
Miguel llegó cansado del largo viaje en bus desde el pueblo. Tenía 38 años, la cara curtida por el sol y el trabajo en el campo, pero los trámites en la capital lo obligaban a quedarse unos tres días. Su primo Carlos le había dicho que no había problema, que se quedara en su casa. “Aquí hay espacio, primo. No seas bobo, ven nomás”.
Carlos vivía con su esposa y sus tres hijos: los dos menores que iban al colegio en la tarde y Isabel, la mayor, de 19 años, que estudiaba en la universidad por las mañanas. La casa era modesta, de dos pisos, con un patio pequeño. Cuando Miguel llegó, lo recibieron con abrazos y una cerveza fría. Le prestaron la habitación de Isabel. La muchacha dormiría temporalmente en la de sus papás.
—Tranquilo, tío —le dijo Isabel con una sonrisa—. Yo me arreglo fácil. Usted tranquilo.
Los primeros días pasaron normales. Las dos primeras mañanas Miguel se iba temprano a las oficinas. La primera tarde, Isabel lo acompañaba a visitar a unos parientes cerca, hasta que llegaran los padres del trabajo y los hermanos del colegio.
—Venga, tío, yo le muestro el camino.
Caminaron conversando. Ella le contó de la universidad, de lo pesado que era, de cómo ayudaba en la casa. Miguel le habló del pueblo, del trabajo. La chica era alegre, se reía fácil y lo trataba con cariño.
El tercer Miguel se demoró más. Eran casi las cuatro de la tarde cuando llegó. Tocó la puerta y esperó. Isabel abrió envuelta solamente en una toalla blanca que apenas le cubría desde el pecho hasta la mitad de los muslos. El pelo mojado le caía sobre los hombros y olía a jabón fresco.
—Ay, tío, disculpe —dijo sonrojándose un poco—. Me estaba yendo a bañar. Pase, pase. Espéreme un ratito y si quiere salir a visitar a alguien, yo lo acompaño.
—No te preocupes, mija. Yo voy a dejar los papeles en la habitación y descanso.
Al entrar en la habitación vio la ropa interior limpia sobre la cama: unas bragas rosadas y el sostén a juego. En el piso, las que se había quitado, todavía tibias. Miguel no pudo evitar tomar las bragas usadas, acercarlas a la nariz y aspirar ese olor a mujer joven, a sudor suave mezclado con jabón. Se puso duro al instante. Tocó las bragas limpias, imaginando el cuerpo de Isabel dentro de ellas. Se sintió culpable, pero la excitación era más fuerte. Lo dejó todo como estaba y salió rápido a sentarse en la sala.
Escuchó el agua de la ducha. La puerta del baño estaba entreabierta. Miguel miró: Isabel se quitó la toalla y vio sus senos grandes, redondos, con pezones oscuros. La cintura estrecha, las caderas anchas, el culo firme. Se metió bajo el agua y se enjabonó. La verga de Miguel palpitaba dentro del pantalón. Se acomodó como pudo y esperó.
Después de un rato salió Isabel, ya vestida con una camiseta pequeña que se le ajustaba al pecho y un jean que le marcaba bien las caderas y el culo. El pelo todavía húmedo le caía sobre los hombros.
—¿Todo bien, tío? Se ve cansado.
—Sí, mija. Hoy me tuvieron dando vueltas como huevón. Mañana me entregan los últimos papeles.
Isabel se acercó. La camiseta era delgada y se notaba que no llevaba sostén; los senos se movían suaves con cada paso.
—Si quiere, yo le puedo dar un masaje —le dijo—. Estoy estudiando eso en la universidad, para fisioterapia. Así practico. Usted parece que trae los hombros bien tensos.
Miguel dudó un segundo, pero el deseo ya estaba ahí.
—Está bien, si no es molestia.
Subieron a la habitación. Miguel se quitó la camisa y se acostó boca abajo en la cama. Isabel se sentó a su lado, vestida como estaba. Empezó a masajearle los hombros con manos suaves pero firmes. Tenía buena técnica. Los dedos presionaban los nudos de la espalda.
—Relájese, tío. Respire profundo.
