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Paola en la reserva

Era una tarde de otoño. Pao tenía 27 años. Estaba saliendo con un pibe que la llevó a caminar por la reserva ecológica. Ella iba con una remera blanca finita. Caminaban por el sendero hasta que el tipo la agarró de la mano y la llevó entre los árboles, donde no se veía desde el camino.
La apoyó de espaldas contra un tronco y la besó. Pao correspondió un poco, todavía insegura. El tipo le metió las manos debajo de la remera y le tocó las tetas por arriba del corpiño, apretándolas. Ella se tensó un poco pero no lo sacó.
Él le subió el corpiño y le sacó las tetas afuera. Se le veían blancas, pesadas. El tipo se las agarró y se las chupó. Primero un pezón, después el otro, succionando y pasando la lengua. Pao respiraba agitada, miraba hacia el sendero por si venía alguien, y le agarraba el hombro sin terminarlo de empujar.
El tipo le habló al oído mientras le mamaba:
—Qué tetas ricas… dejame chuparlas un rato.
Ella no contestó. Solo se quedaba quieta, dejándolo hacer, con los pezones ya mojados y parados. El tipo le chupaba con ganas, apretándole la carne, tironeando un poco con los labios. Pao cerraba los ojos de vez en cuando y soltaba algún gemido bajito, pero cuando él le quiso bajar la mano hacia el jean, ella se la sacó enseguida.
—No… hasta acá —le dijo en voz baja.
El tipo insistió un segundo más con las tetas, chupándole los pezones todavía un poco, pero ella ya se estaba acomodando el corpiño. Se tapó, se acomodó la remera y volvieron al sendero. Él se quedó con la pija dura y ella con las tetas sensibles y la cara un poco colorada.

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