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Luego de la paja

Mi nombre es Daniela Lemus y, si estás leyendo esto, es porque finalmente reuní el valor para contar lo que ocurrió..



Mi padre falleció de forma inesperada hace tres años. Sobre todo en mi madre, su ausencia generó un vacío indescriptible. Por eso, mi marido Daniel, nuestra hija Gina y yo optamos por abandonar la ciudad y cambiar de residencia al pequeño pueblo donde ella vivía con su padre.



Al principio pensé que sería una nueva oportunidad para todos. El pueblo era pacífico, con montañas por las que estaba rodeado y calles angostas que lo cruzaban, donde el tiempo parecía ir más lento. Los vecinos nos acogieron gentilmente y mi madre pareció volver a encontrar algo de la serenidad que había perdido después de la muerte de mi papá.



Sin embargo, desde nuestra llegada comenzaron a ocurrir cosas …



Pensé que todo era consecuencia del duelo. Quise creerlo.



Hasta aquella noche.



Fue durante la celebración de las fiestas patronales. La plaza estaba llena de música, luces y personas que parecían conocerse desde siempre. Gina corría entre los puestos de comida mientras Daniel conversaba con algunos vecinos. Yo observaba el escenario cuando un anciano se acercó y me llamó por mi nombre.



No recuerdo haberlo visto antes.



El hombre me observó durante unos segundos.



—Usted es igual a él.



Antes de que pudiera responder, el hombre dirigió la mirada hacia Gina, que reía junto a mí, mientras agarraba algunos dulces.



—Y la niña también… —murmuró.



—Mi nombre es Ernesto Bustamante —dijo el viejo, sin apartar la mirada de Gina—. Trabajé cuarenta años en el registro civil de este pueblo. Era amigo tu padre, Daniela. Y de tu madre también.



El anciano tenía las manos arrugadas apoyadas en un bastón de madera oscura.



—Buen día —murmure apenas



Ernesto me tomó del brazo.



—Caminemos.



Me guió hacia el borde de la plaza. Caminé a su lado sin resistirme, atrapada entre una creciente curiosidad. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos del bullicio, Ernesto se detuvo frente a una banca de cemento descascarado y señaló para que nos sentaramos.



—Tu padre, Alejandro y tu madre, Carmen son ambos en este pueblo. Desde siempre los ví en la misma casa. La de los Lemus, en la calle de los Naranjos, la número 47, a donde tu y tu familia volvieron a llegar.



Asentí lentamente. Hablaba de la casa en la que también pase mi infancia.



—Lo que pocos saben —continuó Ernesto, bajando la voz— es que don Fernando Lemus, el padre de Alejandro, tuvo una hija con su primera esposa. Esa hija fue Carmen. Cuando la esposa de Fernando murió, él volvió a casarse con otra mujer y tuvo otro hijo: Alejandro. Por lo tanto, Alejandro y Carmen eran medio hermanos. Compartían padre.



Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Quise interrumpir, pero las palabras se atascaron en mi garganta.



El anciano hizo una pausa, observandome. Yo entrelacé mis manos con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos.



—Tu abuelo Fernando ni tus padres nunca te dijeron la verdad, lo sé.



Ernesto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su voz se había vuelto un susurro ronco.



—Siempre hemos mantenido una buena relación, Daniela. Vivir tan cerca nos hizo amigos, pero ahora yo también estoy solo desde que mi esposa murió.



Cerró los ojos. No podía creer lo que había escuchado, pero necesitaba hablar con mi madre.



Cuando Carmen tenía diecisiete años. Y tu padre apenas 15, fue que tu viniste a este mundo.



Estaba alterada, nerviosa. Necesitaba hablarlo con mi madre, con mi esposo.



—Tus padres se amaban, Daniela. De una manera que la gente no entiende.



La música de la plaza llegaba ahora distorsionada, como eco lejano. No me sentía bien, pero seguía escuchando, atrapada en la confesión.



