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La putita de mi esposa

El uruguayo Sebas venía por el finde a Buenos Aires con sus amigos de joda y no tenía dónde recibirnos. Como nosotros tampoco disponíamos de un lugar, decidimos alquilar un lindo departamento por Palermo en Airbnb. El día que pudimos entrar, llegué yo primero para preparar todo: juguetes, vino, luces bajas y la ropa que le había elegido a Azul.
En las charlas previas, Sebas nos había prometido que no iba a coger con su mujer ni tocarse en varios días. Quería llegar cargado, con las bolas llenas para mi mujer. Y vaya si cumplió.
Ese sábado por la tarde llegamos Azul y yo al departamento. Apenas entramos, ella ya estaba ansiosa.
—Abrí un vino, amor. Quiero entrar en clima —me pidió con esa voz que se le pone cuando ya está mojada.
Mientras yo servía las copas, ella se probó los dos conjuntos que le había preparado. Terminó eligiendo las botitas negras, una tanga engomada que apenas le cubría el culo, labios rojo puta bien marcados, perfume por todo el cuerpo (ese que usa solo cuando vamos a coger fuerte) y el pelo suelto. Estaba espectacular.
Le pasamos a Sebas la dirección y el código del edificio. Subió directo. Cuando tocó el timbre y abrió la puerta, traía dos chocolates caros de regalo. Azul los recibió con una sonrisa y, sin decir mucho, se fundieron en un beso profundo, hambriento, de esos que se extrañan. Desde el costado del living yo los miraba: él le apretaba el culo con fuerza, le manoseaba las tetas por encima del body, mientras ella gemía contra su boca e intentaba desesperadamente bajarle el pantalón.
Sebas se hacía desear. La volvía loca con besos en el cuello y mordidas suaves mientras ella luchaba con el cinturón. Hasta que por fin lo logró. Él le sacó la calza despacio, dejándola solo en body y tanga. Se sentó en el sillón y Azul se le subió encima, frotándose contra su bulto mientras seguían comiéndose a besos. Después se arrodilló entre sus piernas y se la chupó con una dedicación que rara vez me dedica a mí: lenta, profunda, tragándosela casi toda, con saliva cayéndole por la barbilla y mirándolo con ojos de puta en celo.
Yo me acerqué desnudo. Ella me dio unas chupadas rápidas, casi por compromiso, pero claramente la que quería en su boca era la de él. Sebas la levantó, la tiró en la cama y le comió el coño como un animal. Azul se retorcía, le arañaba la espalda y gemía sin control. En un momento me miró con los ojos vidriosos:
—Mati… vení… agarrame las manos.
La sujeté fuerte mientras Sebas seguía chupándola y metiéndole dos dedos. Ella estaba en otro planeta. De repente rogó casi llorando:
—Metémela… por favor…
—Aún no —le contestamos los dos al mismo tiempo, sonriendo.
Azul, desesperada, se giró y me chupó la pija con fuerza, como desquitándose. Sebas se puso el preservativo, la abrió de piernas y empezó a penetrarla. Al principio ella jadeó:
—Despacio… es muy grande…
Pero pronto se acostumbró y empezó a pedirle más fuerte. Yo me convertí en un espectador privilegiado: misionero salvaje, perrito con la almohada debajo, ella arriba cabalgándolo de frente y de espalda mientras me chupaba a mí de vez en cuando. El antifaz negro que se puso en el sillón no se lo sacó en todo el encuentro; solo sentía, no veía. Eso la volvía todavía más loca.
Los besos mientras cogían eran brutales, llenos de lengua y gemidos. El ambiente estaba caliente, húmedo, olía a sexo.
En un momento Sebas salió de ella, respirando agitado.
—Ahora vos —me dijo.
Me acosté y Azul me cabalgó con fuerza mientras seguía mamándosela a él. Después hicimos el cambio: los dos acostados uno al lado del otro, ella saltando de una pija a la otra. Volvió a Sebas y este la cogió con todo, rápido y profundo, hasta que Azul tuvo su primer orgasmo de la noche, temblando y gritando.
Después de un rato Sebas se sacó el forro. Azul se subió encima mío, cabalgándome lento mientras seguía chupándosela a él. De repente, con una voz ronca que nunca le había escuchado, le dijo mirándolo:
—Dame toda tu leche…
A mí se me fue la cabeza. Ver a mi mujer pidiendo la corrida de otro fue lo más caliente que viví.
Sebas se pajeó rápido y fuerte. Ella no dejó de cabalgarme ni de gemir. Hasta que él gruñó y le explotó en la boca un chorro enorme, espeso y abundante. Le llenó la boca, le chorreó por los labios, por la barbilla. Era tanta leche que no le entraba toda. Yo, excitadísimo, le ordené:
—Ahora chupásela toda.
Ella obedeció, limpiándole la pija con la boca mientras tragaba.
Después se levantó y se fue a la ducha, todavía tambaleante. Cuando volvió, Sebas estaba duchándose. Le pregunté al oído:
—¿Te gustó su leche?
—Sí… estaba rica —contestó con una sonrisa pícara y culpable.
Sebas quedó destruido. Ella todavía tenía ganas, pero él ya tenía que irse. Le pedí que lo acompañara hasta la puerta vestida solo con un camisón transparente. Se despidieron con un beso largo, profundo y lleno de promesas.
Cuando cerró la puerta, la tiré contra la pared. Le dije al oído todo lo que me había excitado verla tan puta, pidiendo leche ajena, entregada. La cogí como un animal. Ella me cabalgó hasta correrse otra vez y finalmente yo la llené con todo lo que había guardado.

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