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El destacamento - Día 3 – El último día

Día 3 – El último día 
Paola ya estaba destruida pero al mismo tiempo enganchada. El cuerpo le dolía: las tetas rojas y marcadas de tanto apretón, la concha hinchada y sensible, el orto irritado pero todavía respondiendo. Tenía corrida seca en los muslos y en la cara. Sin embargo, cuando los tres gendarmes entraron a la habitación por la mañana, ella ya sabía que iba a dejar que la usen de nuevo.
El flaco fue el primero. La agarró de la mano y la llevó a la ducha. El agua caliente caía sobre ellos. La puso contra la pared, le levantó una pierna y se la metió en la concha despacio, disfrutando cómo se apretaba. Paola gemía bajito, con la cara contra los azulejos. Sentía la pija gruesa abriéndola otra vez, rozando las paredes sensibles. El flaco le apretaba las tetas desde atrás, pellizcándole los pezones mientras la cogía con ritmo constante.
— Hoy es el último día… te voy a dejar bien marcada — le susurró al oído.
Paola se corrió en la ducha, temblando, apretando la concha alrededor de la pija. El flaco se corrió adentro y la dejó con la corrida chorreando por las piernas.
Después del mediodía le tocó al grandote. La llevó a otra habitación, la puso en cuatro sobre la cama y le escupió en el orto. Le metió la pija gruesa despacio al principio, sintiendo cómo el orto se abría. Paola soltó un quejido largo, mezcla de dolor y placer. El grandote empezó a cogerla más fuerte, agarrándola de las caderas, dándole cachetadas fuertes en el culo.
— Qué orto apretadito tenés todavía… mirá cómo te lo abro, puta.
Paola gemía con la cara contra el colchón, las tetas colgando y balanceándose. Se corrió con el orto lleno, apretando fuerte. El grandote se corrió adentro y después la hizo chupar la pija sucia.
Por la tarde los tres la tuvieron juntos por última vez. La pusieron en el medio de la cama.
El flaco se acostó y la hizo sentarse encima de su pija (en la concha). Paola bajó despacio, sintiendo cómo la llenaba otra vez. El grandote se puso detrás y le metió la pija en el orto. Paola soltó un gemido largo y ronco cuando los dos agujeros estuvieron llenos al mismo tiempo. El tercero se paró adelante y le metió la pija en la boca.
Paola estaba completamente llena. Sentía la concha y el orto estirados al máximo, rozándose las dos pijas a través de la fina pared. El placer era intenso, casi doloroso. Las tetas le rebotaban con cada embestida, la saliva le caía por la barbilla y la cara se le ponía roja.
Pensaba:
“Esto es una locura… soy una puta… pero no quiero que pare…”
Los tres se movían al mismo tiempo, cogiéndola sin piedad. Le decían guarradas:
— Mirá cómo se deja usar la putita…
— Qué concha y qué orto tiene… está hecha para que la llenen entre todos.
— Tragá todo, guacha.
Paola se corrió varias veces, temblando fuerte, con los ojos en blanco. Al final los tres se corrieron casi al mismo tiempo: el flaco en la concha, el grandote en el orto y el tercero en la boca. Paola tragó lo que pudo, con corrida chorreando por la barbilla, las tetas y los muslos.
Quedó tirada en la cama, respirando agitada, con el cuerpo marcado de manos y cachetadas, la concha y el orto rojos, hinchados y llenos de corrida, y la cara de puta completamente destruida y satisfecha.
Esa noche durmió entre ellos, y a la mañana siguiente se fue del destacamento como si nada hubiera pasado.

El destacamento - Día 3 – El último día

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