Mi nombre es Eminem, este es mi primer posteo y queria contarles de mi historia con mi prima Nicole, Historia real.
El frío de la noche misionera pegaba fuerte afuera, pero adentro de la casa el ambiente ya venía juntando presión hacía rato. Eran pasadas las once. Nicole estaba sentada en el sillón, con esa mezcla de timidez y provocación que manejaba como nadie. Un metro sesenta de pura tentación: morocha, de ojos fijos, y unas curvas que a cualquiera lo dejaban regulando en falso.
Yo armé el escenario: apagué las luces, tiré una manta pesada sobre los dos para acortar distancias y mandé al televisor la película esa de 50 Sombras de Grey. Pura pantalla; los dos sabíamos que la acción no iba a estar en el televisor.
Empecé de a poco, midiendo el terreno, pasando la mano por su espalda, bajando milímetro a milímetro hasta rozar el borde de la nalga. Ella respiró hondo, pero no se movió. El juego había empezado. Nos miramos de reojo mientras la pantalla iluminaba el living a medias.
—¿Y? ¿Sos de tener mucho sexo vos? —me soltó de golpe, con esa seguridad que te descoloca, mirándome fijo.
—Me encanta, no te das una idea —le respondí al oído, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. Soy re morboso. Me encanta todo... culo, concha, todo. Imaginate si engancho a una pendeja linda así como vos, sin mucha experiencia... la dejo enamorada el primer día.
Ella soltó una risita nerviosa, acomodándose más cerca.
—Jajaja, se nota que te tenés fe... Pero mirá que soy tu prima, Eminem —me tiró, como queriendo poner un freno que ya no existía.
—Tranqui, yo sé muy bien lo que sos... Pero eso lo vemos más tarde. Ahora vamos a mirar la película y después hablamos.
No hubo más charla. Mi mano subió firme, cruzó el abdomen y se plantó directo sobre una de sus tetas, hundiéndose en esa firmeza perfecta. Nicole me clavó una mirada de "¿qué estás haciendo?", pero no se alejó ni un centímetro. Era la luz verde que faltaba. Me incliné y le comí la boca. Un beso largo, pesado, con lengua, de esos que queman.
Estuvimos así un rato largo, devorándonos, hasta que ella despegó los labios, respirando agitada.
—Pará... paremos acá —susurró, con la voz quebrada—. Paremos porque esto va a terminar mal.
Le agarré la cintura con las dos manos, la calcé arriba mío y le clavé los ojos, bien de cerca.
—Es que yo quiero que termine bien mal, Nicole. Supermal.
Volví a besarla con más furia, le arranqué la remera y me fui directo a ese un par de tetas perfectas. Le mordí el cuello, le chupé los pezones mientras ella gemía bajito, agarrándome del pelo. Estaba totalmente entregada.
—Siempre quise saber qué se siente chupar una pija... —me confesó, totalmente roja, viéndome ya caliento y al palo.
—Y bueno, empezá por abajo entonces. Chupámela —le ordené, directo.
—Pero... no sé cómo se hace.
—No importa, vas a aprender sola. Llegá ahí abajo y vas a saber perfectamente qué hacer.
Se deslizó de rodillas entre mis piernas. Al principio fue despacio, tanteando, pero en dos minutos pareció una experta.
—Así, chupame la cabeza... los huevos también, masajeamelos mientras le das —le iba marcando el ritmo, agarrándola de la nuca.
El morbo de tener a mi prima ahí abajo, entregada, haciéndolo tan bien, me quemó la cabeza. Duró un buen rato hasta que no aguanté más. Le agarré el pelo, me vine encima y le llené toda la boca. Ella me miró desde abajo, con los ojos vidriosos, tragando, dejándome completamente loco.
No la dejé respirar. La di vuelta en la cama, le subí las piernas hasta los hombros y le entré a lamer la concha y el culo sin asco. Le di hasta que las piernas le temblaban solas y quedó flotando en el colchón.
Pasaron treinta minutos de tregua, pero la manija era total. Volví al ataque: besos en el cuello, dedos directo al clítoris bien húmedo. Ella se subió arriba mío otra vez, rozando su concha desbordada contra mi pija, moviéndose como loca durante cinco minutos que me dejaron al borde del brote.
—Ya fue, ponete abajo —le dije, la di vuelta y me acomodé en misionero.
Estaba totalmente dilatada, empapada. No había forro, no había pastillas, no había nada más que pura calentura del momento. Apoyé la punta, firme. Ella sintió la presión y amagó con tirarse para atrás por el dolor del estreno.
—Esperá, esperá...
No la dejé. La abracé fuerte contra el colchón, trabé la cadera y se la mandé entera de un solo viaje. Nicole me clavó los dientes en el hombro, mordiéndome del dolor y del placer que la invadió de golpe.
Fueron veinte minutos de puro castigo, un bombeo salvaje, al límite, sintiendo cómo me apretaba adentro. La cama crujía y el calor en esa pieza era insoportable. Sentía que me moría ahí adentro. Ya no daba más, aceleré el ritmo, la agarré fuerte de las piernas y terminé adentro, vaciándome por completo, dejándole la concha llena de leche
Nos quedamos tirados, chivados, respirando en el pecho del otro. Ella me miraba con una sonrisa de oreja a oreja, completamente ida, enamorada en serio. Sabíamos perfectamente que esa no iba a ser la última vez.