El anciano soltó una risa amarga, sin humor.



—Fernando nunca estuvo en desacuerdo con la relación ni se enfureció cuando supo del embarazo, como se esperaría. Supo que les propuso ayudarlos a ocultar el incesto. Les daría dinero para empezar de nuevo. Su relación como hermanos culminó y apenas muy pocas personas en el pueblo conocemos la verdad.



Tuvieron más hijos después de ti, ¿verdad? Dos más. Un varón y otra mujer.



Daniela asintió mecánicamente. Tenía dos hermanos menores. Carlos y Lucía.



—Tus hermanos son hijos de la relación incestuosa también —confirmó Ernesto—. Productos de la unión entre hermanos.



El anciano se quedó en silencio por un momento, dejando que la información se asentara en mi mente.



—Pero ¿por qué me cuenta esto? —le pregunté, con voz quebrada.



Ernesto suspiró profundamente.



—¡No le creo nada! —exclame, pero la negativa sonó débil incluso para mí.



El anciano se levantó, tomando su bastón.



—¿Por qué? ¿Por qué me dijo todo esto?



Retrocedí, alejándome del anciano.



—Esto está muy mal —susurre.



La plaza seguía celebrando. La música sonaba alegre. Pero sabía que debía comprobar eso, con mi madre.



Y, por primera vez desde que había empezado aquella conversación, sentí enojo.



No miedo.



Enojo.



Porque aquel hombre acababa de acercarse a una desconocida durante una fiesta para contarle una historia absurda sobre sus padres.



Una historia grotesca.



Una historia imposible.



Mis padres habían estado casados durante toda mi vida. Habían criado tres hijos. Habían trabajado, envejecido y construido una familia juntos.



Y ahora un anciano aparecía de la nada para decirme que todo aquello había sido fruto del incesto.



No tenía sentido.



Absolutamente ninguno.



Respiré hondo y busqué a Daniel entre la multitud.



Lo encontré conversando con dos vecinos cerca de un puesto de comida.



Gina estaba sentada sobre un bordillo, comiendo algodón de azúcar.



Verlos me ayudó a recuperar cierta tranquilidad.



Todo estaba bien.



Todo seguía siendo normal.



Sin embargo, mientras caminaba hacia ellos, no pude evitar recordar algunos detalles de la conversación.



La forma en que Ernesto había pronunciado mi nombre.



La seguridad con la que había mencionado la dirección de la casa.



Los nombres de mis abuelos.



La fecha aproximada de mi nacimiento.



Demasiadas coincidencias para ser una simple invención improvisada.



Sacudí la cabeza.



No.



Seguro conocía a mi familia desde hacía años.



Es un pueblo pequeño.



La gente inventa historias.



Y quizá eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.



Cuando llegué junto a Daniel, él sonrió.



—¿Qué quería el viejo ese?



Miré por encima de mi hombro.



—No lo sé.



—¿Cómo que no lo sabes?



Solté una pequeña risa nerviosa.



—Creo que acaba de contarme la historia más extraña que he escuchado en toda mi vida.



Daniel arqueó una ceja.



—Ahora sí necesito escuchar eso.



—Yo también necesito contarlo.



Miré hacia donde se encontraba mi madre, sentada con otras mujeres cerca del escenario principal.



Conversaba con normalidad.



Reía incluso.



No parecía una persona que estuviera ocultando un secreto así.



Y aun así…



Aun así sentí curiosidad.



No porque creyera al anciano.



No realmente.



Sino porque quería escuchar la reacción de mi madre cuando le contara lo ocurrido.



Quería ver su expresión.



Escuchar lo que tenía que decir.



Porque, aunque la historia de Ernesto me parecía ridícula, había algo en la forma en que la había contado que no lograba quitarme de la cabeza.



El resto de la noche transcurrió de una manera extraña.



No porque ocurriera algo más.



Precisamente porque no ocurrió nada.



