, y ella se contrajo, gimiendo más fuerte. —¿Te gusta? —le pregunté, y ella asintió, con la cabeza, sin poder hablar. Le saqué la pija de la concha y se la puse en el culo, apretando, empujando despacio. Ella se quejó, un quejido ronco, y sentí cómo se abría, cómo entraba, caliente, apretadísima. Le metí toda la pija ahí, sintiendo cada pliegue, cada contracción, y empecé a moverme, a cogerle el culo, a darle duro, sintiendo cómo se venía otra vez, cómo se sacudía, cómo apretaba. —Me voy a venir —le dije, y ella se dio vuelta, me miró, y me metió la pija en la boca otra vez. Me vine así, en su boca, sintiendo cómo se llenaba, cómo tragaba, cómo me miraba con los ojos vidriosos. Me temblaban las piernas, me temblaba todo, y ella se quedó ahí, chupándome la punta, limpiándome. Después nos quedamos los dos tirados en la cama, transpirados, sin hablar. La Martu me apoyó la cabeza en el pecho y cerró los ojos. —Qué bien que la pasé —dijo, casi en un susurro. Y yo le acaricié el pelo, sintiendo el olor a sexo, a sudor, a vino, y pensé que la cuarentena era lo mejor que nos había pasado.
0 comentarios - Cuarentena con mi hermana