Si les gusto, haganme saber y sigo contanto mas de mi prima y nuestra aventura.
El frío de la noche misionera pegaba fuerte afuera, pero adentro de la casa el ambiente ya venía juntando presión hacía rato. Eran pasadas las once. Nicole estaba sentada en el sillón, con esa mezcla de timidez y provocación que manejaba como nadie. Un metro sesenta de pura tentación: morocha, de ojos fijos, y unas curvas que a cualquiera lo dejaban regulando en falso.
Yo armé el escenario: apagué las luces, tiré una manta pesada sobre los dos para acortar distancias y mandé al televisor la película esa de 50 Sombras de Grey. Pura pantalla; los dos sabíamos que la acción no iba a estar en el televisor.
Empecé de a poco, midiendo el terreno, pasando la mano por su espalda, bajando milímetro a milímetro hasta rozar el borde de la nalga. Ella respiró hondo, pero no se movió. El juego había empezado. Nos miramos de reojo mientras la pantalla iluminaba el living a medias.
—¿Y? ¿Sos de tener mucho sexo vos? —me soltó de golpe, con esa seguridad que te descoloca, mirándome fijo.
—Me encanta, no te das una idea —le respondí al oído, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. Soy re morboso. Me encanta todo... culo, concha, todo. Imaginate si engancho a una pendeja linda así como vos, sin mucha experiencia... la dejo enamorada el primer día.
Ella soltó una risita nerviosa, acomodándose más cerca.
—Jajaja, se nota que te tenés fe... Pero mirá que soy tu prima, Eminem —me tiró, como queriendo poner un freno que ya no existía.
—Tranqui, yo sé muy bien lo que sos... Pero eso lo vemos más tarde. Ahora vamos a mirar la película y después hablamos.
No hubo más charla. Mi mano subió firme, cruzó el abdomen y se plantó directo sobre una de sus tetas, hundiéndose en esa firmeza perfecta. Nicole me clavó una mirada de "¿qué estás haciendo?", pero no se alejó ni un centímetro. Era la luz verde que faltaba. Me incliné y le comí la boca. Un beso largo, pesado, con lengua, de esos que queman.
Estuvimos así un rato largo, devorándonos, hasta que ella despegó los labios, respirando agitada.
—Pará... paremos acá —susurró, con la voz quebrada—. Paremos porque esto va a terminar mal.
Le agarré la cintura con las dos manos, la calcé arriba mío y le clavé los ojos, bien de cerca.
—Es que yo quiero que termine bien mal, Nicole. Supermal.
Volví a besarla con más furia, le arranqué la remera y me fui directo a ese un par de tetas perfectas. Le mordí el cuello, le chupé los pezones mientras ella gemía bajito, agarrándome del pelo. Estaba totalmente entregada.
—Siempre quise saber qué se siente chupar una pija... —me confesó, totalmente roja, viéndome ya caliento y al palo.
—Y bueno, empezá por abajo entonces. Chupámela —le ordené, directo.
—Pero... no sé cómo se hace.
—No importa, vas a aprender sola. Llegá ahí abajo y vas a saber perfectamente qué hacer.
Se deslizó de rodillas entre mis piernas. Al principio fue despacio, tanteando, pero en dos minutos pareció una experta.
—Así, chupame la cabeza... los huevos también, masajeamelos mientras le das —le iba marcando el ritmo, agarrándola de la nuca.
El morbo de tener a mi prima ahí abajo, entregada, haciéndolo tan bien, me quemó la cabeza. Duró un buen rato hasta que no aguanté más. Le agarré el pelo, me vine encima y le llené toda la boca. Ella me miró desde abajo, con los ojos vidriosos, tragando, dejándome completamente loco.
No la dejé respirar. La di vuelta en la cama, le subí las piernas hasta los hombros y le entré a lamer la concha y el culo sin asco. Le di hasta que las piernas le temblaban solas y quedó flotando en el colchón.
Pasaron treinta minutos de tregua, pero la manija era total. Volví al ataque: besos en el cuello, dedos directo al clítoris bien húmedo. Ella se subió arriba mío otra vez, rozando su concha desbordada contra mi pija, moviéndose como loca durante cinco minutos que me dejaron al borde del brote.
—Ya fue, ponete abajo —le dije, la di vuelta y me acomodé en misionero.
Estaba totalmente dilatada, empapada. No había forro, no había pastillas, no había nada más que pura calentura del momento. Apoyé la punta, firme. Ella sintió la presión y amagó con tirarse para atrás por el dolor del estreno.
—Esperá, esperá...
No la dejé. La abracé fuerte contra el colchón, trabé la cadera y se la mandé entera de un solo viaje. Nicole me clavó los dientes en el hombro, mordiéndome del dolor y del placer que la invadió de golpe.
Fueron veinte minutos de puro castigo, un bombeo salvaje, al límite, sintiendo cómo me apretaba adentro. La cama crujía y el calor en esa pieza era insoportable. Sentía que me moría ahí adentro. Ya no daba más, aceleré el ritmo, la agarré fuerte de las piernas y terminé adentro, vaciándome por completo, dejándole la concha llena de leche
Nos quedamos tirados, chivados, respirando en el pecho del otro. Ella me miraba con una sonrisa de oreja a oreja, completamente ida, enamorada en serio. Sabíamos perfectamente que esa no iba a ser la última vez.
Si les gusto, haganme saber y sigo contanto mas de mi prima y nuestra aventura.
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