Durante varias horas seguí viendo a mi madre conversar con los vecinos, reír con algunas amigas de toda la vida y participar en las actividades de la fiesta.



En algún momento le conté a Daniel parte de la conversación.



No todos los detalles.



Ni con las palabras exactas.



Simplemente le resumí lo esencial.



Recuerdo perfectamente su reacción.



Primero pensó que estaba bromeando.



Después creyó que había entendido mal.



Finalmente llegó a la misma conclusión que yo.



—Ese viejo está loco.



—Probablemente.



—¿Y tú le creíste?



—No.



La respuesta salió de inmediato.



Porque era verdad.



No le creía.



Al menos eso pensaba.



Daniel me rodeó los hombros con un brazo.



—Entonces olvídalo.



Asentí.



Pero no lo olvidé.



Porque, aunque no creyera la historia, seguía preguntándome por qué alguien inventaría algo así.







Regresamos a casa poco después de la una de la madrugada.







Dormí mal.



Simplemente me desperté varias veces durante la noche pensando en la conversación.



Y cada vez que comenzaba a darle demasiadas vueltas al asunto, terminaba diciéndome lo mismo.



No importa.



Hablaré con mamá.



Ella se reirá.



Me dirá que Ernesto siempre ha sido un viejo chismoso.



Y todo terminará ahí.



A la mañana siguiente bajé a la cocina antes que los demás.



El aroma del café recién hecho llenaba la casa.



Mi madre ya estaba despierta.



Estaba frente a la estufa preparando arepas cuando entré.



—Buenos días, hija.



—Buenos días.



Me serví una taza de café.



Durante unos minutos hablamos de cosas sin importancia.



La conversación era completamente normal.



Tan normal que empecé a sentirme avergonzada por lo que iba a preguntar.



Mi madre colocó una arepa en mi plato.



—¿Dormiste bien?



—Más o menos.



—¿Por qué?



Dudé.



Tal vez debería dejarlo pasar.



Tal vez Daniel tenía razón.



Tal vez no valía la pena.



Pero la curiosidad seguía ahí.



Molesta.



Persistente.



Así que apoyé la taza sobre la mesa y levanté la vista.



—Mamá…



—¿Sí?



—Anoche hablé con Ernesto, Bustamante, el amigo de ustedes, el que vive al frente.



—Hace mucho no hablo con él —dijo después.



—Se acercó a mí en la plaza.



—¿Y qué quería?



Tomé aire.



—Hablar de la familia.



Mi madre continuó acomodando algunos utensilios sobre la encimera.



—¿De qué familia?



—De la nuestra.



Esta vez sí levantó la mirada.



Por primera vez desde que había comenzado la conversación.



—¿Y qué te dijo?



Me encogí de hombros.



Intenté sonar despreocupada.



Como si el tema me causara más gracia que preocupación.



—La verdad… una historia bastante extraña.



Mi madre permaneció observándome.



Esperando.



—¿Qué clase de historia?



Solté una breve risa.



—Por eso quería preguntarte.



Tomé un sorbo de café.



—Porque imagino que es completamente falsa.



Y entonces repetí algunas de las cosas que Ernesto me había contado.



No todas.



No de inmediato.



Comencé por las más inofensivas.



Los nombres.



Las referencias a mis abuelos.



Las supuestas historias antiguas de la familia.



Mientras hablaba, observaba atentamente a mi madre.



Esperando que se riera.



Esperando que negara todo.



Esperando que dijera algo como: «Ese viejo siempre ha inventado cuentos».



Pero, conforme avanzaba la conversación, empecé a notar algo.



Algo que no esperaba.



Mi madre no parecía ofendida.



No parecía molesta.



No parecía indignada.



Lo que veía en su rostro era otra cosa.



Algo mucho más difícil de interpretar.



Y fue precisamente entonces cuando decidí contarle la parte más absurda de la historia.



La parte que, según yo, terminaría definitivamente con cualquier duda.



—Y luego dijo algo completamente ridículo.



Mi madre permaneció en silencio.