Miguel gemía bajito de gusto. El masaje bajaba por la espalda, llegaba a la cintura. Con el movimiento, la camiseta de Isabel se subía un poco y él sentía el calor de sus piernas cerca. El jean le marcaba las curvas y cada vez que ella se inclinaba, los senos rozaban su brazo.
—Voltéese ahora —le dijo después de un rato.
Miguel se puso boca arriba. Tenía una erección evidente debajo del pantalón. Isabel lo miró y se mordió el labio inferior. Sus ojos bajaron y volvieron a subir. El ambiente se cargó de golpe.
—Tío… usted está muy tenso por todos lados —murmuró ella, con la voz más baja.
Se inclinó y lo besó. Fue un beso suave al principio. Miguel respondió agarrándola de la cintura. La atrajo más y el beso se volvió más profundo, lenguas enredándose. Una mano de él subió por debajo de la camiseta y le agarró un seno grande, suave, sintiendo el pezón duro entre los dedos. Isabel soltó un gemidito y se apretó contra él.
—Ay, Miguel… esto no está bien, pero… —susurró, sin apartarse.
Él la acostó a su lado y le subió la camiseta. Besó y chupó sus senos, mordisqueando suave. Isabel arqueaba la espalda y le metía los dedos en el pelo. La mano de Miguel bajó, desabrochó el botón del jean y metió los dedos dentro de las bragas. Encontró el coño mojado, caliente. Acarició los labios, abrió despacio y tocó el clítoris hinchado.
—Estás bien mojada, mija —le dijo al oído.
Isabel jadeaba y abrió más las piernas. Él metió un dedo, luego dos, moviéndolos mientras le frotaba el botoncito con el pulgar. Ella se retorcía, agarrándole el brazo.
—Quiero sentirte —pidió.
Miguel se quitó el pantalón. Su verga gruesa estaba parada. Isabel la agarró con la mano y la masturbó despacio. Se bajó un poco y se la metió a la boca, chupando con ganas, lamiendo la cabeza. Miguel gemía y le acariciaba el pelo.
Luego le quitó el jean y las bragas. Le abrió las piernas y frotó la verga contra su vagina mojada. Isabel levantó las caderas.
—Métesela, por favor…
Entró despacio. Estaba estrecha, caliente, resbalosa. Cuando estuvo todo adentro se quedaron quietos, sintiéndose. Después empezó a moverse: embestidas lentas, profundas. Isabel gemía y le clavaba las uñas en la espalda.
—Más duro, Miguel… así…
Aceleró. La cama crujía. Le agarraba las tetas mientras la cogía con fuerza. Cambiaron: Isabel se puso arriba, cabalgándolo. Sus senos grandes rebotaban. Miguel le apretaba el culo, guiándola. Ella se movía rápido, girando las caderas.
—Estoy por venirme —avisó entre jadeos.
—Vente, mija.
Isabel se tensó, soltó un gemido largo y se corrió. Los músculos le apretaron la verga. Miguel la volteó, la puso en cuatro y la penetró desde atrás con fuerza. Unas cuantas embestidas y se vació adentro de ella, gruñendo.
Se quedaron abrazados, sudados. Isabel le acariciaba el pecho.
—Esto no lo puede saber nadie —susurró.
—Tranquila.
Esa tarde ya no salieron. Se ducharon juntos, se tocaron de nuevo bajo el agua. Miguel le comió el coño hasta que ella se corrió temblando. Después en la cama lo hicieron más lento, explorando. Isabel era curiosa y entregada.
Al día siguiente los trámites terminaron. Esa última noche, la última de Miguel en la ciudad, cuando todos dormían, Isabel se metió sigilosa ala habitación. Se montó encima de él y lo hicieron en silencio, tapándose la boca para no gemir. Fue intenso, sabiendo que era la despedida.
Miguel regresó al pueblo con los papeles y con el recuerdo de esa piel joven, de esos gemidos bajitos y de ese cuerpo que se entregó sinvergüenza. Isabel siguió su vida, pero a veces, al ducharse, se tocaba pensando en su tío Miguel y en esa tarde que empezó con una toalla y terminó con los dos sudados y satisfechos.
Nadie sospechó nada. Solo ellos dos guardaban ese secreto.
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