—Afirmó que tú y papá eran hermanos



La cocina quedó inmóvil.



Ni siquiera escuché el sonido de la estufa.



Durante varios segundos, mi madre no dijo absolutamente nada.



Mi madre permaneció inmóvil.



No respondió de inmediato.



No negó nada.



No se indignó.



Simplemente se quedó observando la taza de café que sostenía entre las manos.



Y aquello me inquietó más que cualquier otra reacción.



—Mamá…



Ella soltó un largo suspiro.



Uno de esos suspiros que parecen haber estado esperando años para salir.



Después dejó la taza sobre la mesa.



Y sonrió.



—Supongo que tarde o temprano iba a ocurrir —dijo.



Sentí que el estómago se me encogía.



—¿Qué?



Levantó la mirada.



—Que alguien te lo contara.



La cocina quedó en silencio.



—Entonces…



Mi voz apenas salió.



—¿Es verdad?



Mi madre asintió.



Así de simple.



Sin lágrimas.



Sin dramatismo.



Sin intentar justificarse.



Simplemente asintió.



Y durante unos segundos me quedé observándola, esperando que agregara algo más.



Que Ernesto había exagerado.



Pero no ocurrió.



—Es verdad —repitió con tranquilidad.



Me apoyé contra el respaldo de la silla.



Sentía la cabeza extrañamente ligera.



Mi madre parecía más serena de lo que la había visto en mucho tiempo.



La observé sin comprender.



Ella volvió a suspirar.



—Estoy cansada, Daniela.



—¿Cansada?



—De guardar secretos.



Miró hacia la ventana.



—Tu padre también lo estaba.



Aquellas palabras me hicieron guardar silencio.



—Cuando ustedes eran pequeños hablábamos mucho de esto.



—¿De contarlo?



—De todo.



Asintió lentamente.



—Nos preguntábamos si algún día debíamos decirles la verdad.



Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.



—Nunca estábamos de acuerdo.



—Tu padre pensaba que tenían derecho a saberlo.



—¿Y tú?



—Yo pensaba que conocerlo no cambiaría nada.



Se quedó pensativa durante unos segundos.



—Porque ustedes ya eran nuestros hijos. Eso era lo importante para mí.



Me pasé una mano por el rostro.



Intentaba procesar demasiadas cosas al mismo tiempo.



—Carlos y Lucía no saben nada.



No fue una pregunta.



Mi madre negó con la cabeza.



—No.



—¿Nunca les dijeron?



—Nunca.



Guardó silencio un instante.



—Y preferiría que siguiera siendo así.



—¿Por qué?



—Porque tienen sus vidas. Sus familias. Sus hijos.



Me sostuvo la mirada.



—¿Qué ganarían sabiéndolo?



No supe responder.



Porque, en realidad, yo tampoco tenía claro qué hacer con aquella información.



—Daniel ya lo sabe.



Mi madre asintió con tranquilidad.



—Está bien.



—¿Está bien?



—Es tu esposo.



Volvió a tomar la taza de café.



—Si alguien debía saberlo además de ti, era él.



Durante unos segundos ninguna de las dos habló.



Luego fue ella quien rompió el silencio.



—Tu padre y yo nunca nos vimos como el resto de la gente nos habría visto.



Aquello captó toda mi atención.



—¿Qué quieres decir?



Mi madre se quedó mirando algún punto perdido de la cocina.



Como si estuviera recordando una conversación ocurrida décadas atrás.



—Recuerdo una noche. Tú tendrías seis años. Carlos apenas caminaba.



Sonrió levemente.



—Los dos estaban dormidos.



—¿Y?



—Tu padre estaba preocupado.



—¿Por qué?



—Por ustedes.



Su voz se volvió más suave.



—Me preguntó qué ocurriría si algún día descubrían la verdad y nos odiaban por ello.



—¿Qué le respondiste?



La sonrisa desapareció.



—Que no podíamos vivir pensando en un juicio que quizá nunca llegaría.



Permaneció unos segundos en silencio.



—Entonces él me dijo algo que nunca olvidé.



—¿Qué?



Mi madre bajó la mirada.



—Me dijo que quería enseñarlos —susurró mi madre, y su voz tembló ligeramente, aunque no de vergüenza, sino de esa extraña nostalgia que acompaña a los recuerdos potentes—. A ti y a Carlos. Decía que si el amor entre hermanos era tan puro, tan perfecto, entonces debíamos compartirlo con ustedes. Debe ser completo, Daniela. Una familia realmente unida, sin barreras, sin secretos entre nosotros.



Sentí que la sangre se me retiraba de la cara, pero al mismo tiempo, un calor extraño comenzaba a irradiar desde mi vientre. Mi madre notó mi reacción y asintió, como si hubiera estado esperando exactamente eso.



—Tu padre comenzó a hablar de esto cuando tenías seis años, sí —continuó, y ahora su mano se deslizó sobre la mesa, tomando la mía, apretándola con una intimidad que trascendía el afecto maternal—. Carlos tenía 2. Lucía no existía aún, ni estaba planeada. Éramos solo nosotros cuatro.



—¿Qué… qué quería hacer? —logré preguntar, y mi voz salió ronca, casi irreconocible.



Mi madre cerró los ojos por un momento, y cuando los abrió, brillaban con una intensidad que nunca había visto en ella.



—Quería que los viéramos —dijo directamente—. Que vieras a tu padre y a mí juntos. Que entendieras desde pequeña que el amor físico entre familiares era lo más natural del mundo. Y luego… luego quería enseñarte a ti, personalmente. Que supieras cómo un hombre debe tocar a una mujer. Que Carlos aprendiera conmigo cómo una mujer debe recibir a un hombre.



La crudez de sus palabras me golpeó como un puñetazo en el estómago, pero no pude apartar la mirada. Mi madre seguía hablando, y cada palabra caía como gotas de cera caliente sobre mi piel, quemando pero excitando.



—Recuerdo que después de esa conversación lo intentó —dijo, y su mano ahora acariciaba la mía con movimientos lentos—. Era una noche de mucho calor, y estábamos todos en la sala. Ustedes dos dormían en el sofá, o eso creíamos. Tu padre me tomó allí mismo, en el sillón frente a ustedes. Me levantó la falda, me bajó las bragas, y me penetró con ustedes durmiendo a solo dos metros.



Mi respiración se aceleró. Recordaba vagamente esa noche. Recordaba haber despertado con ruidos extraños. Recordaba haber entreabierto los ojos y ver a mi padre moviéndose sobre mi madre, sus cuerpos unidos, las sombras proyectadas en la pared por la luz de la lámpara.



—Pero ustedes no dormían —dijo mi madre, y una sonrisa lenta cruzó su rostro—. Yo lo noté primero que tu padre. Tu viste cómo tu padre entraba en mí, cómo gemía, cómo se corría dentro de mi cuerpo. Y sentí algo extraño. Una tensión en mi interior. Un deseo que no entendía.



—Oh Dios —susurré, llevándome la mano libre a la boca.



—Tus ojos estaban abiertos, mirando fijamente. Y eso lo excitó tanto que tuvo que morderme el hombro para no gritar cuando se vino.



La imagen explotó en mi mente con crudeza absoluta. Yo, niña de seis años, observando cómo mi padre se hundía una y otra vez en el cuerpo de mi madre.



—Después de esa noche —prosiguió mi madre—, tu padre se obsesionó. Decía que era el momento perfecto para comenzar la educación. Que tu cuerpo estaba respondiendo, que el incesto estaba en tu sangre, esperando solo ser despertado. Quería que yo te tocara, Daniela. Que te enseñara el placer. Que usara mis dedos para abrirte, para hacerte sentir lo que yo sentía con él.



—¿Lo hiciste? —pregunté, y la pregunta salió como un gemido.



Mi madre me sostuvo la mirada sin titubear.



—No esa vez —dijo—. Me negué. Dije que eras muy pequeña, que esperáramos. Pero tu padre… tu padre no podía esperar. Empezó a buscarte cuando dormías. Se sentaba en el borde de tu cama y te observaba. Te acariciaba el cabello, y luego su mano bajaba, suavemente, bajo las sábanas. Te tocaba los muslos, Daniela. Despacito, para no despertarte. Pero una noche te despertaste, ¿recuerdas?



El recuerdo llegó como un relámpago. Había despertado con una sensación extraña, cálida, entre las piernas. Mi padre estaba sentado a mi lado, y retiró la mano rápidamente, diciendo que solo me estaba arropando. Pero su respiración era agitada, y vi algo rígido en sus pantalones, una protuberancia que no entendía pero que me causó curiosidad.



—Sí —susurré—. Recuerdo.



—Esa noche —dijo mi madre—, él vino a nuestra habitación y me tomó con una furia que nunca había visto. Me dijo que te había tocado, que estabas húmeda, que tu cuerpo ya respondía. Me pidió, me suplicó, que al día siguiente te enseñara. Que te sentara en mis piernas y te abriera las piernas y te mostrara mi sexo, para que vieras cómo era una mujer. Para que te acostumbraras a la vista, al olor, a la idea de que tu madre era también una mujer de carne y deseo.



Mi madre se levantó de la silla y caminó hacia mí. Se arrodilló frente a mí, tomando mis manos, mirándome desde abajo con una expresión que era mitad súplica, mitad seducción.



—Y finalmente accedí —confesó—. Tu padre organizó todo. Nos sentó a los cuatro en la cama grande de ellos, desnudos todos. Dijo que íbamos a jugar a ser familia de una manera especial. Que íbamos a conocernos completamente.



—No —negué con la cabeza, pero mi cuerpo estaba rígido, alerta, cada célula escuchando.



—Carlos y tú estaban nerviosos, emocionados, confundidos —continuó mi madre, y su voz se había vuelto un susurro erótico, cargado de memorias—. Tu padre les explicó que los cuerpos eran hermosos, que no había nada de qué avergonzarse. Les pidió que se tocaran el uno al otro. Que Carlos tocara tus pequeños pechos, que tú tocaras su… su pequeño pene. Y ustedes lo hicieron. Con manos temblorosas, curiosos, inocentes pero no tanto, porque el ambiente estaba cargado de electricidad sexual.



Cerré los ojos, pero las imágenes seguían llegando. Recordaba. Recordaba a Carlos, tan pequeño. Recordaba la extraña excitación de tocarlo, de ser tocada, con mis padres observándonos, desnudos también, masturbándose mientras nosotros explorábamos.



—Luego tu padre me pidió que te mostrara —dijo mi madre, y su mano ahora subía por mi muslo, subiendo por debajo de mi falda—. Que te abriera. Que te enseñara dónde estaba el placer. Y lo hice, Daniela. Te acosté en la cama, separé tus piernas, y te miré. Realmente te miré. Estabas húmeda, rosada, perfecta. Tu clítoris era una pequeña perla, apenas visible, pero sensible. La toqué. Con un dedo, suavemente, como me había enseñado tu padre a hacerlo conmigo.



—Mamá —gemí, pero no la detuve. Su mano había llegado a mi entrepierna, y a través de la ropa interior, presionó contra mi sexo, que estaba empapado, traicionando mi excitación.



—Te hice venir —susurró—. Tu primer orgasmo, a los seis años, fue obra de mi mano. Te corríste gritando, arqueándote, y tu padre… tu padre se corrió al mismo tiempo, disparando su semen sobre tu vientre, bendiciéndote, marcándote como suya. Y Carlos… Carlos estaba allí, mirando.



La mano de mi madre se movía ahora en círculos sobre mi..... Continua: singlerelatos.blogspot.com/2026/06/luego-de-la-paja.html

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